Año VIII
La Habana

5 al 11
de DICIEMBRE
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Festival de La Habana: en busca de los Corales

Frank Padrón • La Habana

 

La competencia arrecia en esta 31 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Examinemos varias de las obras a concurso.

En largos de ficción, nos tropezamos con Rabia, coproducción hispano-colombiana, que desde sus pases iniciales ha sembrado la polémica, de esas que parten en dos al público e incluso acarrean reservas y matices, pero a nadie dejan indiferente.


Rabia

La dirigió el ecuatoriano Sebastián Cordero, joven cineasta que atrapó desde su ópera prima en 1999 (Ratas, ratones, rateros) pese a los perdonables balbuceos de quien debuta, y que en su siguiente disparo (Crónicas, de 2004) no solo afinó la puntería sino que dio en el blanco.

Su nuevo filme insiste en lo que desde su credencial había sentado: su gusto por historias y ambientes sórdidos, por seres retorcidos y contradictorios y por el suspense como cauce expresivo.

Si el protagonista de su segundo filme era una suerte de Jykell/Mr.Hyde que nos obligaba a cuestionarnos casi hasta el final su verdadera identidad (aunque todavía dudamos si lográbamos enterarnos), el José María de esta nueva Rabia (que  también produjo Guillermo del Toro) es un latino en España que adora a su novia Rosa, una colombiana que trabaja como doméstica en una fastuosa residencia madrileña; pero tanto la quiere que lastima, casi siempre hasta la muerte a quien, en su mente o en la realidad, ose desearla u ofenderla de algún modo.

Justamente por esas “malas pulgas” del sudaca debe huir de la policía y refugiarse… en el ático de la casa donde trabaja la amada a la que llama por teléfono sin que ella ni por supuesto,  nadie de la familia, sospeche dónde se halla.

Cualquier cinéfilo conectará, ante esta referencia, con otros thrillers en los cuales una situación análoga es la que precisamente alimenta la intriga y la zozobra: el asesino está puertas adentro, mas no es por ahí, entonces, donde deben rastrearse los valores de la película, que de cualquier manera se inserta dignamente dentro del canon manteniendo al espectador debidamente angustiado e interesado mediante una atmósfera perfectamente delineada que, en consonancia con la poética de Cordero, gusta de detallar con su lente los espacios, particularmente los nada gratos.

Pero mucho mejor, a la verdad, resultan los contrastes, para nada maniqueos que se establecen entre latinos y europeos (o francamente despectivos o paternalistas), la indagación sicosocial que emprende Cordero en torno a las relaciones familiares dentro de esos propios grupos: el disfuncional núcleo clase alta que se desintegra pese a la aparente unidad, frente a la que se inicia con los inmigrantes cuando ya es demasiado tarde, por mucho que en el guión del propio director, este no pueda sustraerse de estereotipos como el hijo rico violador de la criada, la madre alcohólica o el padre indiferente y conciliador. 

Otra familia también de la burguesía pero esta vez de Bolivia protagoniza Zona sur, escrita y dirigida por Juan Carlos Valdivia Flores (Jonás y la ballena rosada, American visa…) que parte de una peculiaridad local: en La Paz, capital del país, los ricos viven abajo, y en el minuto actual donde el país emprende grandes cambios sociales dentro del gobierno de Evo Morales, ellos habitan dentro de una burbuja que pretende mantenerse ajena a todo.

Claro que enseguida evocaremos Los sobrevivientes, de nuestro Titón, sin embargo, el destino de estos auto alienados no parece ser la aniquilación sino el desdibujo, la  neutralización, según sugiere el desenlace.

No solo están llenos de deudas y de dudas sino que encuentran grandes cismas dentro de sí mismos y los otros (en este caso, par de sirvientes aymarás que incluso, conservan su idioma original) protagonizando una curiosa relación dependiente, de atracción/rechazo.

Valdivia Flores supera anteriores escollos narrativos y dramáticos para entregarnos un relato pormenorizado y sutil que desnuda esos curiosos y bien delineados seres (por demás, tan notablemente actuados) y los no menos interesantes nexos que establecen entre sí; lo hace mediante una cámara circular y nada convencional que incorpora la despampanante mansión como el importantísimo personaje que es; puede uno pensar al principio que abusa, que es gratuito el habitual encuadre heterodoxo, el plano “fuera de plano”, mas a medida que avanza la diégesis nos convencemos de que todo está en su sitio, de que Valdivia lo tiene todo perfectamente pensado y que su tratamiento fílmico es tan elegante como funcional y preci(o)so.

