Año VI
La Habana

22 al 28 de
DICIEMBRE
de 2007

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Cuba: las mascaras y las sombras; la primera ocupación (Fragmento)

Solo horas para aprobar la enmienda horrorosa

Rolando Rodríguez • La Habana

 

Por fin, ese mismo día primer día de mes, la disposición pasaría del senado a la cámara de representantes. El cuerpo solo tenía horas para aprobarla, porque al finalizar esa jornada cesaría automáticamente la legislatura, y si no se obtenía la aprobación la enmienda se perdería. En los días cursados, el Presidente republicano del comité de asuntos militares de la cámara había solicitado consentimiento unánime para aprobar la ley de créditos del ejército. De ahí la dilatación a la hora de presentar a debate el bill. Para ganar tiempo el comité de reglas del cuerpo legislativo había propuesto que la discusión de la enmienda se limitara a dos horas, una en pro y otra en contra. Por tanto, era una discusión forzada mediante una moción de urgencia. Se decidió entonces debatir conjuntamente la propuesta sobre Cuba y la dedicada a Filipinas. El voto sería para las enmiendas "en bruto". Pero, de todos modos, la disposición corría con suerte, ya que muchos la votarían para evitar se citara una sesión extraordinaria de los cuerpos congresionales. El representante demócrata Richardson protestó contra aquellos recursos legislativos abusivos, para impedir que la cámara deliberara con detenimiento contra el paso delicado que se iba a dar y el gobierno de EE.UU. faltara al sagrado compromiso contraído ante el mundo entero de entregar la isla de Cuba a su pueblo.[1] También hubo otros representantes demócratas que gallardamente preguntaron contra quién iba EE.UU. a defender al pueblo cubano, y que por aquel "ultimátum" su país asumiría "un protectorado sobre Cuba". Se interrogó uno de ellos si se pensaba "instaurar protectorados, con el tiempo, sobre todos los gobiernos de Sudamérica, según fuera presentádose la ocasión".[2] Williams, demócrata de Illinois declaró que si se aprobaba la enmienda se anunciaría al mundo la clase de hipócritas que estaban el poder en Washington. "Me agradaría ver a Cuba anexada en forma pacífica a los EE.UU., pero no estoy dispuesto a robármela", manifestó también.[3] Tres representantes de la minoría demócrata, Richardson, De Armond y Dinsmore, recordaron la resolución conjunta de abril de 1898, y estimaron que saldría pisoteada. Nadie creería nunca más en ellos. De Armond llamó a ambas enmiendas "la primera prueba verdadera y definitiva de imperialismo en el congreso".[4] En la acera opuesta el republicano Lacey, de Iowa, afirmó que por haber liberado a Cuba de sus opresores, a un costo de millones de dólares y el sacrificio de miles de vidas, no solo tenían derecho a asegurar que a la tiranía española no le siguiera la anarquía en esa isla, sino que era el deber de EE.UU. lograrlo, y las medidas contenidas en el proyecto eran razonables y moderadas.[5] Desde luego, Lacey olvidaba las enormes ganancias obtenidas por la "pequeña guerrita espléndida", como la calificara John Hay, el secretario de Estado, y también exageraba porque nadie vio nunca esos miles de muertos que invocó. Los únicos que habían puesto miles de muertos, y más bien cientos de miles de muertos, eran los cubanos por su independencia. Mas junto a republicanos que defendieron la enmienda, hubo también demócratas. Un legislador de estos dijo que la constitución cubana instituía el sufragio universal, que pondría el poder en manos de "una población ignorante y viciosa, en su mayoría compuesta por negros", la paz sería vana si se retiraban las tropas estadounidenses y también que los "propietarios y comerciantes" estaban profundamente alarmados" y pedían que no los dejaran desamparados. "El retiro del ejército de ocupación" sería señal en Cuba, "de muchos trastornos", aseguró igualmente.[6] Después de palabras como esas, solo quedaba pedir la anexión. Sin embargo, el republicano McCall, de Massachussets, se levantó en contra de la enmienda y acusó al gobierno de faltar al compromiso de la resolución conjunta y el Congreso daba muestras de que el "pueblo americano" era capaz de deshacer sus más solemnes promesas. No le quedaba al Presidente otro recurso que convocar al Congreso a sesión extraordinaria para modificar las conclusiones que se habían fijado o declararles la guerra a los cubanos.[7] Por fin, las dos disposiciones, la que se refería a Cuba y la destinada a someter definitivamente a Filipinas, fueron sometidas a votación nominal, con el resultado aprobatorio en el primer caso de 161 contra 137.[8] Los republicanos a favor fueron 160 y un demócrata. En contra votaron 128 demócratas, cuatro republicanos, tres populistas, y dos silver republicans. No votaron 51 representantes; de ellos, 29 demócratas, 19 republicanos, 2 populistas y un silver republican.[9] Aunque cuatro republicanos, Drescall, de Nueva York; Lond, de California; Mann, de Illinois; y McCall, de Massachussets, votaron en contra de la enmienda el sufragio tuvo un corte partidista y resultó ciertamente apretado, en que para más la enmienda sobre Filipinas, que también resultó aprobada, arrastró votos a favor de la disposición sobre Cuba.  

