Año VIII
La Habana

12 al 18
de SEPTIEMBRE
de 2009

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Ecos y patrones vigentes de la Guerra Fría. Punto 1

Jorge Ángel Hernández • Santa Clara

 

Luego de la, así llamada, Segunda Guerra Mundial, cuando la correlación de fuerzas global apostaba con ventaja a una expansión socialista, la estadounidense Agencia Central de Inteligencia se encargó de ir copando, entre otros sectores, desde el ámbito mismo de la creación cultural, la generación de consenso en un vasto campo receptor. Controló “más de cincuenta revistas intelectuales serias que se presentaban como completamente privadas y libres” y que, como es de esperar, no hubieran sobrevivido sin su financiamiento constante y generoso.1 Estas revistas se presentaban como independientes, de pensamiento libre, para que el anticomunismo raigal que las unía adquiriese carta de legítimo estándar creativo y creara el necesario patrón psicológico de demonización a quien las cuestionase. Por ello era importante atraer a troskistas, antiestalinistas y otros intelectuales, escritores y artistas de la izquierda política, pues cerraban así, aprovechando muy bien a su favor los extremismos del comunismo ortodoxo en ejercicio del poder en la Europa del este y en la URSS, el lógico consenso en el plano de la recepción. La promoción cultural por presuntos donativos privados conllevaba además al precepto de que la privatización sería modelo idóneo, de requisito acaso, para alcanzar la libertad de expresión. Concebido para ser puesto en marcha en secreto, en pos de minar las simpatías y adhesiones de la intelectualidad europea por las propuestas de justicia social del marxismo-leninismo y colocar en su lugar un más pragmático modo americano de pensar la existencia, el programa de propaganda diseñado por la CIA se expandió, en las acciones del Congreso por la Libertad Cultural, desde 1950 hasta 1967.

La británica Frances Stonor Saunders documenta con rigor y precisión su exitosa actividad, para revelarnos cómo llegó a contar con oficinas en 35 países, colocó a su servicio, como agentes directos o indirectos, a docenas de personas, sustentó sus bases ideológicas de Guerra Fría con artículos en más de 20 revistas de prestigio, organizó, con amplia repercusión publicitaria, exposiciones de arte, conciertos, conferencias internacionales del más alto nivel y creó, para recompensa de músicos, artistas, escritores y filósofos, premios y apariciones públicas en tanto había instaurado “su propio servicio de noticias y de artículos de opinión”,2 al punto de que, en los años 60, el Forum World Service, implantado de acuerdo con el modo operativo al uso, “con domicilio social en Delaware y oficinas en Londres”, se convertiría en “el servicio de noticias propiedad de la CIA que mayor circulación tuvo”.3 Así, “tanto si les gustaba como si no, si lo sabían como si no, hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta.”4

El Congreso por la Libertad Cultural, organización de mejores resultados de entre las financiadas por la Agencia Central de Inteligencia, se organizó en 1950 bajo el control de dos agentes de identificación homónima: Jonathan, Gearing (Lawrence de Neufville) y F. Saba (Michael Josselson), quienes trasladaban sus acciones encubiertas de Berlín, plaza importante pero penetrada por sus enemigos, a París, con más libertad de acción y en cierta medida más prometedora desde el punto de vista de la repercusión simbólica. A su directiva se sumaban Irving Brown, quien encubría el dinero que entregaba adjudicándolo a sindicatos obreros, y el autor de Los maquiavelistas, manual básico de los agentes CIA, James Burnham, troskista a quien un ejecutivo consideró, en su aval, “capitalista e imperialista, firme creyente en la familia, en la empanada de manzana, el béisbol, en el drugstore de la esquina, y… en la democracia al estilo americano”.5 Su manifiesto fue redactado por Arthur Koestler, en colaboración secreta con varios directivos de la Agencia, y estaba dirigido a encaminarse enérgicamente contra el comunismo, el marxismo y, sin dejar de insistir, encarnando la más plena, verdadera y única posible, libertad de expresión. Su primera revista fue Preuves, destinada a potenciar las deserciones de los seguidores de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y a socavar la influencia de su publicación Les Temps Modernes; apareció en octubre de 1951 bajo la dirección de François Bondy, suizo de expresión alemana que había roto con su actividad en el partido comunista luego del pacto soviético-alemán en 1939. A ese activo y siempre controlado Congreso por la Libertad Cultural estuvieron vinculadas de manera directa las publicaciones Partisan Review, New Leader, Der Monat, Nuova Italia, y Encounter, principal foco de la llamada “OTAN cultural” que llegaron a patrocinar.6

La CIA se encargó de financiar al Congreso a través de sindicatos europeos, como Force Ouvrière, Fundaciones como la Farfield, creada especialmente bajo los supuestos auspicios del mecenas millonario J. Fleischman, la Kaplan, la Rockefeller, la Ford, donde instauraron un departamento especial al efecto con el propósito de evadir posibles futuras acusaciones, a través del cual recibirían dinero instituciones como la East European Fund, la Editorial Chejov, el International Rescue Comite, la Asamblea Mundial de la Juventud, el Consejo de Relaciones Exteriores, el Instituto para las Artes Contemporáneas, el Congreso de Líderes de la Cultura, algunos de cuyos miembros eran Salvador de Madariaga, Aaron Copland, Isak Dinesen, Robert Lowell, R. Penn Warren, Stephen Spender y Herbert Read. Recibieron sufragios además, instituciones de cobertura como el Miami District Fund, la Fundación Hoblitzelle y el Comité Suizo de Ayuda a los Patriotas Húngaros.

