Año IX
La Habana
19 al 25
 de JUNIO
de 2010

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UNA CONVERSACIÓN CON ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR
“Pertenezco a la familia de los dudadores”

Xenia Reloba y Maité Hernández Lorenzo • La Habana

Fotos: Abel, Casa de las Américas

 

En 2010 conviven en la vida de la Casa de las Américas dos aniversarios cerrados: los 50 años de su revista y los 80 de su presidente, Roberto Fernández Retamar. Imposible no encontrar en esa feliz conjunción señales de perseverancia en el tiempo y en las cosas, como le gustaba decir a Borges, uno de los escritores que más admira el autor de Caliban.

Todos estos signos nos llevaron a solicitarle a Roberto una conversación formal, fuera de los encuentros casuales, de los intercambios de libros, de las reuniones que cotidianamente rigen nuestra agenda de trabajo. En medio de los innumerables homenajes que ha recibido por estos días, tuvo, otra vez y como siempre, la generosidad de aceptar un cuestionario hecho con premura que pretende recorrer el amplio horizonte de su trayectoria intelectual sin eludir nuestra admiración y el pie forzado de sus ocho décadas.

Mirando desde hoy al joven de casi 35 años que ocupó la dirección de la revista en 1965, ¿qué haría diferente, qué no cambiaría, cómo observa esa trayectoria que lo conduce hasta ahora?

Una característica de la revista Casa de las Américas, que he dirigido durante muchos años, es que ha estado atenta al curso de lo que sucede en la vida cultural no solo de Cuba, no solo de la América Latina y el Caribe, sino del mundo todo: por tanto, la revista  ha estado cambiando constantemente. ¿Qué haría diferente? Es que he hecho muchas cosas diferentes en la revista. Y creo que en general la revista, dentro de esos cambios, ha tenido una trayectoria vital que se conserva hasta nuestros días.

Durante este medio siglo de existencia de la revista, ¿qué marca hoy la diferencia con respecto a otros años, cómo valora el diálogo entre la revista y su campo intelectual y literario?

Durante medio siglo la revista, siendo la misma, ha sido varias revistas. Hubo una en sus primeros años, antes de empezar yo a dirigirla en 1965, sobre la que no me corresponde hablar. A partir de esa fecha, la revista se asumió en un contexto político muy especial. Había la esperanza de obtener por vía guerrillera el poder en muchos países de nuestra América, y la revista fue fiel a esa esperanza. La realidad no satisfizo esas expectativas. Solamente en Nicaragua, veinte años después del triunfo de la Revolución Cubana, se obtuvo el poder por medio de la lucha guerrillera. En los demás países no ha sido así. La revista ha querido ser fiel a distintos momentos. Hoy día, por ejemplo, hay gobiernos revolucionarios en nuestra América que no llegaron al poder por vía guerrillera. No tiene ningún sentido que nosotros insistamos en proyectos que han cambiado, que son otros. Repito, hay gobiernos revolucionarios en la América Latina que por otras vías llegaron al poder. Y aunque la revista no es en absoluto un mero reflejo de los ideales políticos que se han estado manteniendo, ha vivido dentro del espíritu correspondiente. Por eso, cuando se me pregunta qué marca hoy la diferencia con respecto a otros años, tengo que decir que los años son muy diversos y distintos y por  tanto la revista tiene que cambiar obligadamente para seguir siendo una revista válida. ¿Cómo valoro la revista en su relación con su campo intelectual? Durante 50 años ha habido muchos cambios no solo en el orden político, sino en el orden cultural todo, y la revista ha ido cambiando en la medida en que las exigencias lo han requerido.

¿Alguna vez le inquieta la perspectiva de haber abandonado parcialmente su actividad “creadora” para enfrentar el cotidiano reto de dirigir una revista, una institución cultural como la Casa de las Américas, la Academia Cubana de la Lengua y sus deberes en el Consejo de Estado?

Entiendo que la mayor parte de mis actividades no escriturales, por así decir, forman parte también de mi actividad creadora. Creo que dirigir una revista como Casa de las Américas es una actividad cultural creadora. Pensemos en José Lezama Lima, quien durante 12 años dirigió la revista Orígenes y había dirigido antes las revistas Espuela de Plata y Nadie Parecía. No es dable separar la labor “creadora” de Lezama de su labor al frente de esas revistas.  Hubo una revista inolvidable en nuestra América, Repertorio Americano, que el costarricense Joaquín García Monge dirigió durante 40 años. Gran parte de la tarea intelectual de García Monge fue haber dirigido esa revista. Esto es válido para la dirección de la revista Casa y para la presidencia de la Casa de las Américas, la cual cuenta con un formidable equipo. La Academia Cubana de la Lengua es cosa distinta. Es una entidad de la que soy director, pero las tareas se distribuyen entre casi todos, si no todos los miembros. Y en cuanto al Consejo de Estado, afortunadamente tal Consejo es muy amplio, con muchos compañeros. Yo insistiría en lo que me parece fundamental de mi trabajo no escritural: la presidencia de la Casa de las Américas y la dirección de la revista. Siento que son manifestaciones de mi labor creadora también.

