Año IX
La Habana
12 al 18
 de JUNIO
de 2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Daniel Díaz Torres
Escuela para estimular el talento

R. D. Rojas • La Habana

 

Pasaron bastantes minutos luego de la hora acordada, antes que Daniel llegara a la cita. “Solo tenemos media hora”, dijo sonriente. Daniel Díaz Torres es un hombre muy ocupado. “Ahí va, corriendo, como siempre”, le largó un amigo al pasar por su lado.

Su conversación es en constante movimiento; pareciera que habla también con las manos. Se apasiona cuando le hablan de una época que recuerda “con mucha nostalgia” y es difícil realizar la próxima pregunta sin que él la adivine y la responda antes.

Como subdirector en los años 70 del Noticiero Latinoamericano ICAIC, se ha enfrentado de cara con los problemas de su época… y los ha publicado. Al lado de Santiago Álvarez se formó como cineasta.

¿Cuándo empieza usted a trabajar con Santiago Álvarez en la realización de los Noticieros ICAIC?

En los años 70, la idea del ICAIC era que existiera un espacio —que aún no existía— que funcionara como escuela de cine. Este fue el Noticiero ICAIC Latinoamericano. Por supuesto, los primeros realizadores empezaron trabajando como asistentes de dirección hasta llegar a la realización del Noticiero.

Antes de mí habían pasado otros realizadores como Pastor Vega, Manolo Pérez, Miguel Torres y seguramente se me olvidan otros nombres aparte de Santiago. Se quería que el trabajo en equipo para la realización del Noticiero constituyera un proceso formativo en continua práctica. Era como aprender a nadar lanzándose a la piscina y corriendo todos los riesgos, que de por sí eran bastantes altos debido al tope de calidad y significación que ya Santiago había fijado. El realizador que se incorporaba a realizar un número del Noticiero tenía que estar de alguna forma a esa altura.

Entré al equipo en el año 1977 como subdirector del Noticiero y no puedo decir que no pasara muchos trabajos, sobre todo en los primeros números en los que participé. Un poco más tarde se incorporó Rolando Díaz y trabajamos un tiempo de forma alterna. Santiago era el director general y lo supervisaba todo. Creo que esa etapa, cuatro o cinco años, fue en la que más hemos trabajado juntos Rolando, Fernando Pérez, que se incorporó también en ese tiempo, y yo. De alguna manera esa fue nuestra verdadera escuela, nuestro entrenamiento cinematográfico real. Fue una etapa que recuerdo con nostalgia, sobre todo del trabajo en equipo, de las discusiones sobre los proyectos y del sentido realmente positivo de emulación. Había una sana competitividad para lograr que los números tuvieran ese atractivo que hacía muy grata la percepción del público.

¿Qué era lo que se proponía fundamentalmente cuando asumía la realización de los Noticieros?

El Noticiero en realidad no daba noticias. Casi nunca, más bien excepcionalmente. Creo que la primera vez que se dio una fue referida a una campaña en EE.UU. donde se alegaba que existían equipos de espionaje en la playa de Guanabo y que resultaron ser las antiquísimas antenas parabólicas. En esa ocasión, se trató el tema con ironía, que era la línea de lo que hacía Santiago anteriormente. Rara vez se daban noticias porque se trataba de un trabajo semanal. Las noticias le tocaban a la prensa. Por lo tanto, lo que hacíamos era elaborar, entregar una mirada de mayor complejidad, puesto que era otro tipo de análisis. Intentábamos adentrarnos en aspectos de la cotidianidad del país y asumirlos de forma que la gente sintiera que no se era ajeno a sus problemas, que se abordaban con una visión crítica, movilizativa a nivel de conciencia con el objetivo de hacer reflexionar a las personas. A veces ocurre que la realidad parece no existir y no queríamos que la gente pensara que la prensa, en este caso la cinematográfica, no la tocaba.

