Año VIII
La Habana

13 al 19
de JUNIO
de 2009

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Entrevista con Eduardo Heras León

Soy un hombre de mi tiempo, soy un revolucionario

Yinett Polanco • La Habana

 Fotos: R. A. Hernández (La Jiribilla)

 

El Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso recibió esta semana la Medalla Alejo Carpentier otorgada por el Consejo de Estado. El trabajo de formación con los nuevos escritores, el fomento en ellos de un compromiso revolucionario contra la postura individualista que impera en muchas partes del mundo, fueron destacados como algunas de las razones de mayor peso por las cuales se hacía esta entrega. Fundado en 1998, el Centro Onelio ha graduado más de 600 alumnos: estudiantes, abogados, periodistas, médicos, bioquímicos, diseñadores, ingenieros, geógrafos, físicos, todos jóvenes provenientes de diversos campos profesionales, y también de disímiles lugares. Desde sus inicios el escritor Eduardo Heras León, Mención del Premio Casa de las Américas, Premio UNEAC de Cuento y Premio Nacional de Edición, ha sido el guía de esta institución dedicada a la formación de jóvenes narradores.

El escritor Francisco López Sacha ha afirmado que “la apoteosis” del Centro Onelio Jorge Cardoso ocurrió en aquellas madrugadas del año 2000 cuando bajo el impulso de Fidel hicieron el curso Universidad para Todos de Técnicas narrativas, ¿cómo rememora ese periodo y qué trascendencia tuvo a su juicio para la difusión de la literatura en el país?

La génesis de ese curso estuvo en octubre del año 99, en un Consejo Nacional de la UNEAC efectuado en el teatro del Ministerio de Comercio Exterior. En uno de los momentos del consejo me pidieron que hiciera un reporte sobre el primer curso del taller —en aquel momento se llamaba así: Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso— y que informara al pleno del consejo sobre la experiencia, realmente novedosa. Cuando iba a comenzar a explicar llegó el Comandante, preguntó qué estábamos haciendo y le explicaron que en ese mismo momento yo iba a comenzar a hacer un informe sobre un curso, una especie de taller sui géneris de técnicas narrativas. Él se sorprendió mucho, preguntó si eso se podía enseñar y me dijeron que hablara con él. Tuvimos una conversación como de media hora  realmente inolvidable porque Fidel pregunta cualquier cosa, es un hombre lleno de curiosidad por todo, preguntaba si Cervantes había ido a un taller literario y le respondí que no, que Cervantes no había ido a ningún taller literario porque él era un genio y los genios inventan las técnicas narrativas, no las aprenden. Fue una conversación muy chispeante, llena de humor. También leí los testimonios de algunos estudiantes del primer curso muy lindos porque hablaban de que el taller no solamente le había dado una nueva dimensión de la lectura, de la literatura, sino que les había cambiado un poco la vida, la manera de ver las cosas y eso se ha repetido mucho, muchos alumnos han dicho eso. Él se impresionó también con esos testimonios, incluso varios días después el propio ministro Abel Prieto me decía que el Comandante lo había llamado interesado por ese tipo de curso. Unos días después hubo un Pleno de la UPEC donde también Fidel se refirió a la importancia del curso, pues hasta para escribir una carta se hacía necesario aprender ese tipo de técnicas. Finalmente en julio del año 2000, mientras yo estaba de viaje en Canadá, me avisaron que él quería que impartiéramos un curso por televisión de técnicas narrativas. Yo me quedé frío. Regresé y comencé a prepararlo y unos días después tuve la entrevista con Fidel, una entrevista muy larga, de varias horas, donde él me preguntaba por los pormenores de este tipo de curso, ya habíamos preparado algunos planes de lección y comenzamos a discutir los conceptos. Le propuse no comenzar por un curso de técnicas narrativas, pues en última instancia es algo bastante especializado, sino empezar por apreciación de la literatura —lo que resultó ser luego el segundo curso— y él me dijo que no, que empezábamos conmigo con ese curso de técnicas narrativas. Él siempre ha tenido mucha más visión que nosotros y tal vez estaba mirando al futuro. No sé cuáles fueron sus razones para decidir eso, al parecer notó algo en el tipo de curso, en los testimonios de la gente, que lo influyeron para hacerlo. En esa conversación le expliqué que el curso les daba fundamentalmente a quienes lo recibían una especie de nueva dimensión de la lectura y si no salían escritores, salían promotores de literatura, asesores literarios, con una concepción diferente de la literatura, porque era la literatura vista desde dentro, desde el laboratorio creador de cada autor y eso era importante porque era una dimensión otra, diferente a la acostumbrada, a la de los lectores simples; éramos unos lectores especiales. Él estaba muy entusiasmado con el curso y dio la luz verde para comenzar.

