Año VII
La Habana

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de 2009

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Autonomistas: ¿Patriotas equivocados?

Rolando Rodríguez • La Habana

 

Dije y ratifico que no suelo escribir prólogos, introducciones ni nada que se les parezca. Creo que a los lectores no les interesa esperar para entrar en materia. Con este libro hice una excepción, por tratarse de una obra preparada por dos amigos, de quienes he sido tutor en la carrera de Historia.

Este libro ha tenido por base el trabajo de diploma que presentaron para graduarse y tengo que confesar que estuvieron casi tres años preparándose para escribir la tesis y, por consiguiente, la obra, y lo hicieron con tal devoción que el tribunal tuvo que otorgarles un 5 con felicitación. Hoy uno ya ha alcanzado la Maestría en Historia y el otro va a defender en semanas su tesis de Master en Relaciones Internacionales.

Esta obra trata de uno de los problemas más complejos de la historia de Cuba: el autonomismo. ¿Fueron los autonomistas defensores de la nación? ¿Fueron unos patriotas equivocados? ¿Trabajaron para llegar por vía evolutiva a la independencia? ¿Fueron grandes defensores de la cultura cubana? ¿Cuál fue su posición respecto a las razas? ¿Denunciaron el régimen colonial de forma cabal? ¿Por qué los enemigos de la Revolución se apegan a las figuras del autonomismo y pretenden encumbrarlas y, es más, endiosarlas, casi hasta ponerlas por encima de Martí y Maceo?

Ante todo hay que decir, como han apreciado Carlos y Elier, que entre los integrantes de las filas de este partido hay diferencias múltiples entre unos y otros. Debo negar que es lo mismo hablar de Montoro que de Cortina. Distante quedará Figueroa de Gálvez. Por eso puede decirse que el partido se formó de retazos de variadas posiciones en las que un Rafael Fernández de Castro fue un defensor del abolicionismo de la esclavitud previa indemnización y con carácter gradual, con un período de esclavitud disfrazada, el patronato, o lo que es lo mismo, un defensor de la esclavitud y un racista contumaz; mientras que un Labra luchó contra la esclavitud en las cortes españolas.

Gálvez no creía en la chusma cubana, no tenía ni un ápice de aprecio por nuestro pueblo que le parecía zafio, inculto, incapaz de gobernarse. Puedo probarlo, no solo en los años de la colonia, sino cuando ya esta había sido derrotada. Tal afirmación le hacía el más cerval de los enemigos de la independencia y partidario de la anexión a EE.UU. Por eso, para entonces era más partidario de la anexión que de la autonomía. Véanse si no sus cartas y escritos en “Cuba: las máscaras y las sombras”.

Aquel partido, como bien señalaron Elier y Carlos, fue el resultado del revés de la guerra de los Diez Años. Es cierto que a él fueron a parar los que no lucharon porque no creían en la lucha armada, y se acurrucaron detrás de sus sacos de azúcar; los que lucharon y luego soltaron las armas, digamos que con repulsión y, también, los que no lucharon pero sintieron en algún momento el llamado de la patria y los que lucharon denodadamente y se acogieron a su sombra para esperar la hora de retornar al combate.

En eso fue un abanico de posiciones. Pero hay que decir que la tragedia de estos hombres llegó cuando los patriotas les advirtieron que llegaba la hora de la lucha y debían disolver el partido. Entonces, en vez de escuchar ese llamado que los hubiera engrandecido y volcado sobre ellos el aprecio de todos los cubanos, volvieron a rechazar la hora del combate y se unieron a la colonia. Ese fue el primer momento en que demostraron la pobreza de su patriotismo y su traición a la patria.

Pero si aún pensáramos que aquellos sesudos varones podían estar equivocados, valoremos un segundo instante, aquel en que perecían por inanición y pestes 300 000 infelices cubanos en las orillas de los pueblos a causa de la reconcentración weyleriana y 10 000 morían con las armas en la mano por la independencia cubana, mientras los valetudinarios dirigentes autonomistas se aliaban a Weyler y sostenían el compromiso, no con España sino con el coloniaje, para que el carnicero de la Plaza de Armas exterminara a este pueblo. ¿Podemos acaso olvidar que aquellos hombres prefirieron el yugo a la estrella?

Aquella elite dirigente, que agitaba falsamente los colores nacionales, estimularía en elocuentes discursos el patriotismo criollo y pondría a la luz muchas de las lacras del régimen colonial, y no podía hacer otra cosa, porque si no, de inmediato hubiera sido abandonada por las masas que la adhirieron, conformadas por pequeños campesinos, empleados de baja categoría de la administración, antiguos mambises, artesanos y obreros. De esa forma, creó ilusiones de que, al final, por vía de la lucha legal, sin romper el orden constituido, se lograrían cambios y en no pocos hizo que se albergara la esperanza de que de conseguirse la descentralización autonomista, esta desembocaría de manera inexorable en la independencia.

