Año VI
La Habana

30 de AGOSTO
al 5 de SEPTIEMBRE
de 2008

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Presentación del libro Bajando por la calle del Obispo,
de Reinaldo Montero

Homenaje a la memoria

Rachel Domínguez • La Habana

 Foto: Kike (La Jiribilla)

 

“No es la calle Sierpes de Sevilla ni la carrera de San Jerónimo de  Madrid, mucho menos pudiera ser la enorme Corrientes de Buenos Aires o Insurgentes de México, o que el breve callejón del muro, Wall Street por más señas.

“Es una calle a la que le cambiaban el nombre. Fue calle de San Juan tal vez porque la gente subía por Santo Domingo a la iglesia de San Juan de Letrán. Fue calle de los Plateros porque desde 1513, hombres como Juan de Oliver y Jerónimo de Espellosa hicieron música, martillete en mano, para placer de los ojos. Fue calle del Consulado por el Real Consulado en tiempos de don Luis de Las Casas. Fue calle Weyler por el capitán general don Valeriano, el bárbaro famoso que dijo, quien no está conmigo está sinmigo, y mucha y más grave barbarie cometió, y tanta, que un minuto después de evacuadas las tropas españolas, a arrancar de cada cruce las placas que chillaban Weyler, Weyler, Weyler. También fue calle Pi y Margal, por el republicano que en España defendió con tenacidad catalana la causa de la independencia de Cuba. Y al final, a la calle terminaron restaurándole el nombre, que desde el principio y por siempre, le han llamado o la llamarán, no de otra manera que calle Obispo.”

Así comienza Bajando por la calle del Obispo, de Reinaldo Montero. El Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler ha presentado en la Plaza de Armas este libro, entre la multitud de las calles aledañas, bañadas por la inminencia de un cercano huracán y por el atrevimiento de una noche de lectura que da fin a la intensa jornada de verano; ha presentado la historia de una de las calles más céntricas y populares de la ciudad:

“Esta tarde hablaré de Reinaldo. Nos conocimos hace mucho tiempo, hace casi 30 años, y descubrí los rasgos de alguien extremadamente inclinado al conocimiento; una avidez de saber e interpretar los códigos del tiempo que le tocó vivir. Estudiábamos Historia del Arte. “Yo era el testigo, y a veces hacíamos los comentarios de los estudios académicos. Pero esto nos servía de excusa para la Filosofía, para las cosas de Cuba, para la sed que tiene todo isleño de ver siempre más allá, pero desde adentro. Y pienso que esa es la maestría que ha traído esta obra, que de su mano nos lleva a través del tiempo sin apartarnos de nuestro propio tiempo, pero suscribiendo aquel principio de que no hay futuro sin pasado. Ese principio es fundamental. Y el autor que no lo dice, lo proclama; sin embargo, cuando toma a cada uno de sus personajes y los lleva por la vieja calle de San Juan o de los Plateros, donde el maestro Jerónimo Despellosa recibió el encargo de construir las obras de filigranas mayores que se habían realizado nunca, como se decía entonces, en el orbe cristiano. La Plaza, que daba precisamente a la calle de San Juan, por San Juan de Letrán; la iglesia demolida donde se fundó la universidad en 1728, y de los Plateros, porque como Jerónimo Despellosa, estaban otros que eran maestros del arte. Recuerdo que en Sevilla, en 1992, se expusieron aquellos objetos de filigrana, dignos de los mejores maestros de Portugal o de Roma y, sin embargo, se habían hecho en esa casa que sobrevive en la esquina. Una casa que está llena de historia, porque es donde vivió Pedro Menéndez de Avilés, el almirante que debió mandar la armada invencible; porque enfrente, donde más tarde se edificó la embajada norteamericana, estaba el mayorazgo de los Oquendo, todavía una calle lleva su nombre, almirante también; porque en esa casa se fundó el colegio de señoritas San Francisco de Sales y porque un poco más abajo el primer fotógrafo, ya en otro tiempo, expuso en su estudio la fantasía del retrato.

“De tal manera que la calle es un perenne diálogo entre el tiempo actual y el que se fue. Reinaldo, con ese arte de narración que no es otra cosa que plasmar en escrito, raro arte, porque no es lo mismo hablar que escribir, puede llevar el hilo de su pensamiento y volcarlo en una escritura limpia, digna del idioma, accesible perfectamente sin ser fácil, y al mismo tiempo nos mete en el dédalo de sus pensamientos más profundos.

“Cuando se presentó este libro Calle del Obispo, por Diego Evelino de Compostela, su nombre lo lleva a otra calle, calle que llevó otro nombre a lo largo del tiempo, Pi Margal le colocaron los republicanos cubanos para vengar el agravio de que se le diese a la calle de Obispo el nombre de Valeriano Weyler. Pero en definitiva como los nombres de las calles tienen que ver mucho con lo que pasa en ellas, y toda obra para ser perdurable debe ser nueva, todo intento a veces de cambiar sobre lo que otros hicieron es siempre un error fatal, porque queda en la memoria de las generaciones y estas transmiten a las otras lo que una vez vivieron.

“Por eso es la calle de Obispo, la calle multitudinaria de Obispo. Se entra en cualquiera de las dos calles, más allá del Hotel Ambos Mundos, del espacio donde estuvo el naranjal donde se reunían los intelectuales del pasado siglo, o precisamente en el Roof Garden del viejo Ambos Mundos donde estaban los jóvenes de la generación de oro,  Alejo Carpentier y todos los grandes escritores cubanos de ese período. Por esa calle de Obispo, adonde llevaron a Ramón María del Valle Inclan y donde Lezama encontró a García Lorca para llevárselo al bufete de Emilio Roig en la calle Cuba.

“Es un libro homenaje, un libro hermoso a la memoria y un homenaje también para Reinaldo Montero, montero que se ha hecho urbano, y ha escrito sobre una ciudad que ama y quiere. Me alegro muchísimo de acompañarlo este día, y como se que no hay cosa más hermosa que ver impreso y en la estampa un libro, lo felicito en este día. Felicito también a la editorial representada aquí por Silvana y le dedicamos esta fiesta a él. Gracias.”

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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