Año VIII
La Habana

28 de NOVIEMBRE
al 4 de DICIEMBRE
de 2009

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La Habana: ciudad del festival

Luciano Castillo • La Habana

 

“Habana... hermosa Habana...” cantaron Los Zafiros en uno de los innumerables intentos por apresar el encanto de esta ciudad que, desde hace 31 años recibe a quienes acogen la convocatoria del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano como una cita impostergable en su agenda.
 

La “ciudad de las columnas” fue descrita por Carpentier como escenario ideal para el acoso de un delator que siempre quiso filmar Buñuel en un pretexto para redescubrir el lugar donde su padre amasara la fortuna familiar; el ángel exterminador nunca sobrevoló sus calles, pero a ella volvieron una y otra vez tanto Manuel Altolaguirre (el argumentista y productor de su Subida al cielo) y Paco Rabal —primero con tal barba de Marqués de Bradomín que le confundieron con un barbudo de la Sierra y luego para personificar a un gallego concebido por Miguel Barnet y Manuel Octavio Gómez—, como Juan Antonio Bardem que quizá vio su Calle Mayor en el Paseo del Prado donde en sus aires libres nuestra Rita cantara como nadie “El manisero” para la cámara de Ramón Peón.

Esos portales que guarecieran a Lezama Lima o a Virgilio Piñera de alguna corriente de aire frío, recorridos bajo efluvios etílicos por la Gardner, el Indio Fernández, Hemingway o Tracy, su fornido Santiago, mientras Celeste bailaba un guaguancó como ninguna o Brando, despojado de la piel de víbora que le endilgara un Tennesse Williams no menos fascinado por la sensualidad de los mulatos habaneros, tocaba tumbadoras junto al Chori, vieron pasar imperturbable a un Alec Guinnes que fue ese “hombre en La Habana” de Graham Greene, acechado en cada esquina por un trío de cantantes. En medio del humo de los cigarros del cabaret La red, Sartre y Simone no cesaban de manifestar su asombro ante la fuerza telúrica de La Lupe, reina absoluta de esa noche que, mucho antes de su (nuestra) Teresa, retratara Pastor Vega en un cortometraje.

Impactados ante las imágenes de Soy Cuba solo es comprensible el deslumbramiento suscitado al fotógrafo Serguéi Urusevsky, quien hizo volar su cámara como las cigüeñas de un Mijail Kalatózov encaprichado en ponerle voz a la Isla y, en especial, a una capital poseedora de una atmósfera única que se resiste a ser reproducida en Santo Domingo, Veracruz, Río o cualquier set hollywoodense, pero cuyo eclecticismo arquitectónico permite evocar cualquier imaginaria urbe no solo del continente.

De cierta manera Sara Gómez prefirió ver los contornos de sus edificios desde la periferia tan nítida en una mirada que dirigiera también hacia ellos David Lean en búsqueda de las locaciones para el imposible Nostromo conradiano.

Para Zavattini, el encuentro no fue menos milagroso que aquel de Totó en una fabulosa Milán. Mucho años antes que la Cecilia de Solás, una suerte de Livia caribeña, se perdiera gritando entre sus laberínticas callejuelas o David emprendiera un viaje iniciático a través de sus encantos, al tiempo de degustar el sabor de la tolerancia conducido por Diego, el Sergio más de Titón que de Desnoes, la atisbó con su telescopio para descubrir esas azoteas en las que Laurita invocara la mítica Madagascar —antes de que Fernando orquestara su antológica suite— y a Glauber le gustaba subir para mirar la ciudad y contar historias. Mientras, soñaba con los ojos abiertos al intentar sincronizar la imagen y el sonido de Cáncer o escribir la Historia de Brasil desde una moviola en La Habana, el único lugar, según él, donde podía caminar por las calles y se sentía igual que en Bahía. Cuba estaba siempre en su camino, se fuera o volviese, como para tantos otros cineastas latinoamericanos que se sintieron en el ICAIC como en casa y en esas mismas moviolas vieron cobrar cuerpo a sus obras.

A poco más de tres décadas de aquella noche del 3 de septiembre de 1979, cuando se inaugurara en el cine Charles Chaplin, la primera edición del Festival de La Habana (como muchos le llaman), se confirma que el público cubano —indescriptible, según muchos cineastas—, solo se ha dejado conquistar sin ofrecer la menor resistencia, por el cine.

Cada año, la primera quincena de diciembre deviene un esperado acontecimiento de índole popular; muchos reservan sus vacaciones para dejarse arrastrar por el torbellino fílmico que azota inclemente las calles de La Habana durante esos once días; personalidades de todo el mundo destinan un espacio solidario para compartir intensas jornadas en las que sale fortalecido el cine del continente, tierra de rebeldes y de creadores, cuya historia no puede dejar de ser contada por sus cineastas.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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