Año VI
La Habana

24 al 30 de MAYO
de 2008

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“Vestido de novia”:
extender las palabras como un velo 1

Yoandy Cabrera Ortega • La Habana

 

No merezco estar hablando aquí ni ahora. Yo tenía solo cinco años cuando fue escrito este poema, así que él y yo casi pertenecemos a una misma generación y, sin embargo él, con sus 20 años, luce más preciso y acabado que yo a mis 25; nació así, perfecto. Esa es la ventaja que nos lleva la buena poesía, y el alivio para el poeta que la realiza: lograr una obra más perfecta que compita hasta con nosotros mismos. Y digo perfecto no por parecer halagador con el autor o con el texto. Simplemente porque la perfección es circunstancial, porque los poemas son, como nosotros, seres incidentales. Pero ellos, los buenos, suelen ganarnos en trascendencia.

Tampoco estos versos están muy relacionados con mi vida personal, no tengo ninguna anécdota íntima que me los recuerde. Incluso, desearía que Norge no hubiera tenido tanta razón ni que su voz profética tuviese la vigencia que su texto puede, hoy mismo, reflejar. Creo que para él inclusive debe ser más un motivo de agonía que de regocijo. ¿Qué celebramos, entonces?

Para que se entienda mejor la relevancia del asunto, me permito citar “Ballagas en persona” de Virgilio Piñera, cuando este se refiere a “Elegía sin nombre”, pues sus palabras perfectamente pudieran estar describiendo lo que sucedió al aparecer "Vestido…:

“El lector puede imaginar en este punto el número de poemas que a diario ven la luz pública o cualquier otra clase de luces, y consecuentemente también puede imaginar su poca o ninguna resonancia. El público puede hacerse lenguas fácilmente de una obra de teatro, de una canción, pero ¿de un poema? No es tan fácil. Cuando digo La Habana entera, se comprenderá que hablo de las cien personas que en esta ciudad tienen algo que ver con la poesía; pero aun así no es cosa frecuente que un poema “quede” encajado de manera definitiva, alborote y conmueva.”

Cuando se estudia el presente general en los cuadernos de gramática, uno de los ejemplos más recurrentes es “la tierra es redonda”, como señal de lo verdadero y constante, que nunca cambia; algo que no es verdad, la tierra no es redonda. Por eso he pensado que ciertas verdades poéticas y viscerales pudieran ser aprovechadas por dichos manuales, y en lugar del ejemplo antes aludido, bien pudiera citarse: “está perdido en un encaje y no tiene tijeras”.

Al mismo tiempo, frente a esta perpetuidad que subrayo, "Vestido de novia", como toda obra de arte, es un poema que responde a determinados acontecimientos personales y sociales, que remiten a un momento histórico específico. Lo que sorprende es que sea un asunto tan universal, que  puede ser imagen del conflicto de cualquier joven, hoy mismo, en cualquier punto de la Tierra.

Pocos poemas me han hecho entender tan claramente la dependencia que la poesía tiene del hombre: la creación artística suele irse y regresar una y otra vez de su hacedor. La literatura no es un fin en sí mismo, es el modo en que podemos adornar, sublimar el sufrimiento.

Este poema denuncia un problema existencial inaplazable. Pero, paradójicamente y a pesar de la urgencia, solo el tiempo, con parsimonia, puede ir operando en la mentalidad social para lograr el cambio deseado. Ningún golpe brusco, ninguna revolución, ningún texto fundacional, ni el sistema filosófico no inventado aún pudiera cambiar rápidamente la influencia por siglos de pensamiento cristiano, aquel “malakoi” que menciona Pablo en sus epístolas, diciendo que los afeminados no heredarán el Reino de los Cielos. ¿A qué reino hemos sido relegados si en el de este mundo también el camino se hace tan difícil, sobre todo por esa exagerada y espantosa importancia que le damos a la preferencia sexual? 

Somos seres sociales, nos recuerda "Vestido de novia", tenemos que vivir en y luchar contra las circunstancias que la sociedad nos impone. Esto es válido no solo para los homosexuales.

