Año VII
La Habana
2008

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 La Habana será la capital del cine latinoamericano

Joel del Río • La Habana
 

A muchos no les interesan para nada las cifras y los balances que dan idea de los tamaños y alcance de un evento.

Aunque no soy particularmente adicto a la ensalada de datos (salvo que sea muy necesario) este artículo debe comenzar, aunque luego se dirija por otros derroteros, apuntando que son 42 los largometrajes latinoamericanos en competencia, divididos en 22 óperas primas y veinte en la competencia principal. Mayorean cuantitativamente Brasil, Argentina y México, con 23, 21 y 19 obras compitiendo respectivamente, no solo en cuanto a largos de ficción, sino en las otras categorías del evento como documental, cortometrajes y animación. Brasil nos envió nada menos que seis largos en óperas primas, mientras que Argentina cuenta con cinco largometrajes en busca de los Corales principales, y cuatro filmes-debut.

De modo que se anuncia complicada la competencia de esta trigésima edición (entre el 2 y el 12 del mes próximo) del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, la promesa renovada de acceder a un cine nuestro, adulto, competitivo y humanitario. Una vez consultada la lista de títulos que conforman la selección oficial en competencia, es fácil hacer apuestas por el predominio en los Corales de Argentina, México y Brasil, las tres cinematografías más poderosas del área, que se han “turnado” históricamente los principales premios, y además son las que cuentan con un sistema de apoyo oficial más coherente y sistemático. Si atendiéramos a los títulos más publicitados, que este año han sido numerosos —pues atravesamos uno de los más pródigos períodos en la historia del cine latinoamericano— se demarca la preponderancia de las tres potencias mencionadas, cuyo brillo audiovisual no debiera cegarnos al prometedor destello de otras naciones participantes. Veamos someramente de qué van algunos de los filmes que veremos en unos días, cuando arriben a La Habana, cargados de reconocimientos en otras latitudes.

Cinco películas argentinas, cuatro embajadoras mexicanas, tres brasileñas e igual número de cubanas, conforman el grueso (15) de las 20 que compiten por los Corales principales. Los cinco títulos que completan la selección oficial corresponden a dos chilenas, dos venezolanas y una peruana. La nación austral envía lo más selecto de su producción, los títulos y cineastas ya seleccionados, elogiados y premiados en los foros más exigentes del cine mundial:  Leonera, de Pablo Trapero; La ventana, de Carlos Sorín y La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel; y en la misma línea hiperselectiva se movieron mexicanos y brasileños: Lake Tahoe, de Fernando Eimbcke; Desierto adentro, de Rodrigo Pla; Línea de pase, de Walter Salles y Última parada 174, de Bruno Barreto, una relación que parece así vista, de conjunto, parece pensada para complicarles la vida a los jurados, en la obligada decisión de un ganador, y al cinéfilo impenitente, deseoso de cubrir la mayor cantidad de buenos títulos en el menor tiempo posible.

Pablo Trapereo, el autor de Mundo grúa, El bonaerense y Familia rodante ha dicho de Leonera: “Es una película que quiero mucho, que habla de la cárcel, la maternidad y la marginación, pues describe las experiencias íntimas de una joven universitaria acusada de un crimen, que debe criar a su bebé en prisión. En ningún momento quise hacer una película de denuncia de las penitenciarías argentinas, pero estoy orgulloso de haber fomentado un debate nacional sobre este tema”. Muy otros son los referentes de Carlos Sorín, el recordado autor de La película del rey e Historias mínimas. Mientras evaluaba las tesis de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños, Sorín me adelantó en una breve entrevista que “en La ventana, se nota mucho mi deuda expresiva enorme con el teatro y los cuentos de Chéjov, sobre todo en la manera en que este autor llega al humor desde el escepticismo. Todos somos solitarios en un universo de desamparo, y así lo muestra Chéjov”. El filme narra casi en tiempo real el reencuentro entre un hombre que va a morir y su hijo que regresa del extranjero. “Por su tema no es una película fácil de comercializar, aunque confío que quien vaya al cine se quede adentro. Esa era la película que quise hacer, algo que no fuera abiertamente comercial, y sin concesiones al gusto mayoritario”.

