Año VII
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Víctor Fowler Calzada

( La Habana ,1960)

 

Boris Leonidovich habla con Stalin *

Para R.M.R., que entiende por qué 

Debió de saber lo que sucedería cuando desvió o propuso

que la conversación fuera al meandro de la vida y la muerte;

que la materia del amigo ―aterido en el frío de Siberia― sería

traída en la misma bandeja que pastelillos para el té.

 

La contradicción entre el salón horneado y el sitio metafísico

de la tiranía; allí espadearon, reconstruyeron las alternativas

y también se sostuvo. Como figuras de ajedrez pasaron las

poblaciones por venir o ya arrasadas; la mejor ocasión, acaso

la única, de salvar al amigo y la estaba perdiendo.

 

De modo que, en lo adelante, tuvo que vivir con eso castigando

la espalda. También sabía que alguna vez tocarían en su puerta,

que pedirían que los acompañara y quizás fue lo que persiguió

al aceptar la conversación: destino.

 

Cuando abandonó esa noche el lugar, la plaza de celebraciones,

el dolor del amigo lo estremecía, el dolor de millones de hormigas.

Tomado de La obligación de expresar, Premio Nicolás Guillén 2008.

 

El que te siente perro 
 

El que te siente perro oye perro en tu voz;

huele sórdido o ese gesto de asco como al

probar frutos pasados. 

Quienes bebían del mismo borde, cruzaban

hierbazal para un lazo más fuerte que los

cuerpos. De la misma cuerda para no caer. 

Cambió, fue devorado, encajó púas. 

Donde el mapa que condujera alguna vez

y ahora, para mantener la coherencia,

tienes que ser fuerte: 

Exprímelo, amigo, vierte ―donde más arde―

jugos de curación.
 

El viento de ahora 
 

Construye el suceso igual que si manejara lentos títeres:

casa, autos, calle y farol, vecinos saludando. 

Bajo el resplandor de lámparas, todo un aire de

repetición sobre la mesa en donde busca explicaciones

entre puntos que queman. 

Con la paciencia de un relojero, personajes, diálogos,

ambientes; con el amor hacia los detalles propio

de los neuróticos. 

Es más cuidadoso de la exactitud cuanto más lejos

en el pasado se encuentra el hecho y entonces,

en el juego de las variaciones, se deja ganar

por fantasías y creatividad. 

Las vidas teatrales que fabrica son su vida misma.

La pasión con la que organiza el relato desperdigado

y le introduce sentido. 

Las criaturas respiran y, haciendo un coro, preguntan:

¿Recuerdas cómo poníamos en el oído un caracol

para que el viento trajera la memoria de mundos

no vistos?

¿Recuerdas esa locura? 

Por la fisura del oído pasa el viento de ahora,

pero sin sonar.
 

Fotografía
 

En la casa donde el perro escapó, la sombra del perro

duerme en la entrada y todavía vigila. 

En la sábana arrugada que tapó miserias del padre,

la larga figura del padre se remueve, con barba de recién

llegado de la guerra y los hijos esperan permiso para

brincarle encima. 

En la cocina que guarda el recuerdo de las manos de la

madre, los calderos son revueltos por las manos de la

madre que se asoma a la ventana y grita que ya es hora

del almuerzo. 

Donde capas de hielo entumecen, felices aquellos a los

que se permitió seguir siendo parte de alguna memoria,

pues hay otros que nunca más serán siquiera

mencionados.
 

Interrumpe  
 

Había lo fantasmagórico: calles tejidas de

amarillo enfermo, madrugada para respirar,

pobreza como puñetazos y olor de cuartos

húmedos, pero reconstruíamos el origen

y mar de nacimiento. 

De palabras y harina, los dedos embarrados.

De medicamento y congelación. Ahora se torna

borroso, echaron pintura, cambiaron losas,

la manera de comportarse o llegar. 

Donde tocábamos fundación y el paisaje

ya no era disperso. 

Trastornaron, mutaron, da la sensación

de que una parcela sin cultivar extiende

sarcoma y acaricias espejo que no es

de conocimiento, sino árido. 

Sin nada que esperar o buscar. 

No va a ser tan fácil, piensas al cruzar

el espacio hecho de vértigo y telaraña. 

El espacio indistinto. 

Cuarenta y siete 

No sé lo que soy, no soy lo que sé…
Angelus Silesius, El peregrino querubínico
 


Ya que disfrutas esto de las confesiones, en la parábola

del cigarrillo supe que no hay paisaje para la imagen

de dos cuerpos a la orilla de un río.

En el olor de la ceniza donde juraste que íbamos

a estar siempre: con el junco que sube a la cintura

y ese modo de andar enlazados por hilos que ningún

otro podía ver. 