Se engañaban, porque, como declararía en un discurso uno de los más conspicuos representantes del partido, Rafael Montoro, la autonomía se volvería un régimen permanente y no evolucionaría hacia la independencia.[1]Incluso algunos de los adherentes de aquella congregación confesaban que la independencia no era posible, porque Cuba terminaría anexada a EE.UU. Como se observa, en este partido se habían unido muchos que, ahítos de teorías, siempre habían creído a Cuba demasiado débil para andar sola por el mundo.

No obstante, ¿aseguraría Montoro el carácter intransitivo del régimen que propugnaban para desvanecer recelos y reservas de los integristas? En parte es posible, pero la médula de las convicciones de estos hombres consistía en que la llegada de esa situación hipotética —la independencia— podría tener un plazo de muy largas décadas. Ahora bien, incluso entonces, esta debía llegar sin significar el motín porque este les inspiraba horror: podría lastimar el desarrollo económico capitalista de la Isla, aspiración máxima del clan autonomista.

Aquellos personajes graves, sesudos, fueron tan ignaros, tan torpes, tan estultos, que no se percataban de que el Estado nacional que había brotado en Guáimaro, ya no cabía dentro del Estado español y que la república cubana en armas había probado también que no cabía en aquel reino facineroso.

Se suele decir que la cultura se amontonaba detrás de los pupitres de aquel partido, como en el caso de Jarrín que era propietario una inmensa biblioteca. Sin embargo, es posible afirmar que la cultura no consistía en haber leído toda la biblioteca del Museo Británico, la Nacional, de Madrid, y vaciado los fondos de la Universidad de Salamanca. Todas ellas reunidas no prestaban más que un saber libresco, pura recitación y ninguna sabiduría. Aquellos hombres, todos juntos, quedaban muy por detrás del saber de José Martí. Incluso, habría que decir que Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y tantos otros independentistas, eran mucho más cultos que toda la directiva de este partido.

Es más, hay que decir que el último mambí analfabeto, que creyó en su patria, era más sabio y culto que toda aquella recua que se creyó tenía agarrados por las barbas a la reina y a Sagasta, cuando por el contrario estos jugaban con ellos. ¿No les puso acaso rabo Segismundo Moret, cuando le comunicó al capitán general Blanco que los secretarios de despacho del gobierno autonómico eran meros auxiliares suyos, y que él era la única autoridad de la Isla? ¿Ese era el gobierno autonómico tan ansiado? Sin embargo, aquel mambí tan ignorante, iletrado, cuando le explicaron en el campamento de Calixto García que el significado del autonomismo era seguir atados a España, supo responder con toda precisión: “¡Que se vayan a la mierda!”.

Además, aquel partido creía que todas las razas eran inferiores a la blanca. Por tanto, las demás no debían pertenecer a la nacionalidad cubana. 

Tengo que reconocer mi poco aprecio por estos señores. Siempre me han producido urticaria los conservadores. Me hacen recordar cuando el régimen de Batista masacraba a los combatientes revolucionarios o nos metía en la cárcel, a quienes buscaban apaciguar la fiera de palacio al hablar  del  diálogo  cívico,  para  que  el  tirano  se riera a carcajadas. En aquella época fueron los autonomistas los bufones de Weyler, en la nuestra fue la SAR, la Sociedad de Amigos de la República.  

La señal absoluta de que el autonomismo es la mala causa, se encuentra en el hecho de que los peores opositores de la Revolución patriótica de Cuba se han convertido en alabarderos del autonomismo. Ese es el papel que ha quedado para Rafael Rojas —capaz de confundir a Alfredo Zayas con Francisco de Zayas y a Rafael Fernández de Castro con el general José Fernández de Castro—, Rafael E. Tarragó —no menos ignorante—, Antonio Elorza —ex comunista reciclado— y otros y otras etcéteras de oscuro pelaje.

Las preguntas, de las que he dado mi juicio, han sido respondidas de forma amplia e incontestable por Ramírez y Rosario. Al concluir la lectura de la obra, ya no podrá quedar duda alguna de quiénes eran realmente los autonomistas.



Presentación del libro El autonomismo en las horas cruciales de la nación
 

[1]. Raúl Lorenzo: Sentido nacionalista del pensamiento de Saco. Editorial Tropico, La Habana, 1940, p. 81.

 

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