Año VIII
La Habana
12 al 18
de DICIEMBRE
de 2009

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Lo mejor de un Festival que casi termina

Joel del Río • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

El Festival concluyó este fin de semana con el veredicto de los jurados respecto a los elegidos para los principales Premios Coral en una competencia colmada de grandes títulos en sus dos principales acápites: largometraje de ficción y óperas primas. Desgraciadamente apenas pude ver documentales, aunque me constaba que había muchos y muy meritorios títulos en competencia. Así, solo queda a mi alcance la posibilidad de exaltar lo mejor que he podido ver, en términos de largometrajes de ficción, realizados por debutantes y no debutantes, en esta 31 edición del Festival decano de los eventos especializados en el cine de esta región.

Hasta donde pude ver, e insisto en mi limitación respecto a la tan deseada ubicuidad, el Primer Premio en largometrajes de ficción, la principal competencia del evento, o al menos la más publicitada y comúnmente aceptada como dominante, lo merecía y de hecho correspondió a la peruana La teta asustada, de Claudia Llosa, ejercicio de absoluta comprensión de la mujer indígena que puede ser vista y entendida cual símbolo frágil de una cultura aplastada, preterida, sin voz ni posibilidades de acción. Sobrecogedora la historia que cuenta, con altísimo nivel de suspenso e intriga manejados por el guión y el montaje. Es obligatorio elogiar la capacidad de la directora-guionista y su equipo (sobre todo de su fotógrafa y directoras de arte) para metaforizar las acciones, para conferirle un matiz de airada y exultante denuncia, siempre poética, jamás panfletaria, al terrible desamparo y retraimiento de esta muchacha, y por extensión, de su gente, de su raza.

Sobre la película de Claudia Llosa se puede escribir decenas de cuartillas, y jamás se logrará definir del todo la majestad y el poderío de esta obra formada de omisiones y veladas alusiones, sutilezas, silencios, tiempos aparentemente muertos pero cargados de significaciones dramáticas. Imposible olvidar la impecable y más que elocuente composición de la actriz Magaly Solier en el personaje principal, y celebrar una vez más esa manera indirecta, subjetiva, individual y hasta espiritual de aludir a temáticas tan pertinentes en estas tierras como las atroces desigualdades, la discriminación racial y sexual, los cerros de la miseria y los “pulgueros” barrocos, el estar y no vivir de quienes solo cuando luchan por respirar, comprenden que tienen derecho a la vida.

Ofrezco además otros títulos, también excelentes, que a mi entender pudieron alcanzar los primeros Premios Coral, es decir, el segundo y el tercero, o las menciones que regularmente se entregan en estos festivales. A la argentina El niño pez (Lucía Puenzo), la chilena La Nana (de Sebastián Sepúlveda, a la postre ganadora del Segundo Premio), la boliviana Zona Sur (Juan Carlos Valdivia), la uruguaya Hiroshima (Pablo Stoll) y la mexicana El traspatio (Carlos Carrera) les vi méritos suficientes como para escoltar a La teta asustada.

En cuanto a los Corales que se entregaron por categorías —es decir, los de dirección, mejor guión, fotografía, edición, actuaciones, etc.—correspondieron a varios de los títulos antes mencionados, pero en estos acápites aparecen otros filmes altamente profesionales y artísticos, y también premiables en uno o varios acápites de su realización como la argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella), la cubana El premio flaco (Juan Carlos Cremata), la brasileña A deriva (Heitor Dalia) y la colombiana Los viajes del viento (Ciro Durán).

El Premio Especial del Jurado correspondió precisamente a El secreto de sus ojos pero, si yo fuera alguno de ellos, hubiera votado en igualdad de condiciones por dos películas arriesgadas, renovadoras, anticonvencionales y ligadas a la experimentación como la brasileña Viajo porque necesito, vuelvo porque te amo (codirigida por Marcelo Gomes y Karim Ainouz) y la argentina La invención de la carne, de Santiago Loza. En rigor, fueron los dos títulos que realmente lograron maravillarme como pocas veces lo consigue una película latinoamericana, o de cualquier otra procedencia, y me dejaron comprender otra vez, solo ante la pantalla iluminada, cuál puede ser el beneficio y la belleza que representa la sola existencia del séptimo arte a la manera en que lo han entendido algunos de sus conspicuos creadores. Loable fue la decisión del jurado de ubicar cualquiera de estos dos títulos entre algunos premios.

En la competencia de óperas primas —debo aclarar que no pude verlas todas, así que mi criterio está mediado por el desconocimiento de algunos títulos importantes— lo mejor procedía, en apariencia de Uruguay, con esa pareja de soberbias contribuciones que marcaron Gigante (Adrián Biniez) y Mal día para pescar (Álvaro Brechmer), sin olvidar la brasileña Los famosos y los duendes de la noche (Esmir Filho), y en otro nivel de logros la argentina Plan B (Marcos Berger), la chilena Huacho (de Alejandro Fernández, finalmente ganadora del Premio) y la mexicana Cinco días sin Nora (María Chenillo), todas ellas manifestación de la eminencia conquistada, a todos los niveles, por el concurso de óperas primas.

Si en el título de este artículo prometía hablar sobre lo mejor del festival, debo aclarar al final que lo mejor nunca llegó con las luces de esta o aquella película. Lo mejor fue la sola ocurrencia del evento, y la apreciable cantidad de películas extraordinarias, muy buenas y apreciables en uno u otro sentido, como se evidencia en las menciones arriba esbozadas. Es decir, que la congratulación proviene, sobre todo, del altísimo nivel de las muestras en concurso por los Premios Coral.

Contra todos los malos augurios, a pesar de los ingentes problemas económicos y en particular de la erosión de nuestra red exhibidora, el evento volvió a convertirse en inventario de maravillas, diez días robados a la rutina, espacio de diálogo, conocimiento y atisbo de un futuro mejorado desde el presente.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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