Año VI
La Habana

22 al 28 de MARZO
de 2008

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Palabras de presentación del libro Evocación, de Aleida March

Recuperar el rostro múltiple de Che

Alfredo Guevara • La Habana

 

No pensaba posible presentar este libro y referirme a su autora dado que en síntesis he dicho en su prólogo cuánto aprecio el gesto, la decisión, el texto y ese como develar con la intimidad la ternura infinita que escondía, con timidez y decoro, un personaje amado y respetado y conocido sí, pero tan solo en algunas de sus facetas. Es que aquel ser iluminante para toda la izquierda y en particular la de América Latina y sus juventudes es, en realidad, todavía más y más, y puede dar y da y dará ese más y más según logremos descubrirle en manantial de virtudes ejemplares. Virtudes, palabra envejecida pero de la que José Martí no vacilaba en servirse. La virtud que puede ser concepto, entelequia de generalidades, concierne esta vez a la persona, al uno, y desde el uno, Che, es otra la dimensión que se alcanza. A fines de la época soviética, ya de muerte herida, un dramaturgo y director teatral, Luvimov, creó para el teatro Taganca, que retornaba a la vanguardia, vanguardia que fue primera víctima del stalinismo, una obra fascinante, Maiacovski poeta era representado por varios actores que en uno se fundían. Esa sería tal vez la única manera, y bien difícil, de darnos a un ser que en sí fundía cualidades diversas, tan diversas, que para comprenderlas e intelectual y políticamente gozarlas, tendríamos que acercarnos así, desde múltiples rostros, sin dejar de fundirlos. 

Aleida March, y no podía ser otra-otro en tanto que protagonista, tenía que ser quien comprendiera que esa tarea, que no encargó nunca Che, era la suya y va cumpliendo. Diré que a veces esa labor tendrá que ser y es desgarradora. Lo sé, lo sabemos, también los que en nuestra escala esa prueba sufrimos, los de la imagen y no solo Camilo que ama la fotografía; Tristán (Bauer) y yo lo vivimos, lo sabemos. 

Aleida, Aleida, Aleida querida y respetada, hoy debo subrayar que este libro de excepcional valor nos inicia ese recuperar el rostro múltiple para las nuevas generaciones que deben conocer a Che completo, ese que con su vida, con la textura de su ser pudiera, será, sin duda, inspiración de los nuevos combates necesarios, tal vez como Vietnam inspirador de gestas, como en Cuba, en el Congo, en Bolivia realizadas, pero tal vez, tal vez también y más que urgente, repensando la idea, refundando las bases éticas del socialismo o, menos ambiciosamente y de más abierta forma, la del pensamiento social revolucionario para nuestra época, la de hoy, y la de nuestra realidad y sociedades y pueblos, así, en plural.

Siento en él, Aleida, a Mariátegui (y solo le cito en ejemplo de original búsqueda), siento a Che intentando encuentro de caminos. Y es así, porque Che no aceptaba dogma alguno, porque no aceptó jamás la muerte de la idea, esa ceremonia del pensar que todo cristaliza para convertirle en directiva; él de sobra sabía que pensar es un reto que exige sin descanso abordar la realidad y conocerla, conocerla a fondo sin retoques, porque la obra y la acción del revolucionario es transformarla. Transformación que en Che pudiera decirse sembrar vida. Por todo eso, al presentar el libro ya prologado, prefiero decir, retomando la obra, que esa entrega, seguramente dolorosa que Aleida nos ha dado, no es dación  única. 

Dación, subrayo, en ella permanente y que se crece. El Centro de Estudios Ernesto Che Guevara vida siembra. Es el Centro una de las instituciones revolucionarias más importantes, decisiva para la juventud cubana, para las juventudes de América Latina (y del Mundo), para el renacer de una izquierda revolucionaria contra todo letargo e inercia. Aleida va cumpliendo la más hermosa tarea de su vida, y sé que al decir la más hermosa tarea de su vida no exagero, creo que desde el Centro nos entrega a un Che que se trasciende en vida, que siembra vida, que es vida. Y esa es hoy, retorno de su presencia actuante y trascendente, el mejor homenaje que pudiese rendírsele, el único realmente válido. El que nos lo devuelve. 

Casa de las Américas, 20 de marzo, 2008                                           
 

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