Año VI
La Habana

6 al 12
de OCTUBRE
de 2007

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UN DOCUMENTO APÓCRIFO

 El memorándum Breackreazon
titulado también de Breckinridge

Rolando Rodríguez • La Habana

 

Durante más de una centuria, un documento ha levantado polvaredas sobre su autenticidad. Se trata de la supuesta carta o memorándum con instrucciones que debió dirigir según unas versiones el Secretario Asistente, o según otras el Subsecretario de la Secretaría de la Guerra de Estados Unidos, J. M Breackreazon o J. C. Breckinridge, a un teniente general J. S. Miles, sedicente jefe del ejército, para cursarle órdenes sobre la campaña que debía seguir en Cuba.

 

En este memorándum el tal Breackreazon o Breckinridge, ordena ganarse el apoyo de la raza de color en la isla, para un plebiscito de anexión que se convocaría y, además, dispone que se destruya en  la guerra todo cuanto alcancen los cañones estadounidenses; así mismo extremar el bloqueo para que el hambre y la peste diezmen la población pacífica cubana y mermen el ejército mambí. Ese ejército debía emplearse en constantes exploraciones y vanguardias, para que sufra el peso de la guerra entre dos fuegos. Así recomendaba también todo el memorándum acciones diabólicas de esta naturaleza para destruir al pueblo de Cuba.

    

¿Por qué esta comunicación, a pesar de reunir tantos puntos nebulosos, ha navegado con tanta fortuna y no pocos la han considerado auténtica, al punto de que mucha prensa y muy rigurosos historiadores la han reproducido en todo o en parte, a pesar de elementos bastante sólidos, que desacreditan su fidelidad? Se sabe que durante los primeros años del siglo XX la reprodujeron El Eco, de Holguín, y el Listín Diario, de Santo Domingo, ambos en 1908, Repertorio del Diario del Salvador, en 1911, El Día, de Valparaíso, al año siguiente, y La Independencia, de Santiago de Cuba, en 1913. También la tomaron en cuenta Emilio Roig de Leuchsenring, quien la publicó en 1912 dentro del trabajo "Acotaciones Jurídicas. Los Estados Unidos y América Latina", en la Revista Jurídica,[1] tomada a su vez de un trabajo del escritor nicaragüense Alejandro Bermúdez, publicado por El Foro, de San José de Costa Rica y también Enrique Collazo, en su libro La guerra de Cuba.[2] Aunque debe anotarse que ya este protagonista de nuestras guerras de independencia mostraba no tenerlas todas consigo en cuanto a su autenticidad "por su índole y condiciones, así como por no haber visto el original".

 

Consideramos que ha habido una gran razón para tantas reproducciones, la conducta seguida por Estados Unidos en el caso de Cuba desde el siglo XIX y sus intentos anexionistas; también, su expansionismo e intervencionismo en la cuenca del Caribe a partir de entonces y, en no poca medida, su desmandada política injerencista en toda América Latina. Todo esto hizo que el documento ganara visos de verosimilitud y, sobre todo, que hubiese muchas ganas de que fuera cierto para tener la prueba confesa e incontrastable de la perversión imperialista.

 

Mas, nada de esto permite convertir el documento en auténtico, y se puede afirmar que posiblemente fue elaborado entre fines de 1897 y mediados de 1898 por los amigos de España, enemigos de la independencia de la isla, dispuestos a mantener el dominio de la metrópoli y el régimen colonial. En definitiva, para creer en la esencia malévola que ha supuesto la política de Estados Unidos respecto a Cuba, esta carta no resulta necesaria. El expansionismo de la potencia del Norte y, después, su imperialismo se ha sobrado en los intentos más despiadados de someter la isla. A pesar de ellos, los cubanos hemos tenido suficiente valor y gallardía, para librarnos de las torpes operaciones con que a veces venían a cumplirse los designios onerosos que se expresaban en el tan asendereado documento.

 

Veamos las razones que nos mueven a considerarlo apócrifo:

 

-El supuesto memorándum que debió dirigir, según unas versiones el Secretario Asistente, o según otras el Subsecretario de la Secretaría de la Guerra de Estados Unidos aparece escrito en sucesivas ocasiones de muy diferentes formas, J. M Breackreazon, J. M. Breacseason, J. M. Breackseason, J. M. Breackreazón, J. C. Breekenridge, J. G. Brekenridge o J. C. Breckinridge, de todas estas maneras ha aparecido y todavía hay otras más.

 

-En 1934, en un artículo en la revista American Historical Review, Thomas M. Spaulding, ya señalaba que la carta reproducida por Horatio Rubens, en 1932, en su libro Libertad; Cuba y su apóstol,[3] cuya fuente no cita, la dirigía a J. C. Brekenridge con "k" seguido de "e" (en la versión española de la obra de Rubens aparece como J. G.), al general J. S. Miles. Pero sucedía que J. C. Breckinridge (con "ck" e "i" latina después) era Inspector General del Ejército de Estados Unidos y no Subsecretario o Secretario Asistente de la Guerra. Ambas precisiones pueden verse en el libro del Secretario de la Guerra, Russell A. Alger, The Spanih-american War.[4] El Subsecretario entonces era George D. Meiklejohn. Spaulding, que confirma el cargo de Breckinridge, aducía con toda lógica que, dada su condición de Inspector General del ejército, Breckinridge resultaba el segundo en la línea de mando de la institución castrense, por lo que se daría el contrasentido de que el subordinado le diera órdenes a su jefe. Otra razón más, expuesta por Spaulding, resultaba que en la carta se le daba a Miles el rango de teniente general, cuando en ese momento este era de mayor general. El título de teniente general solo lo alcanzaría en 1900.[5] Otra cuestión equivocada, que por cierto merece precisión, es que la iniciales que se le colocan a Miles son J. S., cuando las del mayor general eran N. A., de Nelson A. En la versión de Rubens, la carta se fecha 24 de diciembre de 1897.

