Año IX
La Habana
24 al 30
de JULIO
de 2010

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Ricardo Riverón Rojas • Santa Clara

Fotos: Archivo

 

I. Precursores, paradigmas

Villa Clara es un territorio donde quienes piensan la cultura como registro del espíritu de una época, y como el cultivo polémico de expresiones también marcadas antropológicamente por códigos regionales, nunca se han conformado con los numerosos espacios de intercambio oral que abundan en su cotidianidad, pues siempre aspiraron a registrar sus ideas en un formato más duradero que el de "la tela del viento y la espuma del olvido". 

Tomando solo como referencia al siglo xx, es posible compilar, tras breve recuento, varias rutas editoriales emblemáticas con gestación en estos territorios. Entre las anteriores a 1959, es de oficio citar las realizaciones de dos iluminados pioneros: María Dámasa Jova (1890-1940) y Samuel Feijóo (1914-1992), además de una singular revista casi olvidada: Archipiélago (1943-1947).

A los esfuerzos de María Dámasa Jova se deben las revistas: Ninfas (1929-1938) y Umbrales (1934-1938). Ambas, en su momento, representaron lo más avanzado en materia de edición y promoción cultural en Villa Clara, pese a que la creación, mayoritariamente regida por códigos de un modernismo tardío, marchaba muy a la saga del canon nacional, salvo raras excepciones, como la del propio Feijóo.

Ninfas fue una curiosa revista redactada, editada, diseñada e impresa por niños, que no eran otros que los alumnos de la destacada pedagoga, quien de esa forma dio una importante nota para lo que, tras varias décadas, califico como "escuela villaclareña de edición". Umbrales, por su parte, logró nuclear un importante grupo literario, homónimo de la revista, en el cual hicieron vida, entre otros, Onelio Jorge Cardoso, Juan Domínguez Albelo y la propia Dámasa Jova[1].

La revista Archipiélago, editada en el municipio de Caibarién, se ubica cronológicamente entre las de Dámasa Jova y Samuel Feijóo, y dada su aspiración de resonancia continental, marca un punto de notable interés en el algoritmo editorial villaclareño. Se acogía esta publicación al lema de "una voz de tierra adentro para el continente", porque —sin antecedentes ni sucesores en estas regiones— dirigía su discurso hacia el ámbito continental latinoamericano. Su director fue Quirino H. Hernández y en sus páginas colaboraron: Onelio Jorge Cardoso, Dora Alonso, Francisco de Oráa, Adolfo Menéndez Alberdi, Marcelo Salinas, Fernando G. Campoamor, Jesús Orta Ruiz, Marta Vignier, Mario Rodríguez Alemán y Raúl Ferrer, entre otros. Circuló por varios países entre marzo l943 y enero-febrero de 1947. Es una revista poco estudiada aún, que dado su insólito propósito y su no tan corta vida merecería mayor atención de los estudiosos villaclareños, pero la casi total inexistencia de ejemplares impide el cumplimiento cabal de ese objetivo[2]

La trayectoria editorial del múltiple Samuel Feijóo tiene su debut con Ateje, revista que fundó en Cienfuegos en 1950. Solo dos números logró publicar, pero sirvió, entre otras cosas, para revelar las cualidades del editor de vanguardia que ya era Samuel, acaso desde que en 1931 —en sus años escolares— le dio vida al Libretón-jicotea. Este ejemplar de curioso nombre no era más que una libreta escolar donde Feijóo autoeditaba (como posteriormente hizo en todos los espacios que lideró) lo que llamó sus "elucubraciones literarias". Al respecto de esa ingenua y prematura experiencia editorial, en su autobiografía titulada El sensible zapapico[3], Feijóo escribió:

"Todos esos materiales de aprendizaje literario, de íntima locura, de los intensos saberes de mi edad aquella, de mis deseos aquellos, fueron copiados en una enorme libreta de casi una vara de ancho por un pie y cuarto de alto que me conseguí no sé cómo. Este libretón al que, repito, luego llamé, con los años, Libretón-jicotea (…) es clave de mi formación como escritor juvenil, un hito en mi desarrollo. Y define mi afición a la innovación caligráfica, mi creación de formas en la letra, mi poesía y mi peculiar humor fantástico... En él apuntan y[a] una serie de líneas creadoras que serían culminadas después, a través de muchos años de trabajo cotidiano, de observación acuciosa y de vida intensa." (p.151).

