Año VII
La Habana

6 al 12 de DICIEMBRE
de 2008

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PRESENTACIÓN DEL EPISTOLARIO ¿Y SI FUERA UNA HUELLA?, DE ALFREDO GUEVARA

¿Y si es una huella?

Julio César Guanche • La Habana

 Fotos: Pedro Luis García y Kaloian (La Jiribilla)

 

Cuando parecía que, después de cuatro libros de revelaciones personales, Alfredo Guevara era ya incapaz de sorprendernos, la aparición de  ¿Y si fuera una huella?, (Ediciones Autor y Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, 2008) es un aviso intempestivo de todo lo que aún falta por conocer del autor de Tiempo de fundación.

Los grandes escritores asombran con sus textos, pero no siempre alcanzan con estos grandes sorpresas. Como se sabe, el asombro es un rango distinto a la sorpresa. El primero es territorio de la enormidad, mientras que la segunda es lugar creado por ella misma. Los epistolarios de los grandes escritores sorprenden allí donde sus obras ya solo consiguen asombrar. Entonces, las colecciones de cartas despiertan morbosidad: hacen las veces de memorias, y casi siempre se leen como narraciones, con sus meditaciones íntimas, crónicas de entuertos y revelaciones trágicas.

Si las cartas son de un hombre teatral, con sentido del humor y vasta cultura, estas harán felices a los amantes de la literatura, esos pobres seres que experimentan sensaciones físicas ante la belleza de una frase o la desmesura de una imagen. Pero si ese hombre, además, es un gran pensador, y un auténtico revolucionario, y ha fundado empeños como el ICAIC, el Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, el Nuevo Cartel Cubano o el Grupo de Experimentación Sonora, su correspondencia puede provocar verdaderas obsesiones.

Publicar un epistolario o es un acto de valor inaudito o lo es de una cobardía total. Muchas veces, sus autores lo dejan como legado envenenado al mundo que abandonan. Dejan una cláusula áspera en el testamento: "publiquen mis cartas". Es acaso la única sonrisa que disfrutan ante la proximidad de la partida: venganza personal, especie de "después de mí el diluvio", queriendo que el mundo se acabe, con él, tras la batalla final entre quienes aparecen mencionados en la correspondencia del espanto.

Como hombre lúcido, Guevara sabe que no hay inteligencia interesante sin una pequeña escala diabólica. Pero no nos deja aquí, con su epistolario, alguna clase de herencia que pueda explotar en nuestras manos. Guevara es un hombre que no aprecia la prudencia ni la disciplina, pero sí la consecuencia de quien cumple deberes: renunció a hacer películas —quién sabe a dónde hubiese llegado el joven asistente de dirección de Buñuel—, pero también renunció a escribir formalmente filosofía, que sospecho es su gran pasión, incluso más que el cine, para poder dejarnos, en ese acto de valor que solo raya con el candor, un epistolario, historia abierta de una huella.

Publicar un epistolario como este es violar la intimidad de los lectores. No es tanto el que ha escrito una carta sin imaginar que será leída 40 años después por un completo extraño, el que se descubre al publicarla. Es quien la lee el que se redescubre, el que siente su propia intimidad conmocionada.

Estas cartas conmocionan, sobre todo los juicios hechos, las tesis que, repetidas, se han convertido en verdades al uso, en remiendos para cubrir nuestras vergüenzas: frasecitas que pretenden explicarlo todo y ya hace mucho no consiguen ocultar su miseria, pero han pasado, no obstante, a nuestra intimidad, a la forma en que pensamos y nos pensamos.

¿Cómo puede el acto por el cual otro se descubre, mostrar nuestra propia intemperie? Somos esclavos de nuestra edad, esa ignorancia que nos acompaña. Miramos desde nuestro hoy lo que ha sido, lo que llamamos el pasado, y no hacemos otra cosa que proyectar sobre él lo que somos hoy. Ciertamente, es y será así, pero es esa una particular forma de no saber, o de saber en modo sectario. Estamos habituados a despreciar lo que ignoramos, pero también nos acostumbramos a otra brutalidad: ignorar lo que ignoramos. La necesidad de entender exige un esfuerzo mayor: exige saber, o saber verdaderamente, que es acaso comprender los sentidos que animaron las acciones, y sus significados para quienes las siguieron.

Este libro sirve a ese propósito. No quiere que sea comprendido para ser perdonado —aunque también, si lo merece— sino comprender para abarcar más, para llegar más hondo, para "alcanzar —diría Guevara— la lucidez suficiente". Este libro nos lleva de regreso, nos hace recorrer, desaprendiendo, una historia, y nos hace avanzar por ella, paso a paso, volviendo a mirar. La ciencia, se dice, es mirar lo que todos han visto y observar lo que nadie ha distinguido o imaginado antes en ello. En cierto modo, eso lo es también el arte. O lo es también un libro, como este libro.

¿Y si fuera una huella? es la historia la Revolución cubana desde la perspectiva del testigo de excepción que es Alfredo Guevara. Aparece cuando no son siquiera suficientes las historias que den cuenta con rigor historiográfico y/o testimonial del proceso histórico transcurrido en la Isla después de 1959. Su énfasis recae en el itinerario político y en la evolución ideológica de la Revolución —y, por consiguiente, no solo en la historia de la política cultural—, contribuye a la reconstrucción de la complejidad de la edificación del poder revolucionario en Cuba, y de la diversidad contenida en ese proceso, y, a su vez, a la contextualización histórica, socioeconómica, cultural e ideológica de los procesos ocurridos en el campo cultural, explicados tradicionalmente sin tomar en cuenta el conjunto de la vida vigente en el país en que se produjeron.

