Año VIII
La Habana
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Maité Hernández-Lorenzo • La Habana

Fotos: Elio Miranda Quintana

 

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La Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa se revitaliza,
renueva sus fuerzas y planta energía hacia el futuro.

Volver a la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa es siempre un acto energizante. Es difícil encontrar un acomodo en la ciudad, en la dura rutina del día a día, luego de una estancia entre lomas, campamentos itinerantes, comidas con olor a leña, de viajar en la cama del camión, de la convivencia, etcétera, etcétera, etcétera. Todavía algunos nos preguntan por qué volvemos, cómo es posible que aún tengamos fuerzas para tal aventura.

Lo que en un principio se concibió para solucionar las difíciles condiciones de trabajo en la ciudad y la ausencia de sedes en medio del recién comenzado período especial, hoy se ha establecido como uno de los proyectos más sólidos en el panorama del teatro comunitario de la Isla. Durante este período sus organizadores, esencialmente los mismos desde las primeras ediciones, nunca interrumpieron su celebración, y fue la respuesta más eficaz e inteligente que ofrecieron ante la disyuntiva de sucumbir por la debacle económica y social.

Lo curioso de este punto es que una vez estabilizada y mejorada considerablemente la economía de la provincia y, en especial, la infraestructura teatral[1], la Cruzada sale cada 28 de enero y regresa cada 2 de marzo todos los años luego de recorrer cinco municipios montañosos. Ni el cambio radical del panorama que posibilitó el parto de una idea tan feliz, ni las nuevas condiciones de trabajo y de reconocimiento de estos grupos han conducido a la Cruzada a su término. Esta no es hoy una salida a la crisis ni una vía de escape ante la incertidumbre, tampoco el atractivo de la aventura y el contacto con la naturaleza llevan hoy el peso. En su crecimiento interno, se han generado otras necesidades y desafíos. La experiencia ha emergido como cuerpo autónomo y se ha revindicado en nuevas lecturas y finalidades.

No quiero trazar aquí la trayectoria —sería brevísima además de imprecisa— de la Cruzada Teatral durante estas dos décadas. Me parece mucho más útil, sin embargo, poner en valor algunos aspectos que denotan su profundo sentido y eficacia con los ojos puestos en el futuro.

Se ha acumulado un cuantioso volumen de materiales sobre su quehacer. Fotografías, documentales, artículos, críticas, entrevistas, sin embargo, todavía falta sistematizar y valorar la experiencia en un libro que la hilvane y la ponga en perspectiva como proceso teatral en una interrelación artística y social. Sobre este punto, desde hace algunas ediciones atrás, los organizadores han ido convocando a coloquios abiertos con la participación de artistas y escritores, y también a seminarios internos para discutir los espectáculos y otros temas de funcionamiento interno.

El coloquio, espacio habitual esta vez convocado bajo la mirada de los 20 años, se celebró en el poblado de Yumurí, río divisorio entre Maisí y Baracoa y uno de los asentamientos históricos en el recorrido de la Cruzada desde su fundación. Con la presencia de artistas, periodistas, directivos de la UNEAC, del Director provincial de Cultura y otras autoridades locales, Ury Rodríguez, uno de los principales gestores del segmento teórico de la Cruzada, fue conduciendo el apretadísimo itinerario de dos décadas de intenso laboreo.

Luego de proyectar varios materiales audiovisuales, incluyendo un documental del investigador y teatrista italiano Paolo Benevente, y de presentar la multimedia, la primera, contentiva de estos materiales, fotografías, así como de artículos aparecidos en varias publicaciones especializadas y periódicas, se entró al debate sobre el papel jugado por la Cruzada en el contexto cubano y latinoamericano, y sobre la situación y proyección del evento.

En ese amplísimo paneo se destacó el papel de la Cruzada como núcleo para dialogar con las expresiones culturales y tradiciones de cada asentamiento y región. Sin duda, esta ha impulsado y estimulado la creación artística en esas localidades y ejemplo de esto son los proyectos socioculturales surgidos a raíz del contacto permanente con la Cruzada. Con desniveles en su elaboración y validez, estas iniciativas existen en varias comunidades operando hacia el interior de la vida y la cultura populares de esos asentamientos.

La confirmación de lo anterior la recibimos a nuestro regreso a Guantánamo luego de una semana en la Cruzada. En la UNEAC almorzaríamos con un grupo de jóvenes integrantes de un proyecto sociocultural que había recibido un premio de esta institución y ese día disfrutarían de un almuerzo con los directivos y otros artistas de la provincia. Se trataba de un proyecto de Monte Verde[2], hermoso paraje que visitamos durante la Cruzada de 1999.

