Año VI
La Habana

19 al 25 de ENERO
de 2008

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Niemeyer en Niterói

 Adelaida de Juan • La Habana

 
                                                                            (En su centenario)

Desde la Fortaleza de Santa Cruz da Barra (1765), en el morro de la Bahía de Río de Janeiro, del lado de Niterói, el panorama es impresionante. Entre otros puntos referenciales, se divisa, a la distancia, una suerte de platillo volador que, al parecer, se ha posado suavemente en el resplandor del agua del litoral. Se trata del edificio concebido por Oscar Niemeyer para albergar el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en Niterói, municipio aledaño a la ciudad de Río, a la cual se llega por un puente de 13 kilómetros. Niemeyer ha situado el MAC en la orilla misma de la bahía, y para subrayar la luminosidad del agua siempre presente, ha afincado la construcción en un estanque artificial. A partir de este apoyo único, el edificio se abre en altura, a la manera de una gigantesca nave espacial en forma de un hongo o un platillo de líneas curvas elipsoidales. Se accede al cuerpo del mismo por una amplia rampa que se curva sobre sí misma y resulta ser un eco de las curvas que integran el cuerpo sólido del museo. 
 



Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en Niterói

Estamos, pues, en presencia de un exponente del amor de Niemeyer por el plano y la línea curvos, las que, en este caso, se resuelven en una espiral –la rampa– que, a partir del nivel de la pequeña explanada que conduce al MAC, se eleva hasta el círculo esferoidal que alberga el cuerpo expositivo del Museo. Se une a esta persistente preferencia por la curva, en líneas y planos, la marcada intención de fundir las visiones del espacio interior con el exterior (por otra parte, de una fuerza avasalladora). En vez de combatir a este, procurando aislarlo y borrarlo, Niemeyer sabiamente lo ha hecho entrar, para dialogar con el interior. Por una parte, el cierre de este está mayormente ocupado por ventanales corridos de cristal transparente, por los cuales el espectador siente que está formando parte del espacio mismo. Por otra parte, esta permanente visión del paisaje exterior se ve subrayada en el instante en el que el perfil de la nave – digo, el museo– en que estamos, coincide con el perfil del Pan de Azúcar que vemos a la distancia. Mar y elevación se integran así en todo momento en nuestra percepción.  Esta voluntad unitiva de espacios se manifiesta además por el hecho de que el único color aplicado en toda la construcción sea el blanco, que funciona como un elemento neutro, contra el cual puede rebotar, por así decir, cualquier otro elemento cromático. 

Se trata, pues, de un magnífico exponente de la obra del gran brasileño, el cual se integra a las construcciones museísticas recientes en otras partes del mundo, que revelan una concepción particular sobre la condición del albergue de un museo. Al subrayar la envoltura exterior del mismo, en relación con sus espacios expositivos, se ha llegado a concepciones bien diferenciadas de las edificaciones museísticas anteriores. A partir del ejemplo siempre innovador del Frank Lloye Wright –pienso ahora en las incómodas rampas espirales de su Guggenheim neoyorkino–  se ha llegado, entre otros, a la estupenda escultura que erigiera Gehry en Bilbao, para acomodar otro Guggenheim. De algún modo, este último museo tiene algunos puntos de contacto con el MAC en Niterói. Ambos están a orillas del agua: la rìa de Bilbao, uno; la bahía de Río, el otro. Pero el manejo de esta presencia con respecto al edificio es radicalmente diferente. Gehry hace que su construcción escultórica borre la presencia de la ría en el interior del Museo; por otra parte, forra su exterior con la cubierta del titanio, una de cuyas funciones principales es reflejar la ría al tiempo que el edificio todo es reflejado en ella. 
 



E
xplanada del Museo de Arte Contemporáneo (MAC)

En el MAC, Niemeyer no busca los reflejos dobles. Por el contrario, logra fundir en un todo armonioso agua y construcción, laderas montañosas con los ángulos del plano inclinado de la construcción, como elementos dialogantes de un todo. Los materiales empleados coadyuvan a su propósito: el vidrio transparente que rodea las dos plantas del edificio borran las barreras constructivas para permitir –diríase provocar– una visión abarcadora del exterior bello en su conjunción agua/ladera que se funde con el interior. Este, a su vez, está constituido por espacios fluidos (como el agua) apenas interrumpidos por elementos sólidos (como las laderas). 

Debo confesar que en las visitas que he podido realizar, en años diferentes, a ambos museos, quedé con la impresión de que la experiencia más fuerte que había recibido no era precisamente de las obras pictóricas allí expuestas. Los interiores diseñados por Gehry, con la abrumadora multiplicidad de ángulos y planos fuertes, se tragaban aun las importantes piezas de gran formato (pienso en Rauschenberg, Lichtenstein, Warhol, Carl  André, et al.)  Las armoniosas curvas y el contrapunto espacio interior –exterior que logra Niemeyer dan una visión más perdurable que la de los excelentes pintores minimalistas allí expuestos. 

Niemeyer escribió, y así aparece en la tarja que está a la entrada de la explanada del MAC, que cuando vio por primera vez el sitio en que erigiriría el Museo de Arte Contemporáneo en Niterói, comprendió que ese ofrecía “la oportunidad de hacer una buena arquitectura”. Sin duda, lo ha logrado. Cuando en 1996 se terminaron las obras, había concluido una de sus piezas más significativas.  Había plasmado, para nuestro disfrute y admiración, lo que vislumbró cuando tan solo era un espacio en las riberas de la bahía: “un apoyo central y el museo surgiría en el espacio como una flor”. 

En Río de Janeiro, agosto 2, 2007.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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