Año V
La Habana
28 de ABRIL
al 4 de MAYO
de 2007

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HISTORIA DEL INSTITUTO CUBANO DEL LIBRO
(1965-1980)

Memoria y reflexión

Rolando Rodríguez • La Habana


A Nena Peña, que hizo sacerdocio de su labor
en el Instituto Cubano del Libro

Una mirada atrás

Cuba es un país de escritores que han legado libros soberbios, hechizantes, cuyas dimensiones han sobrepasado los contornos de la Isla, y, sin embargo, hasta más allá de mediados del siglo XX era un país con un número bastante menguado de ediciones propias. El siglo pasado Cecilia Valdés se imprimía en Nueva Orleans o Nueva York y la poesía de Heredia en México. Desde luego, una censura implacable no permitía que las obras de Martí se editaran en Cuba. Mas si durante la colonia muchas de los textos emblemáticos de nuestra cultura no veían la luz en la Isla, no se debía a que la imprenta hubiese llegado dos siglos después que a otros países de América, su desarrollo fuese escaso o la censura actuase, sino en buena medida por razones sociales: la educación estaba arrinconada por una sociedad achatada a cuenta de la falta de voluntad del régimen político del país de convertirla en patrimonio común del pueblo. Botón de muestra son las cifras alucinantes de 1887: según el censo de ese año, solo el 26 % de la población estaba alfabetizado, pero si entre los blancos este porcentaje llegaba al 33 %, entre los no blancos alcanzaba únicamente el 10,7 %. No por gusto, con su juicio afilado, incisivo, había sentenciado el presbítero Félix Varela: "Es imposible que un gobierno europeo promueva el engrandecimiento de estos países cuando este sería el medio de sacudirse el yugo. La ilustración en ellos inspirará siempre temores a su amo". Como resultado, José Antonio Saco tenía que asegurar por suscripción o mecenazgo la venta de sus obras, para que el editor aceptara el reto de su publicación.

Con la república prácticamente la situación empeoró. No fue para el libro mejor que para el pueblo. No existió en ella siquiera el asombro inicial ante el prodigio de "la máquina ingeniosísima y generosa". La república fue la mediocridad, el cobijo donde la certidumbre de no ser editado, solo quedaba sobrepasada por la de no ser leído. Lo verdaderamente extraordinario en ella fue a pesar de ella o, mejor todavía, contra ella. En El libro en Cuba, publicado en 1949 por la Cámara Cubana del Libro, se enumeraban entre otros males que aquejaban a la edición, la falta de apoyo oficial a su producción, los presupuestos estatales ridículos para la compra de libros y la falta de hábito de lectura en la población. Pero cómo podía resultar de otra manera cuando se permitía que en el país hubiese más de un millón y medio de analfabetos y muchos habitantes más, con niveles inferiores al segundo y tercer grados de primaria.

Una reconstrucción de las estadísticas apunta que, hacia la década del 50 del siglo XX, en la Isla se editaban menos de un millón de ejemplares anuales y apenas se escalaba la cifra de los 200 títulos, la mayor parte textos escolares. Si se busca el informe al I Congreso del Partido Comunista de Cuba, puede observarse que los libros editados antes del triunfo revolucionario se calculaban en 0,2 por habitante, en tal período de tiempo. Desde luego, esto no niega que en los estantes de las librerías se hallaran obras que llegaban de allende los mares para satisfacer la demanda de minorías que podían distraer recursos y comprar libros, y había grandes bibliotecas privadas resultado en no pocas oportunidades de la acumulación hecha por familias antañonas y opulentas. También es cierto que, a veces, había quien exprimía un exiguo salario con vistas a llevarse algún maravilloso tesoro al santuario de su librero. Sin embargo, llama la atención que permeados por una cultura banal cuyos aires soplaban desde el norte, no pocos de quienes amasaron fortunas en las últimas décadas de la primera mitad del siglo XX parecieron ignorar la lectura.  Viviendas que ordenaban construirse y no se encontraba lugar para la biblioteca y, sin embargo, podrá fácilmente determinarse la existencia del bar. Esto, por no citar el caso de personajes, dignos de historias bufas, ignorantes por vocación, que según el testimonio de libreros nada embusteros encargaban libros por metros y color de la encuadernación. El lomo de la terminación francesa colocado a sus espaldas pretendía darles la respetabilidad de una cultura solvente, que en realidad resultaba apócrifa.

La situación de falta de interés en el libro y la lectura se acentuaba en el interior del país. Tómese en cuenta que, antes del triunfo de la Revolución, en números gruesos la mitad del salario nacional se pagaba en La Habana que, sin embargo, solo contaba con el 25 % de la población de la isla. Eso solo para buscar otro indicador que nos ayude a comprender por qué la poca venta de libros en el país y, por tanto, la ausencia de lectura menos la que se conoce como lectura aparente, es decir, libro vendido libro leído. Mas, no se trataba solo de la falta de capacidad de compra, aunque este factor junto con el analfabetismo resultaba parte componente de una situación patética. Desde un ángulo sociológico, resulta preciso afirmar que la existencia de ese lector demandaba previamente un clima cultural, social, que incentivara la lectura, y se creara un hábito de leer. El libro podía ser barato, pero no por eso se adquiría o leía, porque como se ha apuntado podía disponerse de los recursos para su adquisición sin que esto significara la compra de un solo ejemplar, sencillamente porque no se trataba de "malgastar" el dinero. Para decirlo brutalmente: el libro no se necesitaba. Es más, sin ese clima hasta podía crearse un ambiente de burla hacia el lector. No fue raro todavía al principio de la Revolución haber visto adoptar un talante burlón a ciertas personas, respecto a quienes andaban con un libro debajo del brazo.

Sin embargo, el sistema no olvidó la importancia de la letra y la imagen impresas. De lo poco publicado una buena parte corría en apoyo de aquella sociedad sórdida. El comic se convertía así en medio de comunicación y su mensaje contribuía a servirle de sostén al sistema. Junto con los alienantes personajes de la novela rosa, los muñequitos de la tira cómica resultaban agentes multitudinarios de la idiotización social y la evasión.     

