Año VI
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Beatles contra Duran Duran
Mirta Yáñez
Para Diony

Para Jafet

La gente que sueña bien siempre me ha matado de envidia. El mío es un caso desesperado. He acudido a un psiquiatra para averiguar la causa de mi vulgaridad dormitiva. En el hospital me entrené las neuronas con unas cuantas sesiones de cuéntame tu vida, hipnotismo y hasta acupuntura, aunque de estos intentos simplemente no saqué mucho. Terminadas las consultas yo apenas enarbolaba una receta de cuarenta trifluoperazinas y, MENOS MAL, un diagnóstico según el cual mi problema no consistía en falta de imaginación, sino en algo profundo. En mi barrio, este método de análisis es conocido como el descubrimiento del agua tibia. Mi loquero se limpió el pecho, pero yo habría quedado más conforme si el doctor me hubiera garantizado visiones nocturnales, pesadillas extravagantes o, tan siquiera, lo mismo que mis compañeros de trabajo. No hay nada en esta vida que me produzca mayor complejo de inferioridad como el desgraciado momento de la mañana, cuando llega al departamento un socotroco de esos que ustedes saben que de día no da pie con bola y suelta la frasecita puñetera «Anoche tuve tremendo sueño». Y dale, sin más preámbulo, a Contarle al mundo entero una historia buñuelesca, absurda, morbosa, llena de relojes derretidos como una mantequilla o gallinas con gavetas en el buche al estilo de Dalí. Tú te preguntas cómo es eso posible.

Durante años y años he soportado esta situación. La envidia me corroe el alma. Invariablemente los sueños de esa gente son en technicolor y cinemascope. Y yo a todo tirar, en blanco y negro, ocho milímetros, soñando cada noche las mismas cosas que me pasan durante el día. En Cuba hay diez millones de habitantes y, sin profundizar en las estadísticas, me atrevería a afirmar que soy la única persona en la Isla que utiliza para sus sueños material de archivo, reposiciones, retransmisión literal de la vida cotidiana, el tira y encoje del departamento, lo acostumbrado en el hogardulcehogar. Qué aburrimiento, qué desgracia es la mía. Nadie me lo puede negar. Me da mucha vergüenza confesar lo que sigue a continuación, pero debo admitir que en lo que llevo de existencia aún no se me ha presentado un dragón rosado.

Aguántense, pues ahora viene lo peor. Desde que era chiquita me adelanto a los acontecimientos. No me refiero a presentimientos, oráculos de Delfos ni a ninguna novelería de esas, sino a un asunto más prosaico. Si en la escuela me anunciaban prueba de Aritmética, la noche anterior al ejercicio soñaba que estaba sentada en mi pupitre, delante de una aterradora hoja en blanco, suma, resta, responde de memoria la maldita tabla del siete. Cuando al fin llegaba la hora del examen, el de verdad, no podía evitar la impresión agotadora de que yo había pasado ya por todo aquello.

Sin ir más lejos: el mes pasado me enteré, desde un lunes, que alguien iba a inspeccionar mi clase del jueves siguiente. En mala hora me dieron el pitazo. El jueves de referencia tocaba una materia vomitiva, si se me permite hablar así en público de las sinécdoques y las metonimias. ¡Qué les cuento! Estuve tres noches, una atrás de otra, machacando el mismo punto del programa, con la agonía extra de medir el tiempo para la exposición, que terminara rayando junto a la campana del receso y, además, con la vicedecana Justina colada tres ocasiones seguidas en mi pesadilla. Un martirio medieval. La Inquisición era una niña de teta comparada con esto. En síntesis, frente a cualquier cuestión un poco jodida (perdonando la palabra), mi subconsciente se mete las madrugadas en trance, buscándole solución. Ni se sabe las veces que me divorcié de Evelio, dormida a pierna suelta, antes de firmar el papelito legal en la notaria de la calle San Rafael. Freud se hubiera quedado turulato ante mi hoja clínica. Claro, la situación se complica por la aparición de los letreros.