Todo se organizó con mucha premura y cuando hicimos los planes de lección utilizamos fragmentos de filmes —el cine en ese caso es lo más cercano a la literatura, aunque son dos lenguajes diferentes— para ilustrar y graficar el curso de una forma más didáctica y muchas veces no aparecía el fragmento de una película seleccionada. Me enteraba ese mismo día a las 4:00 am y el director y yo nos poníamos de acuerdo, una hora antes de comenzar el programa en los cambios que debían hacerse. Sacha hablaba de las madrugadas frías, pues nos teníamos que levantar a las 4:00 am porque el programa empezaba a las 7:00 am, pero una hora antes había que dar el listo. El estudio fue improvisado, se hizo en vivo con el riesgo que se corre, pero realmente concebimos ese curso con una pasión, imbuidos con una voluntad de servir que dio un resultado extraordinario. Digo extraordinario porque tengo un paquete enorme de correos electrónicos, de cartas enviadas por la gente más insólita, viejos de 95 años, niños… no es un secreto para nadie que a partir del curso las peticiones de libros en las bibliotecas aumentaron. Un día me encontré en la calle una señora que me dio un abrazo y un beso y me dijo que yo le había hecho el regalo más grande de los últimos años de su vida porque ella era profesora retirada de literatura y toda su biblioteca estaba llena de telarañas y polvo y con el curso había limpiado los libros, había rescatado su biblioteca y estaba leyéndolos con una fruición, con un placer que pensaba haber perdido.

El Dinosaurio se convirtió en un personaje súper conocido en todo el territorio nacional porque ese curso lo vieron alumnos, profesores, catedráticos de las universidades, periodistas, militantes del Partido, de la Juventud… se hicieron una cantidad enorme de tabloides, primero medio millón, luego 250 mil más, eso se vendió en una semana. Impactó tanto que se debió repetir, primero por la noche y luego en una duración de diez semanas. Fue una muestra palpable de que Fidel tenía razón, se debía empezar por el de Técnicas narrativas. Todavía hoy en día el pueblo lo recuerda, han pasado casi nueve años y aún la gente me dice: fue el mejor. Cuando se dio el curso Marta Rojas me dijo sentir como si yo le estuviera hablando a ella, se sentía partícipe de la clase, incluso hizo hasta un ejercicio de los propuestos por mí y me lo entregó, generosa como es ella. El curso motivó mucho a la gente y puso a la literatura y a los escritores otra vez en el centro de las preocupaciones cotidianas durante ese tiempo. El sedimento de amor por la literatura que creó se reflejó en las bibliotecas, me llamaban y me contaban sobre la avalancha de gente que iba a pedir los libros propuestos por nosotros. 

¿Cómo marcó al Centro Onelio ese curso?

En primer lugar nos sentimos orgullosísimos de ser el centro del primero, sobre todo porque no se nos escapaba la importancia del proyecto cultural de lo que resultó ser después Universidad para Todos, donde se han abordado una cantidad notable de materias con una riqueza tremenda. Haber tenido el honor, la satisfacción y el orgullo de haber inaugurado ese proyecto cultural a nosotros nos llenó de regocijo; fue un estímulo considerable, nos hizo ver que el Centro podía influir de manera determinante en los gustos literarios, en la promoción literaria de este país, porque al recomendar a los mejores escritores, estábamos luchando contra la mediocridad, contra el lugar común, estábamos hablando de verdadera literatura y eso inevitablemente ayuda a elevar el nivel cultural del país. 

