Año VI
La Habana

9 al 15
de FEBRERO
de 2008

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Manuel Altolaguirre y Concha Méndez en Cuba

Ecos de Miguel Hernández

Zaida Capote Cruz • La Habana
Foto: Kaloian (La Jiribilla)
 


 

El verdadero poeta nunca es voluntario,  sino fatal

                            Manuel Altolaguirre

I

La azarosa estancia en Cuba de los poetas españoles Concha Méndez (Madrid, 1898- México, 1986) y Manuel Altolaguirre (Málaga, 1905- Burgos, 1959) lo es en varios sentidos. Primero, porque fue el azar y no otra cosa lo que decidió su arribo a tierras cubanas, en marzo de 1939, cuando, camino a México, no pudieron continuar viaje pues su hijita Paloma, enferma de sarampión, provocó el alargamiento de su escala en Santiago de Cuba. Esa escala, que la convalecencia de Paloma dilató, terminó convirtiéndose en una permanencia de varios años, que duró hasta marzo de 1943.[1] Su momento cubano, pues, resultó un paréntesis entre su arribo a Santiago, procedentes de Francia, y su salida para México, donde finalmente se radicarían. Ambos formaban parte ya de una amplísima y brillante pléyade de intelectuales republicanos que, tras la derrota, se dispersaron por el mundo. En tierras americanas perviven todavía hoy algunos de los proyectos culturales animados por los exiliados republicanos y la huella dejada en el contexto cultural de sus países de acogida fue, en muchos de los casos, bien profunda.  

Concha y Altolaguirre sostuvieron en Cuba la imprenta La Verónica, bajo cuyo sello vieron la luz libros de autores cubanos y españoles, bellos en su modesta sobriedad. La elección del título, como ha señalado Ambrosio Fornet, es asaz ambigua, puesto que alude, lo mismo, al ámbito religioso que al taurino, dos de las fuentes permanentes de la cultura española.[2] Aunque la labor de impresores de los casi siempre breves libros de La Verónica era la fuente del sustento familiar, y de seguro la más perdurable de todas las huellas del matrimonio en la cultura cubana, ambos dedicaban sus esfuerzos, además, a apoyar a los recién llegados en la búsqueda de ropa, comida, zapatos o colocación. La acuciante exploración de sus amigos cubanos (Ballagas, Guillén, Marinello, entre otros) para conseguir presentaciones pagadas en instituciones culturales de la capital -el Lyceum and Lawn Tennis Club y la Hispanocubana de Cultura, por ejemplo- contribuyó también fugazmente a la recaudación de fondos para la familia, que había quedado en una situación de pobreza verdaderamente desesperada. A duras penas, lograban sobrevivir con lo editado en La Verónica y, sin embargo, de una deuda en otra, de una esperanza en otra, la editorial consiguió armar un catálogo asombroso, no sólo por el altísimo número de textos publicados ―que el propio Altolaguirre, en una entrevista concedida a su llegada a México, calculaba en más de 200―[3] sino también por la calidad incontestable de los mismos. En su imprenta vieron la luz las revistas La Verónica, Atentamente, Espuela de plata, Nuestra España y Danza y libros de autores cubanos y españoles de gran significación. Entre los cubanos cuya obra reprodujo en sus libros y revistas se cuentan José Martí, Nicolás Guillén, Lydia Cabrera, Emilio Ballagas, Carlos Enríquez, Regino Pedroso, Manuel Navarro Luna, Agustín Acosta, Pablo de la Torriente Brau, Cintio Vitier; y entre los españoles, Federico García Lorca, María Zambrano, Miguel Hernández, San Juan de la Cruz, Vicente Aleixandre, Antonio Machado, Alejandro Casona, Benjamín Jarnés y los propios Concha Méndez y Manuel Altolaguirre. Esta nómina podría extenderse mucho más, he citado evitando paridades cronológicas para dar cuenta de la amplitud de miras del proyecto editorial  fundado en La Habana por los poetas españoles. Fornet ha señalado también que la labor de La Verónica se identificó con la  situación en que operaban los proyectos culturales más lúcidos de su momento. “En esta etapa ―ha escrito― algunos miembros de la Generación del 30 y sus mentores o aliados intelectuales intentaban llevar a cabo una operación de rescate cultural que pudiera servir de fundamento ideológico a una nación en vilo, afectada por sucesivas crisis de identidad y legitimidad. A ese empeño mayor se asocian, en el plano editorial, proyectos como el de los Cuadernos de Cultura de la Secretaría de Educación y nombres como los de José María Chacón y Calvo y Raúl Roa. Y es hora de que asociemos también el nombre de Manuel Altolaguirre, que tanto contribuyó con su sensibilidad y su tesón a ventilar el panorama editorial cubano de esos años, del que la poesía ―como ya habían descubierto los jóvenes de Orígenes― estaba rigurosamente desterrada. Iluminado por una indeclinable vocación de poesía y servicio, Altolaguirre supo siempre que ese destino se cumplía a plenitud en el ámbito de las imprentas y de la labor artesanal”.[4] 

