Año VII
La Habana

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Presentación del libro El autonomismo en las horas cruciales de la nación y respuesta a un timador

Rolando Rodríguez • La Habana

 

A finales de julio de 1878 se constituyó un comité provisional fundacional, con vistas a la creación de un partido de corte liberal, que posteriormente fue llamado Liberal Autonomista.

Esta obra trata de uno de los problemas más complejos de la historia de Cuba: el autonomismo. ¿Fueron los autonomistas defensores de la nación? ¿Fueron unos patriotas equivocados y trabajaron para llegar por vía evolutiva a la independencia? ¿Cuál fue su posición respecto a las razas? ¿Denunciaron el régimen colonial de forma cabal? ¿Por qué los enemigos de la revolución se apegan hoy a las figuras del autonomismo y pretenden encumbrarlas y, es más, endiosarlas, casi hasta ponerlas por encima de Martí y Maceo?

Respuestas a estas preguntas y otras nos la da este interesantísimo libro de Carlos Rosario y Elier Ramírez. La obra ha tenido por base el trabajo de diploma que presentaron Ramírez y Rosario para graduarse de licenciados en Historia, y debo confesar que casi estuvieron tres años preparándose para escribir la tesis y lo hicieron con tal devoción que el tribunal tuvo que otorgarles un cinco con felicitación. Más tarde, trabajaron para estructurar el libro. En cuanto a los autores ya hoy uno alcanzó la maestría en Historia y el otro va a defender en semanas su tesis de master en Relaciones Internacionales. Al concluir su lectura, ya no podrá quedar duda alguna de quiénes eran realmente los autonomistas.

Al historiar el partido debe decirse que firmaron el documento fundacional José María Gálvez, Carlos Saladrigas, Ricardo del Monte y Antonio Govín, quienes en lo sucesivo serían prohombres de la corporación. Y, también, nada menos, que los antiguos independentistas Juan Bautista Spotorno, ex presidente de la República en Armas; Miguel Bravo Sentíes, personaje relevante en las sediciones de Lagunas de Varona y Santa Rita, y el antiguo hacendado Emilio Luaces, uno de los hombres del Pacto del Zanjón. Del partido pudo decir el general Camilo Polavieja: "En las postrimerías de la guerra de los diez años, convencidos los criollos de mayor entendimiento de que no habían de lograr por las armas el triunfo de sus ideales, comenzaron a pensar que lo que no conseguían por la revolución, lo podrían obtener por la evolución, y a esto debiose luego que dicha guerra terminó por la paz del Zanjón, la formación del Partido Autonomista, en el cual entraron algunos hombres de valer intelectual que, de buena fe, creyeron que el régimen autonómico, tal cual existe en algunas posesiones inglesas, era apropiado para la Isla de Cuba".[1]  

A partir de este instante, ese partido fue en lo esencial el representante de los restos de la vieja oligarquía azucarera cubana en desintegración y propietarios medios. En sus filas se congregarían capas intelectuales, campesinos ricos y medios y elementos de la pequeña burguesía. Los mascarones de proa de aquella agrupación resultaría el elemento intelectual, integrado por abogados, médicos, periodistas, ingenieros, profesores, que poco o nada habían tenido que ver con la revolución del ingenio Demajagua. Como demostración de que la raíz de las adscripciones era de clase y no nacionales, hubo peninsulares que adhirieron su programa. Martí caracterizaría la savia que recorría las entrañas de este partido, cuando afirmó que ese grupo político había convertido "en cuestión de finanzas azucareras todas las graves cuestiones de la Isla".[2]

En relación con la nación cubana, el papel de esta corporación política puede caracterizarse de ambiguo, de ambivalente. Por eso, en medio de la desorientación, del desconcierto, su prédica la condujo en determinados períodos a convertirse en la única concentradora articulada de la resistencia cubana a la dominación colonial rampante. Su elite dirigente estimularía en elocuentes discursos el patriotismo criollo y pondría a la luz muchas de las lacras del régimen colonial, y no podía hacer otra cosa, porque si no, de inmediato, hubiera sido abandonada por las masas que la adhirieron, conformadas por pequeños campesinos, empleados de baja categoría de la administración, antiguos mambises, artesanos y obreros. De esa forma, creó ilusiones de que, al final, por vía de la lucha legal, sin romper el orden constituido, se lograrían cambios y en no pocos hizo que se albergara la esperanza de que de conseguirse la descentralización autonomista, esta desembocaría de manera inexorable en la independencia. Se engañaban, porque, como declararía en un discurso uno de los más conspicuos representantes del partido, Rafael Montoro, la autonomía se volvería un régimen permanente y no evolucionaría hacia la independencia.[3] Incluso algunos de los adherentes de aquella congregación confesaban que la independencia no era posible, porque Cuba terminaría anexada a EE.UU. Como se observa, a este partido se habían unido muchos que, ahítos de teorías, siempre habían creído a Cuba demasiado débil para andar sola por el mundo.