En este sentido de la promoción cultural para todo el país destaca una de las particularidades de la labor del Centro: la cantidad de graduados provenientes del interior del país, trabajadores de bibliotecas, casas de cultura, etc., ¿qué valor tiene para usted la relación entre la vanguardia intelectual y este sector de la juventud fuera del mundo académico pero con inquietudes literarias?

Uno de los aciertos del curso ha sido una especie de premisa que nos puso Abel cuando nos dio el estímulo inicial. Él conocía de este sueño mío y comenzó a presionarme para que empezara. Luego, cuando yo me decidí a lanzarme me dijo: tú debes encontrar un método para convertir este taller en nacional, si no es nacional fracasa, siempre se va a quedar en La Habana. Estuve pensando en eso y se me ocurrió la idea de hacer un curso doble, dividido en dos grupos, un grupo habanero, con clases los sábados y otro grupo nacional, término ideado por Ivonne, la coordinadora del Centro, donde están alumnos de todas las provincias. Eso sí, siempre sobre la base del talento que descubrimos a partir de los textos enviados por los aspirantes. Para nosotros siempre ha resultado una sorpresa la respuesta a cada convocatoria, cada año llegan más, el año pasado fueron casi 150. Entonces uno se pregunta, qué pasa en este país, este país es mágico, el talento está aquí a racimos en los lugares más intrincados, descubrimos una joven en Cacocum que nos envía cuentos y es un talento en bruto o un campesino de la Sierra de Najasa que camina diez kilómetros para llamarnos por teléfono y sin embargo es un joven con talento interesado por la literatura. Del mismo modo vienen jóvenes de Jobabo, Guantánamo, Jiguaní, Guanes, de los lugares más intrincados. Ya los premios literarios no se los ganan solo los habaneros, se los ganan mucha gente del llamado interior, de las otras provincias, si en algo hemos ayudado es que hemos cambiado un poco la cartografía del talento, de la literatura en Cuba. Es el caso de Holguín, tradicionalmente tierra de poetas y ahora tierra de narradores y poetas, porque por este Centro han pasado más de 25 holguineros con innumerables premios literarios. Se ha modificado un poco el mapa de la narrativa cubana, ahora hay grandes talentos en Granma, en Bayamo, en Manzanillo… y antes necesitabas una lupa para descubrirlos. El Centro ha sido una oportunidad para que ellos penetren, no precisamente en el mundo académico, pero sí en el mundo de la enseñanza, del conocimiento de la literatura, a un nivel superior. En nuestro sistema de educación existe la Facultad de Letras, pero ella no forma escritores, forma investigadores, críticos, etc., el Instituto Superior de Arte no tiene carrera de literatura, entonces muchos alumnos catalogan al Centro como la Facultad que le falta al ISA, otros dicen que es el Harvard de los talleres literarios porque efectivamente es un taller de nuevo tipo, teórico-práctico. El gran drama de los talleres es precisamente que ayudan a los jóvenes cuando empiezan pero estos van desarrollándose y llegan a un nivel en el cual ya el taller no les da ningún beneficio, se cocinan en su propia salsa.

Este taller les da la posibilidad de dar ese salto de calidad necesario para convertirse en un escritor. Siempre aclaro, esto no es una fabriquita de escritores, porque los escritores no se fabrican, el escritor nace pero también se hace, y cómo se hace, aprendiendo las herramientas del oficio. Eso es lo que nosotros le enseñamos, sin influir para nada en qué tendencia deben escribir, con cuál lenguaje deben trabajar, aquí cada alumno escribe como quiere, aborda sus propios temas, aquí hay realistas mágicos, policíacos, escritores para niños, hay de todo y nosotros respetamos las tendencias de cada uno, no les imponemos un determinado criterio, sencillamente les damos las herramientas y les decimos cómo emplearlas. Luego cuando ellos leen sus textos y se “tallerean”, ahí se enfrentan al uso de esas herramientas, todo lo demás, sus gustos, sus preferencias literarias, son de cada uno.

