Año IX
La Habana
8 al 14
de MAYO
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?

 

Roque, 1967

Aurelio Alonso La Ventana

 

No tuve la suerte de convivir con Roque en la Casa de las Américas, pero su nombre emergió para mí estrechamente vinculado a la Casa. Porque Roque, como Galich, Ezequiel Martínez Estrada, Benedetti, Cortázar y Matta, daba vida al componente latinoamericano más auténtico del proyecto intelectual creado entre estas paredes por la Revolución triunfante. ¿Cómo fundir en un único esfuerzo de creatividad una iniciativa cubana, que solo podía salir de la transformación radical que iniciaba nuestro pueblo, con una vocación latinoamericana? 

Nos habíamos encontrado algunas veces en Cuba, pero nuestra amistad quedó sellada en Praga, entre abril y mayo de 1967, durante la estancia que compartí con Hugo Azcuy en la Revista Internacional, órgano entonces de los Partidos comunistas conducidos por la batuta del Kremlin. Cuba no hacía parte de la redacción, pero Roque, quien representaba entonces allí a su Partido, apareció con una invitación para una estancia de estudios sobre la documentación de América Latina y el Caribe que guardaban aquellos archivos. El Partido cubano no ingresaría hasta los 70.  

Fueron para nosotros dos meses de intensa convivencia, de incesante interlocución, dentro y fuera de los predios de la revista, en las discusiones que sosteníamos en las reuniones del grupo de representantes de los Partidos latinoamericanos, a las cuales nos invitaban, digamos que con voz pero sin voto, y en intercambios informales.  

Fue allí donde me percaté de que Cuba no tenía por qué pasar por algo similar a aquellas experiencias de socialismo. Hugo había vivido ya el choque con ese tipo de distorsión en dos años de estancia de estudios en Moscú. Roque nos aventajaba por los sinsabores que las proyecciones de su Partido le habían hecho vivir.  

Compartimos una Praga impostada, en la cual la belleza del paisaje y la huella de una riquísima historia centroeuropea, contrastaba con una amargura represiva, un desaliento de pueblo ocupado y una desesperación consumista que hacían síntesis en un escenario imposible. Poco después fue la “Primavera”, que dista mucho de reducirse a una simple conjura imperialista, como nos fue presentada.  

En Praga discutíamos de los temas más serios y trascendentes. Incluso cuando parecía que simplemente bromeábamos.  

En Praga fue también que conocí y compartí ratos y paseos con su familia, con Aída, Roquito, Juan José y Jorge, niños entonces.  

Juntos recibimos allí las primeras noticias de que Che Guevara combatía en Bolivia. Juntos defendíamos la legitimidad de la lucha armada revolucionaria en las condiciones de la América Latina de entonces. No desde el rechazo de otras formas de lucha, sino donde las circunstancias la impusieran y la posibilitaran. Habíamos comenzado a publicar en Cuba la revista Pensamiento Crítico, para dar difusión a estas posiciones. Me atrevo a decir que Roque se convertía para nosotros en una especie de punto de contacto, aunque no fuera el primero ni el único, entre Casa de las Américas, de cuyo Comité de Redacción era miembro, y nuestro naciente proyecto de publicación.  

De regreso a La Habana, nuestras relaciones se hicieron ya continuas. Recuerdo que fue de su mano que conocí a Schafik Handal, recién estrenado como secretario general del Partido Comunista salvadoreño, cuando asistió a la Conferencia Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Solo en 1980 volví a ver a Schafik, y fue él quien recordó aquel encuentro, y hablamos mucho de Roque en aquella ocasión, en la cual nos habíamos visto, en realidad para hablar de problemas más actuales. 

A 35 años de la muerte de Roque, crimen aún impune e imperdonable y de ningún modo error que pueda posar de inocencia, quiero dedicar este breve espacio a rememorar cómo comencé a conocerle y a quererle como hermano.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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