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“Yeyé fue la hermana que nunca tuve”

Melba Hernández • La Habana

Fotos: Marta Rojas y Archivo Casa de las Américas

 

Encuentro con los hermanos Santamaría

Con una amiga de Villa Clara, anduve tocando puertas, buscando la forma de combatir la tiranía y salir de ella cuanto antes. Ella me habló de unos hermanos que vivían en La Habana y que tenían muchos deseos de que los conociera. A mí no me convencía nadie entonces, pero fuimos a 25 y O, a casa de los Santamaría, conocí a los hermanos, y compartí con mi amiga su criterio sobre las condiciones políticas y revolucionarias de los dos. Eso nos ligó de tal manera, que a partir de ese momento fueron inseparables nuestras vidas. 

Abel era muy exigente con las relaciones de su hermana y, aunque ya yo había cursado mis estudios de abogada, mi mamá era muy cuidadosa con las relaciones y las amistades que yo hacía. Mi mamá fue mi mejor compañera, mi amiga; mi papá, revolucionario desde que abrí los ojos, en la lucha contra Machado, contra Batista, contra Grau San Martín. La mía fue siempre una casa de revoluciones, y fue eso justamente lo que llevó a la unión de mamaíta, papaíto y Abel Santamaría. Cuando nosotros salíamos a algún paseo, era con la aprobación y el consentimiento de mis papás y de Abel. Además, vivíamos muy cerca: ellos en 25 y O, en el Vedado, y nosotros en Jovellar 107, a unas pocas cuadras de allí.  


Melba Hernández con las hermanas Haydée, Aida y Ada Santamaría, 1954.

Una sola familia

Estábamos aferrados a la salida de Batista del poder y nuestro único objetivo fue luchar contra aquella mancha que le cayó al país. Haydée y yo en ese sentido éramos muy semejantes: muy rebeldes, inconformes. Convertimos a Abel en nuestro jefe de lucha, en nuestro jefe revolucionario; Abel era el que salía, venía, traía. Un día trajo a Fidel y así seguimos juntos, ya no éramos Abel, Yeyé y yo y mis padres, sino alguien más compartiendo nuestro pensamiento de lucha.  

Pasó algo muy interesante, cuando mamaíta conoció a Yeyé, solo de mirarla, se dio cuenta de que los Santamaría y mi familia materna —los hermanos de mi mamá—, eran del mismo pueblo; empezó a preguntarle sobre ella y su familia, descubrieron que mi abuela y la abuela de Yeyé  eran vecinas; y que sus familiares y los míos habían sido amigos hasta que cada familia tomó su rumbo. A partir de entonces cuando los Santamaría viajaban a La Habana, paraban en la casa de mi mamá y mi papá. Nos convertimos en una sola familia. 

Yeyé y yo andábamos juntas para todas partes: nuestras fiestas eran ir al cine y alguna otra salidita así. A pesar de eso, si íbamos a alguna fiesta, Abel se aparecía en mitad de la noche para ver si estábamos allí, y saber cómo era el ambiente.  

Fue una relación muy bella la que se produjo entre nosotras. Yeyé era muy bailadora, bailaba muy bien, yo no he vuelto a ver a nadie bailar como Yeyé. No sabía entonar, no sabía cantar, pero sí sabía interpretar muy bien la música y bailar; era muy alegre y dentro de esa alegría, a veces también muy triste.  

Un hogar de muchos hermanos

Ella era el reflejo de la alegría de un hogar donde había muchos hermanos. La casa de Yeyé y Abel se convirtió en lo que diría yo, “el cuartel número uno” de lo que después tomaría auge y se convertiría en Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Mi casa sería la número dos para todos esos movimientos contra el régimen que padecíamos. 

Llegó un momento en que Abel tuvo que dejar de trabajar para dedicarse solo al trabajo del Movimiento. Después nosotras nos fuimos comprometiendo más; y ellos nos cuidaban mucho, nos llevaban con celo, nos educaron, nos formaron como muchachas que nacían en una nueva vida de lucha revolucionaria, sobre todo Abel y Fidel.  

Pelusa

Yo le digo a Yeyé Pelusa o Pelusita porque ella tenía cuatro mechitas de pelo muy lacio. No recuerdo haber visto a Yeyé teñirse el pelo, no se tiñó nunca en todo el tiempo que estuvimos juntas, aunque se hacía su “permanentito”, era rubia por naturaleza, y muy blanca.  

Yeyé era una gente muy simpática. Cuando pienso en ella, la recuerdo con mucha alegría, porque yo siempre me estaba riendo con sus cosas. Ella tenía una cierta torpeza en la pronunciación de algunas palabras; por ejemplo, no podía decir “sacerdote”, no le salía, y entonces decía “cura”. Era así en todo, muy simpática, muy cómica, muy maldita. 

Adoraba infinitamente a su padre y su carácter debe haber sido similar, porque él también era un hombre muy simpático, siempre se le ocurría una broma. Así también fue Abel: un muchacho muy alegre; entre ellos dos había tal grado de identificación que se convertían en uno solo, yo no pudiera nunca separar el recuerdo de Yeyé del de Abel: eran graciosos, juguetones y muy bondadosos. 

A Yeyé le gustaba mucho el color morado y a mí no me gustaba nada. Pero ella con su color me iba influenciando y yo terminaba aceptándolo. Igual pasaba con las flores: le gustaba mucho el girasol y a mí no, pero parece que ella tenía una fuerza que convencía. Cuando visito la cárcel, las celdas donde estuvimos presas, le dejo puestos sobre su camita girasoles, porque eran las flores que más le gustaban. 

Yeyé era una muchacha decidida y de carácter, de mucho carácter. Por eso, no he aceptado nunca, la forma en que salió de la vida. 

La caída de Abel para Yeyé fue decisiva. Ella misma me comentó que era imposible aceptar esa realidad. Sin embargo, ella se sobreponía mucho; se enamoró de Armando, se casó con él, tuvo sus hijos, y fue muy feliz con ellos. En la Casa de las Américas fue muy feliz también con todo el trabajo que hizo. Pero debajo de toda esa felicidad estaba la Haydée que no tenía a Abel, y que había perdido a muchos compañeros; debajo de toda esa felicidad había otra Haydée. 


Ante la tumba de Eduardo Chibás, Haydée y Melba depositan una ofrenda floral.

Ella no era llorona, yo lo era más. Cuando estábamos presas, se metía en su camita y desde allí solo salía a bañarse y a comer, aunque casi no comía, salió de allí muy delgadita. La directora del penal permitía que unos niñitos que estaban allí junto con su mamá vinieran a la celda nuestra para que Yeyé y yo los bañáramos; los vestíamos, comían con nosotros. La directora se dio cuenta de que aquellos niñitos podían ayudarnos a sobrevivir aquel tiempo y las dos nos dedicamos a ellos. Cuando salimos nos esperaba la lucha.

Me gusta querer a la gente, y Yeyé fue la hermana que nunca tuve, porque también me quería mucho. Ella fue muy especial para mí, fue —y sigue siendo— muy importante para todos.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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