Lo curioso de este encuentro, es que esos jóvenes, hoy en su mayoría instructores de arte, habían sido testigos de la Cruzada Teatral durante toda su niñez. Con seguridad muchos de ellos compartieron con nosotros la jornada que pasamos entonces. Aquellos niños son hoy responsables de llevar adelante esta acción que, entre muchos objetivos sociales de gran urgencia en la zona, intenta rescatar las tradiciones populares del lugar. Entre ellas, la más reconocida y apreciada por todos, el Festival del Berro, debido a la cantidad de campesinos que se dedican al cultivo de este vegetal. 

El encuentro fue emotivo, hermoso y al menos para mí tomó un sentido profundo en medio de la conversación más o menos formal. Sin duda, la Cruzada se levantaba como telón de fondo en aquella escena y el empuje de la Escuela de Instructores de Arte encontró allí una verdadera utilidad. Era un ejemplar modelo del profundo diálogo entre arte y sociedad, entre cultura y ciudadano.

El coloquio en Yumurí reforzó también la evidente inyección vital hacia el interior de los colectivos líderes de la Cruzada —el Guiñol Guantánamo y el actual Teatro Río, antiguamente Polimita— de jóvenes egresados de las escuelas de arte. Esta numerosa presencia no solo ha venido a refrescar, en términos de energía, plasticidad, lenguajes e interrelaciones, a los propios grupos, sino, con igual fuerza, a reforzado la dinámica de la Cruzada y por extensión, la del movimiento teatral guantanamero.

Nunca antes habíamos notado, a pesar de los permanentes diálogos de los grupos en/con otros espacios de interacción, un cambio que marque una nueva etapa “cualitativa” en el conjunto propositivo de la Cruzada. Obviamente, esto no se debe solo a esa “inyección” juvenil. Es el resultado de una acumulación consciente y crítica en un complejo proceso de apropiaciones y deslindes.

A lo anterior ha contribuido de manera esencial, la permanencia y el magisterio de Armando Morales desde finales de los 90 en la Cruzada, el talento, la capacidad y la inclusión de algunos jóvenes en esos colectivos en diplomados y cursos de superación en el Instituto Superior de Arte (ISA), y la apertura de la Cruzada a otras experiencias y otras visiones. Esta suma derivó en la experimentación de nuevos lenguajes y puestas en escena más elaboradas en el contexto de la Cruzada.

Favoreció, igualmente, a lo anterior un vínculo más estrecho y provechoso con la crítica y con otras miradas ajenas al proyecto. Ese intercambio fue también un punto de partida para cuestionar y revalorar la Cruzada. Los seminarios internos, los foros de la crítica y la temporada de estreno de los espectáculos antes de iniciar el recorrido por los territorios, han incidido en la consolidación de la experiencia.

En esa renovación se advierte, asimismo, la consecuencia de los nexos con otros colectivos comunitarios de otros países. Desde hace algunos años, se ha estrechado el vínculo profesional con los colombianos Luz de Luna y Nuestra Gente y ello ha derivado también en un toma y daca reflexivo y productivo.

Otra señal de ese “salto” que mencionaba antes es el hecho de que literalmente la Cruzada ya puede “aprovechar” el fruto de su práctica. Muchos de esos noveles artistas han sido testigos de la Cruzada durante estas dos décadas. Actualmente dos actrices de la Cruzada provienen de Maisí y Baracoa, y durante toda su infancia fueron espectadoras fieles al evento. Este hecho, curioso y simbólico al mismo tiempo, es cardinal. Son personas que crecieron viendo e interactuando con el teatro.

De manera que este dato es clave para la conformación de esa nueva hornada de “cruzados”. Pero si damos otro paso hacia adelante, esa joven membresía de la Cruzada, no solo la revitaliza externamente, sino que subraya esa diferencia en los mismos espectáculos. La inclusión de esos jóvenes actores en las puestas en escena ha determinado, en algunos casos, una nueva imagen sonora, visual y plástica del conjunto.

Ya no solo se escucha la tradicional “A Baracoa me voy aunque no haya carretera…”. Ahora esos jóvenes prefieren entonar una nueva melodía, con resonancias de la balada y el pop, compuesta por Mayelín Sánchez, ex integrante del Guiñol y puntal importantísimo en la trayectoria más reciente de ese colectivo. Otra sonoridad, otras voces comienzan también a colarse en la cotidianidad de la Cruzada.

En el intento por remodelar su mecanismo interno, “los cruzados” se han abierto a otras prácticas extranjeras. En ese trueque de vital importancia, han participado agrupaciones, actores, fotógrafos, profesores e investigadores de Bélgica, Italia, Dinamarca, Colombia, México, España, Chile. Y siempre, de algún modo, el intercambio ha viajado en ambas direcciones.

Del concierto de espectáculos presentados en la actual edición es pertinente señalar algunos que subrayan este giro, especie de gozne, de paso de página de la actual Cruzada.

Los tres pichones, a partir del original de Onelio Jorge Cardoso, por Teatro Río bajo la dirección de Rafael Rodríguez; La cucarachita Cuca, versión de “La cucharachita Martina”, por la actriz Aliexa Argote Laurencia, del Guiñol de Guantánamo; y Siempre se olvida algo, pieza de Virgilio Piñera, por el Teatro Dramático de Guantánamo, bajo la dirección de Amaranto Ramos Pérez.

