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Rafael Rojas: Las mañas de quien no tiene argumentos

 

Se le acabaron los argumentos al gran historiador

La respuesta de los historiadores cubanos Rolando Rodríguez, Carlos Joane Rosario, Elier Ramírez y el intelectual cubano Enrique Ubieta, a un trabajo de Rafael Rojas publicado en el Nuevo Herald de Miami el pasado 11 de febrero, bajo el título: “Las mañas del oficialismo”, dejaron muy mal parado a este oficialista del pensamiento hegemónico del capitalismo.

Rojas se tuvo que morder la lengua ante el torbellino de argumentos de Rodríguez, Rosario, Ramírez y Ubieta, que pulverizaron sus entelequias y trampas, pusieron al descubierto su desconocimiento y vacío teórico de un tema como el autonomismo y advirtieron sus pifias. Ante esa embarazosa situación, en su respuesta –si es que puede considerarse así- nuevamente en El Nuevo Herald de Miami,  Rojas no tuvo otro remedio que eludir el núcleo central de la polémica y distraerse en la retórica. A continuación ponemos a disposición de los lectores la respuesta minusválida de Rojas a Rodríguez, Rosario, Ramírez y Ubieta.

 

Qué es la historia oficial
Rafael Rojas / El nuevo herald
Publicado el miércoles, 03.04.09


Los historiadores cubanos Rolando Rodríguez, Elier Ramírez y Carlos Rosario y el escritor y funcionario Enrique Ubieta han reaccionado en las publicaciones La Jiribilla y Kaos en la Red al artículo Las mañas del oficialismo aparecido en estas páginas [ver Perspectiva, 12 de febrero]. Les incomoda la distinción que ahí se establece entre historia crítica e historia oficial. Ninguno de ellos quiere ser identificado con el segundo término, a pesar del apoyo incondicional que brindan a su gobierno. Pero ninguno de ellos acepta que no existen cubanos ''anticubanos'' en el pasado o el presente de Cuba.

Afinemos la distinción: historia oficial no es la única que se escribe en la isla ni es, necesariamente, mala historia. Hay historiadores académicos, marxistas o no, afiliados a instituciones de las ciencias sociales, que no escriben para abastecer el discurso de legitimación del régimen. Muchos de esos historiadores critican los mitos que, en el último medio siglo, ha edificado la ideología socialista con el fin de homogeneizar un pasado diverso e inventar un guión providencial, genéticamente programado para producir el 1 enero de 1959.

La historia oficial es aquella que lee y narra el pasado en busca de claves para la justificación histórica del estado. Esa historia tiene muy poco que ver con el marxismo crítico y debe casi todas sus nociones a una idea excluyente y jerárquica de la nación. Historia oficial, por ejemplo, son los dos volúmenes de Cuba: la forja de una nación (1998) de Rolando Rodríguez, donde se sostiene que la Guerra de los Diez Años fue la ''brasa'' --Ramírez prefiere la cursi metáfora del ``crisol''-- en la que ``cuajaron los fundamentos esenciales de la nación y la nacionalidad''.

En esos libros, dedicados a Fidel Castro, entonces jefe del estado cubano, se presenta a la Cámara de Representantes en armas, a los camagüeyanos opuestos a Céspedes, al Pacto del Zanjón, al Partido Liberal Autonomista y a la intervención norteamericana de 1898 como conjuras contra la nación, no como fenómenos políticos de un permanente e inconcluso proceso de construcción nacional. En esos volúmenes, así como en el de Mildred de la Torre, El autonomismo en Cuba 1878-1898 (1997), una buena investigación que, en sus dos últimos capítulos --''La autonomía contra la nación cubana'' y ``La respuesta de la nación cubana al autonomismo''-- deriva hacia la historia oficial, se sostiene que el autonomismo fue una corriente ``antinacional''.

Historia oficial es también el más reciente libro de Rolando Rodríguez, Cuba: las máscaras y las sombras (2007), dos tomos en los que se reescribe, desde el punto de vista ''revolucionario'', la historia de la primera ocupación norteamericana y los inicios de la república. Dedicado a Raúl Castro, el nuevo jefe de Estado, este libro reitera la manida idea de que con la intervención norteamericana de 1898, como veinte años atrás con el Pacto del Zanjón, el curso natural --o sea, ''revolucionario''-- de la historia cubana fue interrumpido y sobrevino un período ``antinacional'', de medio siglo, que felizmente culminó en enero del 59. Los libros de De la Torre y Rodríguez no son malos: son buenos libros de historia oficial.

¿Qué ejemplos de historia crítica, sobre esos mismos temas, ofrece la historiografía académica, producida dentro o fuera de la isla? Menciono sólo cuatro: El dilema autonomista (2001) de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, El lápiz rojo. Prensa, censura e identidad (2003) de Alain Basail Rodríguez, Las metáforas del cambio en la vida cotidiana (2003) de Marial Iglesias Utset, y Guerra y genocidio en Cuba (2005) de John Lawrence Tone. Estos textos defienden una idea del saber histórico diferente a la de Rodríguez, Ramírez, Rosario y Ubieta.

En estas obras, el partido autonomista no aparece como sujeto ''antinacional''; el Pacto del Zanjón es entendido como una coyuntura que no estuvo desprovista de efectos favorables para la sociedad cubana, como la apertura de la esfera pública y la extensión de derechos políticos; las guerras de independencia son analizadas como conflictos múltiples, no maniqueos, donde se enfrentaron diversos actores sociales y políticos y donde, incluso, los ''enemigos'', peninsulares y norteamericanos, también se involucraron en el proceso de construcción nacional. En estos y otros libros recientes de la historiografía crítica, la república no es presentada como un período de ``vergüenza'' o ''ignominia'' para la memoria nacional.

Saber qué es historia oficial no requiere de grandes esfuerzos intelectuales. Historia oficial es aquella que coincide con el relato propuesto por Fidel Castro en su discurso Porque en Cuba sólo ha habido una revolución del 10 de octubre de 1968, y con la visión hegemónica del pasado insular que trasmiten los documentos del Partido Comunista de Cuba en sus cinco congresos (1975, 1980, 1985, 1992 y 1997). Todo historiador que cuestione o eluda ese relato gubernamental, aunque se considere ''revolucionario'', se coloca en el lugar de la crítica. Toda historia que asuma que la nación es una construcción políticamente plural es historia crítica.


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