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Cita con Silvio en la costa del Pacífico

Pedro de la Hoz • La Habana

Foto: Bill Hackwell
(Imagen tomada de Cubadebate)

 


Silvio durante su concierto en Oakland, el pasado sábado

Las multitudes que se congregaron para escuchar, corear y aplaudir las canciones de Silvio Rodríguez en Oakland y Los Ángeles, las más recientes estaciones de su gira por Estados Unidos, pusieron en evidencia dos cuestiones: la existencia de un sector del público de ese país que prefiere lo sustancial a lo adyacente y la consecuencia de un artista que es fiel a sí mismo en cualquier circunstancia y diversos escenarios.
 

En ambas ciudades presentó un repertorio casi idéntico al de sus conciertos en el Carnegie Hall neoyorquino: temas antológicos y composiciones reunidas en su más reciente fonograma, Segunda cita.
 

Sobre lo acontecido en Los Angeles, donde en la noche del jueves 17 se presentó en el anfiteatro Gibson, muy cerca de donde radican los estudios fílmicos de la Universal, vale reproducir dos testimonios.
 

Uno es de Magda Peñafiel, una joven de origen ecuatoriano que por algunos años se ha dedicado al estudio de la música cubana: “Me precio de ser una de las personas que en la Costa este tiene casi toda la discografía de Silvio. Pero esta vez es la primera vez que lo escucho en vivo, con sus músicos, y quiero referirme a cómo estos interpretan las canciones de Silvio como si hubiesen sido escritas para ellos. Son jóvenes virtuosos y Silvio les da espacio en su concierto para que desarrollen su maestría. Esto no es muy común en el mundo de las estrellas, donde los músicos acompañantes, salvo excepciones, son mera comparsa de los encumbrados. Se ve que Silvio predica con el ejemplo. Que lo más importante para él es comunicarnos ese  mundo poético que ha sabido construir”.
 

Otra opinión puede hallarse en un blog sobre música folk que escribe Pete Collera. El autor escribe en inglés lo que traduzco a continuación: “Gocé intensamente con las canciones de este ángel caído del cielo de Cuba. (…) Perdí muchas palabras, pues no comprendo bien el idioma, pero Rodríguez no necesita traducción para compartir sus sentimientos muy nobles, sentimientos que no abundan en las canciones que nos hablan todo el día de lo mismo”.
 

Obviamente, en tales casos, como quizás sucedió con otros de los asistentes a los conciertos, Silvio llenó vacíos espirituales y cumplió con expectativas casi nunca reconocidas por la industria cultural de un medio donde se concibe la canción como valor de cambio y mero entretenimiento.
 

Estando en Oakland, la alcaldesa de Richmond, Gayle McLaughlin,  le hizo llegar al trovador el siguiente mensaje: “En nombre de la Ciudad de Richmond, California, es un placer darle la bienvenida al Área de la Bahía de San Francisco a Silvio Rodríguez, músico cubano y líder del movimiento de la Nueva Trova. El Área de la Bahía es un estandarte de solidaridad y orgullo con un profundo compromiso de establecer relaciones normales con nuestro país vecino, Cuba… y para que las relaciones entre los dos países se abran y permita a los talentos y culturas del pueblo de Cuba y de EE.UU. influenciar unos a los otros y ayuden a construir juntos un mundo mejor”.
 

Contrasta un saludo de tal naturaleza con cierta algarabía que ha querido armar por estos mismos días en la ciudad colombiana de Medellín, un libelista que se hace llamar Sergio Esteban Vélez, al promover desde el diario local El Mundo una campaña para negar a sus conciudadanos la posibilidad de escuchar a Silvio. Dice que ha encontrado aliados en su infamante cruzada y cita un nombre: Plinio Apuleyo Mendoza. ¿Qué puede esperarse de una asociación con alguien que se ha atrevido a suscribir uno de los más retrógrados panfletos del pensamiento neoliberal, Manual del perfecto idiota latinoamericano junto al terrorista Carlos Alberto Montaner y el hijo de Vargas Llosa?
 

Como lo hizo en Nueva York, Silvio reclamó la libertad de sus cinco compatriotas prisioneros en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo.
 

También por estos días, Silvio subió a su blog una letra que escribió su compañero Vicente Feliú en 1968, que comienzan diciendo: “No es fácil / caminar por entre escombros / y andar sin ensuciarse los pies. // No es fácil / recorrer largos caminos / y avanzar sin que te logres caer”.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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