 

-Esta carta la había reproducido 32 años antes Severo Gómez Núñez, en el tercer tomo de su obra La Guerra Hispano-Americana,[6] impresa en Madrid en 1900. Expresa genéricamente que fue publicada en Alemania y la versión que incluye en la obra la tomó del diario La Lucha de La Habana, pero no establece la fecha del periódico. Curiosamente se pueden anotar varias anomalías: esta carta no está rubricada por ningún Breckinrige o Breckenridge, sino por "J. M. Breackreazon", y sigue con la abreviatura "Asst. Sig."(ojo con la errónea abreviatura Sig.) y está dirigida al "teniente general J. S. Miles". Es decir, no solo la firma otro personaje sino que anota erróneamente el rango militar de Miles y, por igual, emplea unas iniciales que no son del nombre del jefe del ejército de Estados Unidos. Para más, en la transcripción, al anotar la fecha de la carta, omite el mes en que se redactó pues en el cabezal solo aparece "24 de 1897". Al final de la carta, Gómez Núñez coloca el siguiente comentario: "Desenmascarada la política de los Estados Unidos, excusemos comentarios y preguntemos ¿Europa consentirá este crimen?" y la firma un tal Doctor Johann Schullez". Con otra tipografía diferente añade, como si ya el comentario fuese del autor: "¡Lo consintió!". Debe hacerse notar que si bien Gómez Núñez cita como fuente el diario La Lucha, el historiador cubano Gustavo Placer en su trabajo "Reflexiones sobre un documento controvertido",[7] expone que en una revisión efectuada en el Instituto de Historia de Cuba, en las colecciones de ese periódico de 1898, 1899 y 1900 no aparece la carta. Otro elemento más de misterio sobre este documento controvertido. Por cierto, en una búsqueda en Internet de algún personaje notable llamado Johann Schullez no aparece ninguno; sí Johann Schulze, pero en número de unos 50 000 individuos con estos nombres.

 

-Este supuesto memorándum fue nuevamente reproducido cinco años después; es decir, en 1905, por el historiador español Juan Ortega y Rubio, en su obra Historia de la regencia de María Cristina de Habsbourg-Lorena, y señala que este apareció en el Allgmeine Zeit (Allmeigne Zeit o Zeitung, quiere decir diario general), de Berlín, del 22 de abril de 1898.[8] Ortega y Rubio si bien no dice taxativamente que lo tomara de tal diario, permite se deduzca que fue de allí de donde lo copió. Respecto a Gómez Núñez se pueden anotar casi las mismas anomalías: la carta está firmada por "J. M. Breackreazón" (pero esta vez le coloca una tilde al final del apellido, signo ortográfico que en inglés no lo hay), transcribe la abreviatura como "Asst. Siy." (no "Sig", pero "Siy" tampoco dice nada en inglés) y de nuevo la carta está dirigida al "teniente general J. S. Miles". Una vez más, en la transcripción, al anotar la fecha de la carta, se omite el mes en que se redactó pues solo aparece "24 de 1897". La gran diferencia que aparece en la versión de Ortega y Rubio respecto a la de Gómez Núñez, es que no se encuentra el comentario del tal Dr. Johann Schullez. 

 

-En estas condiciones mediante la embajada de Cuba en Alemania solicité la búsqueda de la carta en el tal Allgmeine Zeit. Debía verificar si no guardaba los mismos errores de Gómez Núñez y Ortega y Rubio. Pero, si por el contrario, se encontraba que estaba dirigida por el "Secretario asistente J. M. Breakcreazon" (con o sin tilde) al teniente general J. S. Miles (no a N. A. Miles) y tampoco aparecía el mes, solo "24 de 1897", todo llevaría a pensar que el documento se trataba de una falsificación alemana, ya que esa versión resultaría la "original", base de todas las demás, y en su elaboración se habrían cometido severos errores. La razón de este montaje estaría en los deseos del káiser Guillermo II de ayudar a España a conjurar el peligro de guerra con Estados Unidos a cuenta de Cuba, y procurarle el apoyo de Europa. Después de todo Alemania estaba interesada en colocar a Estados Unidos en mala posición, pues ya estaba claro tanto de parte de una y otra potencia que la rivalidad entre ambos terminaría más tarde o más temprano en un conflicto bélico. La confrontación en Samoa, lo había evidenciado. Además, la marina alemana ansiaba una base en el Caribe y con ese fin trataba de adquirir una en la bahía de Samaná en Santo Domingo. Pero la joven potencia se oponía y esgrimía para esto la doctrina Monroe. El país teutónico consideraba esa doctrina una insolencia y un acto prepotente de Estados Unidos. Uno de los sostenedores de esta tesis resultaba, nada menos, que el príncipe Bismarck, cuya palabra desde su retiro en Friederichruhe, su hacienda de la Prusia oriental, se estimaba como la del oráculo de los nibelungos. En efecto, solo unos días después de que en 1897, el representante de Estados Unidos en Berlín explorara ante la cancillería la actitud alemana ante la posible anexión de Cuba en caso de guerra con España, en demostración de que el asunto estaba en el candelero, el viejo Canciller de Hierro haría declaraciones en la prensa en torno a la doctrina Monroe y, luego de mostrar su desdén por ella, diría que los estadounidenses creían que sus riquezas les daban derecho de gran potencia, y a despreciar la  independencia de otros Estados americanos o europeos.[9]

 

Ahora, la embajada cubana se dirigió al Instituto Iberoamericano del Patrimonio Cultural Prusiano y pidió la investigación sobre el tal Allgmeine Zeit. Este recibió respuesta en nombre de la Biblioteca del Estado, de Berlín. En nombre de esta y del Instituto respondió el director de su biblioteca, Peter Alterkrüger: "Lamentablemente entre los títulos existentes que más se le asemejan [Allgmeine Zeit] no se pudo encontrar el artículo. Es poco probable que un artículo tan largo haya sido impreso en un diario de aquella época. Posiblemente se trataba de una revista, pero no se pudo encontrar ningún artículo que se correspondiese a su descripción bibliográfica ó alguno semejante". Debe notarse que no puede tratarse de una revista, pues Zeitung quiere decir en alemán, diario, periódico. Por tanto, casi puede afirmarse que nunca hubo en Alemania tal periódico y que no fue allí donde se originó la tan manoseada carta. 

    

-Ahora bien, decidí entonces seguir otra pista. Según Ortega y Rubio esta carta fue reproducida por El Fénix, de Sancti Spíritus, Cuba, órgano del Partido Autonomista de la localidad. En efecto, el memorándum aparece en dicho diario del 20 de julio de 1898; es decir, dado los resultados de la investigación en Alemania, la fecha más temprana en que hasta ahora ha aparecido. En El Fénix se dice, nada menos, que reproduce la carta aparecida en la fecha de "24 de 1897" en el Allgmeine Zeit, de Berlín.[10] Resulta altamente sospechoso que este documento de tanta importancia para la causa española, apareciera en una publicación de una población del interior de la isla y no fuera reproducida por el Diario de la Marina o Unión Constitucional, de La Habana, o hasta donde casi sabemos, tampoco en algún diario de Madrid. A tal punto es una rareza tal omisión, que el diario espirituano se sintió necesitado de explicar que el documento había llegado a sus manos "por una serie de casualidades".[11] Resulta, por otra parte, altamente curioso que en la reproducción de Ortega y Rubio se sigan casi los mismos errores que en la transcripción del El Fénix: aparece dirigida por "J. M. Breakcreazon" (aunque sin tilde), al "teniente general J. S. Miles (no al mayor general N. A. Miles)" y tampoco aparece el mes, solo "24 de 1897". Esta vez, en cambio, aparece correctamente la abreviatura "Sry", para referirse a Secretary y, como la versión de El Fénix, dada la respuesta alemana, es la primera hasta ahora conocida en el tiempo, esto lleva a pensar que Ortega y Rubio la tomó de aquí con erratas. Es decir, El Fénix tiene casi exactamente la misma información de Ortega y Rubio y prácticamente los mismos deslices. Eso sí, hay un elemento curioso: en la carta del periódico espirituano aparece el párrafo que firma el tal Doctor Johann Schullez. Todo un llamado a que Europa respalde a España. Sin embargo, este no aparece en el libro español. 