Altolaguirre se vinculó además a varios de los pintores cubanos más comprometidos con la renovación y contribuyó a la difusión de exposiciones y críticas de arte, testimonios gráficos de su colaboración con el grupo que reunía a Mario Carreño, Carlos Enríquez y Víctor Manuel, entre otros,  en la galería de Prado no. 4, dirigida por Gómez Sicre y cuya propietaria fuera María Luisa Gómez Mena. También se vinculó al movimiento teatral renovador, pues colaboró con el grupo de teatro Iota-Eta, embrión del célebre Teatro Universitario y  “se encargó de la presentación de La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado, en versión teatral de Federico García Lorca” en un función múltiple celebrada en La Habana en junio de 1939.[5] Sus labores de difusión cultural, que se extienden mucho más allá de una labor editorial ceñida, abarcaron mucho, como puede verse por este somero recorrido.  

En La Habana, Altolaguirre publicó un poemario suyo, Nube temporal (La Verónica, 1939), compuesto en su mayoría por poemas ya publicados previamente en revistas, y los dos números de la inusual revista Atentamente (1940). La revista, una rareza en el ámbito editorial cubano de la época, decía en su portada, que cito completa: Manuel Altolaguirre publicará su obra inédita escrita en La Habana en estos cuadernos mensuales bajo el título de ATENTAMENTE -después de consignar la fecha, continuaba- contiene dos capítulos de sus “Confesiones”. Atentamente, Manuel Altolaguirre. Estos textos, donde Altolaguirre relata la experiencia terrible del destierro y expone sus sentimientos e ideas acerca de la responsabilidad del intelectual por el destino del pueblo, han sido leídos por James Valender, gran conocedor de la obra del poeta malagueño, a la luz de las teorías de María Zambrano ―concretamente, utilizando su ensayo La confesión: género literario y método literario (1943). Valender hacía notar también como el juego tipográfico introducido por la división de la palabra  atentamente creaba nuevos significados, aludiendo a la atenta mente de su hipotético lector. Quiero añadir un elemento a la interpretación de este entrañable, desgarrador, lastimoso relato del cual sólo vieron la luz IV capítulos repartidos por pares en los dos números de la “revista”. El título imposible, esa larga presentación que antes he citado, pone en escena ―creo que esa es también una imagen productiva para el análisis de este texto― una suerte de incontinencia verbal, la del detenido que decide confesarse ante sus captores. Pienso que esa es tal vez la razón del título extendido y, sobre todo, del irónico “atentamente, Manuel Altolaguirre” con el que cierra el título. Como en el informe de un cautivo, Altolaguirre comienza por contar cómo fue su paso por la frontera y su entrada al campo donde permanecería. Su vergüenza por vestir mejor que el resto de los  prisioneros, que miran desconfiados la calidad de su ropa y la elegancia de sus acciones; su desconcierto ante el recelo de esos a quienes suponía sus iguales y, finalmente, después de preguntarse acerca de su propia responsabilidad intelectual por no haber evitado la guerra, la llegada de la locura. Quizás por eso también la duplicación evidente en el uso de la tercera persona. Como poeta, la pérdida de sus compañeros de generación lo marcó profundamente. En un texto inédito comentaría: “Villalón, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Moreno Villa, Vallejo, Pedro Salinas…, cuyas voces repaso de continuo, nombres y sombras son que me hacen ser un superviviente. Se diría que al dejarlos atrás ya no tiene sentido para mí el seguir escribiendo, porque hay voces en las que cuenta tanto la raíz como el destino”.[6] Experimento poco común, exploratorio de la dolorosa experiencia de la derrota, la publicación de Atentamente en Cuba es una de las joyas de la contribución de Manuel Altolaguirre al medio cultural cubano que lo vio llegar y lo acogió sin reparos. 