Lo de los letreros no es exclusividad mía. Comparto el copyright con mi familia. En mi casa somos muy cómodos y cuando se nos mete una idea en la cabeza o queda un encargo pendiente, a nadie se le ocurre nada mejor que escribirlo con letras trogloditas en la pared, y en aquella pared que venga más a mano. Nunca nos hemos ocupado de borrarlos y, que yo recuerde, en treinta años no se sabe lo que es un brochazo de pintura en esta casa, así que los carteles se han ido montando unos sobre otros, se prestan a confusiones terribles, algunos hasta aparecen con fe de erratas, te matan de la risa y hay cosas que incluso dan ganas de llorar: lunes 15 entierro del abuelo, y a continuación no se coman el pudín que es mío; encima del televisor está anotado acuérdate niño de lavarte los dientes antes de ir al dentista, y enfrente el domingo hay trabajo voluntario; a todo lo largo del pasillo puede leerse todavía esto cambiar la vida dijo Rimbaud y en la ventana de mi cuarto, con mi propia letra, dice mañana llega y el nombre está tachado, así que ahora no era capaz de recordar quién llegaba aquella perdida mañana del pasado; dentro del baño se podían distinguir todavía las declinaciones del latín y arriba estampado lo siguiente la semana próxima comprar regalo de aniversario; cada vez que entra un visitante novato se sobrecoge ante la puerta de la calle donde se mantienen unas mayúsculas esotéricas: restaurar EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.

Para no hacer muy largo el cuento, por la tal maña de 1as vallas familiares, de un tiempo a esta parte los sueños me vienen con letreros. No hago más que pegar los ojos y ya se anuncia el Sueño de la autoevaluación anual, y allí aparezco yo misma en la pesadilla redactando el informe que debo volver a escribir el día siguiente. Trabajo doble caballeros. O más serio aún: Sueño de la reunión de departamento que luego me tengo que soplar otra vez, igualita, con pelos y señales, la gente diciendo las mismas cosas. Cuando digo las mismas cosas no es exageración. Qué daría yo por soñar que camino por la Rampa envuelta en un peplo de gasa transparente, o que le clavo una saeta envenenada con curare a algunos colegas del susodicho departamento o, al menos, que me encuentro con el aula llena de enanitos verdes. Pero nada. Siempre lo mismo de siempre. Aclaro que esta redundancia no se me escapó, es intencional. Ya quisiera verlos a ustedes en mi caso, sin cambiar los canales, día y noche con la misma programación. En fin, como en sueños tuve la oportunidad de conocer los avances, por las mañanas ya sé lo que me espera.

Lo de la otra noche, por ejemplo. Llegué bastante tarde de la facultad, me preparé algo de comer y me fui a la cama armada con el bocadito de queso, un bolígrafo y cinco toneladas de exámenes para calificar. En el momento que recostaba la cabeza encima de la almohada, divisé un nuevo cartel, escrito con plumón rojo vivo sobre mi librero esmaltado: mima, no te olvides de firmarme la planilla. La mencionada planilla estaba, por su parte, pegada con un trocito de scotch-tape al Diccionario Larousse Ilustrado. Sin moverme de mi sitio, pude darme cuenta de que se trataba de la inscripción en el Servicio Militar General.

En resumen: el asunto fue que durante toda la noche no se me desconectó la mente del dichoso problema de la planilla, de punta a cabo, hasta el amanecer, soñando una polémica espantosa con mi hija Pilar.

Una pesadilla de las peores. Supongo que no resulte una novedad para el auditorio declarar que el estreno mundial de esta pesadilla estuvo acompañado por el habitual letrero que intitula mis sueños. Aunque debe permitírseme añadir que este rótulo tenía la propiedad de encenderle la sangre a cualquiera. Su diseño gráfico quedaba acuñado por el estilo gótico, mas el lenguaje pertenecía al género de habanero reyoyo: Salación entre la mamá y su «hijita» única. Prometedor, ¿verdad?

El punto de partida de la discusión fue la bendita planilla que YO ESTOY NEGADA A FIRMAR, según afirmaba Pilar con la boca crispada y el pelo imitación a la Juana de Tarzán. Yo no me quedaba callada. Siempre me he ganado fama de lengua dura, y mi hija tiene a quien salir. Nos poníamos, como se dice, de vuelta y media.

De acuerdo con sus parlamentos textuales, me he convertido en una vieja reaccionaria, acomodada, que no levanta el culo del buró, que lo único que me importa es que no se rompan las copas de la vitrina. A renglón seguido, me tocó mi turno en el sueño. Lo de las copas no lo comenté, porque quedan tan pocas que no vale la pena. Que me niego a firmar la planilla y aquello de «vieja reaccionaria» me parecen ambas cosas exageradas, a causa del acaloramiento de la bronca, y así se lo hice saber a Pilar. De paso le informaba que era una mocosa pedante, que se quería gobernar sola y yo no lo iba a tolerar. Por último, en relación con la cita sobre la anatomía de su madre, le endilgué una frase recurrente en el repertorio maternal cubano. Frase que, además de inexacta, fue abusiva de mi parte. Pero ya ustedes conocen bien cómo son las peloteras hogareñas.

