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Queridos compañeras y compañeros:
Mucho
me honra la encomienda recibida, y
parece magnífica la compañía, el equipo
y las colaboraciones que se están
convocando para las labores de esta
Comisión. Paso a abordar el tema que me
toca esta tarde.
La
gran economía exportadora que hizo
avanzar tanto materialmente a Cuba
durante el siglo XIX se levantó sobre la
esclavización masiva de un millón de
africanos, el contingente principal de
trabajadores de aquel modo de
producción. Fue una forma horrorosa de
explotación y despojo cultural, que
plasmó un orden social de opresión,
profundas desigualdades, castas y
racismo antinegro. Ese orden era la
antítesis de los grandes avances
técnicos, empresariales, de pensamiento,
literarios y artísticos de aquella
época, pero fue a la vez el que proveyó
el suelo material que los viabilizó.
Esas contradicciones terribles no
encontraron una forma evolutiva de ser
superadas, porque la clase dominante de
Cuba solo atendió en última instancia a
la ganancia capitalista y a conservar su
poder social, por lo que defendió
siempre el sistema que le permitía ser
explotadora y no vaciló en ser
antinacional cada vez que fue necesario.
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Fueron las insurrecciones armadas
populares entre 1868 y 1898 las que
crearon una nueva situación. La
Revolución del 68 unió el abolicionismo
y el independentismo, y forjó lazos
entre las razas basados en la sangre, el
sacrificio y el heroísmo compartidos. La
Revolución del 95, con su guerra popular
libertadora y el sacrificio en masa del
pueblo de Cuba para vencer al
colonialismo español, atacó a fondo el
orden colonial y desarrolló las
relaciones fraternales entre las razas,
el respeto mutuo y el ideal de la
igualdad de todos ante la ley y en la
vida social. Décadas de evolución y
reformas nunca hubieran conseguido lo
que lograron esos años de combate y
movilizaciones. En aquella guerra los
negros y mulatos tuvieron una
extraordinaria participación. Pero la
intervención imperialista y la ocupación
frustraron la revolución y recortaron la
soberanía, y la República de 1902 quedó
bajo la nueva dominación neocolonial y
de la burguesía cubana, cómplice y
subordinada al imperialismo.
Cuba
obtuvo su independencia republicana y la
gente del pueblo logró su ciudadanía,
pero en esas condiciones no hubo cambios
sociales que favorecieran a la masa
trabajadora ni a los pequeños
agricultores. Los cubanos negros y
mulatos sufrieron de manera permanente
la situación social muy desventajosa en
que los dejaron la esclavitud y el
colonialismo, y carecían de
posibilidades para presionar, negociar y
obtener sus derechos. El racismo logró
conservar una gran fuerza tanto en la
vida laboral y social, como en el mundo
político. Era una gran contradicción con
los ideales de la gesta mambisa y con el
carácter democrático que debía tener la
República. El malestar entre los
antiguos combatientes y entre la
población negra y mulata se expresó
muchas veces en esos primeros años del
siglo.
El
movimiento armado liberal de 1906 contra
la reelección de Tomás Estrada Palma
llenó de esperanzas a los antirracistas;
muchos negros y mulatos participaron en
él. Pero pronto los políticos liberales
demostraron que eran iguales a los
desplazados, en cuanto a intereses
mezquinos y racismo. Entonces un grupo
de activistas decidió fundar una
organización con propósitos políticos,
fuera de los dos partidos principales
del sistema, que defendiera los
intereses de los no blancos.
El 7
de agosto de 1908 se fundó la Agrupación
Independiente de Color, en La Habana.
Presidió el acto el veterano Evaristo
Estenoz Corominas y fue secretario el
periodista Gregorio Surín. Después de
las elecciones de noviembre de aquel
año, realizaron un fuerte trabajo
organizativo; pronto se constituyeron
como Partido Independiente de Color en
casi todo el país, y llegaron a tener
miles de simpatizantes y seguidores. En
febrero de 1910 se les unió el coronel
Pedro Ivonet, un héroe mambí de la
Invasión y de la campaña de Pinar del
Río, que asumió la presidencia del
partido en Oriente.
El
nuevo Partido organizó su actividad
utilizando las vías legales de expresión
pública y electorales.