Aquel ambiente que nos acompañaba durante la República neocolonial, explica por qué las obras de Alejo Carpentier o Juan Marinello se publicaban en el exterior y no en Cuba y, también, muchas de Nicolás Guillén. Según el propio Guillén recordaba, una primera edición de Motivos de Son que se imprimió en la isla se debió al puro azar: un premio de la lotería que le tocó en suerte. Por su parte, Carpentier tenía que editar en Argentina o México y Marinello inicialmente en España. En Cuba, apenas había editoriales y las que tenían abiertas sus puertas, como Cultural, Lex o Minerva, editaban sobre todo libros escolares o utilitarios, como los códigos legales, pero la literatura y las ciencias, entre ellas las sociales, no encontraban prácticamente un nicho de mercado que justificase la edición. Como el mercado determina casi todo en una sociedad capitalista, podía resultar que se escribiese en Cuba un nuevo Quijote, pero aquí no cabalgaría. También puede afirmarse, sin pecar de exagerados, que en el país sobraban las no muy numerosas librerías abiertas, cuya mayor concentración estaba en la capital.

Huracán sobre el azúcar

Con el triunfo de la Revolución, el gobierno revolucionario promulgó el 31 de marzo de 1959 una ley mediante la cual se creaba una Imprenta Nacional. Pero sus tiradas augurales quedarían pospuestas unos meses, porque la institución no disponía de medios de impresión.

Exactamente un año después, en marzo de 1960, se originó un conflicto en los periódicos Excelsior y El País, cuyos dueños los abandonaron. Durante una asamblea en su taller, en la calle Reina, el comandante Fidel Castro anunció la decisión de convertirlos en los primeros de la Imprenta Nacional de Cuba. Allí proclamó ante los trabajadores: "La razón que justifica, para fortuna del pueblo y de ustedes es esta, el sueño de toda gran Revolución, una Imprenta Nacional". Cuajaba la idea de la creación del primer ente editorial de la Revolución y se allanaba el camino de lo que resultaba ya profunda necesidad espiritual de la nación. El primer libro que salió de sus prensas fue El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la obra inmortal de Miguel de Cervantes y Saavedra. La selección la hizo el propio Fidel durante la visita, y se editó en cuatro volúmenes y papel gaceta, a 25 centavos cada uno. La cifra que le señaló como tirada, 100 000 ejemplares, fijó una fornida intención de convertir la lectura en un fenómeno de masas. Otra señal de las intenciones y los nuevos tiempos que corrían fue la edición de Papeles sobre Cuba, de José Antonio Saco, en tres tomos, con el sello de la Dirección de Cultura del ministerio de Educación. Octavio Fernández, un viejo dirigente tipográfico, quedó a cargo de la institución. Después, otras imprentas se agregaron a la inicial y se ampliaron las ediciones.

No puede olvidarse que fue de aquellas añosas máquinas de donde salieron, en 1961, las cartillas de alfabetización con que en ese año se acometió la tarea de liberar al 23,6 % de nuestra población del flagelo del analfabetismo. De esa forma, la Imprenta cubría la primera y más luminosa de sus tareas.

Realmente aquel aparato era demasiado rudimentario y, a poco, se decidió reorganizar los factores que se habían agrupado en la Imprenta y crear la Editorial Nacional de Cuba, como cabeza rectora del sistema editorial cubano y agrupar por ramas el resto de los elementos. De esa forma, en 1962, las imprentas pasaron al ministerio de Industrias, las librerías se subordinaron a una entidad del ministerio de Comercio Interior y se creó una empresa del sistema del ministerio de Comercio Exterior, encargada, entre otros rubros, de la importación y exportación de libros y revistas. A la par, se fundaron las editoriales del Consejo Nacional de Cultura, la Juvenil, la Pedagógica y la Universitaria, estas dos últimas adscritas al MINED, y la Política, al Partido Unido de la Revolución Socialista.

Sin duda, el trabajo de la Editorial Nacional si breve fue notablemente virtuoso. En la clave de su quehacer estaba el hecho de que su director era nada menos que Alejo Carpentier. De manera que empezaron a aparecer obras sorprendentes, porque editar Un amor de Swan, de Proust, o Retrato de un artista adolescente, de Joyce, significó dejar pasmados a los más optimistas. Por su parte, en la Editora del Consejo Nacional de Cultura aparecieron obras tales, como la Antología de la poesía cubana, en tres tomos, preparada por José Lezama Lima, y se desempolvaron libros prácticamente desconocidos. En el palenque editorial aparecieron otras instituciones y la Biblioteca Nacional publicó la Correspondencia Reservada del General Miguel Tacón, compilación al cuidado de Juan Pérez de la Riva; mientras, la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO llevaba a la imprenta la reimpresión de nuestros tres primeros historiadores, Arrate, Urrutia y Valdés. 

Hacia 1965 ingresaban cada vez más alumnos en el sistema educacional cubano y, en especial, en la enseñanza media se originaba una explosión de matrícula. También, gracias a los planes de becas, la marejada impetuosa comenzaba a irrumpir en las universidades, y todo esto demandaba libros. En la enseñanza media tecnológica se necesitaban textos de carpintería, mecánica, soldadura, y otros. Como la revolución educacional del país tomaba ya tal vuelo que el sistema educacional se veía desbordado, porque no resultaba capaz de preparar la totalidad de los libros de texto para el conjunto de las asignaturas de la enseñanza técnica y profesional, el ministerio de Educación se vio forzado a buscarlos en el exterior. De esa forma, decidió adoptar los de una editorial española. Los manuales del caso eran de origen estadounidense y la editorial de la península los reproducía en nuestra lengua. Para su mercado la editorial imprimía unos 2 000 ó 3 000 ejemplares en total, pero Cuba demandaba de esos mismos 20 000 ó 30 000. En ese caso no resultaba lógico comprarlos, sino, como resultaba habitual, pedirle a la casa editora la cesión de la licencia, mediante una suma, con vistas a reimprimirlos en la isla.