Sin duda, no era muy apreciada aquella disposición legislativa entre los parlamentarios. Faltaban allí 51 legisladores. La ausencia de tal número da la impresión de manejos turbios del ejecutivo y la dirección del propio órgano legislativo para evitar votos en contra de la enmienda. Sin duda, es una especulación, pero el alto número de demócratas ausentes la hace plausible.   

Con la introducción de Cullom y las ocho cláusulas, mejoradas con las consultas a Root y la experiencia de Spooner en la redacción de textos legislativos, quedó aprobada la disposición. Desde luego, Spooner viejo truchimán en las lides parlamentarias había sabido cómo limar ciertos aspectos de los originalmente redactados por Root, para evitar encontronazos en el Congreso. Obsérvese cómo había desaparecido de la primera cláusula "conceder a dicho Poder extranjero ningún derecho o privilegio especial sin el consentimiento de EE.UU." y de la tercera que la intervención podría darse para "el mantenimiento de un gobierno estable". Por algo Teller afirmó que la enmienda era mejor de lo que él, miembro del comité, presumía.[10] 

El texto final de la enmienda decía: "Que en cumplimiento de la declaración contenida en la resolución conjunta aprobada el 20 de abril de mil ochocientos noventa y ocho, intitulada 'Para el reconocimiento de la independencia del pueblo cubano', exigiendo que el gobierno de España renuncie a su autoridad y gobierno en la isla de Cuba, y retire sus fuerzas terrestres y marítimas de Cuba y de las aguas de Cuba y ordenando al presidente de los EE.UU. que haga uso de las fuerzas de tierra y mar de los EE.UU. para llevar a efecto estas resoluciones, el Presidente, por la presenta queda autorizado para dejar el Gobierno y control de dicha Isla a su pueblo, tan pronto como se haya establecido en esta Isla un Gobierno bajo una Constitución, en la cual, como parte de la misma, o en una ordenanza agregada a ella se definan las futuras relaciones entre Cuba y los EE.UU. sustancialmente, como sigue: I. Que el Gobierno de Cuba nunca celebrará con ningún Poder o Poderes extranjeros ningún Tratado u otro convenio que pueda menoscabar o tienda a menoscabar la independencia de Cuba ni en manera alguna autorice o permita a ningún Poder o Poderes extranjeros, obtener por colonización o para propósitos militares o navales, o de otra manera, asiento en o control sobre ninguna porción de dicha Isla. II. Que dicho Gobierno no asumirá o contraerá ninguna deuda pública para el pago de cuyos intereses y amortización definitiva después de cubiertos los gastos corrientes del Gobierno, resulten inadecuados los ingresos ordinarios. III. Que el Gobierno de Cuba, consciente que los EE.UU. pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual y para cumplir las obligaciones que, con respecto a Cuba, han sido impuestas a los EE.UU. por el Tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba. IV. Que todos los actos realizados por los EE.UU. en Cuba durante su ocupación militar, sean tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de ellos, sean mantenidos y protegidos. V. Que el Gobierno de Cuba ejecutará y en cuanto fuese necesario cumplirá los planes ya hechos y otros que mutuamente se convengan para el saneamiento de las poblaciones de la Isla, con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades epidémicas e infecciosas, protegiendo así al pueblo y al comercio de Cuba, lo mismo que al comercio y al pueblo de los puertos del Sur de los EE.UU. VI. Que la Isla de Pinos será omitida de los límites de Cuba propuestos por la Constitución, dejándose para un futuro arreglo por Tratado la propiedad de la misma. VII. Que para poner en condiciones a los EE.UU. de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los EE.UU. las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se convendrán con el Presidente de los EE.UU. VIII. Que para mayor seguridad en lo futuro, el Gobierno de Cuba insertará las anteriores disposiciones en un Tratado permanente con los EE.UU.".[11] 

Poco después Root pasó un telegrama a Wood. Le informaba que ambas cámaras habían aprobado ya la ley que contenía las provisiones referentes a Cuba. Añadía que tan pronto el presidente la sancionara le sería comunicado, para que trasmitiera a la Asamblea Constituyente las disposiciones de la enmienda.[12]   