Poco después de la experiencia de Ateje, al iniciar Feijóo sus trabajos al frente de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas, en 1958, la revista Islas dio rápido testimonio de esas pautas vanguardistas. La singular poética editorial que Samuel inauguró con Islas (reconocida como una de las pioneras del "inismo" o poesía visual), a partir de un diseño en apariencia caótico, pero vertebrado por pautas sistémicas que le aportaban una casi imposible coherencia, a lo que se suma el rastreo en zonas inexploradas de la cultura popular, les asignó a los números de su período (1958-1968) un encanto que en buena medida constituye, aún hoy, paradigma para búsquedas y concertaciones, no solo editoriales.

Esos principios de diseño, diagramación y perfil estilístico con los que el autor de Juan Quinquín en pueblo Mocho procesó Islas fueron los mismos que, algo represados, distinguieron a los libros de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas, también bajo su égida en el mismo período. Aquellas cubiertas tipográficas sobre un fondo monocromático, aquel "llamar a filas" a figuras de notable ejecutoria, como José Juan Arrom, Manuel Rivero de la Calle, Fernando Ortiz, Medardo y Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar, Manuel Moreno Fraginals, entre otros, para mezclarlos con creadores debutantes como Leoncio Yanes Pérez, Cheo Álvarez (El trovador caonaero), Silvia Lubián o José Seoane Gallo, daban fe del concepto plural de cultura con que Feijóo entendía nuestros procesos creativos, sin negarles protagonismos a tirios ni a troyanos.

Son conocidas las circunstancias que obligaron a Feijóo a dejar Islas, tras desafueros y desaguisados con las "cátedras" y autoridades universitarias, en 1968[4]. Pero esa revista marcó una pauta de altura en la tradición editorial villaclareña, sobre todo para los que en momentos posteriores asumen en Villa Clara el reto de la edición como experiencia sociocultural renovadora y multiplicadora de ideas, no como simple reproducción de textos.

La salida de Feijóo de Islas, sin embargo, propició el nacimiento de Signos, pues en noviembre de 1969, con cubierta ilustrada por Wifredo Lam, vio la luz su primer número. Signos  nació gracias al espaldarazo que, a manera de desagravio a Feijóo, aportaron dos preclaras figuras: Raúl Roa y Carlos Rafael Rodríguez, y gracias a ello el "performance" editorial de Samuel pudo continuar, incluso con mayores libertades, hasta que en 1985, tras concluir 35 números de Signos, se apartó definitivamente, por enfermedad, de sus novedosos proyectos.


Portada de Signos No. 32, 1984

Respecto a los aportes de este irrepetible creador, resulta importante reconocer que, aunque se formó e inició en el período prerrevolucionario, sus mejores realizaciones se concretan al amparo de la política cultural de la Revolución. Tanto Islas, como Signos (proyectos aún vivos, que van por los números 162 y 60, respectivamente) contaron y siguen contando con el financiamiento y apoyo logístico estatal que garantiza su subsistencia. Los libros que Samuel Feijóo editó para la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central (en total 99 con 19 952 páginas)[5]  no corrieron la misma suerte. Pasarían más de dos décadas antes que, en 1990, con el nombre Ediciones Capiro se produjeran nuevamente libros en Villa Clara. No obstante, entre aquellos libros de Feijóo y los de Capiro, el panorama editorial villaclareño tuvo otros animadores.

II. De Hogaño a Huella

En 1967 nace en Camajuaní, bajo la tutela de René Batista Moreno, la revista Hogaño, que mantuvo su salida hasta 1970. Su particularidad más notable es que no se producía en esténcil y mimeógrafo, como los boletines que ya empezaban a circular por gestión de los recién creados talleres literarios. Hogaño se producía en monotipia, en la imprenta del pueblo, y era también el resultado de los esfuerzos del taller literario municipal. En sus páginas colaboraron, entre otros destacados escritores del momento, Nicolás Guillén y Raúl Rivero. Paralelamente a Hogaño comienzan a producirse, bajo el mismo principio editorial, los cuadernos del taller literario José García del Barco. Principio y desarrollo del periodismo en Camajuaní, de René Batista Moreno, constituyó su ópera prima.

Estos cuadernos se editaron entre 1967 y 1999, y su bibliografía avisa de 22 títulos. Fueron, asimismo, tras el cierre de la editorial de la Universidad Central de Las Villas, la única experiencia atendible en materia de edición de libros entre aquel 1968 y 1990. Desde el punto de vista histórico tienen una importancia capital, y su principal animador, René Batista Moreno (colaborador cercano de Feijóo) mantuvo encendida la llama editorial en el tono de la tradición que el autor de Beth-el marcara con su dinamismo delirante. Para calificarlo con una expresión metafórica: los brevísimos folletos presellados a caballete de Ediciones Hogaño sumaron nuevas y buenas páginas al Libretón-jicotea.

