Año VIII
La Habana
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de AGOSTO
de 2009

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Los niños de América en una sola familia

Anette Jiménez Marata • La Habana

 

La Edad de Oro ve la luz primera en 1889 y logra erigirse como original y precursor proyecto de recreo e instrucción en el panorama de la literatura infantil decimonónica en lengua española no solo por la maestría literaria de José Martí, sino porque rompe con los modelos que, hasta su aparición, regían la producción de obras para niños.

En los cuatro números de la revista martiana, la familia es una presencia constante: aparece en “Tres Héroes” cuando la voz enunciativa expresa que “todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre”[1]; en “Músicos, poetas y pintores” que presenta la conducta de hermanos y padres ante los precoces talentos de Haendel, Mozart, Bethoven o Rafael; en “El Padre Las Casas” donde se dibuja la imagen de una familia dividida y rota por la acción avasalladora de los colonizadores españoles, y en la inmensa mayoría de los cuentos como medio caracterizador de relaciones filiales, económicas y sociales.

Por si fuera poco, en “La última página” expresó Martí la necesidad de que los niños de América se sintieran integrantes de una sola familia, de que las repúblicas de nuestro continente se consideraran hermanas y que los lectores encontraran en él un padrazo interesado en lograr en ellos la más completa formación técnica, cultural y humana.

“Bebé y el señor Don Pomposo” y “La muñeca negra” constituyen textos creados propiamente por Martí, a diferencia de otros relatos y poemas frutos de las adaptaciones y/o traducciones del Maestro.

El hogar de Bebé no presenta dificultades económicas pero sufre la enfermedad de la madre, “esa tos mala que a Bebé no le gusta oír” y que le llena los ojos de lágrimas en cuanto la escucha. Padece también la falsedad del tío Don Pomposo y el silencio absoluto del narrador en torno a la figura paterna. El primo Raúl, por su parte, no tiene mamá.

Con esta imagen el creador de La Edad de Oro se adelantó prácticamente un siglo al llamado que hicieran los escritores para niños de Cuba, luego del pronunciamiento de Mirta Aguirre en la década del 70 del siglo xx, a representar en la literatura los problemas reales de la infancia como la muerte, los padecimientos físicos y la separación familiar.

El Maestro constituye así un precursor de las obras de los años 90 del siglo pasado que, según Enrique Pérez Díaz, “fueron apostando por lo comprometido, por tocar, acercarse y desacralizar valientemente lo antes vedado, tabú, objeto de censura o de silenciamiento tácito”. [2]

Uno de los mayores aciertos de los cuentos infantiles martianos es el manejo del estilo indirecto libre para connotar, lo más fidedignamente posible, las ideas, sentimientos y valoraciones de los niños. Así en la retrospección mental del personaje protagónico, y a causa del disgusto que le provocan las injusticias, asistimos a las reales e inusitadas asociaciones de los más pequeños: “¡Qué largo, qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata!”[3]

La familia funge también como prisma a través del cual se capta y proyecta el factor económico, expresado no solo mediante la soltura pecuniaria del hogar de Bebé (veánse el vestuario del protagonista, la existencia de una criada francesa y otros sirvientes viejos, los comentarios acerca de la riqueza de la madre y la posesión de bienes materiales como el sable), sino también por la contraposición socioeconómica establecida entre el protagónico y su primo, cuya posición queda definida a partir de la carencia de aquellos elementos: “Raúl no tiene mamá que le compre vestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos que le compren sables”. [4]

“La muñeca negra”, por su parte, sí ofrece una armónica imagen de los padres que, al entrar en el cuarto de Piedad, “vienen riéndose como dos muchachotes. Vienen de la mano, como dos muchachos.[5]

La existencia de libros en la casa de la niña es factor fundamental para la formación del amor por la lectura. La hija reconoce como una presencia constante en su vida la sala donde el padre guarda sus textos y en el juego, unidad mínima reproductiva del macromundo que la rodea, halla espacio para colocar “unos papelitos doblados, que son los libros” [6].

La conducta familiar deviene en este texto medio eficaz para denunciar la belleza falsa y superficial, y educar la sensibilidad para el descubrimiento de la verdadera belleza interior. El rechazo de Piedad a la muñeca de seda y porcelana que no le habla, y el amor hacia su otra muñeca (que no es fea aunque sea negra y no tenga más que una trenza) establece plena concordancia con lo enunciado por Martí en “La última página”: 

La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos "¡Como si alguien viera el pensamiento, ni el cariño!”[7] 

“Bebé y el señor Don Pomposo” y “La muñeca negra” demuestran que la literatura martiana se distancia totalmente de la tendencia (vigente aún hoy) que ve al niño como un ser menor, a veces tonto, y que emplea, para dirigirse a él, un lenguaje ñoño y simplón. Su obra para los más pequeños también se libra de las explícitas moralizaciones que afectan la atención del lector y solo le provocan mayor aburrimiento.

En sus relatos, José Martí logró algo totalmente novedoso para su época e indispensable para la comunicación con los lectores: captar la perspectiva de los niños y proyectar, con el empleo del discurso indirecto libre, sus pensamientos, soliloquios y valoraciones.

En La Edad de Oro quedan sintetizadas, con plena coherencia y adaptadas al nivel de los receptores, los principales postulados éticos y estéticos del pensamiento martiano anterior a 1889 y también del que se desarrollaría con posterioridad.

La familia es, en los dos cuentos analizados, el medio más idóneo y eficiente para implementar con éxito su ingente proyecto educativo-cultural de mejoramiento humano.

Notas:

1- “Tres Héroes”, en La Edad de Oro. Ed. Gente Nueva, La Habana, 1990, pp. 7-8.

2- Enrique Pérez Díaz: ¡Mucho cuento! Narrativa infantil cubana de los años 90. Ed. Unión, La Habana, 1998.

3- “Bebé y el señor Don Pomposo”, en ob. cit., p. 54.

4-Idem, p. 55.

5- Idem, p. 177.

6-“La muñeca negra”, en ob. cit., p. 179.
7-
José Martí: Ob. cit., p. 203.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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