Año VII
La Habana

20 al 26 de SEPTIEMBRE
de 2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

SANGUILY

Víctor Fowler • La Habana
Fotos: Mayito

 

"Son grandes tempestades por la mar y por la tierra, que no dejan cosa que no destruyan y echen a perder todo, naos en la mar y las heredades y edificios en la tierra".
Fray Bartolomé de las Casas.


Vi el combate del hombre contra la Naturaleza y sentí que enlazaba los tiempos. En la casa de uno de los lugareños de Sanguily, poblado, batey de antiguo central que antes nunca oí mencionar o simplemente olvidé. El acontecimiento coloca puntos en la memoria, heridas del sentido que ya van a permanecer para siempre. Por Sanguily salieron ambos huracanes recientes: Gustav e Ike.
 


Vi algo tan alucinante como centenares de palmas reales en el suelo. La vegetación maltratada con una cantidad de violencia que es difícil imaginar y no sólo por los árboles caídos, sino por la extraña manera de parecer desde lejos cabezas afeitadas en sólo una mitad, ya que la otra el viento la arrancó. Por todas partes hay gente encaramada en los techos, reponiendo tejas de fibrocen o aluminio, pero esta vez con innovaciones que sorprenden; después de colocado el techo, le ponen arriba vigas sujetas a las de adentro, para que al viento le sea más difícil doblar o arrancar la teja, hecho esto ponen sacos de arena en los bordes y en el caballete de encima. A alguien le habrá resultado cuando tan popular se ha hecho. Y el misterio mayor: la resistencia increíble de la vivienda tradicional, de tablas y techo de guano, o acaso su no resistirse al viento, su secreta capacidad de amortiguación, pues donde fibrocen y aluminio fueron arrancados, estas otras permanecen en pie con su vara en tierra a un lado, en especial este último sin daño visible. En algunos momentos la sensación es de guerra, pues cuando el viento arranca techos entra con libertad a las casas y entonces las deshace como a juguetes de armar. Hay lugares donde, alrededor del cuadrado sobre la tierra que marca la casa, sólo quedaron tablas dispersas; gente que perdió cuanto poseía y que ahora lucha para recomenzar.  

Juan Osvaldo Roig, el vecino con quien más hablé, contó su particular épica en contra del huracán. Alguien que decidió permanecer en la casa familiar, (de mampostería y con un techo de fibrocen bien puesto) a la que consideraba segura y como todo cambió cuando una teja voladora le rompió apenas una. Entonces el viento penetró por ese pequeño espacio y ya estuvo adentro de la casa toda, pujando para encontrar una salida. Que empezó a levantar una de las vigas laterales y Juan Osvaldo corrió a amarrar la viga con un cable del cual pendían varios bloques de construcción entrelazados. Que entonces se repitió en el extremo opuesto y para la nueva viga colgó una armazón de hierro que tenía preparada. Que la fuerza del aire era nunca vista y que no tuvo mejor remedio que abrir las ventanas de toda la casa, así como las puertas trasera y delantera. Ahora sí el viento iba a ser dueño y señor, más prisionero de su mismo orgullo, circularía a través de la casa sin destruirla.  

Sin embargo, prefiero la picardía con la que Juan Osvaldo cuenta que -entre rachas de aire que metían miedo- no tuvo más remedio que esconderse en la cocina, al fondo, donde el techo es de placa y donde había protegido las cosas de más valor. Que de cuando en cuando, sacaba la punta de la nariz y un poquito para mirar, pero que echaba rápido para atrás porque el viento arrastraba quién sabe qué objetos: palos, trozos de teja, de lata. “Yo creo si tú estás aquí te pones blanco”, dice, ríe y esa risa es increíble cuando por todo el camino y hasta llegar hemos seguido el rastro de la destrucción. O cuando relata el instante en el que el ojo del huracán les pasó por encima y todo se puso tranquilo y había hasta mosquitos. Unos treinta  minutos en los que gritó al hijo, que vive del otro lado de la calle, que aprovechara para tomar lo que necesitara antes de que los vientos volvieran a golpear. O que en la casa de al lado, una construcción desbaratada, había una imagen de la Virgen de la Caridad que no pudieron cargar cuando el primero de los huracanes, Gustav, y que al finalizar el desastre no sólo permanecía en el lugar, sino que estaba limpiecita y con brillo, como si la hubiesen terminado de poner. “Le dije a mi hermano que no se preocupara, que este tampoco se la llevaba y así fue”, se refiere a Ike y otra vez sonríe.  
 


