Año VII
La Habana

24 al 30 de ENERO
de 2009

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Tres estaciones de una jornada

Esther Suárez Durán • La Habana

 Fotos: Cortesía de Gerardo Fulleda León y Jorge Luis Baños

 
El Guiñol Polichinela, de Ciego de Ávila, ha sido el encargado de inaugurar la programación teatral destinada a los pequeños de la familia dentro de las Jornadas de Teatro Cubano  celebradas este enero en la capital.

La compañía logró su clasificación en el programa mediante su elaborada versión de la obra Ruandi, del dramaturgo Gerardo Fulleda León. El texto, escrito en 1977, resultó reconocido con una Mención en la edición del Concurso La Edad de Oro correspondiente a 1978 y estrenado en 1981 por el Grupo Rita Montaner en su habitual sala El Sótano. A partir de este momento y hasta la fecha ha gozado de una frecuente presencia en escena a través del Teatro de Arte Popular (1984), el Teatro Guiñol de Cienfuegos (1990), el Teatro IATI, de Nueva York (2001), el Teatro Guiñol de Holguín (2005) y, más recientemente, el Guiñol Polichinela (2008).

Ruandi se inscribe en la literatura de aprendizaje. Su historia narra las peripecias de un niño esclavo que forma parte de la dotación de una de las fábricas de azúcar del sistema cubano de plantaciones propio del siglo XIX, quien abandona las lindes del ingenio para ir en pos del palenque donde se refugian los cimarrones. En su trayecto, el muchacho ha de enfrentar diversas situaciones que lo ayudan a crecer espiritualmente; Ruandi entrena su voluntad y su confianza en sí mismo y aprende a dominar el miedo.

El Guiñol Polichinela nos muestra una propuesta ambiciosa que a partir del teatro de figuras se vale de los múltiples lenguajes escénicos.

Sus actores exhiben un total dominio de sus cuerpos, que incluye sus órganos de fonación; preparados para bailar y cantar son capaces de impostar voces con una adecuada proyección y una cuidada enunciación de los textos. El variado e imaginativo diseño de los diversos personajes los hace transitar durante el espectáculo, de más de una hora de duración, por diversas técnicas y modos de animación en los cuales se desenvuelven con desenfado y eficacia en una excelente labor de conjunto, aunque bien valdría la pena cuidar hasta el preciosismo —puesto que preciosista ha de ser—  el movimiento de manos y cabezas de los títeres que representan a Ruandi, su abuela Minga, Belina y su padre; explorar un poco más sus posibilidades de desplazamiento y no abusar de esa especie de elipsis que, en el plano del movimiento, del recorrido de los espacios, supone esa acción de vuelo de este tipo de figuras.

El espectáculo cuenta con un concepto escenográfico que permite la sucesión fluida de las escenas y la dinámica apropiada de su discurso. Concepto de puesta en escena y elaboración de imágenes marchan juntos en la consecución de una partitura visual atractiva por su diversidad y su factura que completa una banda sonora de lujo con hermosísimos cantables.

Sin embargo, el discurso necesita revelar la gama de tonalidades latentes en su entramado, pues desde este punto de vista resulta monocorde, mientras abusa de los registros más altos. Los matices del lirismo, el humor, la aventura, el dramatismo, entre otros tantos posibles, requieren de espacio. Tal vez un nuevo análisis dramático de la versión del texto que les ha servido de punto de partida y, sobre todo, un examen conceptual de la propuesta que les interesa ofrecer al espectador permitan colocar acentos que aún faltan, conseguir la dinámica de tempo-ritmo precisa para algunas escenas (pienso en la de los buitres y también en la del monte), ayuden a resolver en material dramático cierta presencia de la narrativa en algunas de las escenas iniciales y finales del espectáculo. 

La Literatura a escena 

El Teatro Estro de Montecallado se presentó con Carrusel de cuentos, una oferta a cargo de cuatro juglares: Orelvis Díaz Bombino, María Elena Vázquez Segura, Yanara Díaz Martínez y Juan Carlos Pérez Gómez, quienes mostraron a plenitud sus capacidades histriónicas y exhibieron una loable labor de conjunto.

El espectáculo está compuesto por cuatro narraciones destinadas a los infantes. Mi abuelo pirata, La natilla de Paco P., El misterioso caso de los maravillosos cascos de doña Cuca Bregante y El próximo circo nos ponen en contacto con la literatura de cuatro primeras figuras de esta creación literaria: Omar Felipe Mauri, Enid Vian, Excilia Saldaña y José Manuel Espino, respectivamente.

