Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Palabras de agradecimiento

Mi primer deber con la Revolución es escribir

Rolando Rodríguez • La Habana
Fotos: Kaloian, Eglys, Víctor Junco (La Jiribilla)

 

Gracias por la elegancia de siempre del profesor Osvaldo Martínez. 

Compañeras y compañeros, 

Al conocer la noticia de que me habían otorgado la condición de Premio Nacional de Ciencias Sociales, me vino a la cabeza un tropel de ideas. Desde luego, no niego que pudo haberme estremecido un sentimiento de felicidad, de orgullo. Pero muy pronto volví a ser yo mismo, cuando recordé la frase de Martí, que Fidel suele repetir, de que “Todas las glorias del mundo caben en un grano de maíz”. 

Desde luego, a mis sentimientos llegó el agradecimiento a los miembros del jurado que me confirieron tan singular honor y recordé que entre ellos estaban compañeros laureados de aquella Escuela Nacional del Partido, la Raúl Cepero Bonilla, que, como dijo el insigne e luminado Carlos Rafael Rodríguez, formaba profesores no de carrera sino a la carrera. Cómo no agradecer a Fernando Martínez, de la especialidad de Filosofía; Osvaldo Martínez, de la de Economía; a Isabel Monal, profesora de Historia de la Filosofía, y a otros conocidos más tarde, como el profesor Oscar Loyola y a la destacada pedagoga Lidia Turner, que me hayan conferido tamaño honor. 

Quisiera ante todo recordar lo que trajo a mi genuina formación mi ciudad natal, mi querida Santa Clara. Esta me reconoció hace unos años como Hijo Ilustre y por la cual guardo un sentimiento de auténtico cariño. Al hablar de formación no solo me refiero a la escolar, en la modesta escuela primaria de María Oti o el Colegio Martí,  en que cursé bachillerato. A ambos centros sería indecoroso y cicatero no recordarlos en esta hora. Pero me refiero con amor a la calle San Mateo, donde jugaba pelota con los muchachos del callejón de la Pita, a los niños guajiros de la carretera de Malezas y a los viejos y chiquillos infelices, que tocaban a nuestra puerta para pedir un poco de comida y me extendían una lata para que les alcanzara un poco de sopa o de arroz, a los que dormían en el frío de la noche en los portales de la calle Maceo o a los niños limpiabotas del Parque Vidal. Fueron todos ellos los que me infiltraron un dolor infinito por la suerte de mi patria e hizo que me sensibilizara con los pobres de la Tierra y tuviera mi pecho abierto para recibir en 1954 el mensaje del Moncada. Todavía recuerdo cuando coloqué La historia me absolverá dentro del libro de Anatomía y se pensaba que estaba estudiando esa asignatura; y, en realidad, estudiaba una más importante: cómo cambiar a Cuba de raíz. Ya había aprendido y se lo agradezco a María Oti a amar a Martí y a los próceres de nuestra historia. De manera que estaba preparado, una vez que escuché que Fidel había señalado a Martí, como el autor intelectual del asalto al Moncada, para buscar el Martí, el Apóstol, de Mañach, y dejarme seducir por aquella vida, campanuda y poco común, que me enseñaría a andar como un hombre justo por la vida. Recordé también las palabras de Raúl en el juicio del Moncada, que ahora inscribí como dedicatoria en Cuba: las máscaras, las sombras, que habían ido al ataque de la fortaleza para ver si iban cambiando aquella sociedad injusta. ¡Cuánto valor se necesitaba para que casi un adolescente retara a aquellas instituciones que el estado constituía para castigar a los retadores! Por esa Cuba mejor y diferente que ardientemente postuló Fidel en el alegato del Moncada, caí preso en Santa Clara, en 1957; ingresé como fundador en las milicias en 1959; perseguí bandidos en el Escambray en el 61; estuve movilizado en el 60 cuando el cambio de presidentes en EE.UU.; en Girón en el 61; o cuando la Crisis de Octubre en el 62, en la defensa de la base de cohetes de Guanajay (todavía recuerdo cuando Fernando y yo nos escapamos de la escuela del Partido, porque sabíamos que en Cuba no teníamos retaguardia alguna y nos incorporamos a nuestro batallón); y hubo otras movilizaciones más de nuestra unidad que Fernando Martínez recordará seguramente.  