 

-El 15 de mayo de 1913 el Secretario Asistente de Estado, de Washington, acusaba recibo, a la Legación de Estados Unidos en La Habana, de un recorte de La Independencia, de Santiago de Cuba, y comunicaba a su representante que consultada la Secretaría de la Guerra esta aseguraba que no debía dársele mayor consideración al asunto y seguía informándole que dicha Secretaría ya le había respondido a la Secretaría de Estado, el 23 de noviembre de 1908 y el 11 de agosto de 1911, y le había advertido que no existía en los archivos del Secretario Asistente o en la Secretaría misma la alegada instrucción y que esta no tenía autenticidad.[12]

 

-En 1926 apareció La guerra en Cuba, el libro póstumo de Enrique Collazo, quien lo había escrito en 1912. En esta versión de la carta ya aparecen muy notables cambios, respecto a El Fénix, Severo Gómez Núñez y Ortega y Rubio: se incluye en la fecha de la data el mes de diciembre y el firmante es ya J. C. Breckinridge (no Breckenridge). También, aunque se mantiene el rango erróneo de teniente general para Miles, cambia sus iniciales y aparece N. A. Miles. Entre otros cambios se advierte la supresión de párrafos, porque alguien pudo haber creído conveniente junto con el acercamiento a cierta veracidad mediante el cambio de nombres, eliminar instrucciones sobre hechos que no sucedieron o eliminar el término "confederación", al referirse a Estados Unidos en uno de sus párrafos, término que jamás una autoridad de Estados Unidos, después de la Guerra Civil, hubiese utilizado para referirse a la que en todo caso llamaban Unión. Confederación resultaba una verdadera herejía, pues este había sido el título del rebelde estado sudista. Collazo dice que no tuvo el original a la vista, ¿de dónde entonces la tomó? 

 

-Puedo decir que en 1994 revisé los Archivos Nacionales, de Washington, tanto la rama de la Secretaría de la Guerra como la Secretaría de Estado, hasta 1933, y no encontré copia de este documento. Se puede alegar que fue destruido o no ha sido puesto a conocimiento público, pero he encontrado muchos documentos que merecían haber sido ocultados; no obstante, allí estaban.

 

-Para más, el conocido y respetado historiador estadounidense, Philip Foner, quien trabajó duramente y durante largos años en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, aceptó según muestra en su libro La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, el carácter dudoso del documento.[13]

 

-Se dice, como un argumento de peso, que Breckenridge pudo haber escrito el memorándum, porque en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos donde están depositados decenas de pies de documentos de su familia, los de este personaje demuestran que resultaba un conservador imperialista, capaz de redactar tales instrucciones. El único problema es que el famoso texto aparece en su versión más antigua conocida, como escrito por J. M. Breackreazon. Además, en todo caso, el apellido sería Breckinridge, como ya hemos visto.

  

-De todas formas el argumento que me produce más convencimiento de su inautenticidad, es que la carta está fuera de contexto. Mariano Aramburo, alabado como literato y lingüista, presidente de la Academia Cubana de la Lengua, miembro de la Academia de Artes y Letras, y de quien se dice que es voz autorizada a tener en cuenta cuando asegura que "la factura y estilo [del documento] no dejan lugar a dudas acerca de su autenticidad"[1] podría haber sabido mucho de literatura, pero como se verá muy poco de historia. Además, para quienes toman como buenas sus palabras, es necesario que recuerden su antigua afiliación autonomista a quien le convenía creer en la veracidad del escrito. Hagamos un análisis de textos y contextos en relación con el documento. Con ese fin partiremos del texto de El Fénix, por ser el más antiguo conocido y porque después de 1912 ya fueron omitidos párrafos.

 

Dice: "Esta Secretaría de acuerdo con la de Negocios exteriores y la de la Marina, se cree obligada á completar las instrucciones que sobre la parte de organización militar de la próxima campaña en las Antillas le tiene dadas..."

 

Suponiendo que la carta fuera del 24 de diciembre de 1897, pues recuérdese que en las versiones de 1898, 1900 y 1905, no aparece anotado mes alguno:

 

El texto habla de una "Secretaría de Negocios exteriores", y desde la fundación de Estados Unidos esta fue Secretaría de Estado o Departamento de Estado. Hubiera resultado más fácil traducir Secretaría de Estado o Departamento que esa Secretaría de Negocios exteriores.

 

En la fecha la Secretaría de la Guerra no había dado instrucciones de formar planes de campaña en las Antillas. Una muestra palpable del estado inicial de los preparativos para una intervención en Cuba estriba en un memorándum del asistente del ayudante general del ejército de ese país, del 28 de diciembre de 1897. En este, el coronel Arthur L. Wagner pedía autorización para enviar a Cuba dos oficiales de la División de Inteligencia Militar para conocer la situación de "las fuerzas enemigas", pues, si bien decía que no se habían escatimado esfuerzos para conocer "su fuerza numérica y de combate", había cuestiones relativas a su "estado de ánimo y eficiencia" que solo podían precisarse mediante el análisis de miembros de su instituto armado.[14] Este documento revela que todavía el ejército de Estados Unidos necesitaba establecer muchos particulares sobre el probable campo de operaciones en Cuba, por lo cual no puede hablarse de que solo se necesitaba completar instrucciones.

 

También es de recordar que en esos instantes todavía Estados Unidos negociaba febrilmente con España, para que abandonara a Cuba sin guerra, mediante la compra de la independencia de la que sería fiadora, y que sin dudas llevaría después a la anexión.

 

Dice que "el problema Antillano se presenta bajo dos aspectos: el uno relativo á la isla de Cuba, y el otro á Puerto Rico, así como también son distintas nuestras aspiraciones y la política que respecto á ellos habrá de desarrollarse".

 

En primer lugar, la decisión militar sobre la invasión a Puerto Rico se tomó mucho más tarde de diciembre de 1897, la diferencia en el trato que se dio a Cuba solo quedó establecida en la joint resolution, de 20 de abril de 1898, y un subsecretario de la Guerra no puede expresar ideas de política exterior, como las que ahí se delinean, de forma tan categórica. Estas serían más propias del gabinete o el Presidente y no tienen porque incluirse en instrucciones de carácter militar al jefe del ejército.