El MINED se dirigió al editor para solicitar los derechos, y este respondió con una negativa desconcertante. Adujo su temor de que, al ser esos libros originariamente de una editorial estadounidense, si entraba en acuerdos con nuestro país podrían terminar retirándole la licencia a la edición española.

A la situación de esta enseñanza comenzó a sumarse otra. Por entonces la Plaza Cadenas de la Universidad de la Habana se convertía en escenario de un torneo de demandas, donde los estudiantes se quejaban al comandante Fidel Castro visita nocturna frecuente del lugar de que carecían de este o el otro texto, y Fidel se volvía a su ayudante, el comandante René Vallejo, para que tomara nota y se importaran esas obras. En realidad, esa determinación tenía sus límites, porque también la escala de la demanda iba mucho más allá de lo que admitían las posibilidades de divisas del país. Tanto una como otra situación parecían insolubles.

En aquellos meses iniciales de 1965 me había sido encomendada la dirección del departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana, un vivero de jóvenes aprendices de profesores que tratábamos de cubrir con nuestro entusiasmo y transparente inexperiencia, la tarea de enseñar la filosofía marxista, recibida tres años antes de manera perentoria y condensada en la Escuela Raúl Cepero Bonilla, institución creada por el Partido Unido de la Revolución Socialista, para la preparación de profesores de filosofía y economía. El compañero Carlos Rafael Rodríguez había acuñado con su sensitivo ingenio, que no éramos profesores de carrera sino a la carrera.

Precisamente, en la Plaza Cadenas, el compañero Fidel trabó relaciones con el departamento, al que allí mismo ordenó ampliar sus fuerzas y encargó comenzar el estudio de ciertos temas a la orden del día. Por entonces, iba a celebrarse la Conferencia Tricontinental de La Habana, y sin dudas parecía que sería el inicio de tensos y embrollados debates sobre la situación internacional y las luchas revolucionarias.

En esos términos, la noche del 7 de diciembre de 1965 recibí una llamada en mi casa. El compañero Fidel había llegado al departamento de Filosofía, en la calle K, en las afueras del recinto de la Universidad, y me citaba. Pensé por el camino que íbamos a hablar de los temas que hasta ese momento veníamos tratando, sobre la situación revolucionaria en América Latina. Por el camino calculé que, a pesar de ser aquél día de duelo nacional, los compañeros que por costumbre solían acudir al departamento, habrían comenzado a cumplir una tarea planeada desde hacía semanas: llamar a los demás integrantes para que concurrieran de inmediato al centro, ya que también Fidel había anunciado tiempo atrás que deseaba reunirse con ellos.

Mi sorpresa, al llegar, fue que el Comandante en Jefe no entró en los temas que esperaba. Sentado detrás de un buró de la oficina, me entregó un libro, Primavera silenciosa, de Rachel Carlson. Lo abrí, le eché un vistazo, y me preguntó: “¿Dónde está editado?" (la pregunta se volvía un poco obvia) y le respondí que en España. Ordenó entonces a quien era el jefe de su escolta: "Chicho, trae el otro". Me lo entregó, y, de nuevo, preguntó: “¿Dónde está editado?" Era el mismo título y exactamente igual el ejemplar. Aunque ya extrañado valoré que habría algún gato encerrado, contesté lo mismo. "Pues te equivocas", me señaló, y aclaró que el segundo estaba impreso en Cuba. Después me instruyó: "Mañana vete a ver al rector Vilaseca, que tiene una lista de los libros que se necesitan. Luego a Joel Domenech —de su ministerio dependía la Empresa Consolidada de Artes Gráficas—, y empieza a reproducirlos de acuerdo a la matrícula de tres cursos".

Al día siguiente cumplí la orden. La lista de textos que recibí contenía unos 200 títulos y, después de una encuesta por las facultades, para conocer la matrícula, varios profesores nos dedicamos a hacer los cómputos de tiradas sobre hojas columnares de las que se emplean en contabilidad. También, de acuerdo a nuevas instrucciones del Comandante, que prácticamente nos visitaba cada noche para supervisar minuciosamente la tarea, visitamos centros de enseñanza del Plan de la Enseñanza Tecnológica que podían demandar algunos de los libros del listado. Dos profesores viajaron de inmediato al exterior para tratar de adquirir los originales para su reproducción; pero, en realidad, la casi totalidad los buscamos en las bibliotecas cubanas. Entretanto me había encargado de coordinar la tarea de impresión de las obras con los compañeros Joel Domenech y Gustavo Arango, director este último de la Empresa de Artes Gráficas. Entonces empezamos a llevar a la empresa, en la ruta 27, las cajas con los primeros títulos.

A esas alturas se habían precisado algunas cuestiones relevantes. Una noche, en los primeros momentos, cuando todavía ajustábamos el plan de impresiones, se valoró con el compañero Fidel el problema de los eventuales litigios que traería la reproducción de las obras. Era indiscutible que la labor que estábamos iniciando no necesitaría de clarines y fanfarrias para que, más temprano o más tarde, se conociera. Es verdad, dijo Fidel, pero también es cierto que los ofendidos somos nosotros. En qué cabeza cabe que no solo nos quieran matar de hambre con el bloqueo, sino que también nos quieran matar de ignorancia, porque no nos dan los derechos para reproducir las obras que necesita nuestra educación. Constituye una vergüenza para el mundo que se bloquee un país en su cultura, en su educación, en la formación de su inteligencia. Por tanto, vamos a declarar al mundo qué vamos a hacer y, a partir de este momento, puede proclamarse que cada una de estas reproducciones será una edición revolucionaria, y no pagaremos los derechos de autor. Como compensación, Cuba no cobrará los derechos de sus obras. Sobre todo de su música, tan apreciada en el mundo.

