Año VIII
La Habana

28 de NOVIEMBRE
al 4 de DICIEMBRE
de 2009

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Una revolución es también siempre
 “una forma de pensar”

Santiago Alba Rico • España

 

La sexta edición del Concurso Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente coincidió con el  aniversario 50 del triunfo de la Revolución Cubana; es decir, con la afirmación de una experiencia política y social que, más que contra la corriente, ha tenido que luchar durante medio siglo contra el peso de la atmósfera misma. En algún sentido, la Revolución —como restablecimiento o devolución de la normalidad robada— solo puede hacerse a contrapelo, contra esa anomalía dominante que llamamos capitalismo y que impone, junto a bloqueos, invasiones y golpes de Estado, su propio medio ecológico de legitimación intelectual y cultural. Por eso, una revolución es también siempre “una forma de pensar”.

En realidad la expresión “pensar a contracorriente” no es más que un pleonasmo, pues la corriente está formada —y por eso baja tan deprisa— de ideas olvidadas, de imágenes heredadas, de representaciones interesadas. Dejarse llevar, dejarse arrastrar, dejarse flotar a la deriva significa renunciar al pensamiento para aceptar la voluntad ajena como un destino inexorable. El que no piensa, cae; al que no piensa, se lo lleva el viento; el que no piensa, pedalea a favor del delirio; el que no piensa, colabora en su propia derrota. Bajo el capitalismo, el mundo está lleno de personas que aceptan la corriente, muchas por ignorancia o temor, otras por interés premeditado. Hay también personas, aquí y allá, que imaginan, construyen, pintan, escriben contra ella en soledad. Pero solo en Cuba la Revolución hizo posible la formación de una contracorriente colectiva; y por eso solo Cuba ha establecido un Concurso para premiar precisamente el pensamiento pugnaz o, lo que es lo mismo, la oposición a la inercia mental del capitalismo; es decir, para premiar el trabajo corriente arriba que cuestiona el origen mismo de esa tracción devastadora y prefigura la forma y el contenido de otro orden posible.

Este es el primer rasgo específico que diferencia este Concurso Internacional de otros parecidos: que no premia el Talento abstracto sino el Compromiso específico. Además, el premio se falla todos los años en el marco de la Feria del Libro de La Habana, un acontecimiento —en el sentido fuerte del término— que se repite todos los meses de febrero en la antigua fortaleza del Morro.

Para los que procedemos de países donde el libro no se distingue ya en nada de una lata de sardinas o de un frasco de perfume —hasta tal punto se ha mercantilizado la vida del espíritu—, la Feria de La Habana proporciona un júbilo desconcertante, el recuerdo de una existencia futura, la excitación primordial que acompaña al sueño freudiano del tesoro: la alegría simultánea del descubrimiento y de la abundancia, de la fiesta colectiva y de la exploración individual. En medio de las dificultades, a pesar del transporte, contra las estrecheces materiales, la población habanera (luego la de provincias) rinde homenaje a la cultura en una ceremonia de apropiación festiva que induce en el visitante la felicidad de un nuevo principio, la dicha de un comenzar desde otra parte. Es posible que finalmente también los cubanos sucumban a la pulsión del supermercado, con su sexualidad predadora de espectros comestibles, pero las multitudes de la Feria delimitan precisamente el contramodelo espacial y afectivo del Centro Comercial capitalista. Lo normal, lo natural, lo inevitable es que se anuncie precisamente aquí y precisamente en estos días el nombre de los autores laureados en el Concurso Pensar a Contracorriente.

Al mismo tiempo, la convocatoria del concurso sirve para que, en esas fechas señaladas de febrero, algunos pensadores contracorriente procedentes de distintas partes del mundo se reúnan a fin de deliberar sobre el contenido de los trabajos. En esta ocasión, los miembros del jurado (el brasileño Frei Betto, el argentino Adolfo Colombres, el chileno Marcos Roitman, el cubano Osvaldo Martínez y el español Santiago Alba) compartimos muchas horas de debate en un lugar simbólicamente intenso: la que fuera la casa del Che en los primeros meses de 1959, tras el triunfo de la Revolución. Era emocionante pensar que la grave aunque modesta decisión que teníamos que tomar allí dentro, era la prolongación menor y el resultado gozoso de otras más difíciles, políticas y militares, que la Revolución tomó en esa casa para hacer posible años después, entre otras muchas cosas, nuestro encuentro. Por lo demás, las propias deliberaciones constituyeron algo así como una reencarnación de ese espíritu guevariano de unidad más necesario hoy que nunca a escala global: la posibilidad, a partir de una base objetiva (en este caso, el valor de los trabajos que debíamos juzgar), de poner de acuerdo sensibilidades, formaciones y hasta concepciones políticas de muy diferente hechura. Al final, no solo las diferencias convergieron en un consenso razonado (ese con-vencimiento que es un “vencer juntos”), sino que las propias personas allí reunidas intercambiamos experiencias y conocimientos (a veces, sí, de muy buen humor y hasta con “aire de fiesta”) que enriquecieron, sin duda, nuestros pertrechos mentales y nuestras voluntades contracorriente. Todo ello habría sido imposible —no hay que olvidarlo— sin la exquisita hospitalidad, el delicado arbitraje y el revolucionario cariño de los responsables del Ministerio de Cultura que nos acompañaron durante los días que duró nuestra estancia en La Habana.

En cuanto a la calidad de los trabajos, el lector juzgará por sí mismo. Por mi parte, solo querría llamar la atención sobre dos aspectos. El primero tiene que ver con la alta participación, indicativa del robustecimiento a nivel mundial de una contracorriente colectiva empeñada en pensar “de verdad” las amenazas y esperanzas de una época en la que América Latina se ha convertido en foco y paradigma de un nuevo proceso emancipatorio.

El segundo se refiere —como indicio también estimulante— al valor extraordinario de los trabajos presentados dentro de Cuba. De los diez textos distinguidos por el jurado, seis fueron elaborados por pensadores contracorriente cubanos, lo que sin duda demuestra también la vitalidad cultural de la Revolución 50 años después de su triunfo. Para los que nos apoyamos desde fuera en esa experiencia revolucionaria, esta vitalidad es una gran noticia.

Estoy seguro de que en los próximos años el Concurso Internacional Pensar a Contracorriente seguirá creciendo en prestigio y calidad. Estoy seguro, aún más, de que, también gracias a sus análisis y propuestas, la Humanidad acabará venciendo, más temprano que tarde, con muchos cuerpos y muchos brazos, la fuerza devastadora de la corriente.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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