 

Por cierto, apunta en el párrafo sobre Puerto Rico, que "las autoridades civiles y eclesiásticas que permanecieren en los puntos ocupados (...) serán invitadas á entrar en nuestros servicios".

 

En la versión de 1912, que reproduce Collazo, desaparece ese texto pues como los ocupantes declararon la separación de la Iglesia y el Estado no pudieron invitar a los eclesiásticos a entrar a sus servicios. Es decir, ya la versión está manipulada.

 

Refieriéndose a Cuba la carta entra en pormenores tales como la composición de razas de la isla, juzga a sus habitantes y los cataloga de "indolentes y apáticos", en cuanto a su ilustración asegura que hay desde quienes tienen "la más refinada" hasta "la ignorancia más grosera y abyecta". Añade que "su pueblo es indiferente en materia de religión, y por lo tanto su mayoría es inmoral", como lo es también "de pasiones vivas, muy sensual" y no posee "sino nociones vagas de lo justo y de lo injusto". Para completar la relación de lindezas, agrega que "es propenso á procurarse los goces, no por medio del trabajo, sino por medio de la violencia", y como resultado de su "falta de moralidad es despreciador de la vida humana". Todo un rosario de vicios del peor género volcados sobre el pueblo cubano.

 

No es que algún cerebro sajón no lo valorara -ya se verá-, pero qué sentido tiene toda esta larga tirada en un memorándum de instrucciones sobre la campaña militar. ¿No parecería más bien que se estaba tratando de elaborar un texto que malquistara a los habitantes de Cuba con los estadounidenses? ¿No ajusta este relato de defectos de los cubanos con los intereses de los autonomistas de la isla para lograr la antipatía de los cubanos hacia los estadounidenses en las horas de la guerra?

 

Instruye también el documento en cuanto a Cuba: "Habrá que destruir cuanto alcancen nuestros cañones con el hierro y el fuego, habrá que extremar el bloqueo para que el hambre y la peste, su constante compañera, diezmen sus poblaciones pacíficas y merme su ejército; y el ejército aliado habrá de emplearse constantemente en exploraciones y vanguardias para que sufran indeclinablemente el peso de la guerra entre dos fuegos..."

 

Obsérvese el contrasentido. Se refiere a Cuba y habla de "su ejército"; es decir, el español, porque a continuación habla del que sería hipotético aliado, el cubano. Este lenguaje que hace al ejército español el de la población de la isla, parece un desliz que solo emplearían los propios españoles, los autonomistas o los europeos favorables a España. Precisamente Estados Unidos para justificar su intervención alegaría con toda malicia que el ejército español estaba masacrando la población cubana; es decir, a una población que no era suya. Algo más. Recuérdese que los estadounidenses solo podrían referirse al cubano como aliado, después de que Estrada Palma sin conocimiento del Consejo de Gobierno cubano escribiese, en abril de 1898 (cuatro meses después de la supuesta fecha de la carta), a McKinley para comunicarle que la república de Cuba daría instrucciones a sus generales de ejecutar los planes de los jefes estadounidenses y lo cual, ante el hecho consumado, confirmó el 12 de mayo de 1898 el Consejo de Gobierno.[15]

 

Ahora viene toda una perla. Dice: "La base de operaciones más conveniente será Santiago de Cuba y el departamento Oriental..."

 

Una precisión prácticamente imposible la que ahí se hace, cuando según documentos fidedignos se prueba que, para esa fecha, en la Secretaría de la Guerra no había ni idea del plan de campaña a desarrollar y cuando todavía el Maine no había arribado a puerto cubano, lo cual haría el 25 de enero de 1898. Todavía después del estallido del navío, el 15 de febrero de 1898, las unidades regulares del ejército de Estados Unidos (solo contaban entonces con poco más de 28 000 efectivos)[16] estaban dispersas en el dilatado territorio de la Unión y no se habían llamado las reservas. Tómese en cuenta que solo el 6 de marzo de ese año, McKinley convocó a su despacho al senador Cannon, presidente de la comisión de medios y arbitrios del senado y le expuso que si bien estaba haciendo cuanto podía para evitar la contienda, esta vendría y necesitaba dinero con vistas a prepararse para ella. E hizo entonces un comentario revelador: quién sabía a dónde los llevaría ese conflicto, el cual podía ir más allá de un enfrentamiento con España; es decir, con Europa. Esa aprensión se manifestó al sugerirle Cannon al primer mandatario que enviara un mensaje al Congreso con la solicitud de los fondos. El hombre de Ohio rehusó hacerlo, porque, según alegó, todavía estaba negociando con España, y Europa podía interpretar tal petición como una declaración de guerra y se le acusaría de seguir una conducta taimada. Por fin Cannon aceptó plantear el asunto del crédito como una cuestión suya y, de inmediato, el jefe de la Casa Blanca anotó en un papel la cifra que deseaba, 50 millones de dólares.[17] Por entonces el general Miles insistía en el internamiento de las tropas en campamentos para disciplinarlas, armarlas, uniformarlas e instruirlas debidamente.[18] Incluso, el primer plan trazado por Miles, a causa del pavor a las bajas que calculaba haría la fiebre amarilla, consistía en esperar al inicio de la estación seca, en noviembre, para llevar adelante una invasión a Cuba. Mientras, la única acción de envergadura que se emprendería sería el desembarco de unos 6 000 hombres en Tunas de Zaza, que marcharían a encontrarse con Gómez y sus fuerzas, con el objetivo de entregarles pertrechos y provisiones de boca, y, de inmediato, retornarían a la costa para reembarcarse. Por su parte, el secretario de Guerra, Russell A. Alger, quería preparar fuerzas voluntarias para un desembarco inmediato en la mayor de las Antillas[19] y, para buscar el apoyo de los insurrectos, le encomendó en abril a un teniente de la División de Inteligencia Militar, Andrew S. Rowan, marchar a Cuba y llevar un mensaje (verbal) a Calixto García, en Oriente, en torno a la necesidad de la cooperación del Ejército Libertador en las acciones de las fuerzas de Estados Unidos.[20] Rowan llegó ante el general holguinero solo el 1ro. de mayo. Como acertadamente señala Gustavo Placer en su trabajo mencionado,[21] solo la marina de Estados Unidos tenía planes previos de su movimiento. En realidad el día de la victoria naval en Cavite, ese mismo 1ro. de mayo, fue que McKinley convocó a Long y Alger, los secretarios de Marina y Guerra; a Miles por el ejército y al almirante Sicard por la armada, y propugnó la invasión inmediata a Cuba y Miles lo objetó con sus prevenciones en relación con la fiebre amarilla y el desconocimiento sobre la posición de la flota de Cervera. Pero después del debate, se decidió el desembarco de una fuerza de 40 000 o 50 000 hombres en el Mariel, para iniciar el ataque contra La Habana.[22] Para ese fin, se le pasaron instrucciones al general Ruffus Shafter, quien trataba desesperadamente de organizar uno de los ocho cuerpos de ejército que se había dispuesto armar, con vistas a que saliera de inmediato para Cuba y se apoderara del puerto elegido.[23] Miles, preocupado por la festinación de aquellas órdenes, consiguió que McKinley aprobara la posposición de la salida hasta el día 16 de mayo de 1898. Fue el inesperado arribo de la flota de Cervera a Santiago de Cuba, el 19 de mayo, lo que hizo variar los planes y llevar a la capital oriental el centro de las operaciones militares. Al parecer, a mediados de mayo, mientras se adelantaba en la decisión de enviar la fuerza expedicionaria a Santiago de Cuba, McKinley tomó otra más: ocuparían Puerto Rico y se establecería allí un gobierno colonial permanente.[24] Como se ve, es absurdo hablar de planes militares en diciembre de 1897.