Aquella definición sobre las reproducciones constituye la razón de que el logotipo de tales libros fuese una "R", e inscrita en su interior una "e" pequeña. Resultaba el símbolo de Ediciones Revolucionarias, pero como cada una lo era por sí misma, según la definición hecha por Fidel, su nombre aparecía en singular. El Comandante definió también que estas obras no podían ser objeto de lucro alguno. Por tanto, se les entregaría gratuitamente a los alumnos. También orientó ponerles una nota a los libros que explicara las razones de aquella decisión. Una tarjeta añadida a cada uno, enunciaba: "Este libro tiene un gran valor. Por eso se te entrega gratuitamente. Vale por el trabajo acumulado que significan los conocimientos que encierra; por las horas de esfuerzo invertidas en confeccionarlo; porque sintetiza un paso de avance en la lucha del hombre por ser tal. Su mayor valor estará dado, sin embargo, por el uso que tú hagas de él. Porque estamos seguros de ese uso, y por su gran valor, se te entrega gratuitamente". La primera obra que salió de las prensas fue Introduction to set theory and topology, de Kacimierz Kuratowsky.

Nunca podré olvidar el brillo de felicidad en la mirada de Fidel, cuando al paso de los días logramos tener siete u ocho libros impresos. "Ya casi tenemos una estiba de libros", comentó mientras ponía su mano sobre el pequeño montón como si lo midiera.

Mas no solo se hicieron libros para las universidades. Más adelante se celebró el Congreso Médico Nacional y se expuso una muestra voluminosa de libros recientes de medicina. El problema estribó lógicamente, en que los médicos resultaron exitados por el ansia de adquirirlos. Pero tal parecía que todos lo querían todo, y no había suficientes divisas para comprar el conjunto de obras requeridas. Siempre parecía como si la Revolución tocara las demandas con su varita y las multiplicara astronómicamente. El problema llegó a Fidel, que nos dio instrucciones de presentarnos en el Congreso y entregar una tarjeta en que los participantes anotaran su nombre y un número de libros que deseaban adquirir. Cuando se terminó el trabajo de computar los pedidos, se comprobó que había algunos textos cuya frecuencia de solicitud permitía reproducirlos y así lo hicimos. Pero, de todas formas, hubo que importar otros, sobre todo de especialidades, porque su escala no admitía una impresión en condiciones económicas.   

Debe confesarse que al menos en un aspecto aventajamos a las ediciones originales. Algunas de sus sobrecubiertas no tenían mucha belleza. De manera que, bajo la coordinación del diseñador Rodolfo Martínez, volcamos en ellas a los más relevantes artistas plásticos de este género, quienes entregaron a nuestros estudiantes el polícromo encanto de sus portadas las que, sin duda, prestaron su contribución a los elevados valores que alcanzó el diseño en aquellos años de Revolución. 

En una de sus visitas al departamento, el Comandante en Jefe señaló que Ediciones Revolucionarias debía tener su librería propia. De ahí que, en la esquina de L y 27, comenzara a edificarse la "Fernando Ortiz". Su inauguración transcurriría en los momentos del Congreso Cultural de La Habana. La noche fascinante de su apertura asistieron escritores de la talla de Cesaire, Moravía, Cortázar, Benedetti, Vargas Llosa y Semprún, y muchos firmaron sus libros, editados para ese momento. En aquella oportunidad estaba presente nuestro gran amigo, el director de la editorial Siglo XXI, Arnaldo Orfila.

Entretanto, como se necesitaba de alguien que se ocupara de coordinar con las imprentas la producción de nuestros libros, la Empresa de Artes Gráficas cedió para ese fin a Carlos Gutiérrez, un antiguo linotipista, muy versado en esas tareas. También se añadió a la pequeña hueste Constantino Muiño, que se encargaba de hacer llegar los libros a las universidades. 

Montañas de libros

No mucho después, ya en 1966, el compañero Fidel me comentó la necesidad de replantearse el sistema del libro para que se potenciaran sus posibilidades, de acuerdo a las demandas que iban presentándose a velocidad de vértigo. Podría crearse, valoró, un Instituto del Libro y me encomendó la tarea de estudiar su constitución y materializarlo. Cada día podía dedicarle menos tiempo a la filosofía y más a las ediciones. Así que un día le comenté al comandante Vallejo, que me resultaba muy difícil seguir a cargo de las dos labores: la dirección de Filosofía, el plan especial del Primer Ministro, como se conocían aquellos proyectos que Fidel llevaba adelante personalmente, y el nuevo proyecto. Esa misma noche el Comandante en Jefe apareció en el departamento. "¿Es cierto que no puedes dirigir simultáneamente el Departamento y las ediciones?", me interrogó sobre el comentario de esa mañana. "Sí, le respondí, temo hacer mal las dos cosas". Secretamente calculaba y esperaba que ahora recibiría la definición de continuar en Filosofía y otro compañero se haría cargo del plan y la constitución del Instituto. "¿Quién puede quedarse aquí en Filosofía por ti?", preguntó de nuevo Fidel. Había cortado el nudo gordiano de mis intenciones, la decisión estaba sobre la mesa y ni chistar: "Mi subdirector, Fernando Martínez", fue mi única respuesta.

Puedo confesar que no me disgustaba la tarea editorial. Era un incansable lector y siempre soñé con que los cubanos leyeran. Nunca he podido olvidar un día todavía adolescente en que, al pasar por el parque de Santa Clara y escuchar hablar a dos campesinos, me apenó su incultura: "El día que lean, Cuba será diferente", me fié con bastante idealismo, porque no comprendía que por el contrario todo en Cuba tenía que cambiar para que leyeran. Ahora, paradójicamente, con una revolución de verdad en marcha, Fidel ponía en mis manos la posibilidad de hacer que se cumpliese el sueño de que los cubanos leyesen.

Emprendí con pasión la tarea del Instituto. Empecé a estudiar los diferentes factores que le darían paso y llegué a la conclusión de que había que integrarlos: tomar las riendas directas del sistema editorial y reencausarlo, incorporar las imprentas dedicadas a hacer libros y revistas y el comercio del libro, tanto las librerías como la importación y exportación de obras. Con todos esos elementos se constituyó el Instituto, que, para ejemplo del mundo, llegó a tener rango en Cuba de organismo de la administración central del Estado.