Nos conducía la fuga de la locura. Que ―aunque fuera

un engaño o refugio del pensamiento― había oportunidades

aún. Que merecíamos probar el labio mojado. 

Debió de haber un giro, vado que no se cruzó, demora

en un recodo, entre neblina, imprecisable.

O resultaba tan hermoso que merecía ser destruido

y ni siquiera puedo explicar la dejación. 

La cámara que se aleja y las figuras, pequeñas,

hasta que nada las diferencia ya de la Naturaleza. 

Tocarlos quema, pero en el detalle insisto,

como si una pieza, desde entonces, faltara. 

Ya lo dijiste aquella noche:

tonto sin remedio, te empeñas en ir dentro del túnel

con paredes cubiertas de vidrio

y crees que se puede recordar sin sentir

que desaparece la luz.
 

Laguna de la leche 
 

Aquí veníamos con mi padre los domingos, dice cuando
pasamos ante el hotel ruinoso que hoy recuerda nimbado
de esplendor. O si, en el pueblito de Ceballos, en la antigua
casa de “los americanos”, la última huella de un mundo de trabajadores, pisamos tablas partidas mientras el aire lleva
el olor de las cosas a punto de desaparecer. Entonces conté
sobre los frutales que llenaban, igual que un manto inmenso,
los kilómetros entre Casilda y Trinidad, que las vacaciones
eran paraíso de anón y guanábana, caimito, canistel, níspero
y zapote, desaparecidos hoy o inalcanzables. En la playa que
fue de los antepasados leí el aviso que prohibía bañarse en
la hermosura única del agua, encajado en Trinidad del Mar
que luego sería destruido por las aguas y reconstruído. ¿Los mambises?, una tanda de negros churrupieros... se burlaba
mi abuelo que los había visto llegar. Y supimos que tampoco
a los cayos es permitido entrar y que la única playa aún está
en el diente de perro, el erizo, el agua-mala y los que van,
vistos de lejos, parecen bailarines. Todos hemos perdido algo
y la conversación, que anima la cerveza, gira en esos puntos
de memoria feliz que parecen llamar a través de la noche súbita
en la Laguna de la Leche.
 

Caminos nuevos 

Por entre ramas de infancia rodó la cabeza

del padre y no hubo ayuda que pudieras dar. 

En la corteza desgastada o piel; con el tesoro

de alfabeto por la muerte del lenguaje que olvidó. 

Allí mordieron, con ferocidad de azúcar, y asombró

la garra de una mente para todavía sujetarse:

la metáfora única del televisor que, para él, era

“el cristal que nos divierte”. 

Pero la vecina de enfrente entra al diálogo, luego

de que hace días confunde a la hija y ni siquiera

sabemos con quien. 

Es infinita la capacidad combinatoria en los rostros

de la vecina y el padre, que se entienden,

como en ladrillo común: vestido nuevo, música

de moda y el pavo real del erotismo, abriendo

su plumaje lo mismo que un imán. 

La vibración da fe de la potencia, ansiosa

siempre de recomenzar. 

Salvajes como animales al inicio de respiración,

en la libertad de correr, por caminos nuevos,

hacia un futuro inexistente ya. 

Dulzura de idiomas debilitados y ni siquiera

se percatan de la violencia del sol que consume. 

Pudieran pasar horas curioseando en el cerebro

del otro, hinchados de tanto sentir.
 

Los barrios 
 

Un poco más abajo, tapan el agujero de ratas que
intentan subir al contén. Más tarde las hunden en
el cubo con agua y antes quemaron a la camada,
translúcida aún.

Lo que en los nubarrones del cielo anuncia tormenta,
estalla desde balcones y la locura de esos animalitos
queriendo huir de sus perseguidores.

Sabiduría que sea este el preludio de la noche donde
se supone que la fiesta enlace por sobre diferencias
y en la atmósfera está el jugo de olor que borra la
distancia entre cuerpos.

Noche de celebración.

Cuando los hijos imitan el vuelo del pájaro colibrí
en el trazado de pies sobre el asfalto.

Donde los ancianos aseguran que siempre ha sido
igual y que sólo quienes respiran desde el vientre
todo esto que rodea, entienden que aquí no hay
casualidad.

Y ya entrada la madrugada, luego de que termina
el holgorio, otras ratas señorean en el basurero
y comen el cuerpo de sus hermanas.

 

Miedo 
 

… más enloquecida que un pájaro que se golpea contra los muros
Robert Desnos, La furtiva
 

También va hinchado tu vientre de criatura que dejarías

en las puertas, en la calleja oscura,

y el hijo del vientre como pan de contrabando. 