En la década de los 70 se imprimen y circulan, entre otros boletines: Con la Mies en Parvas (de Caibarién), Vamos, Boletín Literario del CNC, Cubanicay (de Santa Clara), y Pluma y Fusil (de la Universidad Central). En los 80, surgen y desaparecen: Brotes y Contacto (de Santa Clara), junto a Huella (suplemento cultural del periódico Vanguardia) cuya primera y más fructífera etapa abarcó de 1987 a 1991. Las publicaciones de los 70 ponían el énfasis en la poesía, la narrativa y la literatura para niños. La prosa reflexiva era rara en ellas, y no se les pueden señalar muchas virtudes editoriales. Las de los 80 portan ya otros valores, y entre ellas destaco a la hoja literaria Brotes en su primera etapa (1981-1984), pues desde los textos de poesía y ficción y amparada en un diseño y despliegue tipográfico creativos, que de alguna manera se acogen a los valores que Feijóo les daba a las viñetas, amplificó la renovación estética por la cual esa promoción bregó intensamente. Contacto (1981-1988) fue una publicación de salida sumamente irregular que no alcanzó mucha repercusión, tal vez por falta de liderazgo, pese a que se procesaba con mejores recursos gráficos, offset incluido. La excesiva colegiatura impidió la estructuración de un pensamiento central que diseñara para ella un proyecto estético coherente. Por su parte, Huella se destacó, más que por su diseño e impresión (en rotativa), por la vocación polémica con que sostuvo sus puntos de vista sobre procesos artísticos, concepciones de la cultura y funcionamiento de las instituciones. Todas estas publicaciones, aun con diferendos, continúan la tradición villaclareña de no dejar en la pura oralidad el resultado del trabajo intelectual.[6]

III. "¡Viva el período especial!"

Tal vez, de haber vivido Feijóo con lucidez los años 90 y presenciado el nacimiento de los proyectos editoriales villaclareños de entonces, hubiera pronunciado enfáticamente el galimatías que encabeza este fragmento. Por eso lo marco con comillas. Y es muy probable que, deslumbrado, también lo inscribiera en su Libretón-jicotea (de haberlo continuado hasta la vejez), por considerarlo una paradójica y absurda "elucubración". No escapa a mi entendimiento la dimensión trágica de ese período llamado "especial" que, tras la desaparición de la URSS, catapultó a nuestro país hacia la parálisis casi total de la economía, con sus terribles consecuencias en el nivel de vida de la población y en los programas y objetivos sociales que durante décadas habíamos desarrollado.

No obstante lo anterior, y concentrados solo en el ámbito del crecimiento de la cultura editorial, es fácil verificar que las experiencias más completas de la época posfeijoosiana se concretaron tras la creación, en septiembre de 1990, de Ediciones Capiro. Y si recordamos que, en ese mismo septiembre de 1990 comenzó la "especialidad" del período, cuando todos los periódicos de Cuba redujeron su frecuencia y tirada, las editoriales nacionales (las únicas con las que contábamos) congelaron sus planes de impresión y las revistas colapsaron de manera casi total, por falta de papel, el contrasentido de una editorial naciendo comienza a iluminarse con la (i)lógica de lo real maravilloso. Consta en nuestro paradójico devenir que, tras decisiones de descentralización, unida a la disposición de utilizar —como no se hacía antes— hasta el último suspiro de los recursos disponibles, Capiro adquirió su primera —y precaria— infraestructura material. En algún nivel de dirección que ahora no consigo precisar se acordó entregarnos los llamados "picos" de las bobinas de papel gaceta con que se tiraba el periódico Vanguardia[7]. No necesitábamos mucho más, y a partir de esos remanentes, que rescatábamos a prima madrugada y trasladábamos al taller —que nos asignó el PCC— se procesaron los primeros libros.

Desde mucho antes, en los boyantes 80, el creciente movimiento literario de la provincia clamaba inútilmente por una editorial propia, pero solo en ese momento de escasez extrema, a partir de decisiones políticas e institucionales, se pudo concretar el anhelo. Capiro es, pues, una de las pocas hijas bellas del período especial; o mejor, de la lógica de optimización y descentralización que trajo aparejada la falta de todo.

