Año VII
La Habana

15 al 21 de NOVIEMBRE
de 2008

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De cómo Alfonso conoció a Baldovina

Rachel Domínguez Rojas • La Habana

 Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

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Baldovina, las sillas alineadas (a la espera), las pruebas de audio. De repente la lluvia, las caras expectantes, pasa un ángel, los grelos, ¿y ahora?, los trapitos para absorber el agua de los muebles. Dentro de la sala, la gente mojada, llegando. Las luces, el apagón, las velas.  El té, las canciones, el sortilegio: podemos empezar.

Después de un tiempo de receso, ajeno a sus intenciones pero imbricado a sus posibilidades, abre los ojos el ángel de la jiribilla y reinaugura su peña en El patio de Baldovina, ahora los primeros viernes de cada mes, con un invitado a la altura de la ocasión: Gerardo Alfonso. Un preparado exquisito ¿La receta? Nada fácil: una gran dosis de trabajo honesto, un saco de voluntad, tres tazas de perseverancia, una pizquita de swing y amor al gusto. Es necesario enterrar en cada espíritu una porción de este brebaje por largos años y luego cocinar a fuego lento por varios meses. Es infalible.

La melodía de Gerardo Alfonso apareció blanca, a ratos azul transparente, a ratos rojo sangre. Para las jiribillas presentes nada mejor que respirar sus colores y disfrutar de “un burujón de canciones sin pedir permiso”, como si para expresar todo un arsenal de sentimientos acumulados durante toda la vida, añejos ya en su delirio, hubiera que hacerlo.

No es solamente una tarde de viernes. Esta vez el personaje que creó Lezama, Baldovina —de brazos cálidos y alma acogedora—, ofrece su patio a todas las almas que lo deseen, como los niños, con ojos cerrados y dedos en cruces. Este deviene el espacio donde se sublima la magia de los pequeños ratos y la alegría se hace inocente y pura.

Muchas veces merodeamos los caminos sin llegar a hacerlos legítimos, envolvemos los días con una linda cinta de colores en espera de que alguien nos diga que son un hermoso regalo y solo entonces nos volvemos conscientes de ello. Hasta que chocamos con una hermosa canción.

Entonces ocurre la metamorfosis. Las personas a nuestro alrededor nos parecen más amables, queribles. Todo parece más claro; la luz de las velas, una caricia y las palabras la más poderosa de las armas para subsistir; ellas se tiñen vigorosas, irrefutablemente vivas tal música de guitarra.

“Dicen que”, igual que “El caballero de París”, “Nada” es tan imprescindible como la oportunidad de aferrarnos a un sueño —una “Giovanna”a quien podamos cantar; o de poner un granito de esfuerzo para conquistar las ideas convertidas en hechos. Por eso siempre que observemos “La Habana llena de gente” y sus antológicas “Sábanas blancas”, podremos descubrir a alguien que, “Como si fuera un gato”, “Quisiera” trepar sobre “Un silencio universal” y gritar que “Son los sueños todavía” los que tiran (y tirarán por siempre) de los hombres.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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