No obstante, ¿Montoro aseguraría el carácter intransitivo del régimen que propugnaban, para desvanecer recelos y reservas de los integristas? En parte es posible, pero la médula de las convicciones de estos hombres consistía en que la llegada de esa situación hipotética —la independencia— podría tener un plazo de muy largas décadas. Ahora bien, incluso entonces, esta debía llegar sin significar el motín porque este les inspiraba horror: podría lastimar el desarrollo económico capitalista de la Isla, aspiración máxima del clan autonomista.

Este reformismo conceptuaba que, gracias a una evolución hegeliana, el país terminaría en una especie de estado de gracia que concedería el poder metropolitano y optó, como método de lucha, por la tribuna y la prensa, por la palabra y solo la palabra, por la denuncia y la advertencia, sin calibrar que la conjunción de intereses opuestos a sus aspiraciones convertiría ruegos y prevenciones en instrumentos de lucha inanes, impotentes, ante el muro infranqueable de las determinaciones de sus adversarios. Cuando llegase la hora de los desengaños, esa misma retórica se volvería contra quienes la derramaron a raudales. Si se despoja de hojarasca esta posición, se descubre que su vector de fuerzas se dirigía, ante todo, a atrancar el paso a la revolución. Con profunda astucia, el general Polavieja lo reveló: "El Partido Autonomista nació respondiendo a la necesidad de crear en el orden político un organismo intermedio entre separatistas e integristas, una agrupación que, sin herir de una manera profunda en lo esencial la doctrina de estos, o sea, el mantenimiento de la integridad del territorio, alentase la esperanza de los separatistas haciéndoles confiar en que lograrían por la evolución lo que no habían podido conseguir por la revolución; y hay que reconocer que hubiera sido expuesto e impolítico matar de una vez las esperanzas de los que durante largos años habían luchado por la independencia...".[4] Una muestra de su papel contra la revolución se adivina en las gestiones de quien sería uno de sus caudillos en Las Villas, nada más y nada menos que Juan Bautista Spotorno, quien, junto con otros propietarios rurales de la provincia, casi desde el momento en que abandonó las armas, emprendió la tarea de lograr que el hijo de Santa Clara, Ramón Leocadio Bonachea, quien con tenacidad admirable seguía alzado entre los lindes de Las Villas y Camagüey, rindiese lanzas. Con ese fin, se dedicó a recoger dinero para obtener que el teniente coronel abandonara su postura intransigente. 

A pesar de todo, si bien la retórica reformista contra el statu quo no podría solucionar el problema cubano y su prédica se destinaría a alentar la sumisión a la metrópoli en aras de una reconsideración de la situación cubana, no cabe la menor duda de que ayudaría a la toma de conciencia de los males del régimen colonial y serviría para calentar el alma y aumentar los rencores de los cubanos. Sin embargo, aunque sus sostenedores se tornaron, de hecho, el mejor aliado del régimen colonial; este, durante mucho tiempo, los vapulearía a su antojo hasta que sus fórmulas eunucas quedaron en una ridícula desnudez y, aún peor, solo se les echaría mano cuando ya transformados en cómplices de los más grandes desmanes que se cometerían en la Isla resultaban un cadáver político.

Ante todo hay que decir, como han apreciado en la obra Elier y Carlos, que entre los integrantes de las filas de este partido hay diferencias múltiples entre unos y otros. Debo negar que sea lo mismo hablar de Rafael Montoro que de José Antonio Cortina. Distante quedará Miguel Figueroa de José María Gálvez. Rafael Fernández de Castro fue un defensor del abolicionismo gradual de la esclavitud, previa indemnización y con un período de esclavitud disfrazada, el patronato, o lo que es lo mismo un defensor de la esclavitud y un racista contumaz, mientras que un Labra luchó contra la esclavitud en las cortes españolas. Gálvez no creía en la chusma cubana y no tenía ni un ápice de aprecio por nuestro pueblo, que le parecía zafio, inculto, incapaz de gobernarse. Es posible señalar que en este partido parecieron alojarse todas las contradicciones del momento y, por eso, se vuelve polémico su quehacer. No obstante, uno solo puede ser el juicio que resuma de conjunto su labor en la historia de Cuba: la concepción esencial que lo alimentó resultaba reaccionaria y en el fondo de su postura estaba, ante todo, darle prioridad a la restauración de las fortunas personales a cambio del doblegamiento al régimen colonial. Su propuesta partía de una miopía total, porque el entramado de intereses de la burguesía metropolitana y de la elite peninsular de la isla no permitiría concederle nada o casi nada y, cuando lo hicieron, se debió a circunstancias extremas que habían decretado precisamente su destrucción final. 