A mediados de los 60, cuando era público y notorio el vínculo directo de la CIA con el Congreso por la Libertad Cultural, una buena parte de los implicados intentaron presentarse como desconocedores y hasta escribieron una carta al New York Times negando que conociesen la existencia de algún tipo de "donación 'indirecta'” y declarándose "dueños de sí mismos y libres de toda propaganda ajena".7 Un día antes, en la misma publicación había aparecido una carta del Congreso por la Libertad Cultural declarándose “completamente libre” y comprometido solo con “los deseos de sus miembros y colaboradores” así como con las “decisiones de su Comité Ejecutivo.”8

En septiembre de 2006, los despachos de prensa confirmaban que varios periodistas especializados en el tema cubano, con su correspondiente dosis de odio anticomunista, recibían subvención procedente de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID). Ante el escándalo, y con un traspaso de propietario del periódico El Nuevo Herald, que imponía la necesidad de la “limpieza”, algunos fueron despedidos.9 Como en el caso antes reseñado del Congreso por la Libertad Cultural, hubo reacciones de asombro, críticas, lamentaciones y hasta falsas declaraciones de ética que proclamaban la necesidad de la prensa y la opinión pública de expresarse de modo independiente y ser consecuente además con las necesidades de la democracia. Así, en estos momentos, la palabra libertad, saturada por el uso desde la creación de la Guerra Fría, viene a tener su reemplazo en la palabra democracia. Y aunque podamos entretenernos en un ejercicio de sustitución mecánica, colocando democracia allí donde en los documentos de la Guerra Fría cultural aparecía la palabra libertad, la suplantación no es solo un mecanismo de renovación comunicacional.

Los objetivos primarios que insistían en el empleo del vocablo "libertad", surgían, en una jugada de estrategia semántica, relacionados con la reacción mecánica de negación en la que ya se iba estancando el campo socialista, en tanto en el plano semiológico, en busca de atrapar una estrategia de sentido eficaz, aparecían unidos a la necesidad de llevar, en carácter de patrón psicosociológico de recepción, el modo estadounidense como un modelo para la libertad de expresión y el desarrollo de los creadores de cultura, sobre todo en el ámbito del arte y la literatura. La Europa de posguerra era aún referente modal en la supremacía del juicio cultural en tanto EE.UU., dado su pragmatismo consumista, no gozaba de un estatuto que le garantizara la acrítica aceptación en todo el mundo. A fines del siglo XX, en cambio, el modo cultural estadounidense ha conseguido conquistar aquellos objetivos, se ha convertido en referente ideal, acríticamente recibido en todo el mundo, y necesita en cambio revertir un patrón de aceptación global que parta de su propio nivel de enjuiciamiento. En alta prioridad, este patrón se centra en la conformación de los estados, sobre todo en un debilitamiento de sus estructuras que permita maniatar su capacidad de decisión. El poder imperial, desde sí mismo negado y de pronto puesto en la palestra de los especialistas con un nuevo rango de mirada benévola, de “mal menor” a fin de cuentas mejor que el bien de otras tantas naciones, se reestructura en el ámbito comunicativo y, para ello, necesita extender la caja negra que con la palabra democracia viaja.

Se trata, pues, de evadir tanto el culto a la omnipotencia de los medios, como la dicotomía estéril que deviene del debate entre apocalípticos e integrados, como lo señala Armand Mattelart en sus conclusiones a La comunicación-mundo.10 Ello, según él mismo, es causa de centrar el debate acerca de la importancia global de las comunicaciones mediante el olvido de su historia, rasgo que considera recurrente en su devenir. La insistencia en considerar obsoleta a una información inmediatamente después de que otra la suplanta, no solo descoloca la profundidad epistemológica de los debates respecto al tema, como el propio Mattelart advierte, sino que actúa como instrumento de facilitación de ese transcurso dominador en el cual la efectividad de la comunicación, conjuntamente con el aparato de conceptos-esquemas que la ayudan a promover los sentidos focales, imponen, camuflándola, la ideología de dominio imperialista.