Muy pocas concesiones al comercialismo contienen la mayor parte de las películas pertenecientes al llamado nuevo-nuevo cine argentino, con el cual se compromete también Lucrecia Martel, la polémica autora de La ciénaga y Niña santa, quien ahora recrea, en La mujer sin cabeza, el sentimiento de culpa de una mujer por creer que cometió un asesinato. Según expresó la crítica argentina, en el Festival de Cannes donde se presentó, “es un relato simple, casi flojo si no fuera por el conflicto que la directora nos muestra. Lo central está en cómo una mujer burguesa (relativo a lo rutinario) es atrapada por un suceso que es ajeno a su entorno, una realidad severa, una prueba de sobrevivencia, algo que está fuera de sus costumbres. (…) La infidelidad, los momentos de ocio, la dialéctica entre la burguesía y su otro (el argentino de color mestizo muy poco visto en el cine) no son la temática, es solo el decoro. (…) El juego de Lucrecia Martel es un recorrido silencioso hacia personajes simples, en entornos nada vistosos o chispeantes, que en ciertos momentos dan quejidos que inquietan”.

En la competencia brasileña no faltan tampoco las realizadoras. Lucía Murat nos propone Maré, una historia de amor, mientras que sus colegas Walter Salles y Bruno Barreto, responsables de por los menos cuatro clásicos del cine nacional (Estación Central, Abril despedazado, Doña Flor y sus dos maridos, Cuatro días de septiembre) prefirieron temas más épicos, públicos, políticos y “masculinos”. Walter Salles dirigió, junto a Daniela Thomas, Línea de pase, la historia de unos hermanos muy pobres, que buscarán cumplir sus sueños y salir adelante de una situación apremiante, mientras que Barreto y Última Parada 174 cuenta lo que ocurrió con un sobreviviente de una matanza que tuvo lugar en Río de Janeiro, a propósito del secuestro de un autobús.

La representación brasileña abarca también, fuera de competencia, el estreno de Blindness, la versión en inglés de Ensayo sobre la ceguera, que Fernando Meirelles realizó en coproducción con Canadá y Japón. Blindness inauguró el más reciente Festival de Cannes, mientras que Línea de pase ganó el Premio de la categoría Mejor actriz. En el último Festival de Berlín, Brasil ganó el Oso de Oro con Tropa de elite, de José Padilha, que concursa en La Habana como ópera prima, también reflexiona sobre la violencia policial en los barrios marginales cariocas, y se convirtió en el filme brasileño más taquillero de todos los tiempos. Todo ello pudiera ilustrar un auge impensado del cine brasileño, y es cierto que esa animación existe, pero debemos apuntar, por honestidad elemental, que los próximos proyectos de Salles, Meirelles y Padilha serán financiados y previstos por grandes estudios norteamericanos.

Los jóvenes realizadores predominan en la porción mexicana de la selección oficial. De modo que a los dos debutantes incluidos en la competencia de óperas primas (Enrique Rivero con Parque vía y Francisco Franco con Quemar las naves) se añaden los segundos o terceros intentos en el largo de ficción de Rodrigo Pla y Fernando Eimbcke. El primero de ellos compone en Desierto adentro una filosófica exploración del fanatismo religioso mediante la historia de un hombre hostigado por el remordimiento y convencido de que la ira del cielo destruirá a sus descendientes. “Es una película bien compleja —asegura el realizador— porque en realidad partimos de algo abstracto, de la vida del filósofo danés Soren Kierkegaard, y lo trasladamos a México”.

Muy distinta es Lake Tahoe, que recibió el Premio Alfred Bauer y el de la crítica internacional en el más reciente Festival de Berlín. El filme sigue a un muchacho, Juan, de 16 años, en busca de una pieza de recambio para el automóvil que acaba de estrellar contra un poste. A lo largo de los 85 minutos de película el espectador asiste a los desgarramientos que ocasiona la muerte del padre en la familia de este muchacho. “Partí de una idea parecida al Principito, el solitario en busca del amigo —aseguró el realizador luego de su éxito en Berlín— a ello se añadió la confluencia de dos experiencias propias, la mía y la de Paula Markovitch (la guionista), ya que ambos habíamos perdido a nuestros padres.” Según la crítica, Lake Tahoe es una propuesta sutil y delicada, de planos largos y cámara estática, pero que bulle de vida en su interior.

"Para mí, el tema del filme es la huida —vuelve a comentar Eimbcke— a veces queremos escapar de la realidad, pero antes o después esa realidad nos atrapa. Esta película nació del intento de entender las razones que me llevaron a cometer aquel acto absurdo de estrellar el auto”.