En esos términos, fundidos todos los mecanismos y entidades del libro en una sola organización, se aprobó el 27 de abril de 1967 la ley que creaba el Instituto. En la misma fecha fui designado su director general. Fidel había orientado que en el lugar cimero de su política editorial estuviera la edición de libros de texto, tanto para las universidades como para enseñanza general, pero había que pensar cuáles eran los demás factores que debían redondearla. Pudiera definirlos en unos pocos trazos: promoción de un lector, libros para desarrollar una cultura elevada en sus más diversos terrenos y muy accesibles en precio, tiradas abundantes, puerta ancha para la edición de las obras de los escritores cubanos de antes y ahora y una política descolonizadora en la literatura; en otras palabras, publicar no solo las obras del occidente desarrollado, sino también las del Tercer Mundo. Por igual debíamos trabajar para formar al lector del futuro, los niños y jóvenes. Todo un reto sería promover la edición de obras de la ciencia y la técnica de los investigadores cubanos, ese nuevo mundo hacia donde marchaba nuestro país y que, además, sirvieran de acicate para impulsar nuevas formaciones en ese terreno.

Se hizo necesario recomponer la organización editorial de acuerdo a un orden temático. Inicialmente se hizo mediante lo que llamamos entonces series editoriales. De inmediato quedaron algunas muy bien definidas: arte y literatura, ciencias sociales, libros para las enseñanzas general, técnica, profesional y superior, libros infantiles y juveniles y libros de divulgación general. También se crearon otras que más adelante se absorberían dentro de las editoriales que, al fin, en 1971, en una tarea en que tomarían parte uno de los subdirectores generales del Instituto, Miguel Rodríguez Varela, y el director de editoriales, Pedro Juan Rodríguez, dos de los pilares de aquella institución, adoptarían más o menos su forma definitiva y la estructura interna que con alguna que otra diferencia tienen hoy. De esa forma se establecerían las editoriales de Arte y Literatura, Ciencias Sociales, Pueblo y Educación, Científico-Técnica, Orbe y Gente Nueva. A lo largo del proceso se fundó una editorial en Santiago de Cuba que, esencialmente, atendiera la producción de los autores de la antigua provincia de Oriente por eso su nombre, y más tarde se desarrolló independientemente una editorial especializada en la literatura y el arte cubanos, Letras Cubanas. Desde luego, había que ayudar al desarrollo del importante trabajo que había hecho Casa de las Américas, mediante sus ediciones, Casa, dedicadas a la literatura de América Latina. También las ediciones Unión, de la Unión de Escritores y Artistas, dirigida en lo fundamental a la promoción de las obras de sus miembros.

Un elemento esencial resultó también la organización del comercio del libro y su importación y exportación. De igual forma, darle solidez al aparato económico y logístico que respaldara las tareas. De esto se ocupó otro de nuestros pilares, el subdirector general René Roca. 

Como resultado de la política trazada, se editaron solo en esos cuatro primeros años más de tres mil títulos de autores cubanos. Se ratificaba nuestro compromiso con la cultura cubana y con sus más genuinas manifestaciones artísticas, política siempre al rescate de elementos medulares de nuestra nacionalidad y tradiciones revolucionarias, las que después de tantos años de penetración imperialista se hallaban a veces relegadas al olvido. Un hito en esta tarea lo constituyó la Colección Centenario, que comenzó su singladura al arribar el centenario del Grito de Demajagua. Las reediciones de obras de Máximo Gómez, Manuel de la Cruz, Fernando Figueredo, José Miró Argenter, Bernabé Boza, Enrique Collazo, James O'Kelly y muchas otras, hicieron familiarizarse a nuestro pueblo con la gran literatura de campaña cubana. De hecho puede decirse que crearon tal fiebre de lectura para conocer los episodios de nuestra epopeya independentista, que todo el mundo comenzó a leerlas. Aquel clima resultó tan fructuoso que, puede afirmarse contribuyeron a inflamar la imaginación de nuestros cineastas y al origen de una filmografía muy interesante, muy nuestra. Como continuación de la idea de entregar herramientas para la formación de nuestra nacionalidad se crearon, entre otras colecciones, Palabra de Cuba. En ella vieron la luz hasta 1980 o quedaron en cartera y salieron con posterioridad, obras de Varela, Saco, Varona, Ignacio Agramonte, Luz y Caballero, Sanguily y Roa, por citar algunas. No pueden dejar de mencionarse los tomos que ya se preparaban en el año apuntado, con los escritos de Carlos Manuel de Céspedes, recopilación de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, y los tres de Letra con filo, las obras de Carlos Rafael Rodríguez, publicados en colaboración con la UNEAC.

Ediciones muy significativas para esta línea editorial la constituyeron, desde el primer instante, las obras y discursos de Fidel. La historia me absolverá recibió ediciones muy bellas en español y otros idiomas. Una colección de pequeño formato de sus discursos e intervenciones más trascendentes comenzó a imprimirse, también en diversas lenguas. Memorable resultó Educación en la revolución, selección de textos de Fidel e imágenes sobre el tema, y las recopilaciones de discursos de sus visitas a Chile y a varios países del entonces campo socialista.      

Fue logro poner al alcance de nuestro pueblo obras clásicas de nuestra historiografía, como las de Ramiro Guerra, José Luciano Franco, Julio Le Riverend, Juan Pérez de la Riva, Luis Felipe Le Roy y, otras más, entre las que se destacaron las de Moreno Fraginals y Sergio Aguirre, o las pertenecientes a más recientes historiadores, ya hoy figuras mayores, como Tabares del Real, fallecido cuando escribía estas notas, Pino Santos, Ibarra, Torres-Cuevas y Pérez Guzmán.

A esas alturas, prácticamente se les arrancaban de las manos a sus autores aquellas obras que reflejaban las luchas de la etapa insurreccional y la guerra de liberación.   

