Año VII
La Habana

4 al 10 de OCTUBRE
de 2008

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Helio Orovio, la tertulia continúa

Sigfredo Ariel • La Habana

 Fotos: Cortesía del autor

 

Llega poco después de mediodía al Hurón Azul y se sienta, no importa demasiado junto a quién. Se quita la gorrita de pelotero y se enjuga el sudor que rueda por la roja bola de billar de la cabeza hasta los ojos, bajo las dos hirsutas cejas que no dejaron nunca de crecer, grises, blancas, caprichosamente, hacia cualquier dirección y luego, la boca, capaz de raros movimientos mientras habla o escucha. De su maleta escolar puede sacar lo mismo un disco, una foto, que una revista para demostrar algo —una fecha, un dato, que en ese momento considera trascendental, capaz de cambiar la Historia toda: "Miren lo que traigo aquí". Y cuando avanza la tarde y continúan llegando los habituales del Hurón, de una y otra mesa lo llaman, reclamándole, "ven, Helio, siéntate un rato aquí", y le sirven un ron con cola, ahora, un refresco de limón, después, y otro y otro, para que no se vaya. Este es mi cuartel general, decía, mientras Santiago de las Vegas se convertía en un lugar misterioso, remotísimo, del que "es arduo salir y aún más difícil regresar", ya en la alta noche, tras esperar lo inimaginable el camello atestado del parque de El Curita. Llevaba consigo el espíritu de la tertulia, o dicho con más propiedad, de la peña, que es punto de convergencia de comentarios, relatos, críticas más o menos punzantes, y chismes, que no son más que rápidas gacetillas casi siempre impublicables. También de observaciones agudas, de razonamientos claros. Helio llevaba memoria de cosas olvidadas, como un griot, de bailes, funciones, personajes y personajillos que había conocido a lo largo de décadas y décadas. La música cubana era su mayor pasión, que compartía con el béisbol. Lo distinguían un apego irreductible por las beldades negras y una pintoresca forma de interpretar la actualidad política del mundo.

Andar por la calle con él era imposible, si había premura. Lo detenían con frecuencia para hacerle consultas o pedir su opinión sobre cualquier cosa relacionada con sus temas caros: la Sonora Matancera o la mala racha de los Industriales. Muchas veces, un desconocido lo llamaba, solo para saludarlo o decirle que lo había visto o escuchado aquí o allá. Cambiaban sus interlocutores, él no, daba lo mismo que estuviese ante una cámara de televisión o dialogando con un humilde, anónimo y efímero, compañero de parada de ómnibus.

Formó parte del grupo fundador de El Caimán Barbudo, de lo que se enorgullecía, y desde muy temprano metió en su poesía la música popular, porque entendió que la poesía tenía que ser emocionante, y nada lo emocionaba más que una voz con una guitarra, una buena rumba, o un conjunto tocando esas breves guarachitas nuestras que tan nítidamente espejean el modo de ser cubano. Su Diccionario de la Música Cubana, saqueado a menudo por los mismos que lo criticaron con mano dura desde que apareció su primera edición, fue un acto de amor y de solitario heroísmo cultural. Sus antologías de boleros, sus artículos, sus libros sobre el carnaval, Daniel Santos o —el más ambicioso— de la música "por el Caribe" pudieron ser más serios y densos, creo yo, si él no hubiera sentido la premura por irse "a tertuliar" alegremente con amigos y recién conocidos a su "cuartel general" o cierto salón de té que poseía la sede de la Unión de Periodistas, donde lo conocí hace un montón de años.

Muchas veces le reproché que aceptara contratos tenebrosos por sus trabajos, que se desentendiera del destino de su propia obra o dejara para luego cuestiones que —yo consideraba— primordiales para él, como la de reunir sus versos, por ejemplo, o muchos de sus recuerdos del ambiente musical en un volumen de crónicas. "Tengo que aprender mucho de ti, Siegfried", me decía, socarrón, cuando agredía su displicencia o criticaba distracciones suyas que me exasperaban. Acto seguido, contaba, o imaginaba, el origen secreto de cierta canción, o explicaba  cómo las pailitas de Los Guaracheros de Oriente lograron sustituir al bongó, o se ponía a soñar una gira de músicos "conjunteros", por toda Cuba, porque "este sonido se está perdiendo". ¿Qué le iba a decir yo entonces a alguien que consideraba máximo regalo de los dioses el poder rascar el güiro o tocar la tumbadora mientras alguien —no importa mucho quién— cantaba "Cualquiera resbala y cae", uno de sus amados guaguancoes?

Contra viento y marea, hace poco, echó a andar un conjunto que se inspiraba en Jóvenes del Cayo, del que fue percusionista a finales de los 50 e inicios del 60. Juntó a veteranos de los Jóvenes en alguna de sus etapas, con músicos "de ahora", como el cantante Francis del Río. Convenció a amigos, logró un ajustado financiamiento y se editó un disco por fin. Un buen disco, no hay duda. "Pero esto es solo el comienzo", decía siempre, mientras llenaba mi escritorio con fotografías y recortes de medio siglo atrás para que los scaneara. Quería revivir su figuración personal del Paraíso Perdido, que era, sencillamente, el resultado de dos trompetas, piano, bajo, tumba, bongó y un par de cantantes para que rumbearan y bolerearan, y después la entrega total al diálogo sabroso, marcado por una manera de ejercer la hidalguía criolla mantenida siempre, a pesar de incoincidencias, apremios económicos y el vapor de los tragos, aunque nunca fue un gran bebedor, en cada conversación, no importa demasiado con quién ni sobre qué.

Fue un cubano simpático y generoso —jamás escamoteó un dato, un disco, una ficha de archivo—, por eso tuvo amigos que fueron muy generosos con él. Tenía nuevos proyectos y alegría para llevarlos a cabo. Había prometido organizarse un poco, a fin de cuentas, ya había cumplido sus 70. Su penúltimo viaje fue a Venezuela, desde donde me escribió, emocionadísimo, porque "aquí se está tocando música cubana todas las noches, Siegfried, y de la buena", antes de emprender esta otra travesía, poco antes del mediodía, su hora de salir de Santiago de las Vegas, con su gorrita de pelotero y su milagrosa cartera escolar.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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