Año IX
La Habana
22 al 28
de MAYO
de 2010

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En La Edad de Oro: nuevo estilo para propósitos nuevos

Anette Jiménez Marata • La Habana

 

En 1889, cuando se publica La Edad de Oro, la conciencia antimperialista y anticolonialista de José Martí había alcanzado un alto grado de madurez. En consonancia con ello la revista destinada a enseñar y divertir a los niños de Nuestra América constituye un orgánico proyecto de educación política, social y humana cuyo alcance trascendió los límites temporales de la época en que fue publicada.

Disímiles temas son abordados en cada uno de los cuatro números que vieron la luz de julio a octubre de 1889. Sin embargo, entre ellos la integración latinoamericana (expresada con énfasis en otros textos martianos) ostenta un lugar preponderante, como prisma bajo el cual se proyectan las otras temáticas que componen el modelo de formación e instrucción martiano dirigido a la infancia.

Mucho se ha argumentado acerca del estilo de Martí, quien supo explotar al máximo las potencialidades expresivas de la lengua española y renovar los cánones estéticos de su época. Su originalidad de tono, vocabulario y sintaxis, tal y como lo explicara Gabriela Mistral,[1] hallaron resonancias propias y auténticas en cada uno de sus textos escritos, según fueran las características y competencias culturales del lector.

Por ello resulta de sumo interés profundizar en el estilo del Apóstol en la publicación que dedicara a los niños de América. En tal sentido, este artículo constituye un análisis estilístico de los rasgos formales mediante los cuales el Maestro expresa su visión latinoamericanista en tres artículos de la obra: Tres héroes, Las ruinas indias y El Padre Las Casas.

La riqueza y diversidad de los recursos empleados en los mismos hace que la atención recaiga en cinco rasgos presentes en estos tres textos de profundo carácter anticolonialista. Ellos son: la estructuración voluntariosa de los párrafos, las reiteraciones semánticas y sintácticas, las generalizaciones de corte filosófico, las referencias al entorno socio-histórico concreto (en este caso América) y el enfoque de los hechos cotidianos de los personajes, con el propósito de convertirlos en figuras más cercanas a la perspectiva del lector. Por razones de espacio solo se aludirá a la presencia de alguna de estas constantes en las tres obras, aunque en cada una de ellas, por separado, puedan apreciarse los cinco rasgos estilísticos.

Tres héroes: tres padres

Tres héroes constituye el artículo que da inicio al primer número de la revista, y ello no es casual. Este texto ensancha la mirada del niño a un nivel continental y rescata y dignifica la memoria de los próceres que lucharon por la independencia de América.

La visión latinoamericanista edifica y sostiene este texto.  En nueve ocasiones aparece el vocablo América. Sin embargo, el amor por la historia americana y los próceres que ella ha dado se acentúa de una manera más precisa debido a la analogía semántica que el autor logra crear entre América (lo general) y cada uno de los países del continente (lo particular).

En el enfoque en torno a los tres próceres la mirada es vista como reflejo de la intensidad y transparencia del espíritu y la vida de los buenos hombres. Y es esta una de las reiteraciones semánticas que Martí realiza en la obra.

Otra de ellas referida a las acciones heroicas de Bolívar se estructura a partir de la enumeración de los territorios liberados. Aquí el componente semántico se acentúa con el uso intencional de la sintaxis que es también reiterativa y a través de la cual se subraya la dimensión americanista de las hazañas bolivarianas. Apréciese cómo el vocablo que más importancia tiene en la oración es el verbo, que ocupa la posición inicial de cada cláusula debido a la fuerte carga semántica otorgada por el autor: “Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú”. [2]

Este mismo resorte comunicativo es empleado en la semblanza de Hidalgo. Sin embargo, aquí las reiteraciones semánticas y sintácticas no giran alrededor de los pueblos sino de los hombres y, desde esta visión más individual, también se logra señalar la trascendencia de esta figura para la integración americana: “él declaró libres a los negros. Él les devolvió sus tierras a los indios. Él publicó un periódico que llamó El Despertador Americano”.[3]

Las generalizaciones de corte filosófico son empleadas para resumir o sintetizar determinados postulados éticos y estéticos que al periodista le interesa acentuar. La noción de libertad, que el escritor subraya en dos fragmentos distintos del artículo, adquiere especial relevancia en su afán por formar una infancia con un hondo sentido latinoamericanista: “libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado ni pensar ni hablar”.[4]

El final de la obra que, junto con el inicio, es lo que permanecerá más en la memoria del lector, se estructura a partir de la contraposición de dos generalizaciones. La primera ensalza la virtud y dignidad de estos héroes que defendieron la independencia de América, mientras que la segunda alerta al lector, sin que el llamado se haga explícito, acerca de la expansión imperialista, amenaza que tienen en común los pueblos del continente: “los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales”. [5]

Las ruinas indias: nuestros libros de piedra

Entre las ideas martianas sobre educación para niños, señaladas por Mirta Aguirre[6] está la referida a la necesidad de querer y defender la tierra americana. Y para que los niños del continente aprendan a amar a América, a amarla desde el conocimiento de su pasado que tanto dice de su presente, escribió el redactor Las ruinas indias.

De alusiones al entorno socio-histórico americano está plagada la obra que constituye un profundo estudio acerca de la arquitectura, el arte, la religión, las costumbres y los hábitos de la vida cotidiana de las culturas americanas.

El acercamiento a los hechos cotidianos de los personajes, otra de las constantes estilísticas de la publicación, recorre de principio a fin este artículo que describe con minuciosidad las costumbres y características de esos pueblos en el ámbito artístico, político, religioso, económico y social.