Guevara resume en sí, por haberlos vivido o interpretado desde una óptica muy particular, una parte considerable de los avatares experimentados por la Revolución Cubana, desde su génesis hasta el presente. Los procesos en los que ha estado inmerso, las posiciones que ha ocupado, su formación intelectual y política, su condición personal y su carácter, lo han llevado a estar casi siempre en el centro de eventos esenciales en la historia revolucionaria.

Guevara ha sido un singular formulador de políticas culturales para el contexto nacional y latinoamericano, sus ideas sobre cuál debe ser la relación entre los intelectuales y la política, y entre la política y la cultura, lo han hecho diferenciarse de otras tendencias sostenidas en el campo cultural cubano en el mismo lapso. Como muy pocas figuras de la Revolución, Guevara representa una frontera de la relación entre la herejía del poder—
la herejía que está en el poder y que es aún el poder mismo —, y el status quo revolucionario, si deja de ser la ruptura el elemento fundamental del nuevo orden.  Estas cartas son las pruebas de convicción: Guevara ha estado ahí, columna tenaz, para recordar precisamente que es el cambio lo que identifica la vida que merece ser vivida y que la rutina es la forma misma de la muerte.

Guevara sintetiza una cuestión básica para las filosofías revolucionarias: cómo construir y defender un proyecto común, desde la afirmación de una radical individualidad. Pierre Bourdieu afirmaba que un testimonio, si llega a ser esencialmente personal, anuncia la condición general de los seres sujetos a similares circunstancias. Es el caso de este testimonio de Guevara. Las polémicas, dudas, equivocaciones, aciertos, desavenencias y adhesiones del autor de Revolución es lucidez—expresadas de un modo muy individual— verifican la complejidad de la evolución ideológica de la Revolución Cubana, de la dialéctica de sus conflictividades internas y externas, del cómo y del por qué devino socialista, de qué es lo revolucionario dentro de la Revolución, y de cuál es el legado inscrito por ella en la historia. Sin embargo, el cuerpo de su reflexión no es atinente solo a Cuba y a su proceso revolucionario, o al cine cubano y latinoamericano: expande su importancia hacia el centro mismo de la teoría sobre qué es una cultura revolucionaria, o una cultura del socialismo.

Este libro gozará de la mejor de las suertes: ser citado una y otra vez en los textos que se escriban en el futuro sobre la Revolución, sobre el nuevo cine, cubano y latinoamericano, sobre la cultura de la resistencia latinoamericana, pero también será leído con fervor por quienes quieran contemplar el espectáculo heroico de un ser humano que lucha por afirmar su autenticidad, que no necesariamente la diferencia, como el sentido de su vida.

La autenticidad es honestidad. Muchas de estas cartas, no son amables, más bien resultan inconvenientes para muchos implicados en ellas o afectados por el pensamiento que de ellas se desprende. Pero todas están fechadas, y no se ha suprimido una coma. Para sí mismo, esa es la herencia mayor que puede legar Alfredo Guevara: haber vivido en un torbellino durante más de medio siglo y poder publicar la historia de su vida, poniendo fechas, sin quitar comas.

Guevara hace entender que la verdadera “disciplina” revolucionaria no es la obsecuencia sino la lealtad. Es un hombre leal, pero está todo lo lejos que se puede estar de ser un “asentidor”. He aquí una lección perdurable. Por ello, no
sorprende en el libro la angustia de Guevara por comunicarse con los más jóvenes, pero sí resulta poco común cuando tantas personas dan por hecho que se comunican y solo consiguen el silencio.

Cuba es un país cuya población envejece, y que, como parte de ello, considera jóvenes a personas de avanzada edad. Es una sociedad que los sociólogos llaman "adultocéntrica", con problemas para hacer comunicar a la sociedad oficial con los más jóvenes. Sin embargo, parece practicar un culto a lo nuevo, a lo improvisado, a lo “creativo”, expresión del desecho de la experiencia, de la ignorancia del pasado, o de la ignorancia sin más, que se achaca a la pobreza y es mucho peor y más invasiva que ella. El libro de Guevara se para, enhiesto, a restituir el valor de la experiencia vivida, de la planificación rigurosa, de la tradición que no se cierra a su crítica y proyección.

Alfredo Guevara nos ayuda a entender algo fundamental: la autenticidad es una conquista, no el producto de exclusiones, sino de agregaciones, de inclusiones, del desprejuicio con que se pueda mirar el mundo, tan ancho, y a veces tan ajeno.

Como Chéjov, que escribió 4 mil cartas en 25 años, Guevara ha escrito otras tantas. A él, la vida lo condenó a escribir epístolas. Su vida puesta en "abrir caminos" lo condenó a escribir esas cartas asombrosas y sorpresivas que cuentan la fundación de una revolución, de un cine, de una vida, y que resultan sagas de novelas, libros de ensayos y buenas películas.

Guevara es, ciertamente, malévolo cuando se pregunta
"y si fuera una huella". Él ha escrito su correspondencia con la tinta limón de los clandestinajes: la pregunta parece dirigida a él, cuando en realidad nos interpela a nosotros. Con ese guiño socarrón, nos deja a solas con su misma pregunta: "¿y si (yo) fuera una huella?". Nos deja sus respuestas, para quedarnos nosotros con nuestras preguntas.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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