Pero si aún pensáramos que aquellos sesudos varones podían estar equivocados, valoremos un segundo instante, aquel en que perecían por inanición y pestes 300 000 infelices cubanos en las orillas de los pueblos a causa de la reconcentración weyleriana y 10 000 morían con las armas en la mano por la independencia cubana, mientras los valetudinarios dirigentes autonomistas se aliaban a Weyler y sostenían el compromiso, no con España sino con el coloniaje, para que el carnicero de la Plaza de Armas exterminara a este pueblo. ¿Podemos acaso olvidar que aquellos hombres prefirieron el yugo a la estrella?

Aquellos personajes graves, sesudos, fueron tan ignaros, tan torpes, tan estultos, que no se percataban de que el Estado nacional que había brotado en Guáimaro, ya no cabía dentro del Estado español y que la república cubana en armas había probado también que no cabía en aquel reino facineroso. 

Además, los grandes barones del partido creían que todas las razas eran inferiores a la blanca. Por tanto, las demás no debía pertenecer a la nacionalidad cubana. 

La señal absoluta de que el autonomismo es la mala causa, se encuentra en el hecho de que los enemigos de la revolución patriótica de Cuba han encontrado que sus más chillones opositores se han convertido en alabarderos del autonomismo. Ese es el papel que ha quedado para Rafael Rojas, un coleccionista de citas de libros que jamás ha leído, que recientemente nos ha atacado por esta presentación en la sentina de El Nuevo Herald, de Miami donde por cierto, a mucha honra nunca nos publicarían, y debemos en consecuencia responderle con sumo placer en La Jiribilla. Rojas quien es capaz en su supina ignorancia de confundir a Alfredo Zayas con Francisco de Zayas y a Rafael Fernández de Castro con el general José Fernández de Castro, ahora, trata de salvar la cara y como resulta culpable de su acendrado analfabetismo, rectifica urgentemente el párrafo donde lo afirma, gracias a nuestra advertencia. Pero su inopia histórica es contumaz. Ahora en un libro suyo, Los Motivos de Anteo, afirma el inefable Rafaelito que no pueden catalogarse de “conservadoras”, después de 1902, las carreras de “Montoro, Zayas, Dolz, Fernández de Castro, Terry, Zaldo o Giberga (pág. 105). ¿De quiénes está hablando en este batiburrillo autonomista? ¿De Francisco, de José o Alfredo, de Rafael o del general José? Evidentemente de Alfredo y el general José. Lo demuestra en que sin decir de dónde lo saca, asevera en su libro el poco serio y menos respetuoso Rojas, que el general José Fernández de Castro fue autonomista (pág. 104). Parece que se le había olvidado que en más de un lugar había metido la pata y dejó esta coda. Para 1902 Alfredo hacía rato era independentista y, ahora, integrante del partido Liberal y este José (hay otro autonomista) había sido mambí. Pero Rojas los menciona entre los autonomistas, porque en su confusión no sabe de cuáles habla. Ya se ve que lo suyo son puras estafas y ahora solo trata de engañarnos y decir que donde dije digo digo diego. Para completar la pifia, también señala que nada menos que Manuel Sanguily militó, junto a José Fernández de Castro, en el partido autonomista (pág. 104). ¿Habrá encontrado sus carnés de afiliados en el tacho de basura de su casa, creo de la calle Tristá? Que pruebe esas militancias si puede. Por igual, en tal libro asegura (pág. 104) que el coronel Jesús Rabí alzó el 24 de febrero de 1895 en el potrero de Las Yegüas la bandera autonomista. Por supuesto no dice que, luego, cuando se dio cuenta de que con ella ya no podía engañar más a los españoles razón de su empleo la tiró al suelo y enarboló la independentista. En el suelo la encontraron las tropas españolas. Hasta el capitán general de la Isla, Calleja, sabía que Rabí y los Lora habían tratado de trampearles.[5] Solo Rojas no lo sabe.

