Año VI
La Habana

19 al 25 de ABRIL
de 2008

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Lección y linaje de Walterio Carbonell

Pedro de la Hoz • La Habana

 

Como una piedra de rayo, una y otra vez, aparece la figura de Walterio Carbonell (Jiguaní, 1920 –La Habana, 2008) en las lides políticas e intelectuales cubanas del pasado siglo. El anecdotario es abundante, grávido de matices. De naturaleza levantisca y condición cimarrona, no podía esperarse de él una existencia de curso apacible ni una disciplina académica. Más que escribir, vivió, comprometido con las ideas que defendió, con sus luces y sus sombras, con sus yerros y aciertos.

Ello fue resaltado por el sociólogo Esteban Morales, al pronunciar en la habanera Necrópolis de Colón la oración fúnebre en el sepelio, este abril, de tan destacada personalidad de la cultura cubana. “Aquí lo despedimos con todos los honores que merece. Los científicos sociales cubanos tenemos en la obra de Walterio una pauta para reflexionar y polemizar en el futuro”, expresó delante de sus familiares y amigos intelectuales, entre los que se hallaba el historiador Eliades Acosta, jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del Partido, quien cuando tuvo a su cargo la dirección de la Biblioteca Nacional José Martí, propició la reedición del imprescindible ensayo de Carbonell, "Cómo surgió la cultura nacional".

Por su origen de clase y ser negro, Walterio supo orientarse tempranamente en la vida por la rebeldía y el ansia de justicia social. En la década de los 40 del siglo pasado participó en las luchas estudiantiles a su paso por la Universidad de La Habana, donde conoció y trabó estrecha amistad al también joven Fidel Castro. “Desde entonces me hice fidelista y nunca dejaré de serlo”, afirmó más de una vez, convencido de la altura del liderazgo del amigo, llamado a encabezar años después la transformación revolucionaria de la realidad cubana.

Walterio viajó a París en los 50. A su militancia cubana sumó entonces la del Partido Comunista Francés. Allí se relacionó con intelectuales y estudiantes de los países africanos que se hallaban inmersos en las luchas por la descolonización.

En 1956 participó en el Primer Congreso de Escritores en París, junto al senegalés Leopold Sedar Senghor y el martiniqueño Aimé Cesaire, experiencia que lo marcaría intelectualmente.

De su carácter explosivo, una anécdota parisina lo retrata: a punto de que triunfara la insurrección popular liderada por Fidel Castro, Walterio tomó en sus manos una bandera rojinegra del Movimiento 26 de Julio y la fijó en lo alto de la Torre Eiffel.

Regresó a Cuba tras la victoria revolucionaria y participó de lleno en el turbión de aquellos años. Fue periodista del diario Revolución, ejerció la docencia en la antigua Escuela de Periodismo, colaboró con las transformaciones del añejo Ministerio de Estado en el renovado Ministerio de Relaciones Exteriores, asistió como corresponsal de guerra a los combates de Playa Girón y tuvo una efímera experiencia como embajador en Túnez, frustrada por una indisciplina personal.

En La Habana de los 60 era todo un personaje. Relacionado sentimentalmente con la pintora Clara Morera, la casa de ambos acogió con frecuencias animadas tertulias, a las que asistieron, entre otros, el dramaturgo Abraham Rodríguez, los escritores Tato Quiñones y Reynaldo Arenas, los poetas Pablo Armando Fernández y Delfín Prats y los etnólogos Alberto Pedro y Tomás Fernández Robaina.

Durante las dos últimas décadas, Walterio trabajó en la Biblioteca Nacional. Acumuló cientos de fichas para una historia de la racialidad en Cuba que nunca terminó, primero por tratarse de una investigación que por su propio diseño resultó excesiva, y luego, a medida que pasaba el tiempo, por la merma de facultades del intelectual.

Sin embargo, una sola obra bastó para situar a Walterio en un lugar prominente en la historia del pensamiento cubano, la ya mencionada "Cómo surgió la cultura nacional" (1960). Fue escrita al calor de las batallas ideológicas de la época y de los choques por la hegemonía cultural propios de una revolución recién triunfante.

Sobre ese ensayo, el destacado historiador Jorge Ibarra ha dicho: “El mérito historiográfico principal de Walterio Carbonell radica en haber valorado el aporte del negro a la cultura y a la sociedad cubanas como un fenómeno social total, de acuerdo con la perspectiva de Georges Gurvitch acerca de este tipo de procesos. Hasta entonces la historiografía burguesa había obviado o subvalorado la participación del negro en el quehacer historiográfico nacional. Solo Fernando Ortoz y Elías Entralgo, entre los estudiosos de primera línea, habían hecho justicia a los grupos étnicos preteridos”.
 

Muchas y entrañables huellas dejó Walterio entre colegas. Pero si hay un juicio que sintetiza su sentido de la lealtad a los principios y de responsabilidad ante el momento histórico que le tocó vivir, es el de Tomás Fernández Ronaina, con quien compartió, además, largos años de trabajo en la Biblioteca: “Yo agradezco a Walterio el haberme hecho comprender más profundamente, con toda su complejidad, nuestro proceso revolucionario; me transmitió de manera sencilla desde nuestros primeros diálogos, el convencimiento de que la solución a las problemáticas de la desigualdad social, económica y racial imperante en el mundo es la vía del socialismo, pero de un socialismo real, democrático, participativo, alejado de todo dogmatismo e intolerancia”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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