 

Todavía añade el memorándum que desde el departamento oriental se podría verificar "la invasión lenta por el Camagüey" y simultáneamente se enviaría "un ejército numeroso á la provincia de Pinar del Río", con el propósito de completar el bloqueo marítimo de La Habana "con su circunvalación por tierra", pero su verdadera misión sería solo impedir que los españoles siguieran ocupando el interior, "pues dadas las condiciones de inexpugnabilidad de la Habana" no sería conveniente exponerse "á perdidas dolorosas".

 

Curiosamente ante un plan tan detallado como el de esta carta, solo después del 19 de mayo del 98 Miles le presentaría al secretario de Guerra Alger un plan de operaciones consistente en desembarcar las tropas en el sur de Oriente, y después de destruir la flota española a cañonazos, reunir las fuerzas estadounidenses con las de Calixto García y marchar a Las Villas, al encuentro de Máximo Gómez, a quien se le pertrecharía de forma conveniente. Más tarde habría un desembarco en Mariel o Matanzas o más cerca todavía de la capital de la isla y allí dar la batalla final. Todo lo contrario de lo que dice el memorándum, el que por cierto no dice cómo sin esa batalla -es más evitándola- lograrían rendir a los españoles. Pocas horas después de haber presentado este proyecto, Miles planteó otro distinto. Primero desembarcarían en Puerto Rico y Santiago de Cuba. Después de apoderarse de estos objetivos, comenzarían a tomar los puertos de este a oeste de la isla y a suministrar todo tipo de recursos a los mambises. De esa forma, conjuntamente con todas las fuerzas de Gómez y García, avanzarían hasta las inmediaciones de Santa Clara. Por último, se completaría la ocupación de la isla mediante el desembarco de tropas en occidente.[25] Este plan se rechazó: la cita era, fuera de toda competencia, en Santiago de Cuba, donde estaba la flota de Cervera desde el 19 de mayo. Enseguida, se le dio la orden a Shafter de partir con su cuerpo de ejército para el sur de Oriente.

 

Postula después la carta: "Dominadas y retiradas las fuerzas regulares españolas, sobrevendrá una época de tiempo indeterminado de pacificación parcial, durante la cual seguiremos ocupando militarmente todo el país, apoyando con nuestras bayonetas al Gobierno Independiente que se constituya, aunque sea informalmente, mientras resulte minoría en el país. El terror por un lado, y la propia conveniencia por otro, ha de determinar que esa minoría se vaya robusteciendo y equilibrando sus fuerzas, constituyendo en minoría al elemento autonomista y á los peninsulares que opten por quedarse en el país".

 

Quizás, como pocos, este párrafo da una pista de la procedencia del memorándum. Los independentistas resultaban minoría, proclama. ¿Quién podía decir algo así, que no fueran los autonomistas y los peninsulares de la isla? Los estadounidenses sabían muy bien, a través de los informes del cónsul Fitzhugh Lee, que los independentistas no eran la minoría del pueblo de la isla. Por otra parte, ¿con que derecho?, ¿salido de dónde?, un subsecretario iba a atreverse a trazar tal plan, que en todo caso sería cuestión de su gobierno? ¿Por qué, además, mostrarle este al jefe del ejército? ¿Cuál era su necesidad? Todavía menos, ponerlo por escrito. Como se demostraría palmariamente el plan de McKinley, mucho más tarde reflejado en la discusión en abril de la joint resolution, el mandatario nunca tuvo el menor interés de reconocer y menos en instalar provisionalmente o no, un gobierno cubano independentista. Casi a partir de este párrafo se puede colegir que la pluma autonomista había trazado el texto: ellos eran la mayoría. Se puede asegurar que solo a ellos se les ocurriría a esas alturas creerlo o, al menos, afirmarlo.

 

Todavía dice: "La época probable de empezar la campaña será el próximo Octubre; pero hay conveniencia en emplear la mayor actividad en ultimar, hasta el menor detalle, cuanto se refiere á reclutamiento, organización, movilización, armamento y acopio de municiones de boca y guerra, y reunión de medios de transporte, conforme á las instrucciones ya acordadas, y á V. remitidas, para estar listos, ante la eventualidad de que nos viéramos precisados á precipitar los acontecimientos para anular el desarrollo del movimiento autonomista, que pudiera aniquilar el movimiento separatista".

 

Desde luego la campaña comenzó el 14 de junio de 1898, con el desembarco en el sur de Oriente, no en octubre. Es posible que el redactor de la carta falaz la hubiese escrito en mayo, antes del inicio de las operaciones terrestres en Cuba, pero si aún lo hubiese hecho a fines de junio o, incluso, después de la capitulación de Santiago de Cuba, debió contar con que España no pediría la paz casi inmediatamente después de la caída de esa ciudad, sino que los combates seguirían en el resto de la isla con la invasión a occidente. En cuanto al resto de lo que se afirma, como ya expusimos anteriormente, en diciembre del 97 no había tales instrucciones remitidas a Miles. De todas formas, lo mejor del párrafo es la alusión a que el movimiento autonomista pudiera "aniquilar el movimiento separatista". Esa fantasía solo los autonomistas pudieran haberlo escrito. El 8 de enero de 1898 el cónsul Lee le había escrito al subsecretario de Estado William R. Day, "autonomy not cutting any ice",[26] y lo había repetido de forma tan pública, que Cangosto, el secretario del gobierno general de la isla, le pidió explicaciones de su afirmación.[27] Ni siquiera el inefable Dupuy de Lôme, ministro de España en Washington, en su carta al periodista Canalejas, se atrevió a afirmarlo. Para los españoles -quizás menos para el ministro de Ultramar Segismundo Moret- la salida autonomista era ya mera hoja de parra, para tratar de contener la presión de Washington. Sencillamente la afirmación es ridícula y es casi la rúbrica de los autores del memorándum. 

