Año VI
La Habana

24 al 30 de MAYO
de 2008

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Un sábado especial

Víctor Fowler • La Habana
Fotos: Cortesía de CENESEX

 

El sábado 17 de mayo fue un día hermoso. Sin exagerar el optimismo, los miles de personas que asistieron al Pabellón  Cuba habanero —para ser parte de la jornada cubana por el Día Mundial contra la Homofobia— estaban contribuyendo a la existencia de un mundo futuro mejor. Agradezco a los organizadores el que me hayan invitado a participar en la lectura de poemas que en la mañana tuvo lugar. Llevo días intentando abrir un blog y me pareció que publicar un breve comentario sobre lo que el sábado sentí era una buena manera. Les envío, con ánimos de compartir, el comentario junto a los poemas.
 

Estuve entre los miles de personas que, a lo largo del sábado, pasaron por el Pabellón Cuba habanero para enterarse o ser parte de la actividad central por el Día Mundial contra la Homofobia. Fue una gran fiesta en la que hubo conferencias, encuentros con activistas de la lucha contra el SIDA, lanzamiento de publicaciones, lectura de poemas, una función de teatro espontáneo, música, mucho encuentro social y más. En un cine cercano, como parte de toda una semana dedicada al homoerotismo, se había proyectado una película a la que sucedió un debate con el público, conducido por el crítico de cine Frank Padrón. En la Fundación Ludwig, el lunes fue inaugurada en horas de la tarde una exposición de los artistas Raúl Martínez y Rocío García. En un teatro habanero se ofreció un espectáculo de danza, igualmente dentro de la jornada. La televisión nacional exhibió (sin cortes) Brokeback Mountain de Ang Lee y también este lunes un programa de debate (Diálogo abierto) sobre el tratamiento a los homosexuales en la sociedad cubana. En la noche del sábado, como punto más alto, se celebró un espectáculo de travestis que tuvo gran asistencia de público y del cual son más que elogiosas las opiniones.

Permanecí varias horas en el Pabellón. La gente entraba y salía continuamente; en la calle, desde la cual se veía una enorme bandera con los colores del arcoíris, la vida seguía su curso y no había policías u otra señal de paranoia o control. A la entrada, jóvenes activistas repartían folletos, afiches y condones. Adentro, durante la actuación del grupo Teatro Espontáneo, bajo la dirección de Carlos Borbón, se creó tal dinámica que gente muy joven habló públicamente de su homosexualidad, de familias que los aceptan o rechazan, del orgullo por la identidad que reivindican. En el momento que la coherencia fue rota por una joven que se confesó heterosexual, hubo primero un pequeño abucheo cariñoso, pero cuando la joven explicó que su presencia allí era de apoyo, estalló una salva de aplausos. No sé la cantidad, pero tal vez había unas 300 personas en ese preciso lugar de la instalación y momento. Habrá mejores plumas para describirlo y solo confieso que me encantó la atmósfera.

Hablé con varios de las organizadores y ya estaban, allí mismo, haciendo planes para la celebración del año próximo. De las cosas que más disfruté: la asistencia masiva de jóvenes —no pocos heterosexuales, muchos con sus parejas, pero que habían venido a dar su apoyo—, la creatividad de los travestis, la alegría que todo el tiempo reinó. De las cosas que no entendí: la aislada presencia de intelectuales en una ocasión que merecía que estuvieran y se les notara. No sé si a alguien se le ha ocurrido hacer un reportaje integrador de lo sucedido en esta jornada, que agregue a lo ya mencionado noticias de lo sucedido fuera de la capital cubana, pues igualmente hubo celebración (hasta donde conozco) en Villa Clara, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Provincia Habana; de manera que es posible soñar con que el año próximo tengamos una verdadera jornada de celebración nacional.
 

En lo personal, sentí como un honor el que me invitaran a leer como parte de un grupo de escritores formado por Nancy Morejón, Antón Arrufat, Norge Espinosa, Laidi Fernández y Nancy Alonso. Estos son los dos poemas que leí: 
 

Patrick Street 

A veces los matan en escaleras, detrás de automóviles, en

matorrales o cualquier construcción en ruinas; un pequeño

error y entonces la sangre sale a bailar con lascivia, que es

como lo disfruta. Pero, ahora, son los muchachos del café en

Toronto quienes bailan e imitan a sus cantantes favoritas, se

multiplican en la alegría de poder ser y ninguna otra lógica

los protege. Han venido a esta covacha que es una huída del

mundo, con trajes que debieron de haber estado preparando

durante meses, para brillar en el fulgor de unos pocos minutos

en el escenario. Son reinas entonces, hechas para el estallido

de aplausos y el tipo de camaradería que solo van a tener aquí,

donde ahora las bocas son besadas. En cuanto vuelvan a la calle,

pueden ser cortadas, pateadas o asesinadas; a veces por robarles

y otras solo por diversión o rabia. Por eso me asombró el que a

las dos de la madrugada salió con labios pintados de blanco,

peluca hecha con tiras de plástico y un leotard oscuro apretado

al cuerpo. Y recordé la Habana en donde igual estarían sintiendo

el hilo de música de los setenta; pero no sé, creo que más tristes.

 


Fuegos de artificio

Para Kenneth Anger 

Todavía las bocas y las manos son de inocencia,

ahora que terminaron los juegos

y se exploran en la escalera semioscura.

No se me esconde el sudor,

como metáfora del deseo,

y también que no podrían explicar cómo

llegaron aquí;

solo el flujo entre los cuerpos y la sensación

de que es eso lo que hay que hacer.

Entonces los sorprenden. 

II 

En fuegos de artificio la historia es narrada mediante

el agua: un jardín lleno de fuentes, el agua cayendo

de la boca de las estatuas y una figura, suponemos

que de mujer, enmascarada. 

Visto de cerca, demasiado cerca, el líquido amenaza,

pero también es la delicadeza; cómo mismo, en suma

de años, se terminará descubriendo que ocurre con el

placer. 

La sucesión de figuras parece escupir, condenar, y la

enmascarada huye. 

III 

Robaron la delicadeza: el griterío cuando no había

más meta que el conocimiento, la coloración de una

culpa en lo adelante arrastrada. 

Con esa energía, como en un drenaje, los cuerpos

tomaron su camino.

No coincidió y ni siquiera se reconocerían,

no sabe si la interrupción es muerte,

pero todavía está allí y se sorprende en la escena

rota, preguntando

—como quien olvida el número de teléfono

del primer amante—
 

qué pudo ser.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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