Pilar demoraba en reponerse de mi ataque. Creyendo que asediaba un flanco débil del enemigo, cometí el error táctico de emplear entonces un tono protector. Tuve la mala ocurrencia (y sigo todavía en brazos de Morfeo) de empuñar el argumento antalógico que preside todo careo generacional: «En MI época...»

Después de esa tercera palabra, mi perorata quedó trunca. Pilar saltó como un tigre en acecho y me propinó un zarpazo con el currículum familiar. Recorrió completo el álbum del linaje casero desde el siglo pasado hasta antes de ayer. Allá se remontó con el ejemplo de la tía bisabuela Beatrice, que había soportado creativamente su cautiverio de veintidós años entre los indios guaicurúes de la Pampa, aguerrida concubina del cacique y con quien aprendiera costumbres tan poco ortodoxas como el lanzamiento de boleadoras (tenía una puntería que metía miedo); luego Pilar invocó a la abuela Leonor, de ella se contaba cómo en su adolescencia rechazó la petición de mano que le hiciera un barón germánico con tal de defender su libertad y largarse a correr fortuna en América, escondida en calidad de polizonte dentro de la bodega de un barco francés, en plena Primera Guerra Mundial; pasó lista, por supuesto, a la esposa del tío Federico, aquella vehemente Teté, tabaquera en huelga durante los años treinta, que mantuvo ella sola una prole de doce varones cuando tío Federico cayó preso por comunista en 1952; y ya dejando atrás la prehistoria, qué me dices de la prima Margarita, chofer al timón de un convertible rojo candela por aquellos tiempos en que a nadie se le ocurría desafiar de esa manera al qué dirán, un escándalo superlativo. Hasta llegar, por fin, el tiro de gracia, tú misma, yo, le madre que la parió, desobedeciendo consejos y prohibiciones se había ido a recoger café en las montañas de Oriente, siendo una niña todavía.

A duras penas le respondí. Escuchaba mi propia voz, que retenía aún una gota de derrotada ironía, ripostando que me parecía muy bien el recuento sobre los antecedentes de liberación femenina en la parentela, pero que me seguía sonando desmesurado eso de que la niña de mis ojos renunciase a estudiar una carrera tan bonita como Historia del Arte, para ir a parar detrás de una ametralladora cuatro bocas a tirar tiros.

Por la mañana me desperté con el hígado a la vinagreta. Cómo era posible que el subconsciente me jugara esa mala pasada Y se me saliera en sueños la mamita convencional, que no quiere que su «hijita» única corra peligros, metidita bajo las faldas de su mamá. No me perdonaba la frase picúa, ustedes saben de cuál estoy hablando. ESA de «Una carrera tan bonita». Me doy asco.

Aunque tampoco podía olvidar los insultos que hubo de dedicarme Pilar durante el sueño.

Esa era la razón de la cara de perro bull-dog que yo ofrecía a la humanidad la mañana siguiente, como si me hubiera fajado de verdad, mientras me estaba tomando el desayuno Y entró Pilar con la grabadora a todo volumen, seguro el botón de los agudos puesto al tope. Del equipo escapaba una melopea capaz de romperle los tímpanos a la Esfinge de Gizeh.

Pilar se sentó a la mesa y no le bastó con comerme la tostada que ya me había tomado el trabajo de untar con mermelada, sino que además posó su artefacto encima de los planes de clase, las libretas de asistencia y otras papelerías.

-¿Por qué amaneciste con esa cara? -me preguntó.

-Huuuumm -le contesté, escasamente, aprovechando que tenía la boca llena.

-Bueno, bueno, tienes razón -respondió sin que le importara mucho la lógica. Luego amenazó:

-Quiero que oigas esta canción desde el principio a ver qué te parece.

Vi con horror que apretaba la palanquita del rewind, retrocedía la cinta del casete, su índice empujaba hacia abajo el play y empezaba de nuevo aquella mescolanza de chillidos, latigazos y BOM BOM BOM.