 

Conclusiones:

 

Todo evidencia que el original de este documento es la versión que aparece en El Fénix. Es la más antigua conocida y, por tanto, hay que partir de ella para cualquier análisis. Después aparecerían las de Severo Gómez Núñez y Ortega y Rubio. Gracias a las tres versiones y sus inexactitudes, se puede afirmar que la carta es totalmente apócrifa y que, por el camino y en un momento determinado, se cambiaron datos esenciales para tratar de acercarla a la verdad: un Breackreazon, de quien no había la menor huella en la Secretaría de la Guerra, se tornó en Breckinridge o Breckendrigde, y las iniciales J. S. -que nada dicen, se metamorfosearon por las verdaderas del mayor general Miles; o sea, N. A. Eso lo debe haber hecho alguien entre 1905 (versión de Ortega y Rubio) y 1912 (versión de Collazo). Es decir, se buscó un apellido que al menos se supiera existía en la Secretaría de la Guerra y se cambiaron las iniciales del mayor general Miles. Eso sí, casi seguramente que quien hizo las modificaciones desconociera que en la fecha supuesta el rango militar de Miles era el de mayor general y no el de teniente general y, por eso, lo mantuvo. De todas formas, se debe insistir en que la mayor evidencia del carácter apócrifo está en el propio texto de la carta.  

 

Incluso, si de manera casi imposible por lo que afirma la Biblioteca Alemana un día apareciera el tal Allgmeine Zeit, no deben caber dudas de que la carta no resultaría otra cosa que un montaje alemán, con vistas a apoyar a España a colocar en mala situación a Estados Unidos ante Europa.

 

Reitero que me inclino a creer que el montaje se produjo en Sancti Spíritus, después de estallada la guerra, posiblemente entre mayo y julio de 1898, quizás al amparo del ex coronel de la Guerra de los Diez Años, el conspicuo Marcos García, contra quien Martí guardaba tantas prevenciones y que bajo el régimen autonómico fue designado primero alcalde de Sancti Spíritus y después gobernador de la provincia de Las Villas, cuando la guerra ya había estallado. Considero que aquel memorándum nunca se escribió en la Secretaría de Guerra de Washington, aunque los hechos posteriores demostrarían que la suma malevolencia de la actitud de Estados Unidos hacia Cuba, que venía de antaño, hacía la carta digna de que fuese legítima.

 

Recuérdese que desde principios del siglo XIX fuertes corrientes anexionistas se manifestaban entre los grupos de poder de Estados Unidos, en su propio Congreso, gobierno y prensa hacia la isla. En noviembre de 1805, Thomas Jefferson llegó a decirle a Anthony Merry, el representante británico en Estados Unidos: "La posesión de la isla de Cuba es necesaria para la defensa de la Luisiana y la Florida porque es la llave del Golfo",[28] y en 1823, en dos ocasiones, quedó plasmada la apetencia sobre la isla, gracias al secretario de Estado, John Quincy Adams: primero, mediante la teoría de que Cuba separada de España, como una fruta madura, caería obligatoriamente en el regazo de Estados Unidos y, también, en virtud de la Doctrina Monroe. Al mismo tiempo se llevaban adelante las acciones para impedir que la isla se volviera independiente gracias a la solidaridad latinoamericana, tanto por cuenta de Bolívar, como de México.

 

A medida que pasaron los años, a las ambiciones geopolíticas de Estados Unidos sobre la Gran Antilla se unió la del régimen esclavista del sur de esa nación, necesitado continuamente de expandirse, y no fueron pocos los intentos de comprarla que llevaron adelante varios gobiernos de aquel país. La pretensión quedó expresada de manera resonante, en 1854, en el Manifiesto de Ostende, mediante el cual tres diplomáticos de Estados Unidos, reunidos por instrucciones del Departamento de Estado, fijaron el pensamiento estadounidense en torno a Cuba: "Ciertamente -dijeron- la Unión jamás podrá disfrutar de reposo, ni conquistar una seguridad verdadera mientras Cuba no esté comprendida en sus límites".[29]

 

Al estallar la Guerra de los Diez Años los gobiernos de Estados Unidos no solo no le prestaron el menor apoyo a la lucha cubana, sino que la obstaculizaron en todo lo posible. De no ser Cuba propiedad de la poco amenazante España, debía ser estadounidense. Luego, durante la Guerra de Independencia, los gobiernos de Cleveland y McKinley volvieron a adoptar una postura contraria a la redención cubana. Otras razones adicionales que en esta nueva etapa movían a Estados Unidos a no apoyar la lucha de los hijos de la isla, pero sí a tratar de anexársela, la daría el senador Henry Cabot Lodge, un furibundo imperialista, quien escribiría en la revista Forum: "Del Río Grande al Océano Ártico no debe haber sino una bandera y un país (...) Inglaterra ha tachonado las Antillas con plazas fuertes que son una amenaza permanente para nuestro litoral del Atlántico. Debiéramos tener en esas islas por lo menos una fuerte estación naval y cuando se construya el Canal de Nicaragua la isla de Cuba, todavía poco poblada y de casi ilimitada fertilidad, llegará a convertirse en una necesidad para nosotros".[30]

 

Un dato convincente sobre la voluntad de la Casa Blanca de apoderarse de Cuba lo daría, el 29 de junio de 1897, el Tribune, el periódico dirigido por Whitelaw Reid, consejero aúlico de McKinley y casi su vocero. En un artículo afirmaba que, durante 75 años, Estados Unidos había favorecido la anexión de la Gran Antilla y finalmente la estimaban inevitable.[31] La íntima conexión de Reid con McKinley no deja dudas de que se estaba preparando la opinión pública para la eventualidad prevista.

 

En el mismo sentido apetente el general Steward L. Woodford, un amigo personal de McKinley, ministro de Estados Unidos en España, escribiría a Dear Mr. President, el 17 de octubre de 1897: "La paz [en Cuba] puede dar origen a la anexión como necesario resultado final. Espero que la anexión no se produzca hasta que los cubanos hayan aprendido cómo gobernarse, o hasta que suficientes estadounidenses hayan ido allá para crear una ciudadanía firme e inteligente".[32]

 

Por su parte, el cónsul de Estados Unidos en La Habana, Fitzhugh Lee, informaba por entonces a Washington que cuando llegara la paz y la isla hubiese sido purificada por la presencia de un número suficiente de sus inteligentes y emprendedores conciudadanos, hombres educados en las instituciones de la democracia, convertidos estos en la espina dorsal del país y el resto de la población indígena resultara americanizada rápidamente, vendría la aceptación de la anexión.