II

Por su parte, Concha Méndez, cuya presencia en el ámbito cultural cubano suele referirse como supeditada a la de su esposo, mantuvo una nada desdeñable labor. A las tareas cotidianas de la imprenta que funcionaba en la casa familiar, asumidas prácticamente como parte de la vida íntima del matrimonio, se suman, una vez hecho el balance de su estadía en Cuba, muchas otras contribuciones. Paloma Altolaguirre ha contado cómo vivía Concha en La Habana: “…la vida de mi madre fue cualquier cosa menos fácil. […] ella trabajaba mucho en la imprenta, donde ayudaba tanto con la labor tipográfica como con la encuadernación; también se encargaba de la ingrata tarea de intentar vender los libros, recorriendo las calles de La Habana, yendo de casa en casa. Y finalmente estaba su propio trabajo literario, su poesía y sus obras de teatro, que supongo que habrá escrito por la noche, cuando yo ya estaba dormida”.[7]  A pesar de las múltiples ocupaciones y de los sinsabores que la separación del matrimonio -cada día más inevitable, pues Altolaguirre se había enamorado de María Luisa Gómez Mena, a quien se uniría poco tiempo después- Concha Méndez desarrolló una amplia labor creativa. Colaboró en las revistas Nuestra España, La Verónica y Lyceum, revista de la institución femenina en cuya sede dictó el 22 de mayo de 1939 una conferencia titulada “Una comedia para niños”. Su poemario Lluvias enlazadas (1939), con prólogo de Juan Ramón Jiménez y en el que se incluyen algunos poemas escritos en Cuba, y su obra para niños El carbón y la rosa (1942, aunque contaba con una edición madrileña de 1935) fueron impresos en La Verónica. En La Habana escribió su “pantomima en verso”, como ella misma la llamó, La caña y el tabaco que, salvo un fragmento que vio la luz en la revista La Verónica en 1942, permanece inédita.[8] Acerca de su trabajo para esta obra, de la que puede juzgarse bastante poco a partir de la muestra antes mencionada, relataba su autora: “Durante meses estudié la tradición antillana por medio de su propio lenguaje y, una vez documentada y basándome en su original tradición, hice este ensayo de teatro nuevo. Ensayo doblemente tradicional, pues, irremediablemente, unía a la tradición, a las fuentes de lo castellano ―raíz de nuestra común expresión idiomática― la tradición indígena nacional, todo visto a través de un nuevo movimiento que voy a explicar. Me refiero en este momento a la influencia del cine en el Arte Teatral”.[9] Ese esfuerzo por integrarse a la tradición insular, y también por incluir el imaginario cubano en su mundo literario, tiene que ver con la fascinación que la cultura popular cubana ejerció sobre la escritora española. La caña y el tabaco es una alegoría con sabor carnavalesco, estructurada como un diálogo entre el Azúcar y el Tabaco, la obra, que incluye entre sus personajes ángeles multicolores (entre los que no faltan unos negros y cobrizos) es un homenaje a la cultura popular cubana. Leída como contraparte de El solitario. Misterio en un acto,[10] su otra obra teatral publicada en Cuba, sorprende su afán por escribir una “obra cubana”, de tema y ritmo cubanos también. Eso demuestra que, a pesar de todos los obstáculos del destierro, la voluntad creativa de Concha Méndez no disminuyó.  