Pero, desde el punto de vista de la integración de un nuevo discurso, ningún superobjetivo o entramado dramático parece justificar la presencia de estas piezas literarias en lugar de otras, incluso dos de ellas acuden a un recurso similar en su desenlace. No hay un contexto dramático propio que sostenga las narraciones, no hay tampoco motivos dramáticos que las relacionen. Ellas, simplemente, tienen lugar y, al menos para mi percepción, se vuelven un tanto confusas en la profusión de signos que inunda su puesta en escena. 

También se hace sentir la extensión del espectáculo.

Ignoro cuáles hayan sido las razones que aconsejaron la selección de esta oferta dentro de la muestra nacional, pero no me parece representativa de la labor de esta agrupación habanera. 

Una ecuación gozosa 

Teatro del Viento trajo su multipremiada Aceite+Vinagre= Familia, una puesta de Freddy Núñez Estenoz que obtuvo el Premio Villanueva de la crítica especializada en el 2007, junto a los Premios de Puesta en Escena y Mejor Actuación Femenina (entre otros reconocimientos) en el Festival de Pequeño Formato de Santa Clara, el Festival Nacional de Teatro para Niños y Jóvenes de Guanabacoa y el Panorama de las Artes Escénicas celebrado en Camagüey, todos eventos desarrollados en el 2007.

En estas Jornadas de Teatro Cubano el colectivo camagüeyano alcanzó los Premios de Puesta en Escena, Actuación Femenina,  Diseño y Texto, todos dentro de la categoría de Teatro para Jóvenes y Adolescentes.

A teatro lleno se presentó la compañía durante varias tardes consecutivas en la Sala Llauradó con el beneplácito del público.

Sus cuatro actores realizan su labor con eficacia, pero entre todas  resalta la de Larha Cruz y Josvanys González en las creaciones de Cristina María y Felipe Arturo, respectivamente. Con una estudiada gestualidad y poderosa presencia, la primera, y un absoluto dominio de las transiciones (limpias, exactas), el segundo. Cada uno exhibiendo un histrionismo de diverso tono, pero similar calidad.

La urdimbre creada por Núñez desde su elaboración textual plantea una alta teatralidad que su inteligente puesta en escena potencia y da lugar a una propuesta vital e interesante que compromete de inmediato al espectador.

No obstante su aire farsesco, su tono de Gran Guiñol, creo que sería útil repasar el repertorio de recursos (gestualidad y entonaciones) que se emplean para la construcción y expresión de Cristina María de forma que la organización de su partitura evite el agotamiento y la reiteración no prevista. Desde el punto de vista ideotemático y de acuerdo a las propias escuelas teatrales que utiliza como referente el espectáculo —pienso en Ionesco, en Brecht—  pudieran incluirse otros tópicos relacionados con la familia  cubana contemporánea que harían aún más subvertidora y productiva la lectura que este realiza.

Y es que la relación con la partitura general de Aceite+… me ha colocado cara a cara con el problema de la memoria teatral, su conservación, puesta en circulación, conocimiento, de manera que la escena no parezca inventarse cada día y podamos ser capaces de ensayar nociones válidas de “desarrollo”, “evolución”, de “historias de las formas teatrales”, a partir de conocer y reciclar o desechar conscientemente aquello que alguna vez constituyó logro, descubrimiento. 

Otras agrupaciones artísticas entre aquellas que dedican su trabajo a los más jóvenes espectadores vieron reconocidos sus esfuerzos durante la gala de premiación que cerró el evento. Es el caso de El Mejunje, con Eureka en apuros, que mereció Premios de Puesta en Escena y Actuación Femenina; de la Compañía Teatral Rita Montaner y  Baile sin máscaras, con sendos Premios de Actuación; y, sobre todo, del Teatro de las Estaciones con su hermosísima y fecunda teatralización de Los zapaticos de rosa, merecedora de los lauros en Puesta en Escena, Música, Diseño y Actuación en ambos géneros. (¿Por qué no el Gran Premio?)

Una vez más, y en particular a partir de la esmerada labor de Teatro de las Estaciones, vuelve la escena que dialoga con los infantes y los jóvenes a medirse en igualdad de calidades con aquella que se dirige a los adultos. No obstante, no parece ser uno de los mejores momentos en la historia de la primera. Varias agrupaciones de renombre y otras con una trayectoria sostenida o ascendente quedaron esta vez fuera de la cita.

De diversa índole son los obstáculos. Impostergable resulta, en principio, trabajar por recuperar los niveles de otros tiempos. Lucidez, consenso, parecen ser palabras clave para la estrategia.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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