Y te esmeras, como si fuera requisito, en amar eso

que no amas, raspar la poca alegría, sujetar hilos

de sangre ajena. 

Por eso aprieto la pequeña cabeza dañada. 

Más enloquecida que un pájaro que se golpea contra

los muros, picotea pantano, asciende hasta que no lo

podemos ver y entonces se despeña. 

Que te recojan, cuiden, limpien y es todo lo que

deseas. 

No logro entenderlo.

Aquella vez cuando las manos temblaban

al envolver la figura y eras bella como una diosa

recién liberada. 

Tú que rebuscas entre ruinas, miras a los lados

y no hay labio ni voz con los cuales compartir

el miedo.
 

Hablabas como sacerdotisa
 

Me comportaba como si pudiera calmarlo y tú,

con ojos de sacerdotisa, marcabas con un dedo

ganas de ir a un punto impreciso donde palpar

totalidad porque aquí era una cárcel. 

El brillo sobrecogía en las pupilas, el único sueño

y nada iba a cambiar o tan poco que ni siquiera

lo notaríamos y esa fue la promesa mientras que

yo, pendiente del encanto, sólo quería penetrar

o en las posiciones: arrebatada, a experimentar,

delirante. 

Para ser honesto, ni siquiera recordaba aquello

cuando recibí, la semana pasada, el mensaje que

jura que arrancar es el precio exorbitante hasta

que va quedando lo esencial: la pregunta, la voz 

temblorosa, el velo de humedad en los labios que

conozco. 

Y los ojos, dios mío, ¡sigues teniendo esos mismos

ojos!
 

Tobillos hinchados  
 

La mano que se tiende a sujetar tobillos hinchados,

ahora que fue arrasado el país, encuentra geografía

del cuerpo a la vez que afuera cargan árboles de la

pesadilla. 

Veíamos a los linieros, empatando cables hasta bien

adentro de la madrugada, y uno de ellos decía cómo,

en los poblados sin electricidad, le ofrecían limonadas

de agua sin enfriar, pero la ofrecían. 

Mientras ilumina la llanura lunar que alguna vez

compartí y la habitación donde nos juntamos para si

el viento arreciaba. 

Ahora, cuando ya no avergüenza confesar temor o la

destrucción hace transparente el lenguaje y lo que

importa es el tacto entre una piel y otra piel. 

O la sensación que el otro no conocerá nunca porque

duerme y tú absorbes su mosaico de respiración

y son los años. 

Aprendemos que no es suficiente, que cualquier

alegría puede ser rota igual que apretar hierba;

que hay sorpresa de inundación y que en el lugar

de obras del hombre alguien señala y no es sino

rastros. 

Ignorante del dolor y los hechos, la luna repite

recorridos y se brinda a ninguno en particular. 

Pero el descubrimiento de tobillos hinchados

equivale a un ramo de luz cuando la mano


repasa bordes y en cada movimiento hay paz.

Poemas del libro inédito La ciencia de los instantes.


Víctor Fowler Calzada: Nació el 24 de febrero de 1960 en  La Habana. En 1987 se graduó como Licenciado en Pedagogía (especialidad Lengua y Literatura Españolas) en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José  Varona de La Habana. Durante varios años ejerció como profesor en el nivel secundario. En los 80 formó parte del colectivo de autores de la publicación Naranja dulce, en la cual dio a conocer diversos trabajos sobre cultura y erotismo. También se integró al proyecto de promoción cultural Paideia, surgido en 1989. Ha publicado los poemarios El próximo que venga (1986, Editorial Extramuros), Estudios de cerámica griega (1991, Editorial Letras Cubanas), Confesionario (1993, Editorial Abril), Descensional (1994, autoedición), Visitas (1996, Editorial Extramuros), Malecón Tao (Ediciones UNIÓN, 2001), Caminos de piedra (Centro Provincial del Libro de Ciudad de La Habana, 2001), Historias del cuerpo (2001; Premio de Poesía en el Concurso “Luis Rogelio Nogueras” en 1999, y el Premio de la Crítica Literaria 2001) y El maquinista de Auschwitz (Unión, 2004; Premio UNEAC de Poesía 2003 “Julián del Casal” y el Premio de la Crítica Literaria 2004). Su poemario La obligación de expresar resultó ganador del Premio Nicolás Guillén en 2008, convocado por la Editorial Letras Cubanas, la Fundación Nicolás Guillén y el Instituto Cubano del Libro.

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* Este poema contiene una grave errata en la reciente edición de Letras Cubanas, muy posiblemente atribuible a los cambios que hace el procesador Microsoft Word: el cambio de Siberia por Liberia. Es por ello, dentro de un conjunto de poemas inéditos, el único que fue tomado del libro de reciente aparición.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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