Muchos de los números del Noticiero eran prácticamente documentales que abordaban temas muy diferentes, pero sabíamos que estaban muy en consonancia con el sentir popular. De eso te dabas cuenta en el cine cuando se hablaba de los fenómenos de la gastronomía, de los baches en la calle, de la mala calidad del pan, de las negligencias administrativas y burocráticas o de los problemas del conformismo. Está el Noticiero de la ventana, por ejemplo, donde se ve una obvia desorganización del trabajo y falta de sensibilidad ante la pérdida de materiales y productos que forman parte de un trabajo con el cual no se hace nada.

A mí me sorprende, y hasta me resulta triste, que aunque estamos hablando de cuestiones tratadas hace 30 años, uno siente que la realidad es prácticamente la misma. Hay problemas que no son simplemente aislados de algún administrador, no. ¿Por qué, a lo largo de décadas, hay tantos administradores que incurren en los mismos errores? ¿Qué ocurre con esos fenómenos de desorganización, con la desmotivación para lograr calidad en el trabajo? Creo que la principal lucha en estos momentos es encontrar las vías que permitan de alguna manera que se solucionen esos problemas.

¿Hasta qué punto el equipo del Noticiero tenía libertad para ejercer esa crítica inteligente que aparece por lo general en sus ediciones?

Creo que toda gran libertad implica una gran responsabilidad. Nuestra crítica siempre fue constructiva, aunque muchas veces estaba marcada por la ironía y el humor, no por la burla, que es diferente. Muchas veces esas características molestan. Sin embargo, creo que son instrumentos eficaces y cualidades esenciales de la inteligencia. Y ese “golpear”, como decía José Martí, que la sátira tiene que ser un látigo aunque con cascabeles en la punta, debe ser de todas formas un látigo. Una sátira suave, que no incida con fuerza sobre lo que se está abordando, no es sátira. Cuando se ironizaba sobre un defecto era porque merecía la ironía. Muchas veces detrás de toda esa “seriedad” hay enmascaramientos y maneras de no decir las cosas. Siempre hay quienes piensan que la crítica es dañina, por mi parte creo que lo dañino es la ausencia de crítica; la prefiero siempre un poco pasada a ninguna. La ausencia de crítica es ausencia de opinión y, por tanto, esta muere. Sería total conformismo y falta de acción sobre la realidad si dejara de existir.

La prensa, con responsabilidad, tiene que emular en ese papel. El Noticiero fue objeto de muchas críticas: unas justas, pero la mayoría injustas. Procedían de la tendencia a esperar el “momento adecuado” y las “instancias correctas” para abordar determinados asuntos. Eso es rechazar el papel de la opinión pública y de la conciencia civil, que no tiene que ver nada con hacerle el juego al enemigo. Esto último me parece un facilismo y una trampa para instaurar un conformismo acrítico, que es donde creo que está el gran peligro para la población.

Hay algo muy interesante que creo le escuché decir a José María Vitier, y es que los principios y conceptos básicos de la Revolución no se pueden identificar con las personas que a veces los encarnan. Porque esas personas se equivocan y cometen errores y no son los principios en sí mismos. Unas veces los encarnan maravillosamente y otras puede que no sea así. El hecho de que un Ministerio funcione mal, que aplique políticas que a los tres o cuatro años se demuestren que fueron equivocadas, no es la Revolución sino sus errores. Precisamente por eso es tan importante la crítica y la diversidad de opiniones, que existan aunque puedan ser contradictorias y aunque no sean todo lo profundas que pudieran ser, dado que no siempre se pueden tener todos los elementos.

En este sentido, el Noticiero trataba de no ser irresponsable: abordaba fenómenos de la realidad, trataba de verlo con todas sus aristas: si tenía aristas positivas, resaltarlas, y si las tenía negativas, señalarlas. Era una especie de llamado a la reflexión —entendiendo también que el Noticiero no arregla la realidad—, alertar, contribuir al análisis. A eso es a lo que puede aspirar una obra, en este caso cinematográfica.


Fotograma del Noticiero ICAIC

Por supuesto, cada medio tiene sus singularidades. Creo que en la prensa escrita deberían salir cosas mucho más profundas y más incisivas que las que salen en el cine o en la televisión que es un medio tan masivo que no se puede discriminar quién lo ve y quién no. En cambio, el cine tiene un marco más restringido. Por eso, la prensa escrita debería ocupar espacios donde se aborden temas más agudos y con mayor profundización. La mayor parte de las veces no ocurre. Esa responsabilidad recayó en numerosas ocasiones sobre el cine... y era demasiado.