En el terreno de la literatura, y con la misma cuerda de darles una nueva dimensión a las ediciones de los escritores cubanos, hay que recordar la publicación con el empuje en no pocos casos del hoy Premio Nacional de Edición, Imeldo Álvarez, de obras prácticamente desconocidas, entre muchísimas otras, de Miguel de Carrión, Carlos Loveira, José Antonio Ramos, Anselmo Suárez y Romero, Ramón Meza, Martín Morúa Delgado, Jesús Castellanos, Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Nicolás Heredia y Miguel de Marcos. Esto, sin descuidar las ediciones de la Avellaneda, Milanés, Carpentier, Guillén, Poveda, Boti, Ballagas, Félix Pita, Eliseo Diego, Fernández Retamar, Fayad Jamís, Dora Alonso, Pedroso, Onelio Jorge, Cintio Vitier, Lisandro o Feijóo, por citar unos pocos y sin mencionar los que en 1980 estaban ya en la cartera editorial y fueron más tarde a la estampa. A todas estas, sería obligatorio mencionar la edición de ensayos muy señalados pero no los únicos, de Mirta Aguirre, Juan Marinello y José Antonio Portuondo.

Estas ediciones del terreno de la historia, la literatura o la política, guardaban un sentido muy preciso. Nuestra nacionalidad no tenía una larga andadura. Al irrumpir la Revolución, había recorrido apenas un siglo de cristalización y sus hervores se habían producido en medio de nuestras guerras de independencia. Pero la intervención de Estados Unidos había provocado un retroceso brutal. La Enmienda Platt significó una mutilación del desarrollo de nuestra nacionalidad y una capitidiminutio de nuestra personalidad nacional. Nuestros héroes no eran tan héroes, nuestro patriotismo se decía de café con leche, y esa operación para dominarnos, no podía triunfar si no se menoscababa nuestra cultura. Por eso, también se trató por todos los medios de someterla a un proceso reduccionista: nuestros poetas eran menos poetas, nuestros escritores eran menos escritores, nuestros pintores eran menos pintores, nuestros músicos eran menos músicos. Sin embargo, lo mejor de nuestra intelectualidad había luchado y desarrollado un proyecto cultural ligado a la independencia nacional y al progreso social. De ahí el esfuerzo del Instituto del Libro por levantar bandera a favor de todo lo que reconstruyera la historia que se nos había tratado de robar, de poner de relieve la literatura que se nos había tratado de ocultar y llevarle la contraria a la malévola maniobra de llevarnos al automenosprecio. Por cierto, entre las ediciones que entonces nos conmovieron estuvo la recopilación de trabajos de Mella, la más completa hecha, que un equipo del Instituto Cubano del Libro encabezado por el malogrado Eduardo Castañeda, llevó a cabo. Con los sellos de sus editoriales salió también La Historia de la Enmienda Platt, de Emilio Roig de Leuchesenring, el inédito Presidio modelo, de Pablo de la Torriente y la reproducción en varios tomos de las obras del Che, inicialmente editadas por Casa. Por igual, resultaron apasionantes los libros sobre el Moncada de Mario Mencia y otro con ese título, de gran formato e ilustrado, que preparó Pedro Álvarez Tabío, en la Editorial de Ciencias Sociales, como homenaje al vigésimo aniversario del 26 de Julio.

En medio de esta tarea, ufano puede sentirse el Instituto del Libro de haber hecho la reimpresión de las Obras Completas, de José Martí, en 27 tomos y con una tirada de 20 000 ejemplares. También, de que su línea editorial se abriera a la edición de textos científicos que resultaban un verdadero hito en la historia del libro en Cuba: una obra sobre el cáncer, del profesor Zoilo Marinello, y otra sobre investigaciones en gastroenterología, del profesor Raimundo Llanio. No olvidamos la publicación de Suelos de Cuba.

Si un antecedente meritorio había tenido la tarea editorial en la Isla, esta la constituía la Colección de Libros Cubanos, dirigida por Fernando Ortiz y publicada inicialmente por Librería Cervantes, a finales de la década del 10. De manera que resultó de verdadero orgullo poder comenzar la edición de las obras del gran sabio cubano como una colección propia. De inicio aparecieron Los negros esclavos, El engaño de las razas e Historia de una pelea cubana contra los demonios. Otros tomos en marcha, sin que los mencionemos todos, aparecieron después de 1980, como Los negros curros, Nuevo catauro de cubanismos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.

De las cuestiones que merece la pena recordar están dos obras cuya génesis son dignas de la ocurrencia de su talentudo autor. Le había pedido a Raúl Roa, el prólogo para las obras de Rubén Martínez Villena, y quizás para sorpresa del propio escritor el texto se le comenzó a estirar de una manera tal que ganaba fuste por sí mismo de libro y no de la introducción pedida. Desdichadamente esta biografía de Rubén Martínez Villena aparecería póstumamente y, de manera incompleta, con el título de El fuego de la semilla en el surco. Mas, resultaba la segunda vez que un prólogo se le convertía en libro a Roa. Años antes, motivado porque de igual manera le había solicitado un trabajo liminar para las obras de Ramón Roa, su abuelo, se había aparecido en el Instituto con el mazo de cuartillas de Aventuras, venturas y desventuras de un mambí. No por gusto, bromista, como siempre, y hasta con una cucharadita de vergüenza, me dijo al comprobar que El fuego... tomaba grandes proporciones: "La próxima vez me pides un libro y verás que me sale un prólogo".

En el trabajo de coediciones que se desarrolló con diversas editoriales extranjeras, sobre todo soviéticas, de la RDA y Bulgaria, tuvo un lugar señero la que se hizo con la Editorial Aurora, de Leningrado, del libro Museo Nacional de Cuba. Posiblemente esta y La arquitectura colonial cubana, en dos tomos, de Joaquín E. Weiss, editada por Letras Cubanas, han sido las más relevantes ediciones de arte que se ha acometido.