El 6 de noviembre de 1982 fue creada oficialmente la National Endowment for Democracy (NED), luego de que varias comisiones investigadoras sacaran a la luz pública las manipulaciones delictivas del presupuesto administrado por la CIA. Su objetivo capital se enfocaba en continuar, con estabilidad legal y magna amplitud de operaciones, el ejercicio de injerencia global, por lo que sus principales fuentes de financiamiento proceden del presupuesto que el estado norteamericano destina a la USAID. En virtud de conseguir un estatuto de apariencias más legales que éticas, como organización privada, fundaciones con contratos federales como Smith Richardson, John M. Olin y Lynde and Harry Bradley, hacen llegar a la NED parte de sus fondos. Como ramificaciones de la NED aparecen el American Center for International Labor Solidarity (CILS), el Center for International Private Entreprise (IPE), el International Republican Institute (IRI) y el National Democratic Institut for International Affairs (NDIIA). Fiel al patrón de operaciones que se ramifica a través de las infranqueables cortinas tapaderas, dispersó corresponsales en la Westminster Foundation for Democracy, del Reino Unido, el International Center for Human Rights and Democratic Development, de Canadá, las francesas Fondation Jean Jaurès y Fondation Robert Schuman, el International Liberal Center, de Suecia y la Alfred Mozer Foundation, de Holanda. Así, ha pasado a controlar más de seis mil organizaciones políticas, sociales y culturales de todo el mundo.

Sumado al presupuesto gravado, organizaciones anticomunistas de cubanos especializados en un elemental anticastrismo, recibieron dinero extra procedente de un fondo especial asignado al Departamento de Estado, fuente de las regalías entregadas a Alianza Afrocubana, (62 000)Federación Sindical de Plantas Eléctricas (177 696), People in Need Foundation (99 000), Asociación de Gente en Peligro, (16 900), Asociación Encuentro de la Cultura Cubana, (200 000), Instituto Nacional Democrático, (175 000), Comité por los Derechos Humanos (65 000), Cubanet (67 000), Centro Internacional de la Empresa Privada, que debía circular en Cuba la revista clandestina Perspectiva, (123 000), Bibliotecas Independientes de Cuba (133 000), Centro por una Cuba Libre (55 000), Directorio Democrático Cubano (663 690), Disidente Universal de Puerto Rico, editores de la revista mensual El Disidente, (67 200), Fundación Hispano-Cubana de Madrid, (76 000), Socios de América (86 000), Red Feminista Cubana (82 000), Grupo de Responsabilidad Social, (213 000), lo que representa un total de 2 361 486.

En 2007, el presupuesto oficial del programa para Cuba de la USAID pasó a 13 millones, se disparó a 45,7 millones en 2008 y redujo alrededor de tres millones para 2009. Radio y TV Martí, canal que no ha podido conseguir audiencia, recibieron seis millones de incremento presupuestario en relación con el año 2006, para sumar 33,5 millones de dólares. Las irregularidades, desvíos y desfalcos de este presupuesto y sus partidas extra, no son sin embargo anomalías, sino consecuencias lógicas del papel que se le va asignando al Estado en esa especie de período de tránsito entre el capitalismo de democracia representativa al totalitarismo neoliberal de privatización. El carácter comercial de la política, que aún se presenta como representativa de los patrones morales básicos de la sociedad, presupone el cinismo mercantil con que sus postulados se ponen en curso y, sobre todo, el insólito hecho de que las bases jurídicas sean letra muerta o, cuando más, ese diploma que se enmarca y se cuelga en un lugar visible de la casa solo para exhibición, sin que se ejerza lo que debe en verdad representar.


Notas:

1- Saunders, Frances Stonor: La CIA y la Guerra Fría cultural, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 2003. p. XI

 2- Op. cit. p. 13.

3- Op. cit., p. 434

4- Op. cit., p. 14

 5- Copeland, Miles: National Review, septiembre 11 de 1987. Cf. Saunders: Op. cit., p. 131

6- “OTAN cultural”, bautizo satírico de Kenneth Tynan al revelar sus operaciones en el programa de la BBC «That was the week that was». Cf. Op. cit., pp. 473-474

7- Op. cit., p. 525. La carta, publicada el 10 de mayo de 1966, estaba firmada por Melvin Lasky, Irving Kristol y Stephen Spender, todos con un largo historial en el oficio. De los firmantes las comillas y mías las cursivas.

8- Op. cit., p. 526. Carta publicada el 9 de mayo de 1966, firmada por Kenneth Galbraith, George Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur Schlesinger Jr. Había sido gestionada por John Hunt una semana antes en conversación con Oppenheimer.

9- Los despedidos del Miami Herald, según las declaraciones del momento, fueron: Pablo Alfonso, Olga Connor y Wilfredo Cancio Isla, quienes habían recibido, desde 2001, cerca de 261 000 dólares. Otros beneficiados fueron Helen Aguirre Ferré, editora de la página de opiniones del Diario Las Américas; Ariel Remos, columnista y reportero; el director de noticias del Canal 41, Miguel Cossío, y Carlos Alberto Montaner, columnista cuyas opiniones son publicadas por El Nuevo Herald y The Miami Herald.

10- V. Mattelart, Armand: La comunicación-mundo: Historia de las ideas y estrategias, siglo XXI editores 2003. Cf. p. 340. Traducción Gilles Multigner.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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