Como tantos otros negros y mulatos, los
independientes ligaron su nacionalismo
republicano y democrático a sus reclamos
y esfuerzos por lograr ascenso social y
derechos civiles como hombres y mujeres
“de color”, pero trataron de alcanzar
estos y enfrentarse al racismo mediante
la militancia política, como un arma que
teóricamente estaba a su alcance dentro
de las normas del sistema. Llamo la
atención hacia las demandas de su
programa, porque ellas eran muy
avanzadas e iban mucho más allá de la
dimensión racial. Los independientes se
identificaron siempre como cubanos, y
recababan una república soberana,
igualitaria, defensora del empleo para
los nativos, el retorno a Cuba de los
emigrados económicos y la inmigración
sin discriminaciones raciales. Abogaron
por la jornada laboral de ocho horas y
tribunales del trabajo para ventilar los
litigios entre trabajadores y patronos;
repartos de tierras del estado y otras
que se adquirieran a los cubanos pobres
que las trabajaran y defensa de los
agricultores contra los geófagos.
Reclamaron enseñanza gratuita a todos
los niveles y control estatal de la
educación, cambios en la administración
de justicia y el régimen penitenciario
que favorecieran la equidad y la
educación de los pobres, y otras medidas
que trascendían las cuestiones
raciales.
Los independientes estuvieron entre los
cubanos que criticaban el predominio de
EE.UU., la usurpación del territorio de
la base de Guantánamo y el racismo
vigente en ese país. Pero las relaciones
entre el nacionalismo y la cuestión
racial fueron complejas e inciertas,
porque el racismo expresaba
descarnadamente el retroceso del país
respecto a las prácticas y el proyecto
revolucionarios del 95. El conservatismo
social era el contrapeso necesario ante
la existencia de la República y del
liberalismo económico. El patriotismo
debía ser ciego frente a las razas y,
por tanto, mudo ante las injusticias por
razones raciales. La idea misma del
riesgo de perder la soberanía a manos de
los EE.UU. se asociaba a la
intangibilidad del orden existente y a
la condena de todo movimiento que lo
amenazara de modo real o supuesto. El
interés nacional pudo levantarse como un
muro frente a las demandas y las
organizaciones de lucha social o racial,
y coincidir en esto dominantes y
dominados. Eso no fue una mera
imposición. La nación tenía sentido y
valores sumamente importantes para las
mayorías del país. Por eso la mayor
parte de las personas “de color” estuvo
ajena o rechazó las actuaciones
políticas basadas en la raza en el caso
de los independientes de color, aun
durante el gran crimen de 1912. Unos
tenían, sin duda, poca conciencia; pero
muchos no estaban de acuerdo con la
movilización racial como base de la
actuación política.
Todo
lo enfrentaron los miembros del PIC
entre 1908 y 1912. La indiferencia o la
incomprensión, pero sobre todo los
ataques sistemáticos del poder burgués
neocolonial y sus instrumentos.
Calumniados de mil formas, acusados
cínicamente de racistas, en 1910 se les
declaró ilegales políticamente mediante
una enmienda a la Ley Electoral
(Enmienda Morúa), y se mantuvo presos
durante seis meses a dirigentes y
activistas. Con una inmensa tenacidad
y consecuencia, defendieron su causa en
su periódico Previsión y de todas
las formas que pudieron, sin entrar en
los arreglos politiqueros que eran
usuales entonces.
Hostigados e impedidos de utilizar la
vía electoral, optaron finalmente por
lanzarse a una protesta armada el 20 de
mayo de 1912, décimo aniversario de la
instauración de
la
República. Su
objetivo era exigir la legalización del
Partido. En Oriente se levantaron miles
de independientes con muy pocas armas y
sin un real plan de guerra, con Estenoz
e Ivonet al frente; en Las Villas
también hubo alzamientos.
Aquella táctica resultó funesta. El
gobierno de José Miguel Gómez pasó de
los rejuegos politiqueros a la
movilización de miles de soldados contra
ellos, mientras una campaña de prensa
muy sucia los satanizaba. Durante junio
y julio sucedió un baño de sangre
impune, en plena República: fueron
asesinados Estenoz, Ivonet y por lo
menos tres mil cubanos no blancos, la
mayoría en la provincia de Oriente, lo
que también sirvió para reprimir a
un amplio sector del campesinado
oriental que estaba siendo despojado y
empobrecido por la expansión capitalista.
Una gran ola de represiones, prisiones,
persecuciones y una intensificación del
racismo antinegro se extendieron por
todo el país. La República oficial
celebró el gran crimen al final de aquel
verano, y lo sometió de inmediato al
olvido, una situación que duró casi
medio siglo.