Una contribución a la formación del pensamiento teórico la tuvo, sin duda, la colección Polémica, en la que se publicaron obras como La polémica industrial en la URSS, La nueva económica, de Preobrashensky; el Stalin, de Isaac Deutscher y El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse. Mas la información que proporcionaba el Instituto, trascendía a esa colección. Tanto dentro de Ediciones Revolucionarias, como en las publicaciones de Ciencias Sociales, aparecieron obras muy importantes sobre todo para el magisterio universitario. De ahí que se pueda enumerar, a manera de muestra, las obras publicadas de Max Weber, John Kenneth Galbraith, Durkheim, Ralph Turner, Gordon Childe, Gramsci, Mondolfo, Hegel, Thompson, Lúkacs, Luxemburgo, Kautsky, Eric Williams, los tomos de Paideia, de Werner Jaegger, La rama dorada, de Frazer, el Diccionario filosófico, de Nicola Abaggnano, y hasta una selección de Científico-Técnica, en dos amplios volúmenes, de la obra de Freud. Para completar la información necesaria de nuestros intelectuales y profesores, ya que no disponíamos de capacidades para todas las ediciones que se hacía necesario poner a la disposición de los estudiosos, se importaron no pocas obras del pensamiento contemporáneo. La extensión de las ideas de Marx, Engels y Lenin, fue posible por la adquisición de sus trabajos en la Unión Soviética, en muy cuidadas traducciones.

La política de diversificación de las publicaciones para lograr que el lector cubano dispusiese de una amplia posibilidad de conocimiento de la literatura mundial y, de esa forma, librarse de la atadura colonizadora que lo reducía a conocer solo la literatura de una parte del mundo, se cumplió muy rigurosamente. De Sor Juana Inés de la Cruz a Tolstoi, de los aedas yorubas a Osumo Dazai, de Antonio Machado a Valentín Rasputin, de Eça de Queiros a Husmán Sembén, de Ivo Andric a Doris Lessing, se recorrió de acuerdo a las posibilidades todo el panorama de la literatura universal. Obras senegalesas, turcas, albanesas, hindúes, polacas, traducciones hechas en nuestro país, como la de El buen soldado Schweik, desfilaron ante los ojos de un privilegiado lector cubano. En una visita a La Habana, el director de la prestigiosa Editorial Gallimard, de Francia, Claude Gallimard, me solicitó le enviara regularmente el catálogo de nuestras editoriales, pues pensaba que le sería útil como material de trabajo para guiar sus propias ediciones. Julio Cortázar fue testigo de esa petición.

Una iniciativa que permitió la aparición de la primera obra de algunos de nuestros talentos jovencísimos fue la colección Pluma en ristre. En aquellos momentos todavía alborales de la Revolución, algunos de quienes hacían sus primeras armas en el campo de las letras dejaron plasmada para siempre su impronta y un día resultarían toda una revelación. Mencionaré, para resumirlos a todos, a uno de ellos: Abel E. Prieto. El título de su cuento publicado en Pluma en ristre, Caperucita Roja. Todavía el estudiante Abel no sabía que su camino laboral como editor, comenzaría en la redacción de Arte y Literatura y culminaría como director de esa editorial.

Las obras de personalidades mundiales constituyeron otro hito de nuestras ediciones. Muy particularmente hay que señalar el poemario Sagrada Esperanza, del presidente Agostinho Neto. Las palabras introductorias a la edición cubana, como lo recordó durante su primera visita a la Isla en calidad de gobernante, lo escribió en momentos en que las tropas enemigas trataban con sus obuses de abrir el camino a Luanda. Prólogos a las ediciones cubanas de sus libros, los hicieron entre otros el mariscal Zhukov, Leonid Brezhnev, el comandante Humberto Ortega y el general Slavcho Transky, héroe de la lucha antifascista de Bulgaria. 

Una política implícita y seguida de manera inflexible en el Instituto fue la del respeto a la libertad de creación. Nadie puede decir que un editor, con el aliento pegado en la nuca, le dijo qué escribir ni cómo hacerlo. No hacía falta que nuestra Constitución lo hubiese establecido, para que tal criterio fuese seguido con mayor rigor que un dogma de fe. Bastaba la convicción que se albergaba en el Instituto y sus editoriales, de que el camino no era el de tal o más cual realismo, de tal o más cual tendencia. Era el autor quien únicamente podía definir la literatura que se proponía hacer. Todo el que afirme algo diferente, miente. 

La falta de experiencia en el trabajo editorial evidenció pronto la necesidad de un consejo asesor que ayudase a establecer líneas concretas y fecundas para el desarrollo de la tarea. Con este fin, se estableció un órgano que tuvo entre sus integrantes a Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Roa, Fernando Martínez y Hermes Herrera. Me tocaba presidirlo, en el carácter de director general del Instituto, y puedo decir que aquellas noches de sesiones no había asistentes más puntuales que Carlos Rafael y Roa, a pesar de sus aplastantes responsabilidades. También, que debatían vigorosamente y sin ceremonias sus puntos de vista y recomendaciones y, mientras, los demás aprendíamos de tanta suntuosa sabiduría desgranada junto a la mesa redonda del Instituto. Algunos de los libros que hoy reposan en nuestros estantes, fueron recomendación directa de ellos. A partir de aquella experiencia, tiempo más tarde se establecerían los consejos asesores de las editoriales.