En el sentido de la retroalimentación, ¿cree que el público captaba las señas, metáforas, intertextualidades y símbolos que le entregaba el Noticiero?

Absolutamente. Uno lo sentía cuando hablaba con la gente y cuando iba a las salas de cine a observar sus reacciones. Incluso, había personas que iban exclusivamente a ver el Noticiero. Eso puede parecer un poco absurdo ahora, pero es verdad. Iban al cine, y cuando terminaba la película no se levantaban porque volvía a empezar el Noticiero, es decir, que lo veían hasta dos veces. De eso fui testigo en numerosas emisiones. Eran películas que tenían incluso cierto impacto popular, como las franco-italianas, de las que más público tenían en esa época. Las personas se reían, pero era la risa de quienes estaban participando en una complicidad con lo que veían.

Precisamente por la atención que le prestaba la gente, el Noticiero pudo incidir directamente en algunos problemas de los que abordó, como fue el caso de las cafeterías que se encontraban en las Ocho Vías, que mejoraron sus servicios en aquel momento y sus condiciones higiénicas. Pero no es al Noticiero a quien le correspondía eso. ¿Dónde estaban las instancias que debían estar velando por que esas cosas no sucedieran? Esos problemas podrían haber durado años y nadie hacía nada, y supuestamente ese es el papel que tiene que tener la sociedad al nivel de una conciencia civil que se preocupe e incida sobre ellos. Ya no hablo de las administraciones que están por encima de eso, hablo de la ausencia de inquietud. Lo decía Lenin, que la prensa es uno de los agentes que mejor debería contribuir a motivar la inquietud y la preocupación social. La prensa debería tener y exigir el derecho de poder ejercer una visión crítica más libre en este sentido. Todo el mundo entiende a qué me refiero con libertad. Está claro que este socialismo hay que perfeccionarlo, que hay cosas que necesitan moverse más rápido.

Actualmente existen muchas facilidades tecnológicas en comparación con las de la época y con el formato en que se realizaba el Noticiero ICACI ¿Cree usted que exista alguna posibilidad de rescatarlo?

Cuando el Noticiero ICAIC desapareció, creo que no había mucha voluntad de que siguiera existiendo un noticiero así. Lo digo con toda franqueza. Precisamente por eso he hablado tanto de este mal entendido sobre cuál es el papel crítico que ejercíamos como medio audiovisual. Existían personas en determinadas instancias que no estaban  muy entusiasmadas con nuestro trabajo, y creo que sería deshonesto decir lo contrario. Eso por un lado, y por otro —ciertamente esto tenía un gran peso— había un enorme problema económico. Un noticiero en 35 mm, detalle que no se puede desconocer, era en extremo costoso. Todas las semanas se hacían 50 copias. Eso ya no existe en ningún lugar del mundo. Lo cierto es que se vinculó un problema económico con una voluntad no entusiasta de que ese proyecto continuara. Porque el Noticiero terminó siendo una especie de revista mensual, pero ni así sobrevivió. En el año 90 desapareció.

Echo de menos, aunque no sea en las mismas condiciones, que con los medios digitales que ahora existen, y son de muchísimo más fácil acceso, se haga algo parecido. Algo así debería existir, y hecho por los jóvenes. De la misma forma que en aquel momento éramos nosotros los jóvenes... yo tenía 27 años.

En las muestras de cine joven veo cosas que me recuerdan los Noticieros, lo que les llaman documentales. Si fueran noticieros, tendrían una impronta y una inmediatez asombrosa, no la carga de trascendencia que deben tener los documentales. A veces siento que no son documentales, sino que son reportajes, inteligentes y agudos, pero reportajes. Si fueran documentales, yo les pediría que tuvieran un mayor rigor y profundización en la información, en el manejo formal. Precisamente porque en el Noticiero no estábamos teniendo vocación de trascendencia, y si algunos lo hicieron no fue porque estuviéramos pensando en hacer algo importantísimo para la historia. Lo que sí teníamos era la honestidad de saber que estábamos tratando algo auténtico, que se estaba reflejando.