Por suerte, "Vestido de novia" viene a imbricarse en ese discurso que acompaña a la generación de los hombres que se suceden, como nos enseñó Homero, cual la generación de las hojas. Junto a “El bosque, el lobo y el hombre nuevo”, la poesía de Nelson Simón (que aclaro, tiene una trascendencia más allá del esquemático tema gay en que lo circunscriben equivocadamente autores como Daniel Bardeston y Pedro Pérez Rivero, el primero para desacreditarlo y el otro para hacer una loa que roza con lo ridículo), el poema de Norge se suma, ya dentro de la literatura universal, a una infinidad de acciones, de gestos (Whitman, Wilde, Lorca, Kavafis...), que puedan propiciar la lenta asimilación de lo que la norma ha visto como contrario y negativo.   

No sé por qué, cuando leí detenidamente y por primera vez "Vestido de novia", con mucha celeridad me sonó al oído como el “tiger tiger burning bright, in the forest  of the night”, de William Blake, y es lógica la asociación, en tanto el ritmo de ambos poemas coincide en un principio: “con qué espejos, con qué ojos”, “tiger tiger burning bright”. Pero Norge luego dispersa esa musicalidad tan simétrica del texto de Blake, y la hace crecer, extenderse como velo de novia, o velo de novio.

Dentro de la misma obra de Espinosa Mendoza, hay poemas que continúan esta línea, ténganse como ejemplo “Ille mi par esse deo videtur” y “Pérdida del amante”, que perfilan  mejor, con mayor claridad, lo que podría interpretarse a primera vista como simple amaneramiento o propósito superficial que engloba el fenómeno de la homosexualidad en una imagen más bien relacionada con el travestismo. Claro que las imágenes de “Vestido…” son el modo en que su joven autor de 16 años expresó un conflicto íntimo, sentimental a través de elementos físicos, tangibles, materiales.

Esta ambigüedad del poema está muy bien escindida en los dos textos posteriores a “Vestido…” que antes mencioné. “Ille mi par…” alude a una belleza descuidada, siempre propensa al desastre de un joven que baila “como alguna actriz cantando hasta que cae la noche”, donde esa lectura lineal del travestismo en “Vestido…” y la mirada hacia el otro tiene continuidad en un muchacho que ha llevado su vida por un sendero sórdido del cual ya no puede apartarse, aunque sepa que “su fin será terrible”.

“Pérdida del amante” es un poema sólido, de una voz mucho más madura, escrito desde la experiencia misma del dolor, materialización del sentimiento desde el sentimiento mismo, de un conflicto que ahora va más allá de asumir, por parte del sujeto, la preferencia homosexual. Esta bifurcación del fenómeno que ha llevado a cabo el propio poeta en su obra posterior debiera servir también para frenar a los seguidores inevitables que  despertó Ballagas, según Piñera: “tampoco el artista ―ni vivo ni muerto― puede evitar que la parte más externa de su obra, esa en apariencia más sonora y brillante sirva ―y eficazmente― a ciertas causas y a ciertas banderas.”     

Me enorgullece estar presentando un poema veinteañero que fue escrito en español y que, con mis modestos conocimientos del francés y de la lengua de Shakespeare, sus traducciones me sirven sobre todo para decir que en el original suena mejor. Esa tan importante repetición que logra transmitir a la vez ritmo, impotencia, desasosiego: “con qué espejos, con qué ojos”, “cómo va a poder, cómo va a poder…” es casi imposible de verter a otro idioma. 

La lectura nos regresa una y otra vez a cruzar el aguacero, al momento en que el joven quiere salir al mundo así, vestido de novia. Hoy podemos ser nosotros los invitados que esperan salga de su habitación, con ese amargo encaje que es adorno y castigo. Solo nuestra mirada, nuestra aprobación, nuestra sonrisa tributaria puede hacerle pensar que los velos le van bien.


(1) Palabras leídas en la librería El Ateneo el 19 de octubre de 2007 en Ciudad de La Habana como homenaje por los 20 años de “Vestido de novia”. Tomado de la Revista Mar Desnudo

 
Vestido de novia por Norge Espinosa
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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