No dudo que en esa operación dominó que tiende a ocurrir en los festivales, el jurado se incline por la sobrestimada La teta asustada, de Claudia Llosa, pero al menos para mí, hasta ahora, no hay otro Primer Coral que Zona Sur. 

Respecto a las óperas primas, entre impericias e imprecisiones que pagan la novatada, uno encuentra cuanto menos verdaderos artistas, diamantes en bruto que haciendo cine al andar encontrarán el camino y nos ayudarán a transitarlo. Claro, también hay no poco bluff, pues de todo hay en esta viña que es el cine.

Os famosos e os duendes da morte (Los famosos y los duendes de la muerte), del brasileño Esmir Filho, pertenece al primer grupo. Un Brasil poco explorado, el del Sur, en un asentamiento rural donde radica una colonia alemana que ya tuvo  relaciones y descendientes con los locales, es el marco donde un joven de 16 años, fanático de Bob Dylan y de la Internet se evade y construye un mundo propio, a  pesar de lo cual no puede evitar relacionarse.

Tal complejidad adolescente, esos despertares a la vida, el vínculo con los otros de diversas edades e intereses, es atrapado por el también joven cineasta (presente en el festival) mediante un filme que es todo un ensayo fílmico, sobresaliente por su esmerado tratamiento visual y sobre todo, sonoro, al fundir de manera casi imperceptible los ruidos naturales y los evocados, las imágenes tanto reales como las muchas soñadas o imaginadas por el protagonista (a veces fundidas) que pueblan su abundoso mundo onírico.

Susceptible de ciertos oportunos cortes en la edición, de algunos redondeos dramáticos, Os famosos… es una audaz y sensible propuesta fílmica.

Por ese rumbo iría El árbol, del español Carlos Serrano (opta por un Coral de realizador no latinoamericano sobre tema que sí lo es) y producida nada menos que por Carlos Reygadas y Jaime Rosales (como se sabe, par de “dioses tutelares” del llamado “nuevo nuevo cine” y sus técnicas des-narrativas) si no fuera porque los creadores apostaron todo a  un “broche dorado” olvidando el resto; pero ya sabemos que una película (esta vez, una crónica de desorientación y desarraigo) es algo más que un contundente desenlace, por lo cual casi todo lo que antecede a este resulta  tan pretencioso como hueco y desangelado.
 

Ya que están de moda las películas de “tres historias” por ahí llega la mexicana Crónicas chilangas, de Carlos Enderle: una pieza, sí, ingeniosa y  con destacables actuaciones (Regina Orozco entre ellas) pero  que no logra realmente la interrelación de esos episodios pues los presuntos nexos se sienten bastante forzados  y poco creíbles.
 

Se recibe mucho mejor, también de ese país,  Cinco días sin Nora, de Mariana Chenillo, que acciona de forma asombrosamente madura y eficaz el humor negro, a partir de una mujer que se suicida no sin antes trazar un plan que reunirá y hará interactuar a familiares y amigos, a partir de una carta y una misteriosa foto “olvidada” bajo la cama.
 

La corrosiva ironía de los diálogos, lo excelentemente hilvanado de las situaciones, el singular diseño de personajes por demás muy bien actuados (Fernando Luján, Verónica Lánger, Enrique Arreola…) contribuyen a que mientras la pasamos muy bien, reflexionemos: ¿habrá muertes autoprovocadas  que redundan en la mejoría de otras vidas?

Paraíso, del peruano Héctor Gálvez focaliza esa “Lima horrible” de que habló el escritor y que dista de sus zonas favorecidas; en uno de esos lugares, paradójicamente nombrado Jardines del Paraíso, varios jóvenes malviven sin trabajo, atrapados en un mundo sin futuro. Tema siempre oportuno por cuanto responde a una realidad urgente de cambios, pero que el bisoño cineasta aborda con una linealidad pasmosa, desde una narrativa burda y sin gracia.

Dolores de cabeza tendrán los distintos jurados, ya confrontaremos nuestros juicios con los de ellos.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600