Levanté las cejas lo más alto posible y dije:

-En MI época -la frase me resultó abominable a mí misma desde el principio-la música era muchísimo mejor.

Pilar me examinó de arriba a abajo como si un dinosaurio se hubiera decidido de repente a hacer un comentario sobre el arte contemporáneo. Me da la impresión de que Pilar no estimó necesario utilizar argumentos contundentes así sólo hizo uso de una vocecita imitativa y repiqueteo:

-Que si tao tao, que si los Beatles eran geniales, esos que sí, que esto y lo otro, que si lo de más allá...

-Chica, Pilar, no irás a discutirme que ellos son los músicos del siglo. Y pensar que en mi juventud había que soltar sangre, sudor y lágrimas para oír una canción de los Beatles. Y tú te das el lujo de...

-¿Qué estás hablando, mamá?

-Nada. A ustedes todo les resulta demasiado fácil.

No pude evitar el énfasis en el final de la frase. Traté de arreglarlo, pero ya era demasiado tarde. Pilar se erizó como un gato escaldado.

-Esa cantalina ya me la sé de sobra. Ay, vieja, el mundo cambia.

-Ah, sí, sí -le contesté, devolviéndole la pelota-. Yo también me conozco ese cantico. Pero, Pilar, las modas siempre vuelven al punto de...

No en vano Pilar es hija mía, así que la capturó al vuelo y se anotó un tanto:

- Tú misma me has enseñado que vuelve, mamá, abre comillas, aunque en un paso superior de la espiral, cierra comillas, Engels, Sobre la dialéctica, Obras escogidas, tomo III. Párate delante del espejo. Te has quedado atrás. Te estás poniendo vieja.

-Cierra comillas Pilar la Sabihonda Obras completas, tomo XVII.

-No te hagas la graciosa, mamá. Y enfréntate a los hechos. Te lo digo en serio.

-¡Figúrate tú! -yo estaba en franco repliegue.

Óyeme bien, ahora lo que está de moda es el rock duro, un peinado con onda, la ropa anchota. Te vistes igual que todos los vejestorios de tu trabajo.

Esa fue una oración malvada. Sin embargo, mi hija se apuntó otro tanto. Me sentí como una momia, un carcamal decrepito, la estampa de Matusalén. El Juego estaba dos por cero. Reconocí abiertamente la desventaja y me miré con recelo en el espejo. Allí vi reflejada la imagen de una señora mediotiempo, con una saya apretada a la cadera, zapatones de tacón cuadrado y la blusa de floripondios por fuera y también demasiado pegada al cuerpo. Confieso que esa figura no me gustó ni gota, aunque todavía traté de defenderme:

-No querrás que me convierta en una vieja dama indigna.

-¿Una vieja dama qué? No te entiendo.

De pronto sentí entre Pilar y yo un abismo que no tenía fuerzas en esos momentos para franquear. En alguna ocasión más propicia trataría de vadear esa zanja que a veces se abre ante la gente que se quiere, unas por culpa del lenguaje y otras por cosas más graves.

-Un día te explico. Es un dicho de mi época. Y para que te quedes completa: tengo la sensación de que acaba de entrar el ángel exterminador, así que me voy corriendo...

Mientras rescataba mi papelería, Pilar me observaba con expresión de auténtico asombro. No obstante, debe haberse recuperado con rapidez, pues antes de llegar a la esquina oí que mi hija me gritaba desde el balcón (no podía esperar a más tarde), con la grabadora en ristre.

-¡A mí también me gustan los Beatles! ¡Pero estos son los de AHORA!

Me picó la curiosidad. Supongo que ese intercambio de palabras le haya, con probabilidad, parecido un poco extraño a la presidenta del comité, que apreciaba toda la maniobra desde su portal, mas yo no podía pasar por alto esa laguna musical. Grité a mi vez:

-¿Cómo se llaman?

-iDuran Duran! -respondió finalmente Pilar con un alarido.

La segunda parte de esta historia cambia por completo de escenografia. La tarde que siguió a la contienda gladiadora con Pilar, me anunciaron un viaje, de ahora para luego, a Nicaragua. Mi contentura fue tal que sencillamente me olvidé del sueño de la planilla, de la dichosa planilla en sí misma, visible aún sobre el lomo de mi Diccionario Larousse Ilustrado, y también del match sellado entre los Beatles y Duran Duran, con ligera ventaja para estos últimos, aunque los Beatles jugaban con las piezas blancas.