 

Perplejos quedarían los cubanos cuando conocieron que en las palabras en el mensaje de McKinley al Congreso, en abril de 1898, este había solicitado autorización para emplear las fuerzas armadas de Estados Unidos para desalojar a España de Cuba, y allí planteaba "el empleo de medidas hostiles contra ambas partes contendientes";[33] es decir, considerar enemigos tanto a españoles como cubanos.

 

Con motivo del famoso memorándum viene también al caso recordar que cuando ineludiblemente interesó a Estados Unidos la cooperación del experimentado y aguerrido Ejército Libertador, su prensa exaltó el carácter de héroe del mambí; mas, cuando ya tuvo la victoria en las manos, el bizarro combatiente cubano comenzó a presentarse con otros tintes. Entonces, muchos de los corresponsales que habían venido a la guerra lo pintaron con los colores más horrendos, para que así fuese tragado por un público mayoritariamente acrítico, formado para creer, a pie juntillas, lo que decían los medios de información y que Cuba pudiera ser absorbida sin protestas. De pronto, la imagen que se creaba del soldado insurrecto resultó la de un asesino, un bandido, que mataba de golpe a 50 prisioneros como acreditó en un caso el Journal, de Nueva York,[34] que robaba provisiones y despojaba a los cadáveres de sus mochilas, y huía en el combate. Además, resultaba un vago y mal aliado y se había negado a ayudar a las tropas estadounidenses, a abrir caminos o cavar trincheras.[35] Cualquier vilipendio le era achacable.

 

La mala opinión sobre los mambises alcanzaba a altos jefes estadounidenses. Ante la amenaza de bombardeo a Santiago de Cuba, durante la contienda, y autorizarse a abandonar la ciudad a los extranjeros, el general Shafter, jefe de las fuerzas estadounidenses desembarcadas, se permitió instruir a Calixto García que las tropas cubanas debían evitar inferirles daño alguno a los evacuados,[36] cuestión que el gran cubano supo responderle dignamente.

 

Tampoco es posible echar a un lado que Theodore Roosevelt, entonces segundo jefe de los rough riders y futuro presidente de Estados Unidos, con el propósito de denigrar al soldado mambí, escribiría sobre sus "aliados": "Los soldados cubanos eran casi todos negros y mulatos y estaban vestidos con harapos y armados con toda clase de fusiles antiguos. Resultaban totalmente incapaces para enfrentar un combate serio o sostenerse contra un número muy inferior de tropas españolas, pero esperábamos usarlos como exploradores y para escaramuzas. Se probaba, por varias razones (...) que no debió estar un solo cubano en el ejército [estadounidense]. Ellos no desempeñaban literalmente ningún papel, mientras que se volvían una fuente de problemas e impedimentos, y consumían muchas provisiones".[37] Estas injurias, rotundas y falaces, debidas al seso de tan destacado imperialista, autoseleccionado como miembro de una raza superior olvidaba que fueron esos valerosos combatientes quienes probablemente impidieron a los españoles que las tropas españoles echaran a la de Estados Unidos al mar. Cuestión reconocida, entre otros, por los generales del país ibérico Linares y Pando.

 

Tampoco hay que olvidar las palabras del general Samuel Young, quien hizo la campaña de Santiago de Cuba, de que los insurgentes eran "unos degenerados totalmente desprovistos de honor y gratitud" y "tan incapaces de gobernarse como los salvajes de África".[38]

 

Una vez terminada la Guerra Hispano-cubano-estadounidense, volvió a estar muy presente el tema de la anexión. El general de voluntarios, Leonard Wood, fue designado al frente del departamento oriental, ocupado por las tropas de Estados Unidos. Wood en carta al secretario de la Guerra, Alger, le diría: "Por otra parte, consideramos que el Gobernador de Cuba debe ser civil, un hombre de negocios que conozca las costumbres y necesidades del pueblo, con buen dominio del idioma español, sensato, íntegro, honorable y que goce de la estimación de los americanos y los extranjeros. El ejemplo de un hombre de esa índole adelantaría la anexión sin la cual todo propietario español, cubano o de otra nacionalidad coincide en que no habrá una prosperidad perdurable. El marqués de Pinar del Río, uno de los hombres más ricos e influyentes de Cuba se encuentra actualmente en Nueva York. Vino a La Habana siendo un niño pobre, obtuvo su título, ha sido representante en las Cortes españolas unas veinte veces y posee un singular nivel de información. Él considera que la anexión es el único camino hacia la prosperidad".[39]

 

¿Quién era el personaje que proponía el general Wood para gobernador de la isla? Nada menos que a Leopoldo Carvajal, peninsular, gran propietario de fábricas de tabacos y, escúchese bien, ex coronel de voluntarios y antiguo presidente del Partido Unión Constitucional. ¡Nada más y nada menos!

 

En el verano de 1899 el senador republicano Chauncey Depew, al dar a conocer una vez más sus puntos de vista desaforadamente expansionistas, declaró que pronto la emigración a Cuba, desde el país del Norte, aumentaría de modo tal que la mayoría de la población sería como consecuencia estadounidense.[40]

 

Por su parte, Robert P. Porter, comisionado especial de McKinley y la secretaría del Tesoro para Cuba y Puerto Rico, anotaría por entonces: "La labor de absorción final puede tomar una generación, pero vendrá de seguro. Una vez anexada, Cuba se volverá un país angloparlante...".[41] 

Otro tanto lo diría Richard B. Olney, ex secretario de Estado del presidente Cleveland, abogado y financiero de Wall Street, muy ligado a sectores de negocios de Estados Unidos, quien planteaba hacer de Cuba legalmente lo que consideraba ya era en los hechos: un territorio de la Unión.[42] Esa adquisición, valoraba, era necesaria e inevitable para Estados Unidos.[43] Entre paréntesis el ex presidente Cleveland, antes favorable al mantenimiento de Cuba bajo el yugo de España, ahora sostenía el criterio de que Cuba no estaba preparada tan siquiera para ser anexada de inmediato y pasara a ser un estado, un territorio o una colonia de Estados Unidos. Estimaba, con criterio racista y peyorativo de toda laya, que antes debía pasar por una limpieza étnica.[44]
 

Bajo la intervención de Estados Unidos durante casi tres años se hicieron esfuerzos máximos para que Cuba aceptara la anexión o, al menos, de forma sesgada el dominio estadounidense. La resistencia cubana fue obstinada, hasta que al fin vino la imposición de la enmienda Platt, que permitiría entre otras humillaciones la posible intervención permanente de tropas de Estados Unidos en la isla, así como el establecimiento forzoso de bases carboneras para la flota de la potencia del Norte y ya, en pleno siglo XX, más de una vez las botas de los soldados de Estados Unidos hollaron el suelo cubano, convirtieron a los gobiernos de la isla en dependientes de los estornudos de Washington para que se soplaran las narices en La Habana, constituyeron el horcón de apoyo para las tiranías de Machado y Batista y, mientras, con apetito opiparo sus capitales se apoderaran de las mejores tajadas de la riqueza de la isla y se constituyera la neocolonia de Cuba. Esas y toda otra larga teoría de vejámenes y ofensas, crearían no poco resentimiento en el pueblo cubano y permitirían que a nadie le extrañara que los términos de la notoria carta o memorándum fueran ciertos.
  