Los vecinos cuentan que, salido el huracán, casi en la madrugada, comenzó a pasar gente apurada, tratando de salvar personas y pertenencias, pues se decía que la presa cercana –sobrecargada por las lluvias- estaba a punto de estallar. Hay que imaginar la conmoción que tiene que haber sido y todavía se asombran al explicar cómo 7, 000 personas fueron evacuadas en una hora y cuarenticinco minutos. Que había transportes militares y de todo tipo y que hubo gente a la que tuvieron que sacarla tendiendo sogas para cruzarlos desde sitios que ya estaban inundados.

Juan Osvaldo asegura haber sido el último en evacuar y eso porque en la parte segura estaban la mujer y el nieto llamando constantemente por teléfono y nerviosos. Se fue hasta el río, cuyo latido sabe, y se metió en el punto exacto que le iba a decir si el agua venía en verdad desde la presa; con el agua al pecho se estuvo unos minutos y, al ver que de allí no pasaba, comprendió que era el desborde de siempre y no la amenaza de una tragedia que ni siquiera es posible medir. En Sanguily quedaron, cuidando las pertenencias, personal militar cuyo destino, en caso de realmente romper las paredes de la presa, habría sido cuando menos comprometido. Pero la parte simpática es la del regreso, porque la mejor forma de resguardar los cerdos, había sido reunirlos a todos en un mismo corral y entonces cada quien debió de seleccionar los propios, en un acto de conocimiento cuyas raíces se pierden en el tiempo como el amor del hombre por su tierra.  

Estamos en el portal de Juan Osvaldo, cruzando la calle está la casa donde cayó la bomba que el 26 de octubre de 1959 dejó caer un avión procedente de E.U. y él nos dice que todavía se acuerda de la explosión. Sanguily, antiguo Noriega, es uno de los centrales recientemente desmontados a lo largo del país como parte de un complejo proceso de reconversión económica; un batey, una forma de vida que se intenta cambiar con todo lo que ello implica en términos culturales y de respiración. O tal vez no se entiende a primera vista, porque lo que más duele a Juan Osvaldo es recordar como encima de los sacos de azúcar se veía dormir a hombres “que tenían casa y colchón” porque para ellos el central era otro pedazo de casa y había quienes se quedaban allí para si acaso sucedía algo. Un algo que podía ser cualquier cosa, que transmite el cariño de quien protege a un familiar cercano y que sentí como una lección porque, en medio de la vida dañada, lo que más importa es el pueblo y su historia y su cultura.

Desde el portal vemos la actuación de La Colmenita, esa formidable compañía teatral que, dirigida por Carlos Alberto Cremata, es sobre todo una escuela de humanidad. No pierde un detalle Cremata. En el camino nos hemos asombrado cuando nos detuvimos, por la breve merienda, y se ocupó de indicarles a los niños que ni un papelito debía de ser lanzado encima de la tierra, pues hay que cuidar el medio ambiente. La Colmenita sólo puede ser explicado a través del amor. Luego de que nos tocó ir en un ómnibus con diseño europeo, de ventanillas mínimas, padeciendo un agobiante calor de carretera, los niños del grupo visten sus ropas de actuación y trabajan con una energía que sorprende. Consiguen la maravilla de que los niños de la comunidad se sumen, que canten, que bailen, que se diviertan. Consiguen que los adultos se sumen también y, en el primer final, concluyen con un trencito de todos, conga que da varias vueltas de alegría. Porque hay un segundo final cuando, terminada la actuación, los niños que vinieron quedan conversando con los del lugar. Y todavía un tercer final cuando, nuestro ómnibus se aleja, y niños y padres mueven las manos en un gesto de agradecido adiós.  