De los filmes cubanos que concursan, destaca la coproducción hispano-cubana El cuerno de la abundancia está protagonizada por los mismos rostros que, en 1993, colocaron a Cuba en el mapa de la mitología cinematográfica internacional con Fresa y chocolate: Jorge Perugorría, Vladimir Cruz y Mirtha Ibarra. En el momento de su reciente estreno en España, la prensa insistió en que se trataba de un Bienvenido Mister Marshall a la cubana, pues se intenta retratar la realidad contemporánea mediante un filme coral que apela a la comicidad y la sátira.

Y se nos quedaron casi fuera de este apretado resumen tres títulos que se anuncian memorables: la chilena Tony Manero (un asesino en serie que quiso parecerse al John Travolta de Saturday Night Fever), la peruana Dioses (una pareja de adolescentes lindos, ricos y simpáticos que viven en un mundo donde parece no haber problemas) y la venezolana Cyrano Fernández (transposición de la célebre obra clásica francesa a un actual barrio periférico caraqueño). Dentro de unos días serán estas películas el principal móvil de muchísimas conversaciones.
 

Corales de honor – homenajes – retrospectivas

Cumplir 30 años, es decir, duplicar los 15, multiplicar por dos la lozanía y el empuje de la juventud —que debieron convertirse en aplomo y templanza— significa la casi obligatoriedad de recontar lo alcanzado, pasar revista a un tramo pródigo de la vida, reconocer el camino y a quienes nos ayudaron a andar, así como elegir compañía para seguir marchando. Tales son los principales objetivos de algunos galardones especiales, Corales de honor, que se entregarán en la próxima trigésima edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Ya es notable la lista de creadores que han sido laureados con el Premio Coral de Honor, reconocimiento personal y máximo que otorga el evento a ciertas figuras cimeras, huéspedes especialísimos, protagonistas del cine y la cultura en algunos de nuestros países. Juzgue por el nombre de algunos galardonados: el norteamericano Jack Lemmon en 1985, el colombiano Gabriel García Márquez, el brasileño Jorge Amado, el argentino Fernando Birri, el italiano Gian María Volonté y el norteamericano Harry Belafonte, en 1986; los cubanos Alfredo Guevara y Santiago Álvarez, el chileno Aldo Francia y el holandés Joris Ivens, en 1987; los cubanos Daisy Granados y Tomás Gutiérrez Alea, en

1993 y 1995, respectivamente; el greco-francés Costa-Gavras y los cubanos Nelson Rodríguez y Leo Brouwer, en 2003…

Este año se anuncia la entrega de otra cosecha de Corales de honor a cuatro figuras clave en la instauración y el desarrollo del Nuevo Cine Latinoamericano. El brasileño Nelson Pereira Dos Santos, el mexicano Paul Leduc, el chileno Miguel Littín y el boliviano Jorge Sanjinés figuran, sin

discusión posible, en cualquier antología o historia que pueda acometerse sobre lo más destacado del séptimo arte en esta región. Con Río, 40 grados y Vidas secas, Pereira Dos Santos empujó al cine brasileño al primer frente del cine mundial, con Memorias de la cárcel (Gran Premio Coral en 1984) le extrae insospechada esencia ideológica, de reflexión historicista, al cine carcelario. Si no hubiera dirigido nada más (y cuenta con cinco o seis películas más, muy estimables todas) a Paul Leduc le hubiera bastado con entregarnos la tierna, adolorida, inteligente, bellísima Frida, naturaleza viva, Gran Premio Coral de 1985, compartido con Tangos, el exilio de Gardel, de Fernando Solanas.

Miguel Littín le dio forma al nuevo cine chileno, al cine de encuesta biográfico, periodístico y ficcionado, documental y de arriesgado lenguaje, con El chacal de Nahueltoro (1969), y una contribución también medular a la revuelta cinematográfica de los años 60 aportó Jorge Sanjinés, a través de películas hechas con los humildes, por los humildes y para los humildes: Sangre de cóndor, El coraje del pueblo. Littín y Sanjinés permitieron que se desplazara el centro de la atención cinematográfica a Bolivia y Chile, más allá de los tradicionales emporios que representaban México, Argentina y Brasil. Pereira Dos Santos, Leduc, Littín y Sanjinés se cuentan entre los diez grandes nombres propios del cine latinoamericano de todos los tiempos.