Me veo en la obligación de reconocer (harakiri a la vista) que no volví a acordarme de toda esa cuestión hasta que ya a punto de regresar otra vez para La Habana, mi amigo Miguel me invitó a recoger café en una hacienda al norte de Managua.

«Recoger café» es la expresión que usamos los cubanos pero los nicaragüenses no lo dicen así. Ellos hablan de «cortar el rojito». Que se corte el grano de café o se recoja, da igual. Dígase como se diga, lo que viene a cuento es que me instalaron en la máquina del tiempo y fui depositada en un sitio recóndito de la memoria, veinte años atrás, aquel entonces cuando estuve, con mis compañeros del preuniversitario, en la recolección de café por los lomeríos de Mayarí Arriba.

Veinte años no es nada, el sofisma del magister latino Gardel contiene su porción de verdad. Ante la posibilidad de pasar tres días en las montañas «cortando el rojito», no tomé en cuenta mi artrosis incipiente, ni la migraña, como tampoco la úlcera departamental, ni ninguno de los otros achaques que padecía de un tiempo a esta parte. Me acordé, eso sí, de Pilar y sus críticas.

No vayan a creerse que el cambalache de escenario libraría a esta segunda parte de sus letreros, noticieros de la duermevela y berrinches en el subconsciente. La noche anterior a la salida para el cafetal, soñé que me encontraba en pleno monte, reguindada a una mata de café sobre el precipicio, con el morral medio vacío y tratando de alcanzar, en vano, un grano rojo que se me escabullía en la copa de un arbusto pelado. A mi lado estaba trabajando otra muchacha brigadista, que era una bárbara recogiendo; yo la observaba con ese sentimiento que suele confundirse en terreno de nadie entre la envidia y el celo emulativo. No lograba ver su rostro, pero cuando al fin ella hablaba, yo descubría que se trataba de mi hija Pilar, con unas botas de cuero negro que relucían como el chapapote (cualquiera que haya estado medio minuto en una loma enfangada sabrá medir la sustancia de esta descripción), una gorra del equipo Industriales que retenía con dificultad sus crespos en zafarrancho de combate y el morral rebosante de granos maduros, con parejito color encarnado. Todo parecía indicar que la discusión producida en el territorio hogareño no se había dado por terminada, aun cuando sus protagonistas estuviesen ahora situados en un teatro de operaciones diferente. Sin mediar introitos, prolegómenos o advertencia alguna, mi hija inició un encabritamiento general con el tema de la planilla, parece mentira, vieja, tú que fuiste escapada de la abuela a recoger café en las montañas de Oriente, oídos sordos a la opinión de la familia, una niña apenas rompiendo con las ataduras de la malacrianza, nosotros los de entonces ya no somos los mismos, esa que eres tú ahora, pudriéndote entre papeles, no me quieres firmar la PLANILLA, usando argumentos de vieja aburguesada que ya tiene algo que perder, recoger café en medio del ciclón Flora no es lo mismo que pasar un curso de artillería, mamá, por favor, pretendes hacerme creer que son cosas muy distintas, pero en el fondo tú sabes que es la misma cosa. LA MISMA COSA.

Me desperté con un sabor entre agrio y dulzón (a colada de café envejecida), aunque no en la boca, sino en esa zona metafórica que suele atribuirse al corazón. Miré el reloj pulsera y vigilé las agujas alrededor de dos horas. Por fin, sobre las tres de la mañana, llegó Miguel a buscarme, con una mochila que no la saltaba un chivo. El recorrido hasta la zona cafetalera, encima de un camión de volteo y apiñados como sacos de papas, duró más de nueve horas. Durante ese trayecto fue posible poner a prueba la voluntad de mis experimentados huesos, veteranos de cortes de caña, movilizaciones de la milicia, domingos rojos, alertas ciclónicas y otros menesteres de esa índole.

El transporte, con su carga de papas parlantes alcanzó su destino al filo. del mediodía. Antes de bajarnos del camión el jefe de la brigada pidió un minuto de silencio por los mártires de la guerra contra Somoza y luego se cantó el himno del Frente Sandinista. Si me hubiera sido factible consultar a un sabio chino, es probable que este habría interpretado la barahúnda de mis sensaciones como resultado del milenario truco de los espejos que se repiten o azoramiento de las mariposas que confunden su sueño con el de Chuang- Tzu: el desconcierto de lo nuevo en medio de una atmósfera familiar, muy conocida, la vuelta de la espiral diría mi hija Pilar.