En una entrevista publicada este año (www.miradasalsur.com), aseguró no sentirse tentado a escribir un autorretrato. Apuntó, no obstante, que si tiene figura de Quijote, por dentro tiene más de Hamlet. ¿Qué razones lo acercan más a este último personaje?

Hamlet es, en la literatura mundial,  la encarnación por excelencia de la duda. Bertolt Brecht escribió su famoso poema “Loa de la duda”, y creo recordar que a Marx le atraía dudar de todo. Pertenezco a la familia de los dudadores.

En esa misma entrevista, interrogado sobre algún conjuro contra la nostalgia de lo perdido, confiesa que “existe la satisfacción de vivir entre seres amados y la esperanza de ir a encontrar, aun en la vejez, cosas nuevas: amistades, experiencias”. ¿Nos revelaría algunas de esas experiencias “conjuradoras” más recientes?

Antonio Machado escribió que “se hace camino al andar”. No tengo metas prefijadas, pero al ir andando van apareciendo esas metas. Ochenta años es una edad muy numerosa. Cuando era un muchacho y pensaba, no ya en los 80 años, sino en el año 2000, no se me ocurría que iba a estar en él. Pero las tareas sobre las que se me preguntó me obligan constantemente a estar estableciendo nuevos criterios, nuevas metas. Es difícil señalarlas desde ahora, antes de que yo haga camino al andar.

En poesía, a veces da la impresión de que se escribe hoy de una manera “demasiado estudiada”. Usted, sin embargo, asegura que nunca ha podido proponerse escribir un poema. ¿Cómo nace un poema?

Schiller dijo que él sentía que se iba formando una música en su interior, y era señal de que iba a escribir un poema. A mí me gustó mucho esa observación. No sé cuándo voy a escribir un poema, pero siento algo que puede ser la música de la que hablaba Schiller. Siento algo que se va a convertir en un poema. Repito que no puedo proponerme escribir un poema. Puedo pasarme mucho tiempo sin escribir un poema y de repente, en un fin de semana, escribir todo un cuaderno de poemas, como me ocurrió con un cuaderno llamado Historia antigua y que fue escrito casi todo de un tirón. Sé que hay poesía, como dicen ustedes, demasiado “estudiada”. Ese no es mi caso en absoluto. Escribo ensayos que sí puedo proponerme escribir, pero no un poema. Los poemas vienen cuando ellos quieren.

Los escritores a menudo hablan de un mecanismo de decantación “natural” en sus obras. ¿Pudiera revelarnos algunas de sus claves en ese proceso?

Borges decía que un escritor, cuando es joven, tiende a ser barroco, y cuando madura tiende a ser sencillo. Ello me recuerda a José Martí, quien en su madurez escribió sus Versos sencillos. Esta última palabra no se puede traducir fácilmente a otro idioma, porque cuando se traduce al inglés, por ejemplo, como “simple”, pues la palabra “sencillo” no existe en inglés, no se acierta, porque esos versos no son en absoluto simples. Son extraordinariamente complejos. La madurez, por tanto, implica sencillez, pero en el sentido de los Versos sencillos de Martí. Cuando era muy joven y empecé a escribir mis poemas, ellos eran muy verbosos. Hay un pasaje de la novela de Joyce Retrato del artista adolescente en que el protagonista, Stephen Dedalus, de repente empieza a escribir palabras que le atraían y entre ellas estaba la palabra cáncer. Evidentemente, no era el sentido de la palabra lo que le atraía, sino la música de la palabra. Creo que eso le pasa a todo escritor joven. Yo al principio era muy verboso,  y a medida que ha ido pasando el tiempo he ido madurando, utilizo las palabras justas. Ni más ni menos.

El prólogo a la antología de Jorge Luis Borges editada por la Casa y preparada por usted, es un ejemplo de inteligencia y honestidad intelectual. Siendo Borges un declarado enemigo de la Revolución Cubana y ocupando usted un lugar importante dentro de la cultura de nuestro país, puso por delante la inmensidad literaria de Borges y la urgencia de su publicación en Cuba. ¿Cómo ha logrado conciliar esas afinidades y divergencias en la política y en la literatura con otros escritores?