Al día siguiente McKinley sancionó la disposición. Como no habían podido anexar o absorber la Isla, el ejecutivo de Washington había inventado esa forma de dominación y, gracias a ella, Cuba estaría bajo la tutela rigurosa de EE.UU., ¿quién sabía para cuánto tiempo? Paradójicamente las cláusulas de la enmienda dejaban claro que la mayor de las Antillas no debía establecer ningún tratado o convenio que limitara su soberanía ni entregara a ninguna potencia parte alguna de su territorio, salvo... salvo la limitación que su soberanía sufriría a manos de EE.UU., tanto por la entrega a esta potencia de su territorio, por el derecho que le concedería a injerirse en sus asuntos, como por tener que vender o arrendar tierras para estaciones navales, y por omitir a Isla de Pinos de los límites de Cuba. Por último, se añadía un párrafo típico de la mentalidad jurídica sajona: la constituyente debía añadir como apéndice de la constitución el texto de la enmienda, y lo convertiría de esa forma en cubano. Pero eso no les bastaba a los juristas sajones, habría un nuevo gobierno que asumiría la responsabilidad de cumplir lo estipulado y este debía adoptar, como tratado, lo acordado en el texto. En caso de intervención el gobierno cubano estaría obligado por ese tratado a aceptar el acuerdo. Desde ese momento las cláusulas permitirían a EE.UU. a hacer legalmente todo lo que en ellas se estipulaba. Nada, cuestión de la mentalidad jurídica sajona.  

Al fin Root tenía en sus manos el instrumento para dominar a los cubanos. Estas cláusulas, en forma de apéndice, debían ser aprobadas por la Asamblea Constituyente cubana y añadidas a la carta fundamental del país. Lo que ni él, ni McKinley, ni los legisladores que la aprobaron, sabían cuál sería el precio tan alto que en la estimación de los cubanos pagaría EE.UU. por aquella disposición. La humillación de un pueblo que había luchado denodadamente por su libertad e independencia, lo cancelarían muy caro más temprano o más tarde las relaciones entre ambos países. Sin embargo, no pocos pensaron que aquello constituía el principio o, mejor, la continuación de la conversión de Cuba en estadounidense. Mas, no solo sería Cuba la que crearía un resentimiento por aquella disposición. Si EE.UU. había creado una situación favorable a futuras intervenciones en otros países del continente, sin que fuesen hostilizados en lo inmediato, creó también desconfianza hacia la potencia del Norte. Latinoamérica había perdido la inocencia y EE.UU. había ganado fama de matón imperialista. 

Wood telegrafió ese mismo día al secretario de Guerra. Le decía que los delegados estaban muy ansiosos por conocer si el texto de la enmienda dejaba a discreción de McKinley "el asunto de las relaciones". Por su parte estaba impaciente por recibir una respuesta inmediata.[13]
 

Fragmento del libro Cuba: las mascaras y las sombras; la primera ocupación, dos tomos, de Rolando Rodríguez. Editorial de Ciencias Sociales, 2007.


[1]. La Discusión, 4 de marzo de 1901.

[2]. Manuel Márquez Sterling, op. cit., pp. 139 y 140.

[3]. Philip Foner, op. cit., vol. IV, p. 265.

[4]. Division of the Latin-American affaires: The position of de democrats in congress at the time of the passage of the Platt amendment, 23 de octubre de 1933. US/NA, RG. 59, no. 711.37, caja 3995.

[5]. Philip Foner, op. cit., vol. IV, p. 264.

[6]. Manuel Márquez Sterling, op. cit., pp. 136 y 137.

[7]. La Discusión, 4 de marzo de 1901.

[8]. Estas cifras las recoge Manuel Márquez Sterling, op. cit., p. 146 y también son las del documento Division of the Latin-American affaires: The position of de democrats... doc. cit.; Rafael Martínez Ortiz, Cuba; los primeros..., ed. cit. primera parte, p. 250, expone que la votación fue de 159 votos contra 134.

[9]. Division of the Latin-American affaires: The position of de democrats in congress at the time of the passage of the Platt amendment, 23 de octubre de 1933. US/NA, RG. 59, no. 711.37, caja 3995.

[10]. Manuel Márquez Sterling, op. cit., p. 115.

[11]. Emilio Roig de Leuchesenring, Historia de la..., ed. cit., pp. 22 a 24.

[12]. "De Root a Wood", 1ro. de marzo de 1901. US/LC/MD, The Leonard Wood Papers, Ac. 4488, caja 30.

[13]. "De Wood a Root", 1ro. de marzo de 1901. US/LC/MD, The Leonard Wood Papers, caja 30.

 

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