También tal especulador de medio pelo, se atreve a hacer este libro sobre grandes intelectuales de parte del siglo XIX y del XX, lleva a Mañach casi al cielo y, óigase bien, oculta por solo citar a algunos, a Raúl Roa, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez. ¿Por qué? ¿Cuáles pueden ser sus motivos? ¡Ah pillín! Porque recibió 30 monedas a cambio de su pase a la claque oficial de la contrarrevolución, y allí no se permite estudiar a los rojos. Además, solo con artificios puede escribir que “Martí habría suscrito los 115 artículos de la constitución de 1901 y dice de forma dubitativa, seguramente, hubiera rechazado el apéndice que impuso la Enmienda Platt” (pág.161). Pues miren: creo que Martí hubiera rechazado, entre otros, artículos como el que declaraba la posibilidad de expulsar de la Isla a los extranjeros perniciosos, como lo hicieron desde José Miguel Gómez a Gerardo Machado, y también el artículo sobre la pena de muerte y no seguramente, sino sin seguramente, hubiera impugnado la Enmienda Platt. Únicamente por ignorancia de la historia, materia donde no debe meter su nariz de Pinocho porque no sabe y entonces miente, el señor Rojas pudo haber tomado de fuente falsa, que el autonomista Giberga había rechazado participar en una colecta entre los delegados a la constituyente de 1901 para donarle a doña Leonor Pérez la casa natal de José Martí, porque aquel, uno de los adorados integrantes del santoral de Rojas, le dijo al coronel Enrique Villuendas que no colaboraba con la colecta porque Martí había sido un hombre nefasto para Cuba (pág. 149).[6] Debe saber este señor que los delegados a la convención eran solo 31 y con lo aportado no se podría haber adquirido ni un bohío. La colecta era solo con vista a una función benéfica para doña Leonor, el 19 de mayo de 1901. Tampoco fue como dice Rojas que Juan Gualberto, Lacret y Cisneros debatieron el desaforo de Giberga. Fue en todo caso un pueblo entero el que pidió su cabeza cuando se supo la ignominia del ex autonomista. A tal punto, que este tuvo que encerrarse por un tiempo a cal y canto en su morada,[7] porque peligraba su vida. Cisneros, por cierto, sí pidió su expulsión de la asamblea constituyente. Pero, Juan Gualberto Gómez, dijo que si bien le repugnaba la actitud de Giberga, ellos no tenían facultades para echarlo del templo.[8] También, Rafael E. Tarragó no menos ignorante y atroz lacayo imperialista, quien culpa a los mambises de la reconcentración weyleriana[9] y Antonio Elorza ex comunista reciclado y otros y otras etcéteras de oscuro pelaje son capaces de retorcimientos parecidos y acompañan a Rojas en su aventura. Del último quizá nos ocupemos más tarde. Del primero no merece la pena ni hablar.

Bibliografía:

[1]. Revista decenal del capitán general de la isla al ministro de Ultramar, 10 de febrero de 1892. Archivo Histórico Nacional de España/Ultramar, leg. 4873, sin número de expte.

[2]. José Martí, Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. IV, p. 197.

[3]. Raúl Lorenzo: Sentido nacionalista del pensamiento de Saco, Editorial Trópico, La Habana, 1940, p. 81.

[4]. Citado por Francisco Pérez Guzmán y Rodolfo Sarracino, La Guerra Chiquita. Una experiencia necesaria, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982, pp. 253 y 254.

[5]. “Del capitán General Calleja al ministro de la Guerra”, 27 de febrero de 1895. Archivo del Instituto de Historia y Cultura Militar de España. Fondo Capitanía General de Cuba, caja 884.

[6]. La Discusión 12 de agosto de 1901.

[7]. Diario de la Marina, 3 de agosto de 1901.

[8]. Cuba. Senado: Memorias de  la Convención Constituyente de 1901. Papelería de Rambla, Bouza y Cía, La Habana, 1918, pp. 546 y ss.

[9]. Rafael E. Tarragó: Experiencias políticas de los cubanos en la Cuba española, 1512-1898. Editorial Puvill Libros. S.A., Barcelona, s/a. p. 92.

 

:: Presentación del libro El autonomismo en las horas cruciales de la nación cubana

¿Qué fue el autonomismo cubano?
La Jiribilla

Autonomistas: ¿Patriotas equivocados?
   Rolando Rodríguez

Provocación y polémica
   Elier Ramírez Cañedo

Autonomismo y nacionalidad cubana
   Carlos Joane Rosario Grasso

 

Las mañas del oficialismo por Rafael Rojas

 

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