El jefe de la brigada dio una orden y nos organizamos de inmediato en dos filas. Entramos a los surcos del cafetal en formación militar, cada cual con su cesta en bandolera. La máquina del tiempo emprendió otra voltereta. Tú te imaginas. ¿Quién hubiera sido capaz de meter en cintura de esa manera a Fifa, o a Ada Gloria, ni a ninguna de las muchachas de aquella vieja brigada. Los tiempos cambian, mascullé en voz baja, mientras irrumpía el recuerdo del letrero de la víspera: Sueño de confrontación entre dos épocas. A decir verdad, un título retórico y nada útil.

Una mata cundida de fruticos colorados esperaba por mí. Hacía veinte años que no tocaba un grano de café, sin embargo, los dedos recuperaron enseguida el reflejo, el antiguo gesto, la maquinaria echó a funcionar como si estuviera recién engrasada. ¡Si Pilar me viera ahora! No hablaría de su madre en términos de vieja chocha. Pero en el surco de al lado no estaba mi hija, sino una muchacha tan joven como Pilar, vestida de traje militar, su cesta repleta de café rojo y con un fusil ametrallador terciado a la espalda. Más allá divisé otras dos, y, al otro extremo, un grupo de cinco o seis, todas con el uniforme, las cestas de café y el arma colgada al hombro. Miguel notó mi curiosidad y me explicó que muy cerca acechaban las bandas contrarrevolucionarias. Esas muchachas, casi niñas, pertenecían al batallón femenino Erlinda López y «cortaban el rojito» con el fusil listo para disparar.

La jornada terminó anocheciendo y nos reunimos en un rancho a medir el café recogido. Más sabe el diablo por viejo que quien mucho madruga. Es justo aceptar, sin rodeos, que recogí una cantidad de café digna de un premio Nobel. Entre tanto, a mi lado se había sentado una de esas muchachas del batallón femenino con su AKA sobre las piernas y el cinturón de municiones atravesado en el pecho al clásico estilo de Pancho Villa. Parecía sorprendida de que yo hubiese rendido tanto; los zapatos y las uñas pintadas publicaban en primera plana mi procedencia urbana, burócrata.

-Usted ha cortado café antes -la muchacha no llegó a preguntar, sino que dejó caer la entonación en una clara inflexión afirmativa.

-Si -acepté, inflándome un poquito, modestia aparte- Pero hace más de veinte años.

Mi interlocutora abrió los ojos, incrédula. Entonces añadí:

-En Cuba.

La muchacha me miró con una sonrisa abierta, consagratoria, y dijo:

-La próxima vez nos veremos en El Salvador.

Me tocó a mí el turno de quedarme con la boca de par en par. Sólo entonces observé que, además del fusil AKA, portaba en el correaje militar una minúscula grabadora. Ella siguió la dirección de mi mirada y la interpretó a su modo. Con una uña decorada de fango, apretó la tecla del play y dejó escapar un sonido estridente.

-¿Quiénes son esos? -averigüé. En mi fuero interno sentí esa pregunta muy superflua, pues ya se había apoderado de mí una fuerte sospecha. Vamos a llamarla Corazonada.

-Duran Duran -contestó la muchacha y agregó un tuteo de colega que tuvo la virtud de quitarme veinte años de encima-: A que te gustan mucho.

Entonces yo le respondí tímidamente con otra pregunta que también aspiraba a convertirse en afirmación:

-Y a ti te gustan los Beatles.

-Claro que sí, compa.

Con la misma uña enfangada, la muchacha ajustó otra palanca y adelantó la cinta del casete. Este es el final de la segunda parte de la historia, con música de fondo de mi época y todo, aunque pienso que la palabra época debe quedar abolida en mi vocabulario. Ya pueden ustedes suponer, por lo demás, que, en mi próximo sueño, los Beatles y Duran Duran seguro van a hacer tablas.
 

Mirta Yañez: Poetisa, narradora, profesora, ensayista y crítica. Doctora en Ciencias Filológicas y profesora de la Universidad de La Habana. Pertenece a la UPEC y a la UNEAC. Ha obtenido tres veces el Premio de la Crítica, por El Diablo son las cosas (1988), La narrativa romántica en Latinoamérica (1990) y Falsos documentos (2006) 

 

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