La insurrección triunfante en 1959
propuso a todos los cubanos un
igualitarismo suprarracial. Las inmensas
transformaciones de la vida, las
relaciones sociales y las instituciones
crearon bases para que esa propuesta
fuera factible. En las luchas y jornadas
de intenso trabajo que siguieron, la
unidad del pueblo fue exaltada como una
virtud política superior. La fraternidad
entre los cubanos de las más diferentes
razas y procedencias sociales se
consideró un ideal de pronta
realización, y un anuncio claro de la
liberación definitiva. En medio de
prácticas y concientizaciones que
brindaban oportunidades iguales, el
racismo fue descalificado, execrado como
una lacra del pasado, y se extendió la
confianza en que el avance del
socialismo iría eliminando los defectos
individuales y los rezagos sociales.
En los años 60, algunas publicaciones se
refirieron a la gran represión racista
de 1912 como parte de un pasado
abominable, pero no se adelantó mucho en
el análisis de su significación y su
lugar en la historia del racismo y de la
dominación capitalista en Cuba. Después,
1912 volvió a las sombras en la cultura
histórica que se socializa en el país,
aunque fue desarrollándose su
investigación historiográfica por cierto
número de autores que en los últimos
años han aportado estudios realmente
apreciables.
Sin embargo, la iniciativa del Partido
Comunista de crear esta comisión no es
hija de esos avances, sino de las
realidades, necesidades y proyectos de
la Cuba actual. La gran crisis que
atenazó al país hace 15 años
—y
las medidas que exigió su superación—
han producido notables cambios en
numerosos aspectos de la vida material y
espiritual, han afectado los
comportamientos, los valores, los modos
de vida, las motivaciones, las
expectativas. La disgregación social ha
sacado a la luz numerosas diversidades
—y
en algunos casos las ha promovido—,
pero no estamos mirando esos procesos
con temor. La diversidad social no es
una debilidad de la nación sino una
instancia muy importante de su riqueza.
No se trata de admitirla, o llegar a
tolerarla, hay que comprenderla como una
fuerza con potencialidades
extraordinarias. El camino socialista se
hará fuerte y se profundizará si es
capaz de asumir esas diversidades y
vivir con ellas, de conducirlas y
aprender de ellas al mismo tiempo, de
respetar sus identidades y atender sus
demandas a la vez que le pide
contribuir a la empresa de todos y
entregar buena parte de sus virtudes y
su trabajo a la comunidad.
La cuestión racial se ha ido levantando
en estos años. Volvemos a constatar que
son negros y mulatos una parte
apreciable de los que están o quedan en
mayor desventaja, y que el racismo
muestra su vitalidad cuando se aflojan
los vínculos de solidaridad y los
valores socialistas. En la sorda pero
tremenda pugna cultural que está en
curso entre esos vínculos y las
relaciones y valores del capitalismo,
está claro donde se situarán los que
tengan conciencia de su posición social
y del proyecto que deben defender. Hoy
una parte de los cubanos son por sobre
todo cubanos, como lo fueron los
independientes de color de hace casi un
siglo, pero se identifican a sí mismos
también como negros y mulatos.
Necesitamos que esas identidades y esa
conciencia marchen unidas, y sean una
fuerza de la revolución socialista y su
proyecto. Y esto, como todas las cosas
importantes, es muy difícil en su
realización práctica.
Esta Comisión tiene el deber de poner un
grano de arena en esa obra, hoy que no
hay tiempo que perder, porque cada vez
más cubanas y cubanos quieren tener
actividades cívicas y conocimiento de lo
político, quieren participar
directamente. Le toca a esta Comisión
ayudar a recuperar la memoria histórica
de una etapa de las luchas y afanes del
pueblo cubano por sus derechos y su
liberación de todas las dominaciones,
darle de ancho a una parte de la
conciencia nacional y ayudar a
comprender mejor el avieso y tenaz
lastre cultural que significa el racismo
en nuestro país. Debe auspiciar así la
comprensión del carácter plural de la
cultura nacional, y la conversión de esa
riqueza compleja en una fuerza mayor en
la base de la manera de vivir y del
proyecto que defendemos. Debe rescatar
los aportes y los sacrificios que
padecen olvido, exaltar a los humildes
de todos los colores, que han sabido dar
la sangre o el sudor, una y otra vez,
sin pedir pago por ello, para crear y
desarrollar la riqueza, la libertad y la
justicia en esta nación. Debe recabar el
concurso de todos para rendir homenaje a
los mártires de ayer y promover la
fraternidad verdadera entre los cubanos
de hoy, y debe contribuir a la unidad de
todos con la humildad y la eficacia de
sus labores y con la altura de sus
fines. Si trabajamos hermanados, con
organización y sin desmayo, y avanzamos
por ese camino, cumpliremos bien esta
tarea.
Muchas gracias
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