Teatro Río nace del núcleo de Polimita, formado por Rafael Rodríguez y Félix Salas “Pindi”, y de jóvenes egresados de las escuelas de arte. El espectáculo, que quizá podría despojarse más del peso de lo literario, consigue ser una versión dinámica, eficazmente resuelta para un montaje titiritero. Contrariamente a lo que ha sucedido en la escena con este relato en particular, nos encontramos aquí con una versión fiel al original, donde cada palabra es enunciada. Es probable que esa fidelidad ponga en riesgo, de algún modo, la acción titiritera y como resultado se dilate o se anule la acción dramática en escena.

Si ubicamos Los tres pichones en el repertorio de la trayectoria de su director, enseguida advertimos en él la consolidación de un lenguaje propio, el hallazgo, en el discurso estético, de una identidad visual y conceptual; y otros códigos recurrentes como el juego teatral, la música en vivo y la convocatoria final a la participación de los niños.

La cucarachita Cuca es un típico montaje en el catálogo de la Cruzada: mínimo de recursos, teatro de objetos, unipersonal, frontalidad e interacción constante con el espectador, versión de un clásico reconocido entre los niños. Siguiendo esta pauta, Aliexa Argote Laurencia, su directora e intérprete y una de las pocas actrices graduadas del ISA en la Cruzada, convence por el simpático juego poco convencional que establece entre su versión y el original, donde me atrevería a vislumbrar alguna perspectiva de género, el domino de los objetos y del tono y las transiciones de un personaje a otro. No se reduce a “escenificar” el cuento archiconocido, sino que lo revalora y lo recoloca en otro contexto y con inéditas formas.

Una de las apuestas históricas de la Cruzada ha sido la de incluir sistemáticamente en su repertorio clásicos cubanos. El teatro bufo ya se ha instalado en la cartelera con títulos como El macho y el guanajo, de José Soler Puig. Pero decir Virgilio Piñera era una utopía, un casi imposible. Este año con Siempre se olvida algo sube por primera vez Piñera a la Cruzada. Amaranto Ramos, especialista del Consejo Provincial de las Artes Escénicas, debuta con éxito en la dirección escénica. Enfatizando en el teatro del absurdo, en lo grotesco de las situaciones, en el tópico de la incomunicación, la puesta en escena y los actores logran el tono y la intención adecuados de pieza.

Fuera de este segmento, ubico a Teatro Callejero Andante, de Granma, desde los primeros años de la Cruzada, nómina fija en la mayoría de las ediciones. Liderado por Juan González Fiffe, guantanamero de origen, el grupo ha dejado una marca muy visible en la praxis del evento. Su amplio repertorio tanto teatral, como musical ha dialogado permanentemente con el resto de los colectivos. En esta ocasión presentaron Aventuras de Pelusín y sus tías Chana y Chelo, el espectáculo más reciente aún en proceso de ajuste. Fiffe junto a la joven, de nuevo ingreso en el grupo, Maiden Barrero, versionan el original de Dora Alonso no solo en función del juego titiritero, sino también en relación con las características histriónicas de las dos actrices Mileidys Jiménez Fiffe y Marilis Aguilar Sutil.

El tratamiento del tema ecológico ha sido recurrente en el catálogo del colectivo. Aquí nuevamente aparece pero esta vez referenciado a través de las dos tías de Pelusín, Chana y Chelo. El mayor atractivo de la puesta, sin embargo, no se ubica en la fábula principal, sino en el prólogo, quizá un poco extenso, y en las relaciones entre las dos mujeres. Ambas protagonistas, con una excelente caracterización en sus papeles de ancianas, rivalizan, se burlan, juegan entre sí y con el público, en un despliegue de gran simpatía.

Una semana nunca es suficiente en la Cruzada. El tiempo, aunque se dilata y uno disfruta viéndolo pasar, es una dulce trampa. Estuvimos en los mismos lugares que visitamos hace más de diez años cuando por primera vez nos encantamos y nos comprometimos con el proyecto y, sin embargo, eran otros al mismo tiempo. Estábamos viviendo el futuro, siendo testigos un cambio de época. Asistimos a la confirmación de un nuevo parto en el ciclo vital de la Cruzada, un nuevo diálogo entre generaciones vivas y actuantes, una convivencia fértil entre los discípulos y los maestros.

Notas:

[1] Durante nuestra estancia en Guantánamo, el director provincial de Cultura, nos mostró los espacios culturales y sedes, terminadas o en proceso constructivo, de todos los colectivos teatrales y danzarios de la provincia.

[2] Monte Verde es una comunidad ubicada en el municipio de Yateras. Es uno de los puntos de difícil acceso en el recorrido de la Cruzada por ese territorio. Recibió la electricidad en el año 2000.

 

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