El solitario, que se acompaña de un inestimable prólogo de María Zambrano, es una indagación profunda en la condición humana. Emparentada con la tradición dramática española, sobre todo con los autos medievales ―su autora lo ha llamado “auto sacramental” ― y sus alegorías, esta modesta obra parece lanzarnos una íntima pregunta sobre el destino humano. Es posible advertir, a pesar de sus evidentes señales a la tradición dramática española, como la forma alegórica del teatro tradicional resulta útil a la expresión de un drama actual: la imagen del joven farero lejos de su tierra resulta especular de la situación de los exiliados republicanos. La desesperanza ―pareciera decirnos su autora― es el único saldo posible de la vida humana. Esa constatación, expresada aquí a nivel individual, parece trascender los límites del personaje (y la persona) para juzgar el destino de un país, España. La guerra había confirmado que el ser español era heterogéneo, disímil, dispuesto a enfrentarse con su igual. Esta obra es, de alguna manera, la demostración de que la lección de la guerra, la difícil lección del desarraigo y el abandono, habían dejado su huella en la escritura de Concha Méndez.

 

[1] Para un estudio más detallado de la estancia del matrimonio en Cuba, véanse “El exilio de Manuel Altolaguirre en Cuba”, de Jorge Domingo Cuadriello, en Manuel Altolaguirre, Silencio y soledad. Antología poética, sel. de Aitana Alberti y César López, prólogo de César López. Arte y Literatura (Lira), La Habana, 2005, pp. 198- 217; y Zaida Capote Cruz, “Concha Méndez en Cuba”, El maquinista de la generación, Málaga, segunda época, núm. 13, febrero 2007, pp. 54- 63. De ambos textos me he servido para este trabajo, que no pretende ser original.

[2] Véase su “Manuel Altolaguirre, el poeta-impresor”, La Gaceta de Cuba, La Habana, enero-febrero 2006, pp. 35- 36.

[3] Entrevista con Rafael Heliodoro Valle, Excélsior, México, D.F., 18 de marzo de 1943, pág. 43, apud James Valender, El impresor en el exilio. Tres revistas de Manuel Altolaguirre. Atentamente, La Verónica, España en el recuerdo. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2003, pág. 14. Al respecto, comenta Fornet: “Los investigadores aún no se han puesto de acuerdo en cuanto al volumen de publicaciones que alcanzó La Verónica en sus cinco años de actividad, sobre todo en el trienio 1939- 1941. Se habla de doscientos títulos, cantidad a todas luces desmesurada que sin embargo pudiera explicarse si incluyéramos en ella algunos volantes, una revistita semanal de la que aparecieron seis números, y mínimos opúsculos con los que el impresor se complacía en ventilar reliquias venerables, como los poemas de Garcilaso o San Juan de la Cruz”. Op. cit, pág. 35.

[4] Fornet, op. cit., p. 35.

[5] Jorge Domingo Cuadriello, op. cit., pág. 211.

[6] Manuel Altolaguirre, Poesías completas [1926- 1959]. Fondo de Cultura Económica (Tezontle), 1960, pág. 11

[7] Paloma Altolaguirre, “Sobre la estancia de Concha Méndez en Cuba”, El maquinista de la generación, segunda época, No. 7, febrero de 2004, pp. 49- 50.

[8] Concha Méndez, “La caña y el tabaco”, La Verónica, La Habana, año 1, núm. 4,16 de noviembre de 1942, pp. 106- 108

[9] Concha Méndez, “Historia de un teatro”, en Una mujer moderna. Concha Méndez en su mundo (1989- 1986). Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2001, pág. 74

[10] Concha Méndez, El solitario. Misterio en un acto. Prólogo de María Zambrano. La Verónica, La Habana, 1941.

                                             
 

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