Eso me lleva más atrás de la entrevista con Borges. Soy de los que creen que sigue muy vigente la dualidad izquierda-derecha en la política, pero no en las artes. Creo que no hay arte de derecha y arte de izquierda. Eso ha sido trabajado muy bien por el gran pensador hispanomexicano Adolfo Sánchez Vázquez. Otra cosa es el uso que se pueda hacer de una manifestación artística a favor de una u otra posición política. Pero a mí no se me ocurriría decir a propósito de Borges, a pesar de los disparates que dijo en el orden político, que su obra literaria es de derecha o de izquierda. Es buena, muy buena, excelente. Por  tanto, había que rescatar  para nosotros, para nuestro ámbito, una obra tan valiosa como la suya. A pesar de los disparates políticos que él dijo. Tuvo una virtud, y es que esos disparates no los dijo en su obra literaria. Eran declaraciones que él hacía, a veces muy agresivas, a veces pueriles,  pero su obra literaria no está manchada por esas posiciones políticas. No tendría ningún sentido prescindir nosotros de enriquecernos con esa obra. Esa antología, que se llama Páginas escogidas de Jorge Luis Borges, nació de un encuentro  que tuve con él en 1985, en Buenos Aires. Entonces no hablamos de política, sino de literatura. Si volviera a estar en esa situación, volvería a pedirle a Borges que me permitiera publicar sus páginas.

El poeta más importante de la lengua inglesa en el siglo XX fue Ezra Pound, quien fue fascista, militantemente fascista. Borges era un francotirador, un anarquista de derecha, pero Pound era un fascista. Sin embargo, no se entiende la poesía de lengua inglesa en los últimos tiempos si no se entiende la obra poética de Pound, e incluso, más allá de la poesía de lengua inglesa. Un autor como Ernesto Cardenal ha repetido muchas veces que su gran maestro poético es Ezra Pound. Después de esto, ¿qué se puede decir? Evidentemente, a partir de las ideas o posiciones políticas de un autor no se puede juzgar su obra literaria. Son dos entidades independientes.

Hace algunos años  reuní en un pequeño libro trabajos sobre poetas y sobre poesía que había escrito y lo llamé La poesía, reino autónomo. Creo que el arte es un reino autónomo. No puede ser juzgado a partir de las creencias políticas, religiosas, deportivas, sexuales, etcétera, de un autor. Sencillamente, tiene un valor en sí mismo y hay que reconocer ese valor.

En más de una ocasión ha dicho que desafortunadamente su ensayo Caliban sigue vigente en el contexto latinoamericano y caribeño. Sin embargo, es evidente el cambio de signo que se ha producido en la región, impulsado principalmente por la revolución bolivariana. Usted ha sido testigo de momentos similares en el continente: la violentada Revolución de Allende, la sandinista y otros movimientos importantes. Teniendo como telón de fondo esa experiencia, ¿cómo valora el papel del intelectual y dónde lo sitúa hoy en este “cambio de época”, como lo ha denominado Rafael Correa? ¿Cómo es más útil el intelectual?

Voy a explicar por qué he dicho que desafortunadamente Caliban sigue vigente. En un momento dado, el gran orador ateniense Demóstenes produjo una serie de discursos contra Filipo, rey de Macedonia, padre del que sería Alejandro Magno, alertando que constituía un peligro muy grande para Atenas. Esos discursos de Demóstenes, que se aprecian mucho,  se dieron a conocer con el nombre de Filípicas. Ellas se leen hoy sin relación ninguna con la situación de Filipo. Eso pasó hace más de dos mil años. Sin embargo, se siguen leyendo por su valor literario, ya no por el valor político que tuvieron en su momento. Pienso que esto es válido para otras obras. Por ejemplo, es triste que “Nuestra América”, de José Martí, tenga tanta vigencia, porque eso quiere decir que la situación que estamos viviendo ahora se parece mucho a la situación que vivió Martí. ¡Qué bueno que algún día se pueda leer “Nuestra América” como las Filípicas de Demóstenes, porque ya no exista el imperialismo, porque ya no exista la situación que vivimos! A eso me refería cuando dije que me gustaría que Caliban perdiera actualidad coyuntural, política, y se convirtiera en un texto puramente literario. Desgraciadamente, no es así.

