Año VI
La Habana

15 al 21 de MARZO
de 2008

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La Gaceta de Cuba:
un banquete no solo para cinéfilos

Luciano Castillo • La Habana

 

Quién sabe si por ese azar concurrente o por voluntad del equipo de redacción de La Gaceta de Cuba el número correspondiente al bimestre enero-febrero de 2008 está marcado de uno u otro modo por el signo del cine, desde su propia presentación en el mes de marzo, a pocos días de conmemorarse el aniversario número 49 de la constitución del ICAIC y el nacimiento del nuevo cine cubano.

Tres Dossiers sobresalen en el sumario de este número. El primero, "Lisandro Otero in memoriam", está consagrado a la reciente desaparición física de ese prominente intelectual en la guerra del tiempo, como nombra las Dra. Graciella Pogolotti con su habitual lucidez al autor de Pasión de Urbino. Un fragmento de su novela homónima Juego interrumpido y un tributo poético a La Bodeguita del Medio en sus añorados tiempos de esplendor, lo conforman, junto al testimonio personal de ese discípulo eminente que es Ciro Bianchi Ross, quien evoca el trayecto de Lisandro por las revistas Cuba, La Gaceta de Cuba y R y C (génesis de Revolución y Cultura), con aquella bendita incapacidad para deslindar entre periodismo y literatura. Lo que quizá no todos conocen es que la ferviente vocación periodística de Lisandro le condujo entre septiembre de 1953 y noviembre de 1954 a asumir la crítica de cine en el diario habanero El País, en calidad de cronista auxiliar de Ramón Becali, pionero de la crítica cinematográfica en Cuba con el seudónimo de Lady Godiva. Como corresponsal en Europa de Excelsior y de Bohemia, Lisandro reporta las ediciones del Festival Internacional de Cannes correspondientes a 1955 y 1956. A su retorno, retoma la crónica cinematográfica en El País.  Escribe el libreto del ballet El solar (1965), con coreografía de Alberto Alonso y música de Tony Taño; filmado con el título de Un día en el solar por Eduardo Manet, con fotografía de Ramón. Suárez, es el primer largometraje en colores producido por el ICAIC. En alguna ocasión hablé con Lisandro sobre la posibilidad de ayudarle a compilar todos sus textos sobre cine, cuya difusión urge, y animo a cualquier editorial a emprenderlo.

El segundo Dossier incluye dos de los textos laureados en la decimocuarta edición del cada vez más codiciado Premio de Cuento convocado por esta revista y de nuevo se advierte el influjo cinematográfico tanto en El tigre según se mire, de Rubén Rodríguez, que alcanzó el Primer Premio, como en La voz que no es de Björk, de Gleyvis Coro, objeto de una mención y de la beca de creación Onelio Jorge Cardoso. Ambos autores, con ese envidiable dominio de la síntesis exigido por el género, abordan universos, temáticas y personajes de esos que a veces echamos de menos en el cine nacional; y en el caso del relato de Gleyvis, además, es una suerte de monólogo demoledor que apenas demanda de una actriz potente y audaz para estrenarlo en las tablas. Ojalá esta nueva promoción de narradores nutriera alguna vez con sus historias la dramaturgia cinematográfica cubana tan necesitada de ellos.

Como una transición antes del tercer Dossier, la compositora Marta Valdés, Premio Nacional de Música, nos regala una hermosa crónica sobre Ñico Rojas, alguien que, como ella, mereció desde siempre un acercamiento documental que, hasta la fecha, no ha sido realizado.

El tercer Dossier, "Volver a Titón" está dedicado a ese clásico por antonomasia del cine iberoamericano que es Tomás Gutiérrez Alea, quien el próximo 11 de diciembre habría cumplido 80 años. Nunca serán suficientes los acercamientos a la obra de este creador, por eso es bienvenido todo testimonio y aproximaciones a sus películas desde disímiles ángulos y si se trata de las vivencias del realizador de Memorias del subdesarrollo, también próxima a celebrar 40 años de trascendencia, mejor aún. Tal es el caso del libro Titón: volver sobre mis pasos, publicado por la Fundación Autor en España, que va mucho más allá de la anunciada selección epistolar realizada por su viuda, la actriz Mirtha Ibarra. El dossier abre, justamente con el texto leído por Arturo Arango en la presentación del mismo efectuada en el Museo Nacional de Bellas Artes el 10 de enero.

Escucharlo primero, y leerlo ahora nos confirma cuánto de revelador tiene ese libro que ojalá alguna vez se edite en Cuba, cuánto de razón tenían aquellos que miraron de reojo con justificada indignación las lágrimas de cocodrilo vertidas en su sepelio por quien impidiera que Titón aportara mayor cantidad de obras a la cultura no solo nacional, que ni siquiera respondía sus llamadas, cartas e informes incluidos en el libro, política instaurada desde el mismo mes de marzo de 1959 al cerrarle las puertas y negarse a recibir a todos los cineastas del cine cubano prerrevolucionario, deseosos de ofrecer sus aportes y experiencias. Al texto de Arturo que tanto se agradece, se suma “La caída de la casa Orozco”, un acercamiento topoanalítico por parte de Daymé Grandía Carvajal a Los sobrevivientes, esa joyita de Titón en la que la mansión que involuciona junto a la familia Orozco es un personaje con todas las complejidades del resto de sus habitantes, como lo fuera la de El ángel exterminador buñueliano que revolotea por la locación de la Quinta Santa Bárbara habitada por tantos fantasmas. Es un avance o trailer del libro de esta autora que esperamos con expectación. El artista plástico camagüeyano Henry Eric Hernández en “Nunca hay una última cena”,  toma como punto de partida esta obra maestra absoluta para establecer un inusitado y provocador diálogo en búsqueda de referentes con los personajes y secuencias de títulos del cine contemporáneo como La celebración, del danés Thomas Vinterberg; Kill Bill, de Quentin Tarantino o Gosford Park; de Altman.

