Año VI
La Habana

23-29 de FEBRERO
de 2008

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Edición y descolonización, e influencia y préstamo,
e intercambio y diálogo

Víctor Fowler • La Habana
Fotos: Mabel Machado (La Jiribilla)

 

Pocos temas son tan peligrosos para “hablar(y aclaro que la palabra está enfatizada con itálicas) que aquellos sobre los cuales hay acuerdo. Expositores y público, incluso testigos casuales, tienen una tan larga serie de argumentos a favor de la misma idea que se acumulan intervenciones hasta que el conjunto resulta una melodía cómoda, casi un ensayo de orquesta. Puede que desplazarnos alrededor de la relación entre edición y descolonización sea uno de estos casos; de lo primero, estamos en una Feria del Libro, se supone que sea sencillo y natural hablar, de lo segundo que todos estemos dispuestos a afirmar que lo compartimos. Dicho de otro modo, queremos editar, nos gusta que se edite y es correcto ser, en una nación de Tercer Mundo, descoloniales o, según nuestra tradición discursiva, descolonizados o anticoloniales. A fin de cuentas, es la gran Feria del Libro de Cuba y ninguno esperará otra cosa; sin embargo, ni siquiera esta cantidad de condicionamientos (ni cien más que se nos ocurran) puede impedir que la ecuación mute en cuanto abandonemos el recinto y pasemos a la calle, a la vida real.

Estoy tratando de precisar que o no es tan claro esto de “edición y descolonización” o los términos necesitan ser complementados para que se vuelvan interesantes, para que suceda, con ellos, algo. Creo entonces que agregar el intercambio, el diálogo y la influencia y el préstamo puede ser un buen comienzo. Puesto que en tribunas como esta son diseñadas macropolíticas, el primer objetivo de la ampliación es impedir la existencia de un diminuto grupo de expertos que estarían colocados en condiciones de decidir que puede ser consumido por antes haber pasado el tamiz de lo descolonial; es decir, despertar a la realidad de que, por mucho que podamos compartir puntos de vista o ideología, la decisión concreta acerca de qué publicar corresponde al pequeñísimo grupo de los expertos, mientras que la decisión concreta de qué y cómo leer es un acto individual y, sobre todo, privado de los individuos. Claro que el experto es tan inevitable como necesario, de modo que en realidad es absurdo imaginar que se le “impide”; sin embargo, lo que sí puede ser corregido es el concepto con y para el cual hace su trabajo. Segundo, la decisión de enfilar una nación y cultura en dirección al horizonte de lo descolonial (y el punto de partida mínimo de todo esto es suponer que tal construcción existe, aunque sea como estado ideal) tiene lugar dentro de la realidad del mundo; o, lo que es lo mismo, en simultaneidad con una masa enorme de algo que, a falta de mejor nombre, me atrevo a llamar “lo otro”. Préstese atención a que, en rigor, debí de haber hablado de la no-descolonialidad como el opuesto de la opción nuestra; sin embargo, dado que se supone que elegimos el camino espiritualmente superior, prefiero un cierto cuidado a la hora de separar el oro de la paja. Unos pertenecerán a lo descolonial, otros a lo colonial y una anchísima franja a “lo otro”. ¿Cuándo se elige lo descolonial, como meta y destino, qué tipo de relaciones se establecen con los restantes dos conjuntos? De oposición frontal con lo colonial, claro, lo cual conduce (dado que hablamos de la edición) a dar por hecho que no van a ser editadas para el gran público (sí para satisfacer obligatoriedades de conocimiento en los expertos) obras de orientación abiertamente colonial; se me ocurre, es un ejemplo, el volumen de Hungtinton El choque de civilizaciones o El fin de la historia, de Fukuyama. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se trata de establecer relaciones con “lo otro”? Creo que ello implica que la aspiración a una cultura descolonial tiene que ser desarrollada, y es una batalla, dentro de relaciones de sabia asimilación de un conjunto de producciones que no aspiran a obtener lectores de tal ideología; es decir, que habrá que negociar, calcular, establecer límites. Un ejemplo de ello, la publicación de una novela de Nadine Gordimer, expresiva de un momento crítico en la historia de Sudáfrica (que nos ilustre sobre el modelo de racismo que allí fue), junto con la reciente El resplandor, de Stephen King. Y, en tercer lugar, porque el deseo de convertir en realidad nuestro modelo de mundo no nos puede llevar a sustituir la realidad, alterar las relaciones del sistema literario mundial y, a imitación de una conocida canción popular, afirmar que “lo descolonial tiene la llave”. Una cantidad enorme de la literatura escrita y muchos de sus grandes autores o bien no entran dentro de nuestra definición o bien lo hacen con palidez, de modo tangencial, ocasional o contradictorio, pero sin que ello disminuya un milímetro el impulso que con sus obras han dado a la corriente de la literatura mundial; no solo fue así, en el pasado, sino que sigue siendo hoy y así continuará.

Para el editor, figura colocada a medio camino entre la demanda básica del lector y el diseño de las macropolíticas, entre la realidad de patrones de consumo que puede estimular o intentar transformar, entre el lector y la crítica, entre el país y el extranjero, entre el pasado y el futuro, es una responsabilidad enorme la estructuración de su catálogo, pues más allá de una suma de libros el conjunto es una proyección hacia el futuro (siempre) y puede ser un arma de emancipación, al tiempo que una plataforma de diálogo. No hay edición ingenua, eso no existe porque no se distribuye pensamiento humano sin intención y solo una cultura y un incremento continuo del nivel profesional ayudan a situarse en mitad de tantas encrucijadas.                                            

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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