En cuanto a otra parte de la pregunta, hay que tener en cuenta que la palabra intelectual es una palabra muy amplia, sobre la que escribió con su habitual agudeza Antonio Gramsci. Entre sus Cuadernos de la cárcel hay uno que se llama Los intelectuales y la organización de la cultura y allí de alguna manera define lo que es un intelectual. En primer lugar, dice que hay seres humanos intelectuales, pero no los hay no intelectuales. La faena intelectual es propia de los seres humanos. En algunos, se especializa esa faena. Pero cuando Gramsci habla de intelectuales no se refiere solo, como se suele hacer por error, a escritores y artistas. Habla también de sacerdotes, de dirigentes políticos, de maestros, de científicos, de técnicos. Todos ellos son intelectuales. Tomado así, en un sentido amplio, el término, me parece evidente que hay intelectuales —aquí sí— de derecha y de izquierda. Aquí sí existe esa dualidad política. Hay intelectuales que trabajan a favor de la derecha y hay intelectuales que trabajan a favor de la izquierda. A mí los que más me interesan, como es natural, son los que trabajan a favor de la izquierda. En el caso concreto de estos movimientos que usted menciona: la Unidad Popular de Allende, el triunfo sandinista en Nicaragua, la Revolución Bolivariana en Venezuela, la Revolución Ciudadana en Ecuador, la revolución de Evo Morales en Bolivia, etcétera, me parece que los más valiosos intelectuales son aquellos que se ponen al servicio de estas causas justas, que han trabajado o trabajan en favor de estos procesos revolucionarios. Es muy complejo, pero así veo las cosas. Hay intelectuales de derecha que no carecen de valor, pero su valor político es negativo.

Me gusta mucho que ustedes citen aquí lo que el presidente ecuatoriano Rafael Correa llamó “cambio de época”, más que una época de cambio. Creo que la América Latina vive ese cambio de época. Lo que sucedió con nosotros al principio de la Revolución Cubana está ocurriendo ahora, cincuenta años después, en otros países de nuestra América. Creo que los mejores intelectuales  colaboran en esa magna faena que implica un cambio de época.

Desde esos movimientos en el poder, ¿cómo usted ve la utilidad de ese intelectual, de su participación?

Eso ha sido en Cuba objeto de mucha meditación. Incluso, como sabemos, a mediados del año 1961 hubo una reunión de escritores y artistas cubanos con dirigentes de la Revolución, donde se habló muchísimo. Desgraciadamente no se han conservado, que yo sepa, las transcripciones de lo que allí se dijo. Lamento mucho que así sea. Fidel pronunció al final el memorable discurso que se ha conocido como “Palabras a los intelectuales”, y son en realidad “Palabras a los escritores y artistas”. Incluso este discurso tan importante no se entiende del todo porque allí se alude a intervenciones de escritores y artistas cuyas transcripciones no existen. A ese discurso le falta ese contexto. Allí dijo Fidel palabras que se hicieron muy famosas, como aquellas de que “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. No, como se ha dicho equivocada o malignamente, “fuera de la Revolución”, sino “contra la Revolución”. “Dentro de la Revolución todo” qué quiere decir. Quiere decir que hay un amplísimo campo de trabajo para los escritores y artistas, y quiere decir también que la crítica hecha dentro de la Revolución es válida. Cuando un revolucionario critica aspectos de la Revolución que considera negativos no está contra la Revolución. Está dentro de la Revolución, si es un revolucionario consecuente. Nosotros hemos vivido cincuenta años en los cuales se han hecho maravillas a nombre de la Revolución, y también se han cometido errores. Por ejemplo, las UMAP, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción. En aquel momento, un grupo de escritores y artistas, entre los que me encontraba, entendimos que eso era un error y estuvimos contra ese error dentro de la Revolución. De los escritores y artistas que entonces nos reunimos recuerdo a Julio García Espinosa, Lisandro Otero, Sergio Corrieri, Tomás Gutiérrez Alea. Pasado el tiempo, Titón derivó de esas posiciones su excelente película Fresa y chocolate. No sospeché que se iba a producir un hecho artístico de tanta relevancia. Tengo algunos poemas de aquella época que tienen que ver con eso, pero los poemas son a menudo casi misteriosos, casi clandestinos. En cambio la película tuvo gran difusión. Por  tanto, una vez hecha poder la Revolución el intelectual revolucionario a más de participar en las mil tareas de creación, está no ya en el derecho, sino en el deber de señalar los aspectos que considere negativos en la Revolución, para fortalecerla, no para debilitarla.

En estos días ha recibido muchos homenajes por sus ocho décadas de vida. En más de una ocasión ha confesado que no se siente como un hombre de esta edad. ¿En qué desafío o dilema personal lo coloca la llegada de sus ochenta años?

Jean Cocteau afirmó: “Lo malo de la vejez es que se permanece joven”. Por otra parte, Borges escribió que con los años el animal ha muerto o casi. La arquitectura material  se va desvaneciendo. Según se colige de lo que expresó Borges, si el animal ha muerto o casi, es que somos prácticamente solo espíritu. Hay algo de eso, y algo de la frase de Cocteau. Digamos que el cuerpo está casi muerto pero se tienen ojos y los ojos siguen viendo, y lo hacen con la pasión de un joven. Debo decir que con motivo de estos homenajes que he recibido al arribar a mi numerosísima edad, he pensado que se quiere saber lo que van a decir de uno, después de muerto, los que nos quieren. Bueno, gracias a esta serie de homenajes, ahora que el animal ha muerto o casi, he sabido lo que quienes me quieren van a decir de mí después.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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