Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

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A propósito de un premio

Cavar hasta sentir rotos los dedos

Víctor Fowler • La Habana
Fotos: Denise y Victor Junco (La Jiribilla)

 

“De antiguos y modernos, de todos soy deudor”, dice San Pablo en Romanos, 1, 14, frase que aprendí tratando de acceder, aunque fuera en un atisbo, a la espiritualidad de José Lezama Lima, el maestro más cercano que he tenido. Me ensanchó el mundo, me pasó la lección de una ética de resistencia como manera de enfrentar el poema, reescribió Cuba y me obligó a conversar con otro Martí. Son heridas gozosas, para las que luego no hay otra cura sino el deseo de profundizar, y es lo que traté de hacer con este libro: cavar hasta que sentí rotos los dedos. Como mismo la proposición de evangelizar cambió para siempre el mundo, pues se alimentaba de una palabra que se decía universal gracias a la fuerza de la verdad que contiene, es con esa intensidad que he creído en la poesía.  

Me han preguntado si me alegró la noticia del premio cuando lo supe, o ―más bien― por qué no mostré signos de particular contento. Había que escribirlo, lo demás no dependía de mí, ni siquiera era demasiado importante o estaba, en Ciego de Ávila, en medio de una intervención sobre Gramsci y no cabía perder concentración. Pero no es sino una salida superficial, ya que debajo está la ausencia de mi padre, a quien están dedicados varios de los poemas del libro, mi compañero de discutir las dudas, militante en el viejo partido y que mantuvo ―mientras tuvo mente para recordar y pensar― una fe que envidio. Pero, aún más debajo, están los domingos que compartí con los amigos de entonces, jóvenes en la escritura todos, en la Casa del Té de la calle Obispo hace ya casi veinte años. Estábamos llenos de sueños, no nos habían serruchado la Historia o la miseria; cruzaban, por la conversación, nombres de autores nuevos que íbamos descubriendo, planeábamos libros, recitales, revistas que no tuvimos, nos burlábamos de esta o aquella figura mayor y la escasez de un té mínimo alcanzaba para horas largas de ceremonial, de religión casi. Pero aún más debajo está la tarde, en la Biblioteca Nacional, en la que alguien, con su mejor voluntad de arrancar de mí cualquier costra de ilusión, pronunció: “Víctor, ustedes tienen que despertar del sueño en que han vivido, un país como este no puede dar educación y salud pública a todos sus hijos”. Se refería a Cuba y sentí era una mano que me tendían. O cuando se hizo inminente la llegada de las ollas colectivas y un cuarteto de amigos (entre ellos mi esposa, Kaki y Yoyo no están) juramos que no íbamos a volvernos locos, que al menos una vez al mes prometíamos reunirnos para hablar de poesía; poesía, un jugueteo de palabras, para que nos cuidara frente a la amenaza de hambre y desesperación. Agujeros de amigos que ahora faltan, de geografías lejanas y de la muerte: con esa lista de nombres me amarro las manos para escribir. 
 

“Los compañeros de mi padre”, que es el título de uno de los poemas, habla de aquellos ancianos, de ropa ―aunque cuidada con esmero― barata, que venían a visitarlo y eran sus antiguos camaradas, que murieron ―como él― en la combinación que más me cautiva: pobres y todavía con las esperanzas vivas. “El idiota de la familia”, otro de los textos, quiere transmitir la admiración y amor que sentí por uno de mis tíos, diácono de una pequeña iglesia bautista e injustamente lastimado, pero héroe de la zafra durante más de diez años porque, me explicaba, era esa la mejor forma que sabía de honrar a su Dios.  

De todos esos pedazos en la cabeza recibí el dictado, a todos he sido fiel, pero más que cualquier otra cosa a mí mismo; al modo en el cual entiendo la literatura, el país, el tiempo que me toca, lo que me fue dado hacer, lo que desearía y el estar, por encima de toda amargura, donde considero que más hondo me duele y donde único me siento total. 
 

Si de gracias se trata, a mi madre cuya expresión de ciega reciente es de una dulzura extraña, a mi esposa de paciencia y a mis tres hijos por las horas que se roba esto devorante que es escribir. Inclúyanse igualmente, aunque no suelo exponerlos, los nombres de mi pequeño mundo; para la mayoría no son más que letras, pero en la escritura son el núcleo que sostiene lo demás: Lola, Julio, mi amiga Carmen, Juanita, Teresa y Marlen, Ivette, que fue mi asesora, Omar, Carlos, Atilio, Albis, Reina, Alan, Julio cuidándome de lejos, Lourdes, Violeta, Miroslava, Daisy, Esther. 

Escribí, hice mis elecciones: ojalá este libro sea digno de todo cuanto ellos me siguen dando.                                             

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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