Siempre lo digo en la primera clase, este año son 60, tal vez salgan tres escritores, eso sería una maravilla, si salen cinco es un milagro, los demás no se convierten en escritores pero sí pueden dirigir un taller, tornarse asesores literarios, promotores o mejores lectores y mejores seres humanos, porque como decía Abel aquel día aquí se crea una química, un clima fraterno de discusión, de ver siempre en el compañero no un enemigo ni un oponente, sino un compañero al cual se debe ayudar. Con ese criterio nosotros trabajamos y eso es lo que ha dado resultado y permanencia al taller y ha propiciado que cada año venga más gente. Tengo una guerra a muerte con los mayores de 35 años porque quieren su taller también pero no puedo hacerlo porque se cuelan aquí 200 personas. Una vez recibí una carta terrible de un grupo de personas mayores que me asaltó a la salida de la UNEAC. Me dijeron: "Lea". Decía: "Nosotros, los abajo firmantes, jóvenes mayores de 35 años…" Planteaban que debía haber un taller dedicado a la gente mayor. Eso sí, no se pudo haber concretado estos 11 años de trabajo si no hubiera una pasión por hacer las cosas. Esa pasión se ha mantenido sobre todo en los fundadores. No se nos ha acabado el fuego. Yo soy escritor, pero soy maestro también, esas son dos de mis vocaciones primarias, la otra es la de editor. 

Abel Prieto hace entrega a Eduardo Heras León
de la Distinción Alejo Carpentier otorgada al Centro Onelio

El pasado año el Centro organizó el Primer Festival Internacional de Narradores Jóvenes, ¿cómo se ha fomentado esta relación entre la institución y el pensamiento progresista más nuevo dentro del continente?

A nosotros se nos ocurrió la idea de hacer un Festival Latinoamericano y queríamos establecer vínculos con los más jóvenes narradores del continente. El método que empleamos fue sui géneris. Conocíamos la experiencia de Bogotá 39, pero detrás de esa organización había editoriales trabajando y evidentemente fue un evento de promoción de jóvenes con libros ya publicados. A nosotros nos interesaba llegar a la gente más humilde, es decir, a los prácticamente desconocidos, gente de gran talento que todavía no había tenido la posibilidad de acceder al circuito de las editoriales y de la promoción internacional. Se nos ocurrió contactar a nuestros amigos de América Latina: Poli Délano, de Chile; Abelardo Castillo y su esposa Sylvia Iparaguirre, gran escritora, en Argentina; Claribel Alegría, Hildebrando Pérez, Hernán Lara, en México; Luis Britto, en Venezuela, y algunos más. Les pedimos a ellos, que atienden talleres literarios, conocen el mundo cultural y son además amigos de Cuba y de su Revolución, que nos recomendaran cuáles jóvenes invitar. Nos llegó una lista y de acuerdo con las posibilidades económicas que teníamos invitamos a muchos jóvenes que ya han empezado a ser reconocidos. Para nosotros, por ejemplo, fue una enorme sorpresa y una constatación de que lo que habíamos hecho era correcto, cuando Samantha Schweblin, escritora argentina y una de nuestras invitadas, fue Premio Casa de las Américas, una muchacha desconocida sin promoción internacional que nos recomendaron Abelardo Castillo y Liliana Heker, los dos grandes escritores argentinos. Este premio validó para nosotros el método empleado. El Festival ha dejado una huella tremenda entre los invitados porque han mantenido correspondencia entre ellos y con los narradores cubanos, decían que iban a llamarle Habana 35, pues eran menores de 35 años y valía la pena la experiencia. El Festival nos dio muchas alegrías y satisfacciones, pasamos unos días realmente maravillosos, y los jóvenes, sobre todos los más de cien cubanos, tuvieron una experiencia tremenda al verse de pronto compartiendo con jóvenes con similares objetivos en la vida. Se creó un clima fraterno y camaraderil realmente impresionante. 