El Festival intentó abrir una brecha entre tanta inercia y conformismo, y avalar el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, reducido a la intermitencia, u ocasional desaparición por la carencia de espíritu integrador y de estímulos institucionales. Así, daba sus primeros pasos un Festival que año tras año se proponía hacerle honor a su nombre y confirmaba la esencia del único movimiento cinematográfico —entre los muchos que en el mundo han sido— de alcance continental y perseverante voluntad de sostener las afinidades a lo largo de varias décadas. Un ciclo retrospectivo aspira a rememorar algunos de los filmes que ganaron el Gran Premio Coral, el Premio Especial del Jurado, los segundos y terceros lugares, e incluso algún que otro de enorme popularidad, o particular relevancia cultural que no fue reconocido en su momento por los jurados. Si comparamos la agenda que presenta la edición de 2008, con los sucesos del primer Festival, en 1979, salta a la vista la profunda coherencia de objetivos sostenidos durante 30 años. En la declaración final del primer encuentro se ponía de manifiesto, con toda claridad, lo que se convertiría en inclusiva y progresista plataforma conceptual sostenida durante 30 años: “Tiene el Nuevo Cine Latinoamericano mártires y héroes, figuras artísticas de renombre y prestigio

internacionales, aprendices y artesanos, grupos que inician su trabajo y jóvenes que en uno u otro país se aprestan a enriquecer el movimiento artístico surgido y afirmado en la lucha por la liberación. Nada podrá vencerlo porque es una necesidad histórica, y del seno de nuestros pueblos surgirán siempre artistas y técnicos capaces de tomar la cámara y expresar nuestra identidad, testimoniar la época que vivimos y sus combates, y adelantar la imagen del futuro”. 

El Festival, y algunas películas de esta Muestra

retrospectiva, le cambiaron la vida a  mucha gente, en cada diciembre que el evento conseguía instaurarse como acontecimiento de gran magnitud en la cultura contemporánea de Cuba y Latinoamérica. Uno de los más importantes nombres del documental brasileño es Eduardo Coutinho, quien tuvo una formación que pasó por el derecho, el periodismo, el teatro y el cine, hasta que consiguió hacerse de un oficio como guionista primero (La difunta, Chica de Ipanema, Doña Flor y sus dos maridos), y luego como director de títulos muy notables en el documental latinoamericano: Cabra Marcado para Morrer o Edifício Master. El trabajo de Coutinho destaca por la inmensa sensibilidad y profundidad con que lograr ilustrar los problemas y aspiraciones de las mayorías marginalizadas, sin arengas panfletarias ni sentimentalismo populista. Los filmes de Coutinho documentan la realidad desde una mirada atenta y comprensiva, que intenta escapar a toda manipulación y apuesta por un punto de vista que le conceda a cada personaje el tiempo necesario para que dialogue con

la cámara y le confiese su verdad única, intransferible. Coutinho tiene en competencia la excelente Jogo de cena y además será objeto de un homenaje en compañía del británico Mike Leigh.

¿Quién dijo que la vocación artística y emancipadora del Festival y  del Nuevo Cine Latinoamericano podía circunscribirse a estrechas delimitaciones geográficas o lingüísticas? Fiel a una vocación integradora y desprejuiciada que ha rendido aplausos y honores a imponentes creadores europeos, asiáticos, africanos o norteamericanos, el Festival lo mismo programa lo mejor de la destacadísima animación polaca, que se acerca a varias películas relacionadas con Edith Piaf, o le rinde homenaje al cineasta y guionista británico Mike Leigh, un autor cuya filmografía ha puesto en crisis, sobre todo en los años 90, la retórica sobre “la crisis de la autoría”. Maestro absoluto del retrato vívido, tragicómico y cabal de los ambientes obreros de su país (High Hopes, Life is Sweet, Naked, Secrets and Lies, Career Girls) Leigh gusta de emplear actores casi desconocidos, a los cuales les permite improvisar sobre líneas argumentales que, por lo regular, examinan a gente común enfrentada a colosales catástrofes emotivas. El tono oscila entre el melodrama ligero, la ironía y la tragedia misantrópica y desatada. Se ha dicho que Leigh desprecia a sus personajes, pero en todo caso los pone ante pruebas que los obligan a crecerse, a decir o hacer algo bello, o inmensamente simpático, en medio de su inopia espiritual. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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