Año VI
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2008

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Diversos encuadres para filmar un símbolo

Joel del Río • La Habana

Nelson Mandela, el apartheid y sus opositores, la caldeada Sudáfrica del siglo XX, han sido motivo reiterado en el cine tanto local, como extranjero (desde trabajos clandestinos en los años 50 hasta la emergencia y solidaridad mundial en la década de los años 80), pues en tales locaciones, temas y personajes se encuentran posibilidades dramáticas sustanciales, y el valor de aludir a conflictos sociopolíticos de gran alcance, verificados mediante la inconformidad con la opresión, la discriminación racial y el desprecio a los valores humanos.

En 1995, el norteamericano Jonathan Demme (El silencio de los corderos, Beloved) produjo el documental biográfico oficial, dirigido por Jo Menell y Angus Gibson, homenaje de dos horas, recorrido por la historia sudafricana, que se tituló simplemente Mandela. Con el protagonismo del propio líder y su familia, amigos y compañeros de causa, quienes narran y declaran, relatan y confirman, el filme intenta resumir el itinerario vital de uno de los adalides más remarcables del siglo XX, desde sus largos, infinitos días en la prisión de Xhosa, a finales de la primera Guerra Mundial, hasta el Premio Nobel de la Paz, en 1993, y su instauración como presidente de Sudáfrica en 1994.

Un homenaje sesgado, diagonal fue el documental, o más bien docudrama o documental con momentos de ficción titulado Man Who Drove with Mandela (1998), producido y realizado por Greta Schiller, directora que descolló con Before Stonewall, un documental contra la discriminación de los homosexuales en EE.UU. Man Who Drove with Mandela quiere rendirle tributo a Cecil Williams, importantísimo guía del teatro sudafricano en los años 50 y 60, un hombre profundamente comprometido con la causa de Mandela y el movimiento antiapartheid. El documental combina el material de archivo con las entrevistas a los conocedores del tema, y coloca en algunas secuencias a Corin Redgrave en el papel de Cecil Williams, cuya inclinación homosexual le permite al filme discursar sobre las principales actitudes ante temas como la sexualidad, la raza, el arte y la clase social en la Sudáfrica de la segunda posguerra.

Quizá deba mencionarse, por su contribución al conocimiento del tema sudafricano en Occidente, la miniserie de televisión Mandela y De Klerk (1997), bajo la dirección del poco inspirado Daniel Petrie, con el protagonismo de Sidney Poitier y Michael Caine, quienes casi 30 años atrás fueron los principales rostros en una de las primeras aproximaciones al apartheid en el cine. El filme se titulaba La conspiración de Wilby, y lo dirigió Ralph Nelson en una época pos Watergate cuando quedaba bien el alegato progresista. El personaje de Poitier estaba inspirado, evidentemente, en la personalidad y en los hechos que rodearon la biografía de Mandela. Además, Sidney Poitier formó parte del elenco en la primera adaptación de la célebre novela de Alan Paton, Cry the Beloved Country que data de 1952 y fue realizada por Zoltan Korda, un cineasta amante de glorificar al imperio Británico en filmes como Las cuatro plumas.

Pero en fecha reciente, el más exitoso filme dedicado a Mandela fue Goodbye Bafana, dirigido por el cineasta danés Bille August (Pelle El Conquistador, La casa de los espíritus) que narra la extensa prisión del líder sudafricano y relata la abominable historia de la segregación racial. En el elenco estaban Denis Haysbert haciendo de Mandela, el británico Joseph Fiennes (Shakespeare enamorado, El enemigo a las puertas), quien interpreta al guardia que lo custodió y que censuró sus cartas, y la alemana Diane Kruger, actriz que encarnó a la esposa del vigilante. A través de esos personajes, August muestra el modo en que muchos blancos racistas que dominaban Sudáfrica comienzan a reconocer las injusticias y crímenes del apartheid. Buena parte del filme se desarrolla en 1968, cuando unos 25 millones de negros eran gobernados por una minoría de cuatro millones de blancos. A la población negra se le desconocía el derecho al voto y a la propiedad de la tierra, al libre tránsito y a la equidad en materia de comercio, vivienda o educación. La trama está basada en las memorias del carcelero, de modo que se trata de otra historia de Sudáfrica vista por el hombre blanco, aunque la historia de Gregory pruebe la existencia de un país en crisis necesitado de las ideas de Mandela para conseguir un cambio positivo. Goodbye Bafana se convirtió en un formidable ejemplo de cine político, emotivo, convincente y altamente dramático.

Por último, debe mencionarse el rodaje de El factor humano, cuyo productor y protagonista será Morgan Freeman, quien se ha relacionado en diversas ocasiones con problemáticas africanas, a través del cine, mediante películas como Bopha, que fue su ópera prima como director. El nuevo filme cuenta cómo Mandela aprovechó la copa del Mundo de Rugby de 1995, en Sudáfrica, para luchar contra la herencia del apartheid y crear una conciencia común de país más allá de las diferencias raciales. El guión adapta la obra del periodista y escritor John Carlin, The Human Factor: Nelson Mandela and te Game that Changed the World.

De acuerdo con la revista Variety, la cinta, en la que Freeman encarnará al líder Mandela y Matt Damon a François Pienaar, capitán de los Springboks, la selección anfitriona, parte de una iniciativa de Morgan Freeman de llevar este proyecto a cabo el año pasado cuando, según Variety recibió incluso “la bendición” de Mandela para realizar la cinta, al que luego se le sumó como coproductora Malpaso Films, la empresa del multifácetico Clint Eastwood. El factor humano indaga en la vida pública y privada del primer año de presidencia de Nelson Mandela, cuando Sudáfrica apenas emergía de la era del apartheid.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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