Bermejas, pueblo que fue inundado, de donde también las personas fueron evacuadas tendiendo cables y de cuya existencia ni siquiera conocía porque uno nunca conoce todo su país. Pero recordé a mis familiares, de orillas del Agabama, al lado de cuyo bohío había esa maravilla que es una playa de río, pero que dos veces hubieron de ser sacados en helicóptero, encaramados en el techo, porque cuando el río crece es un monstruo que no conoce piedad. A veces la crecida era tan súbita y el lugar tan alejado que la gente a la que no alcanzaba el tiempo para escapar, permanecía en un pico de montaña esperando a que el agua descendiera para ellos poder descender a su vez. Me recuerda una prima que hasta iban los helicópteros a dejarles caer comida y agua. En Melena del Sur, cuando en 1979 azotó el ciclón Frederic, vi la inundación; el centro del pueblo quedó bajó agua y tres días más tarde, cuando pude volver a la secundaria donde trabajaba, centenares de televisores y equipos eléctricos de todo tipo tomaban el sol en las puertas de las casas. Sólo resta, a esa hora, confiar en lo que pueda hacer el sol y que la Naturaleza que antes destrozó se apiade y haga el favor de secar transistores y circuitos que, con un poco de suerte, servirán otra vez. Sacaban a la calle los colchones podridos, ropa, comida, muebles de madera hinchada y medio deshechos ya porque perder todo quiere decir todo.  
 


Hay que sacar lecciones de todo lo sucedido, de lo que se esperaba y de lo que sorprendió, de las soluciones que fueron efectivas y de las que menos, de la más exacta ciencia y de la sabiduría popular. Desde los desastres del primer huracán, y en cuanto me fue posible, dediqué los minutos que pude a rastrear información referente al tema de la protección contra huracanes y me llenó la alegría cuando leí, en el periódico Granma, par de páginas sobre ello en voz de uno de los principales expertos cubanos sobre el tema. Sin embargo, cuando llegué a Sanguily y pregunté resulta que no han leído ese periódico, lleno de buenas ideas y mejores consejos, vital justo en este momento: cuando las personas han comenzado a reconstruir las viviendas dañadas y tal vez cometan errores que van a pagar muy caro la próxima vez. En el Caribe que nos toca siempre va a haber una próxima vez y quizás sea necesario ir más lejos que un día de periódico usando la televisión y la radio en una labor de educación colectiva que nos enseñe cómo, en lo posible, asegurar nuestras viviendas para que los daños, aunque sea esto, resulten menores al final. En Cuba es posible soñar con que el alcance de una organización barrial del tamaño del país, como son los CDR, sirva para que el saber de la buena arquitectura se extienda y nos beneficie al cuidar.  

En varios sitios he escuchado que la sociedad se moviliza para enviar donaciones a los largos miles de damnificados que esta combinación de huracanes dejó. Ocurre, no tiene publicidad porque el sanar no quiere protagonismo, sino sólo ponerse donde se le demanda. Casi a diario la televisión transmite imágenes de artistas que viajan a esos lugares más dañados para compartir lo mejor que tienen, su arte, con quienes allí padecen el trauma y sus consecuencias; pero los tiempos de televisión son breves y todavía son más, muchos más, los que ponen su pequeño grano de arena sin que se les sepa en la pantalla. En un reciente programa de la Mesa Redonda el Vice-ministro de Cultura, Abel Acosta, mencionó varias estrategias concebidas para seguir ofreciendo servicios culturales a pesar del daño físico que, en apenas días, sufrieron en todo el país centenares de instituciones. Dentro de tales estrategias, lo principal va a ser el enorme desafío de que sean los mismos territorios heridos, donde la pérdida cambió las vidas y donde ese otro daño peor, que es el psicológico, es un enemigo interior y silencioso. Tal desafío implica inteligencia y una enorme madurez en los dirigentes de base, capacidad de escuchar, de atraer y movilizar, de mantener vivo el espíritu porque si eso se apaga entonces las sociedades mueren.  

Más tarde sentí verguenza por haber usado comunicaciones que pudieron ser empleadas en otra cosa, pero, en el momento en que nuevamente pude disponer de electricidad y al fin ver las imágenes que comenzaron a ser pasadas en la televisión, llamé a familiares y amigos de los lugares golpeados. En Camaguey, provincia que llevaba varios días a oscuras, hablé con el matrimonio de Gustavo y Oneyda, él cineasta y ella escritora; se escuchaban voces detrás y, en la despedida, terminamos hablando de la muestra de videoarte que habían planificado realizar en la ciudad para el mes de octubre y que ahora, bajo las nuevas condiciones, ¡todavía sueñan con hacer en noviembre!

Fui adonde sentí que debía.  

Escuché el llamado que merecía ser escuchado.  

Compartí con quienes, en medio de los golpes y sin imaginar que así fuera, me purificaron.  

Elegí.  
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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