Sobre el quehacer de la institución se ha resaltado su actitud de compromiso intelectual y ético. ¿Cuál debe ser, a su juicio, el rol de los intelectuales en el contexto actual que vive el mundo?

No me gusta dar este tipo de opinión porque puede sonar a magister dixit, como que estoy dando lecciones. Pienso que el compromiso de cada cual, deriva de acuerdo a cómo ha vivido y la actitud asumida en cada momento. En mi caso específico —no puedo hablar por otros— fui un joven muy pobre, de extracción muy humilde, quedé huérfano desde pequeño y a base de mucho esfuerzo y de mucho sacrificio me pude hacer maestro. Terminé precisamente en el año en que triunfó la Revolución. Gracias a ella, no solamente yo, sino mi familia entera, accedimos a los niveles más elevados de la educación y para nosotros siempre estuvo claro cuál era la actitud a asumir. Es decir, participé de un proyecto que cambió la vida de este país y nos cambió a nosotros mismos. Eso se demostró posteriormente en mis propias vivencias en la milicia, en Playa Girón, en la lucha contra bandidos en el Escambray y luego en la literatura. La palabra compromiso ya está un poco gastada, se remonta a los años 50, a los planteamientos de Sartre en su famoso texto acerca del compromiso del intelectual. Yo sencillamente soy un hombre de mi tiempo, soy un revolucionario, le he entregado mi vida a este país y a la Revolución, y trato de ser fiel a esa actitud que he mantenido durante toda mi vida. No puedo cambiar a estas alturas, de ninguna manera, si he dedicado toda mi vida a un objetivo y a un proyecto. Puedo estar en desacuerdo con cosas, por supuesto, pero siempre he mantenido el mismo criterio. A mi juicio cada uno debe hacerse un examen de conciencia y llegar a la conclusión de que vive en un tiempo y un espacio que exige de continuas definiciones. Esa definición la tuve cuando joven y he seguido fiel a ese concepto de la vida y de mi visión del mundo. Ojalá todo el mundo sea así, tenga una visión del mundo, sea la que sea, respeto todos los criterios y todas las opiniones; pero mi vida ha respondido siempre a esos ideales, a ese compromiso por lo tanto voy a seguir siendo así hasta la muerte, no tengo otra alternativa. 

Decía que tiene tres grandes vocaciones, la de maestro, la de escritor y la de editor, de algún modo el Centro ha propiciado la conjunción de las tres… ¿por qué apostar y dedicarle todos estos años a esta atípica institución?

Como dije, soy maestro primero. Los años pasados aquí han sido de continua lucha conmigo mismo, porque dedicar estos años al Centro es haber dejado de escribir una buena cantidad de libros. Sigo escribiendo y tengo nuevas cosas para publicar, pero no es lo mismo. De todas maneras siento que los libros que no he hecho son aquellos escritos por los alumnos. Me causa enorme satisfacción cuando un alumno del Centro gana un premio o escribe un libro magnífico. Senel Paz siempre me decía: "me gano un premio y tú te pones más contento que yo".

Siempre recordaré una anécdota del primer o segundo curso: un joven narrador de Jobabo, un pueblo perdido de las Tunas, leyó su primer cuento en clases. Se lo hicieron talco, fue terrible, señalaron millones de errores, tantos que decía: "Me han dejado solo el título". Entonces alguien se paró y dijo: "El título tampoco, es infame". Pasaron varios meses y en el último encuentro leyó un nuevo cuento. Cuando terminó, hubo un silencio en toda el aula y de pronto la gente empezó a aplaudir y él empezó a llorar. Haber vivido esa emoción justifica el trabajo. Para algo sirve lo que hemos hecho: los jóvenes crecen. A fin de cuentas nos lo agradecen y muchos son amigos entrañables para toda la vida. Ahora con la medalla acabo de recibir un correo de Tarragona, España, de un ex alumno del Centro. Decía que no podía dejar de escribirme y de recordar el tiempo pasado aquí. Cosas como esas me hacen sentirme satisfecho y pensar que no he perdido tanto, en definitiva. Sobre todo he ganado satisfacción en mi vocación de maestro.

 

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