En estos días mucho he vuelto la vista atrás a la sensibilidad que me hacía percibir las estremecedoras circunstancias de mi país antes del triunfo de la Revolución. Suelo recordar un día al pasar el mediodía, por el parque Vidal, que escuché hablar a dos campesinos y pensé que el día que leyeran, Cuba sería diferente. No sabía que era lo contrario: solo el día en que Cuba fuera diferente esos campesinos leerían; y un día, cuando estaba al frente de Filosofía de la Universidad, Fidel no supo que me había hecho el hombre más feliz del mundo cuando me encargó hacer una montaña de libros, durante mis 15 años en el Instituto del Libro, como me dijo un día mi amigo Raúl Roa.

En aquellos tiempos previos al triunfo revolucionario, cuando le comentaba a mi madre la situación angustiosa de los pobres de Cuba, ella maestra al fin, que recibió en la Normal de Santa Clara el influjo de profesores comunistas o de izquierda, me respondió sin saber todo lo izquierdista que era y que estaba formando otro izquierdista por lo cual un día su propia familia casi a manera de burla la motejaría de Mariana Grajales, que aquella Cuba lamentable, indecorosa, era culpa de un sistema impúdico que no podía calmar el hambre de justicia social que laceraba a nuestro pueblo. Por eso, me sobra razón para recordar qué hizo por mí Santa Clara y sus seres maravillosos y corajudos.

Desde luego, cómo no recordar que si de allá llegó la sensibilidad al niño y al adolescente, en la Universidad de La Habana se formaron las ideas y se completó conscientemente esa pasión del joven. En la lucha universitaria contra la contrarrevolución, las ideas de izquierda tomaron forma y junto con las enseñanzas recibidas en la escuela Raúl Cepero Bonilla, me hice un marxista con ideas mucho más pulidas. La universidad me hizo abogado, pero luego al profesar en sus claustros hice más redondos mis conocimientos de Filosofía. En la Plaza Cadenas, y en el salón de los Mártires de la FEU, más que en las aulas, volví a mi viejo amor por la Historia y se agigantó la Revolución del 30: mi padre y mi madre me habían hablado de aquel período, del hambre brutal que abrazó la Isla y de la lucha antimachadista. En la universidad, Salvador Vilaseca (rector) me habló de Guiteras y de cómo le entregó los Diez días que estremecieron al mundo, cuando le envió a zanjar a favor de los obreros un pleito en el Mabay, y Lorenzo Rodríguez Fuentes, bibliotecario de Derecho, me narró los hechos del barretazo con que arrancaron la tarja de esa Facultad que ensalzaba a Machado. Ellos me acercaron vibrantemente a aquella seductora historia. Luego conocí a Roa y entonces ya mi imaginación se inflamó con las historias de aquellos jóvenes gigantes que fueran de un lado u otro del parabán de la cárcel de Isla de Pinos, supieron poner en jaque a la dictadura del Asno con Garras. De ahí República Angelical, y ya, al impulso de Fidel, no se pudo detener la rueda que condujo a Cuba: la forja de una nación, a  Bajo la piel de la manigua y todos los libros que vinieron después. Pero hay que confesar, y Abel bien lo sabe, que como le dijo Fidel, si emborroné todas esas páginas fue porque él me dijo que mi primer deber con la Revolución era escribir. Eso creo haberlo cumplido. Porque cómo no seguir, y esto se lo pude decir, que era fiel a lo que me trazara un genio asombroso al que sigo desde que tenía 13 años.

Ahora que estoy ante las autoridades de la Cultura les pido a nombre de los historiadores que, al igual que crearon La Siempreviva, instituyan una publicación periódica de Historia, hecha en papel, porque nuestro pueblo la demanda y cada día somos más historiadores y más necesitados estamos de ella.

Gracias a Mini, mi esposa, por su heroica paciencia. 

Gracias a todos.           

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600