Todos los elementos y párrafos anteriormente espigados del memorándum y otros muchos pasajes de la historia cubana, serían suficientes para que pudieran servir de endoso a la credibilidad, que tantas veces recibió el documento Breackreazon. Pero, también, para afirmar que si bien este no es legítimo, no resulta necesario para corroborar el perverso papel del imperialismo de Estados Unidos en nuestra historia y nadie podrá afirmar que empleamos esos elementos torcidos para documentar nuestras verdades.
 



[1]
Revista Jurídica, La Habana, año I, vol. II, octubre de 1912, pp. 358 y ss.

[2] Enrique Collazo, La guerra de Cuba, Casa Editora Librería Cervantes, La Habana, 1926, p. 186 y ss.

[3] Horatio Rubens: Libertad; Cuba y su Apóstol, La Rosa Blanca, La Habana, 1956, 296 y ss.

[4] Russell A. Alger: The Spanish-American War, Harper & Brothers Publishers, New York, 1901, pág. 8.

[5] American Historical Review, vol XXXIX, abril de 1934, pp. 485 y ss.

[6] Severo Gómez Núñez: La Guerra Hispano Americana, Imprenta del Cuerpo de Artillería, tomo III, 1900, pp. 189 y ss.  

[7] Departamento de Historia Militar, del Instituto de Historia de Cuba: Boletín de historia militar, pp. 62 y ss.

[8] Juan Ortega y Rubio: Historia de la regencia de María Cristina de Habsbourg-Lorena, tomo III, Imprenta, Litografía y Casa Editorial de Felipe González Rojas, Madrid, 1905, pp. 439 y ss.

 

[9] "De White, Berlín, a Sherman, secretaría de Estado", 19 de octubre de 1897. National Archives of United States (US/NA), Record Group (RG) 59, General Record of the State Department, Diplomatic Despatches, Germany, vol. 64.,

[10] El Fénix, 20 de julio de 1898. Archivo Provincial de Sancti Spíritus.

[11] Ibíd.

[12] National Archives & Record Services (NA & RS): Microcopy 509 roll 1, Archivos del Departamento de Estado relativos a las relaciones políticas entre los Estados Unidos y Cuba.

[13] Philip Foner: La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, volumen 1, pág. 268, nota.

[14] "Memorándum de Arthur L. Wagner, asistente del ayudante general", de 28 de diciembre de 1897. US/NA, RG 296, War College Division, General correspondence, no. 6821.

[15] Actas de las asambleas de representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia, Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1933, t. IV, p. 56.

[16] "Report of the Comission Appointed by the President to Investigate the Conduct of the War Department in the War with Spain", Washington, 1899, p. 9. US/NA, RG 107, Office of Secretary of War, General Correspondence.

[17] Walter Millis: The Martial Spirit, The Viking Press, New York, 1930, pp. 115 y 116.

[18] Ibíd., p. 153.

[19] Ibíd., p. 154.

[20] "De Rowan al Adjutant General", 27 de junio de 1898. US/NA RG 296, War College Division, General Correspondence, doc. 6 821; Philip Foner, op. cit., vol. II, p. 6.

[21] Departamento de Historia Militar del Instituto de Historia de Cuba, Boletín cit., pp. 62 y ss.

[22] Russell A. Alger, op. cit., p. 46; G.J.A. O'toole: The Spanish War, W.W. Norton and Co., New York, London. s/f., p. 199; Walter Millis, op. cit., p. 207.

[23] Russell A. Alger, op. cit., p. 47.

[24] Walter Millis, op. cit., p. 226.

[25] Ibíd., p. 51 y 52.

[26] "De Lee a Day", 8 de enero de 1898. NA & RS, microcopy T-20, roll 131.

[27] "De Cangosto a Lee", 11 de enero de 1898. Archivo Histórico Nacional, España, sección de Ultramar, leg. 4963, expte. 552.

[28] Citado por Jesús Pabón: Días de ayer, Barcelona, 1963, p. 146.

[29] Donald Barr Chidsey: La guerra hispano-americana; 1896-1898, Barcelona-México D.F., 1973, p. 175.

[30]  Herminio Portell Vilá: Historia de la guerra de Cuba y sus relaciones con los Estados Unidos y España, Jesús Montero Editor, La Habana, 1941, pp. 43 y 44

[31] David Healy: US Expansionism; the Imperialist Urge in the 1890s. The University of Wisconsin Press, Madison, 1976, p. 50.

[32] "De Woodford a McKinley", 17 de octubre de 1897. NA & RS, microcopy 31, roll 123.

[33] "Mensaje del presidente McKinley al Congreso de Estados Unidos", de 11 de abril de 1898. Foreing Relations of the United States, Diplomatic Papers, 1898. United States Government Printig Office, Washington, 1899.

[34] "De Alger a Shafter", 6 de julio de 1898. US/NA, RG 94, no. 203 045.

[35] "De Estrada Palma a Calixto García", 23 de julio de 1898. Archivo Nacional de Cuba (ANC), Copiador de correspondencia de la Delegación de Nueva York, del Partido Revolucionario Cubano, t. 18, sigt. 26.

[36] Aníbal Escalante Beatón: Calixto García; su campaña en el 95, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, p. 591.

[37] Fitzhugh Lee y otros: Cuba's Struggle Against Spain, The American Historical Press, New York, 1899, p. 645.

[38] Walter Millis, op. cit., p. 362.

[39] "De Wood a Alger, 19 de enero de 1899". US/NA, RG 350, General Records 1898-1945, caja 33.

[40] Diario de la Marina, 21 de junio de 1899.
[41]
Robert P. Porter: Industrial Cuba, Young People´s Missionary Movement of the United States y Canada, New York, 1899, p. 44.
[42]
Philip Foner, op. cit., vol II, p. 208
[43]
David Healy, op. cit., p. 55.
[44]
Herminio Portell Vilá, t. IV, op. cit., p. 72.


[1]. Mariano Aramburu: Doctrinas jurídicas, Cuba intelectual, La Habana, 1916, p. 158.

                                            
 

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