Para ilustrar aún más los rasgos típicos de estos pobladores, el escritor se detiene en algunas de sus características fenotípicas: “por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran de pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora”. [7]

Si con esto aún no quedara demostrado el propósito martiano de provocar la mayor identificación entre la realidad que construye y el lector que la recibe, el siguiente fragmento lo demostraría con creces: “Por una esquina salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de frutas, o tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde aprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo”. [8]

El Apóstol se enfoca en la población infantil azteca que puede, por sí sola, explicarles y ejemplificarles mejor a los lectores de la revista cómo se vivía en aquella época.

Y es aquí que la técnica periodística del más universal de los cubanos entrelaza dos recursos estilísticos diferentes: el acercamiento a la vida cotidiana de los personajes con la generalización de corte filosófico que, a partir de las alusiones a la vida cotidiana de los niños aztecas, extrae una enseñanza ética de valor universal:

“todo hombre ha de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias manos, y a defenderse”. [9]

El Padre Las Casas: de lirio el color

“Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace que vivió el Padre Las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue bueno.” [10]

Así comienza Martí el artículo dedicado a reconocer y difundir la excelsa labor del sacerdote español Bartolomé de Las Casas en defensa de los indios de América.

La estructuración voluntariosa de los párrafos, típica del estilo del Apóstol en los textos seleccionados, hace que se entrelacen el inicio y el fin del texto, a partir de la significación que el autor le otorga a la dimensión temporal.

Si bien en Tres héroes y Las ruinas indias los párrafos se estructuraban de tal manera que, por momentos, emergían ideas aparentemente no vinculadas con el tema central y que sin embargo aportaban un nuevo sentido al eje semántico esencial de la obra, en El Padre Las Casas cada una de sus partes enfatiza, desde una arista diferente, la gran significación que para la historia de América tuvo la vida y obra del obispo español.

Otro de los mecanismos que reducen la distancia entre el Padre de la túnica blanca y el lector es el empleo del estilo indirecto libre, a partir del cual la voz narradora adopta la perspectiva del personaje, y puede el receptor sentir más cercanas sus ideas e impresiones: "porque la maldad no se cura sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo donde no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano”. [11]

Las generalizaciones de corte filosófico fungen en el texto como una explicación causal de la actitud de determinados personajes, que funcionan como modelos de una enseñanza ética y moral más integral:

Los que más lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto, por elocuente, no lo querían decir, o lo decían donde no los oyeran: porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias (…). El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien, que se parece al cielo de la mañana en la claridad![12]

Con El Padre Las Casas el autor de La Edad de Oro enaltece, desde sus actos más cotidianos, la vida del insigne sacerdote español como el auténtico defensor de la población nativa del continente, y con él está también encumbrando la triste y hermosa historia de los pueblos de América.

Consideraciones finales

“A nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo y hombres de América”[13]. Así definió Martí, en carta dirigida a su entrañable amigo Manuel Mercado, el propósito central de su proyecto educativo destinado a la infancia.

El periodista que se negó a infundir en la niñez “el temor de Dios” supo articular y transmitir en su revista, de un modo coherente y sin atiborramientos, los más altos valores humanos, el amor por América y los peligros de la desunión de sus pueblos.

Los textos analizados comparten el empleo orgánico de cinco recursos estilísticos que fungen como soporte expresivo del profundo pensamiento anticolonial del Maestro.

La estructuración voluntariosa de los párrafos, las reiteraciones semánticas y sintácticas, las generalizaciones de corte filosófico, las referencias al entorno americano y la presentación de los hechos cotidianos de los personajes son constantes que le demuestran al lector una idea martiana esencial: la existencia de una rica y profunda historia americana, independiente de la huella forzada del colonizador.

Las tres obras estudiadas poseen una función didáctica y política en tanto explican las claves fundamentales del tema escogido (Bolívar, el Padre Las Casas y las culturas autóctonas del continente) y, a la vez, fijan, defienden y promueven valores americanos y universales.

El ideal americanista, que busca desarrollar un pensamiento crítico e independiente en los jóvenes receptores de la revista, constituye el eje semántico que trenza las tres obras estudiadas en las cuales los recursos estilísticos analizados “forman al aspa visible del molino escondido”. [14]

Notas:

[1] Gabriela Mistral: “La lengua de Martí”, en La palabra viva de José Martí, Ed. Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2007, pp. 13-31.

[2] José Martí: “Tres héroes”, en La Edad de Oro, Ed. Gente Nueva, La Habana, 1989, p. 12.

[3] Ibídem, p. 13.

[4] Ibídem, p. 10.

[5] Ibídem, p. 15.

[6] Mirta Aguirre: “La Edad de Oro y las ideas martianas sobre educación infantil”, en Acerca de La Edad de Oro, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1989, pp. 54-86.

[7] José Martí: “Las ruinas indias”, en La Edad de Oro, Ed. Gente Nueva, La Habana, 1989, p. 89.

[8] Ibídem, p. 87.

[9] Ibídem, p. 87.

[10] José Martí: “El Padre Las Casas”, en La Edad de Oro, Ed. Gente Nueva, La Habana, 1989, p. 141.

[11] Ibídem, p. 145.

[12] Ibídem, p. 148.

[13] Carta a Manuel Mercado en Obras Completas, t. 20, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  p. 147.

[14] Gabriela Mistral: “La lengua de Martí”, en La palabra viva de José Martí, Ed. Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2007, p. 27.

 

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