Otros proyectos editoriales, con virtudes parejas a las de Capiro en el diseño, la calidad de los textos, la amplitud inclusiva de su filosofía y alcance promocional, nacieron en los 90. Ahí están las Ediciones Sed de Belleza, gestadas por la Asociación Hermanos Saíz en 1994, las Ediciones Bumerán y Cuadernos La Loma, del municipio de Manicaragua, y las revistas Umbral y Guamo (antes Cartacuba). De ellos solo los proyectos manicaragüenses no recibieron el espaldarazo que en el año 2000 aseguró centralmente sus existencias con el llamado Programa de Ediciones Territoriales del Instituto Cubano del Libro. Otros proyectos de revistas, ahora digitales, vieron la luz en los años 2000: ellos son Hacerse el cuerdo, del Comité Provincial de la UNEAC, y Cómo, de la Asociación Hermanos Saíz. Ambas aportan nuevas cualidades a la circulación de ideas, ahora con el ciberespacio como soporte, y Hacerse el cuerdo es un proyecto que avanza rápidamente hacia su consolidación, pues retoma los códigos de discusión que antes caracterizaron a Huella.

Lo diverso y complejo del panorama editorial villaclareño actual hace imposible un comentario analítico sobre cada una de estas publicaciones, pero es factible afirmar que completan una rigurosa plataforma de amplificación del pensamiento crítico y creativo generado en los múltiples procesos que iluminan a la región. No debemos olvidar que la Universidad Central de Las Villas fue la primera en el país en organizar e impartir, desde 2000, la especialidad de Edición de Textos, con lo cual aportó coherencia y rigor a la escuela editorial villaclareña. 

Ficción, poesía, pensamiento, crítica, literatura para niños, teatro, crónica, periodismo investigativo, historia, arquitectura, semiótica, son disciplinas que tienen su espacio en estos medios. Algunos de los proyectos aquí gestados, como las editoriales y las revistas insignias, han desarrollado un perfil de diseño y edición capaces de competir con los de cualquier cota geográfica de mayor y más antigua ejecutoria. Nuestros productos editoriales, elogiados en medios de diverso tipo y alcance, en su gran mayoría poseen una imagen propia y acabada. Otros proyectos, como las interesantes Ediciones Bumerán, siguen el recorrido marginal que marcó su nacimiento. Todos, sin embargo, enriquecen lo que Feijóo llamaría "la bejuquera editorial y manigüera", y trazan con claridad un camino cuyo nacimiento tal vez se localice en la mente ingenua de aquel niño que en una escuelita rural de San Juan de los Yeras, allá por 1931, editó un Libretón-jicotea para no escribir ni pintar "sobre la tela del viento y la espuma del olvido" sus mejores "elucubraciones".

Santa Clara, 21 de julio de 2010


[1] Para más información sobre el legado editorial y poético de María Dámasa Jova, ver mi trabajo titulado "La ninfa de los umbrales", en www.cubaliteraria.cu/delacuba/seccion.php?sub=2&articulos y en Signos Nº 53; enero-junio de 2006, Santa Clara, Cuba, pp. 57-64.

[2] Los datos sobre Archipiélago fueron tomados de: www.cenit.cult.cu/pageshower.php?c=f&id=19034

[3] Los párrafos citados pertenecen a la edición abreviada, preparada por René Batista Moreno y publicada por la Editorial Capiro, Santa Clara, Cuba, 2009.

[4] Para conocer detalles sobre la salida de Feijóo de Islas ver: Ramón Rodríguez Limonte; "Signos, un parto abrupto, pero feliz". Signos Nº 58. Santa Clara, julio-diciembre de 2009. pp. 11-18. Y Virgilio López Lemus: "Islas, Signos y Feijóo: lo insólito y lo contextual". Signos No 42, Santa Clara, Cuba, pp. 199-206.

[5] Datos tomados de una investigación bibliográfica realizada por la licenciada María del Carmen Rodríguez Fernández, de la Universidad Central de Las Villas. 

[6] Para mayor información sobre estas experiencias editoriales ver, en el libro Pasando sobre mis huellas (Premio UNEAC de testimonio 2001); Ediciones Unión, La Habana, 2002, los trabajos: “Ediciones Hogaño, sin sello, copyright, ni colofón” (pp. 70-75); "Brotes: la rosa de la turbación" (pp. 76-81); y "Nuestra Huella en el papel" (pp. 82-89).

[7] En el argot de los obreros gráficos se le llama "pico de bobina" al resto de papel que queda en la bobina luego de que la rotativa concluye la tirada del periódico.

 

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