Año VI
La Habana
2008

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
La Bella Otero
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Archivo
 


 

La gran mayoría de los estudiosos coinciden en afirmar que Carolina Otero fue la musa que inspiró a José Martí su famoso poema La bailarina española, que ha trascendido más allá de su época.

La Bella Otero, como se le conocía en los predios de la escena, fue una de las mujeres  más soñadas de su tiempo.

Entre sus muchos amantes se cuentan el millonario norteamericano William K. Vanderbilt, el rey Alfonso XIII de España, el Zar Nicolás y Leopoldo II de Bélgica.

También cayeron rendidos ante sus seducciones intelectuales como el poeta D´Annuncio y el pintor Renoir, que la llevó al lienzo.

Se asegura que siete hombres prefirieron el suicidio a vivir alejados de sus favores, -entre ellos su descubridor- de ahí su sobrenombre Sirena de los suicidios.

Como bailarina se dice que no era gran cosa, pero tenía ángel.  Aventurera y gallarda, mezclaba el flamenco con otro tipo de bailes que en nada se le parecían. Se dedicó, también, a la canción, y probó suerte como actriz.

Su vida fue una leyenda.

Trascurrían entonces los días de la Belle Époque, cuando  muchos de los poderosos pagaban buenos dividendos a estas “artistas” pues su valor se cotizaba si llevaba de su brazo alguna de estas famosas cortesanas.

Conocedora de sus encantos, La Bella Otero afirmaba: "Que a un caballero lo vean conmigo aumenta su reputación y le clasifica como un hombre inmensamente rico".

Principal creadora de su mito, esta supuesta andaluza, hija de una madre soltera, mendiga por más señas,  y de un paragüero remendón, en realidad se llamaba Agustina y había nacido en 1868 en una aldea perdida de Galicia.

Violada a los diez años, abandonó su pueblo y fue a parar a un prostíbulo de Pontevedra, de donde huyó con un cómico de la legua de los muchos que había en la España de fines del siglo XX.

Poco después, en un tugurio de Marsella, aparece en su vida el empresario norteamericano Ernest Jurgens, quien se aventuró en contratar a una genuina bailarina española a fin de interponerla a la entonces famosa Carmencita, a la que empresarios rivales distinguían como tal, pese a que era hija de un albañil polaco y había nacido en los Estados Unidos.

Jurgens se convirtió en el amante de la Otero y gastó una fortuna para encauzar su vocación. Le contrató un acreditado profesor de música y canto, Ferdinando Bellini, -quien, por cierto, jamás creyó en las aptitudes de su alumna-, y puso una compañía a su servicio que le permitiese a su protegida bailar jotas o tanguillos y que acompañase su discretísima voz.

Luego de darle algunas clases, Bellini fue sincero en su apreciación: “Sus medidas (97-53-92), sus 51 kilos de peso y su estatura de 1.70 harán que el talento no sea todo en la escena. La muchacha tiene algo valioso: fuego en los ojos y en el pelo, y, sobre todo, mucha sensualidad en cada uno de sus movimientos”.

No se equivocó el profesor.

Considerada una de las mujeres más hermosas en su tiempo y con una imagen de “guitarra y pandereta, de toreros, de gitanos y de sangre”,  la Otero llenaba cualquier teatro en el que se presentara. Mientras más reveladores fueran sus vestuarios, más aplausos recibía. Salía a escena luciendo profundos escotes, mostrando las pantorrillas o cubriendo con velos su desnudez.

Fue todo un suceso en Nueva York, -donde Martí pudo admirarla-, y después en París, Rusia, Buenos Aires... en tanto Jurgens se privaba de la vida.

Se dice que a la Bella Otero parecía rodearle un halo de malignidad. Acaso la más dramática de estas historias fue la del joven Edmond, que se arrojó ante su carruaje diciéndole "Te doy lo único que tengo: mi vida".       

No se casó jamás.

De carácter indómito, vehemente, y fría, tal vez no conoció el verdadero amor, aunque alguna vez fue descrita como puro fuego.

Casi toda su vida fue una fabulación.

Aficionada al juego, gastó en los casinos toda una fortuna.

Los años la alejaron de la escena y sus amantes se hicieron cada vez más huidizos. Acabó malviviendo en una modesta habitación en Niza, donde falleció en 1965.
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600