Según el manifiesto de Cine Pobre de Humberto Solás, este “no quiere decir carente de ideas o de calidad artística, sino que se refiere a un cine de restringida economía” ¿Puede considerarse el Noticiero ICAIC como cine pobre?

Quiero aclarar algo: a mí personalmente no me gusta la palabra “pobre”. Prefiero cine de bajo presupuesto o de bajos recursos. (Luis) Buñuel decía que la pobreza trae consigo miseria, que puede ser hasta espiritual.

Tampoco se puede decir que el Noticiero fuera muy pobre, porque tenía dos o tres carros, varias cámaras, trabajaban cinco o seis camarógrafos, en ocasiones lográbamos ir al interior y todas las semanas se tiraban 50 copias en 35 mm. Eso no es tan pobre. Lo que pasa es que todas las pobrezas son relativas. Un largometraje es casi imposible que cueste menos de 200 mil dólares, sin embargo, esa suma puede sonar increíble para los que no se desenvuelven en este medio, pero eso es lo menos que cuesta. La cifra mínima es un millón de dólares en los países desarrollados.

Todos los procesos tecnológicos que hay que pagar hasta tener una copia para cine y con fines comerciales, con una mínima calidad de sonido y edición, son muy costosos. La tecnología digital ha bajado mucho los precios, pero el cine se sigue haciendo en 35 mm, por lo que, para que una película tenga un camino internacional de exhibición comercial, sigue siendo caro.

Si hablamos en esos términos, la película de Fernando Pérez sobre Martí es cine pobre. La imaginación que le pusieron él y Raúl Pérez Ureta les ahorraron los miles de euros que le hubiera costado esa película en cualquier lugar del mundo. Eso sí es de bajos recursos. Para lograr una película de época, ambientar cada escena, y que tuviera la calidad que tiene, hubo que trabajar mucho y con mucho, muchísimo menos de un millón. En ese punto es donde pienso que el elemento del costo se relativiza.

Y tampoco hay que confundirse. (Martin) Scorsese decía que lo bueno del cine digital es que cualquiera puede hacer una película; lo malo del cine digital es que cualquiera puede hacer una película. Capturar imágenes hoy en día es algo que puede hacer cualquiera. Lo difícil es que eso se convierta en un producto con un buen manejo del lenguaje, buena factura, con un trabajo expresivo y que termine teniendo una calidad de reproducción que alcance un nivel comercializable, y no en el mal sentido del término, sino para que sea exhibido a algún público ajeno a mis intereses particulares con un mínimo de calidad. Tampoco estoy diciendo que el cine comunitario no sea válido, en ese caso sí sería posible hacer una película con recursos limitados.

Imagine que usted fuera el responsable de organizar el homenaje a Santiago por los 50 años del Noticiero ICAIC. ¿De qué forma lo haría?

Creo que Santiago no era de grandes homenajes. Ahora es cuando más se está hablando de Santiago. Te diría que, aunque creo que a él le molestaría tanto tributo, siento que se ha ganado ese derecho a la mitificación con más autenticidad. Realmente su trabajo tiene un gran valor artístico y fundacional. Santiago fue un verdadero maestro. Incluso hay otros que se convierten en mito, y eso me parece algo exagerado. Si hay alguien que se merece tantos homenajes, es él. Lo que más agrada de eso es que su figura quede en la conciencia colectiva de las nuevas generaciones. Es buena esta actualización, incluso para los que, sin haber visto ninguno de sus trabajos, pueden decir quién fue.

Para mí el mejor homenaje es poner sus trabajos, de verdad. Hablan por sí mismos. Now es inmortal en ese sentido. Hasta en sus materiales no tan conspicuos hay siempre secuencias extraordinarias. Aunque se diga: “bueno, ahí también colaboraron otras personas”. Sí, ese era otra de sus virtudes. Santiago tenía la generosidad de saber estimular el talento de otros, de incorporarlo a la integridad de una obra sin egoísmo profesional. Eso es muy importante. La grandeza de Santiago estaba también en que le gustaba potenciar la imaginación de su equipo, el cual fue un modelo de grupo de creación.

 

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