La casa de la diseñadora María Elena Molinet fue escogida como locación por Titón para algunas secuencias de Hasta cierto punto, tras frustrarse su colaboración en Una pelea cubana contra los demonios, y la entrevista a esta mujer orgullosa de ser criolla rellolla, como proclama desde el propio título también es de agradecer por la sabiduría que destilan sus respuestas sobre un tema que domina magistralmente y ahí están sus diseños en no pocos clásicos de nuestro cine e innumerables puestas en escena.

 Las inquietudes del dramaturgo Tomás González también le condujeron en 197  a colaborar con Tomás Gutiérrez Alea precisamente en el guión de La última cena. El autor de Delirios y visiones de José Jacinto Milanés, desempeñó las funciones de Dramaturgo-Jefe en el Departamento de Dibujos Animados del ICAIC y a esta etapa corresponden los guiones para los cortos de animación: Osaín (1966), de Hernán Henríquez; El poeta y la muñeca (1967), de Tulio Raggi y La frontera (1967), de Jesús de Armas, entre otros. En el cine de ficción intervino además, en el guión de dos genuinos clásicos del cine cubano: De cierta manera (1974), primer y único largometraje de la documentalista Sara Gómez, con quien trabajara, además, en el documental En la otra isla (1968). A este teatrista villaclareño dedica Alberto Abreu su texto “La realidad trascendida por el misterio”, en torno a la reciente publicación de El bello arte de ser y otras obras por la Editorial Letras Cubanas en su colección Repertorio Teatral, que finalmente rinde homenaje a un creador de tal envergadura, a contracorriente de algunas nefastas tendencias en el teatro cubano setentero.

 El escritor y periodista, Humberto Arenal, Premio Nacional de Literatura, también estuvo vinculado a Titón en la fase creativa del guión de “El herido”, el primero de Historias de la Revolución, que tomó elementos de su novela El sol a plomo. Arenal cursó estudios de dirección de cine y de guión en el Instituto de Cine de Nueva York. Entre 1959 y 1960, en la etapa fundacional del ICAIC, dirigió tres documentales: Construcciones rurales, Chinchín y El tabaco. Con posterioridad

 abandona el cine para consagrarse al teatro y a su obra literaria. De este autor La Gaceta anticipa un fragmento de su novela inédita Occitania. En “Fotodocumentalismo cubano: la rueda de la fortuna”, Grethel Morell, va de las aseveraciones y dubitaciones a las certidumbres de ese movimiento fotográfico tan definido como el que registró la imagen documental cubana de los años 70.

 No pocos cineastas acudieron en esos años a la fotografía como simiente para sus documentales: desde Santiago Álvarez y Nicolás Guillén Landrián a Bernabé Hernández. Es tan sugerente el artículo que nos deja con la insatisfacción de que resulte tan breve, si bien una selección de fotografías representativas ilustra las páginas de este número de La Gaceta...

La sección Poesía, incluye cinco textos de Edel Morales, pertenecientes a su libro Con cierta elegancia, así como cuatro poemas de Otilio Carvajal. Pocas páginas después, el poeta y ensayista Roberto Méndez se acerca en “Graziella, la crítica más allá de todo riesgo” a la impronta de la Pogolotti, reunida ahora en un nuevo volumen tan apetecible como Experiencia de la crítica. David Mateo recorre la trayectoria del pintor Eduardo Ponjuán en “Las paradojas del artefacto” a propósito de su exposición inaugurada en Villa Manuela en diciembre pasado.

“Raúl Luis y sus heterónimos: perseguidores de enigmas” es una interesante entrevista firmada por Ileana Álvarez y Carmen Rosa Castejón que devela esa constante en el autor de El resplandor de la panadería, al tiempo que reflexiona sobre la generación de los años 50. Complementan las palabras del poeta, una reseña biográfica de Alfonso Ballester Rojas, una cara suya que ha sobrevivido y un texto poético escrito en los Montes de Bamburanao en el invierno de 1917. Por supuesto, que el biografiado y el firmante, José Vicente Mármol, son heterónimos del propio Raúl Luis. Ya es tiempo de que la Editorial UNIÓN incluya entre sus planes la publicación de una selección de antológicas entrevistas aparecidas en la trayectoria de La Gaceta... a lo largo de medio siglo.

La sección Crítica recorre en una toma panorámica varias manifestaciones: el cortometraje de ficción Domingo, de Enrique Álvarez, reseñas de tres libros disímiles: Canto a la sabana, de Roberto Manzano; Una vuelta necesaria a mayo de 1912, de María de los Ángeles Meriño Fuentes y Saga de Odiseo, de Manuel García Verdecia; una réplica de Ahmed Piñeiro, riguroso especialista y crítico de ballet, a la crónica que sobre la personificación del clásico Giselle por la notable bailarina Sadaise Arencibia publicara Rafael Álvarez en un número anterior de la revista; el reflejo de la muestra colectiva Rompecabezas por Darién Nicolás y cierra el número una crítica del investigador cienfueguero David Leyva a la reposición aún reciente de Si vas a comer, espera por Virgilio, por su autor y director José Milián, Premio Nacional de Teatro, sobre quien se anuncia ya un homenaje en un futuro cercano.

Como se deduce de esta vertiginosa presentación, a un ritmo de 24 x segundo, no solo los cinéfilos degustarán este primer número de La Gaceta de Cuba del año 2008, aún cuando la “música de la luz”, al decir de Gance, lo ilumine desde distintos ángulos.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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