Dos sucesos editoriales

Un día, en 1967, comprobé que estaba sin trabajo la rotativa del antiguo periódico El Crisol, en la calle Carlos III. Había papel gaceta y tinta y, sin embargo, la imprenta estaba paralizada, porque las características de los libros en proceso editorial no se adaptaban a la utilización de las rotativas de periódicos. Todos demandaban sistemas de impresión más perfeccionados, y aquello era estereotipia. Visité a algunos de nuestros editores, les comenté que teníamos disponible el equipo y podíamos hacer grandes tiradas de libros y les propuse que se encargaran de hacerlos en ella. Me respondieron que esa rotativa y el papel que empleaba no permitían dar la mejor calidad y, de seguro, la gente no leería los libros que se produjeran. Me retiré, llamé a un redactor muy calificado, Andrés Coucelo, y le pedí que trabajara directamente conmigo. Preparé un plan editorial con tiradas no menores de 50 000 ejemplares. De inicio, las ediciones serían las reimpresiones de las obras más exitosas que hubiésemos publicado anteriormente. El precio del ejemplar sería de 20 centavos. A Raúl Martínez, el gran pintor y diseñador cubano, ya fallecido, le solicité que preparara un esquema tipo para las portadas de la colección y un logotipo que la distinguiera, y a los linotipistas que copiaran las obras directamente de otros libros. Así sacamos las ediciones Huracán. En esta se llegaron a editar 250 000 ejemplares de Cien años de soledad, de García Márquez; 250 000 del Diario de campaña, de Máximo Gómez, y hasta 40 000 ejemplares de La condición humana, de André Malraux. Recuerdo, hacia 1970, que en una visita a la librería de Moa le pregunté a una casi adolescente muchacha qué leía, y me mencionó, entre otros títulos, La condición humana. Pensé que daba lo que se llama una respuesta de prestigio. Pero me equivoqué. Al interrogarla sobre la obra, me habló de los personajes. Era la mejor demostración de la revolución en la lectura, que se estaba produciendo en el país.

Otro gran hito en la historia del Instituto del Libro fue la edición del diario boliviano del Che. Corría mayo del 68 cuando a mi oficina llegó el comandante Manuel Piñeiro, entonces viceministro primero del Ministerio del Interior, y, a voces, desde el parqueo abajo de mi oficina, me trasmitió un mensaje: Fidel me convocaba a su apartamento de la calle 11. El Comandante en persona me abrió la puerta y me indicó que ojeara un manuscrito depositado encima de la mesa del comedor. A su lado reposaba una caja de cartón llena de las copias fotostáticas del manuscrito. Cuando abrí las páginas, la emoción me hizo quedar en una pieza: era la transcripción del Diario del Che en Bolivia, hecha por la compañera Aleida March. El Che había caído el año anterior y sabíamos que el original del diario estaba en manos del ejército de ese país. También conocíamos que en cualquier momento la CIA podía sacarlo interpolado para desfigurar su imagen. El compañero Fidel me instruyó editar la obra, tarea que habría que acometer en el mayor secreto para que no nos tomaran la delantera con una edición enmendada. Solo tuvo noticia de lo que se trataba el director de imprentas del Instituto, Manuel Palacios, porque como técnico tenía que conocer las características del material a editar con el fin de tomar las medidas del caso. A partir de entonces comenzamos a acumular papel para un millón de ejemplares y a embutirlo como se podía en la imprenta Osvaldo Sánchez. La cantidad respondía al hecho de que el Comandante en Jefe había definido que la obra se entregaría gratis al pueblo. Los obreros creían que estábamos locos, por cuenta de la acumulación del papel dentro del recinto de la imprenta. Semanas después de la llamada, Fidel le escribió el prólogo que llamaría Una introducción necesaria. Lo hizo en cuatro días y nueve después tuvimos los primeros ejemplares de la edición grande (una de 10 000 ejemplares la habíamos sacado en cuatro días). Cuando Granma dio la noticia, los libros cubrían desde La Fe, en Pinar del Río, hasta La Máquina, en Baracoa, y originales, algunos de ellos traducidos, volaban al exterior para llegar a manos de editoriales amigas que lo reproducirían, sin que nadie lo hubiera conocido hasta ese instante. Incluso, no pocos de los que habían trabajado en el asunto se enteraron por el periódico de la obra en que habían participado.

Para aquella compleja operación, a la cual el Ministerio del Interior prestó una cooperación invaluable, se habían escogido los editores que trabajarían en el diario. La noche que comenzó la edición los llamamos personalmente a sus casas y les comunicamos que si no había inconvenientes se les recogería para ir a provincias a una tarea. Luego, se les trasladó a una casa que se había preparado para la labor, de donde una vez que se aceptara participar sin conocer cuál era la misión no se podría salir. Después se hizo lo mismo con los impresores de Osvaldo Sánchez, y más tarde con los de otras imprentas. En ellas había guardia armada en las puertas. Se habían colocado dentro literas y en sus locales permanecieron los trabajadores todos aquellos días. La compartimentación llegó a tal grado que en una ocasión, al romperse el ascensor de la imprenta y acudir el mecánico, una vez que lo reparó se le dio una explicación del caso y se le hizo saber que ya no podía abandonar el local. No podía correrse ningún riesgo de filtración.

Esta y una de las ediciones de La historia me absolverá, también con un millón de ejemplares, son con seguridad las dos ediciones más voluminosas que se han hecho en Cuba hasta hoy.

Jornadas sin sombra

Si el primer año del Instituto se publicaron 15,9 millones de ejemplares de libros y folletos ya, en 1973, la cifra se había duplicado y alcanzaba 31,6 millones. La tirada promedio rondaba por entonces los 36 000 ejemplares. En 1980 el volumen total de ediciones frisaba los 50 millones de ejemplares, y el elevado promedio de tirada por entonces se explica por la alta participación de los libros de texto en el conjunto. Una encuesta del Instituto de la Demanda Interna, de 1976, señalaba ya que uno de los empleos más significativos del tiempo libre de los cubanos era la lectura.

A todas estas no debe pasarse por alto que, para 1974, las imprentas del Instituto habían publicado también algo más de 47 millones de ejemplares de publicaciones periódicas.     

El desarrollo de la pluralidad de posibilidades en la edición de libros cubanos, sobre todo de literatura, al estar establecidas más de una editorial dedicada a esta labor, fue totalmente consciente. En el arte, y el pensamiento en general, el monopolio engendra parálisis. Alguien, en cierta ocasión no muy lejana, dio a entender en la prensa que el Instituto Cubano del Libro había editado obras que no lo merecían, pero el drama más grande que puede afrontar un editor es que le reprochen no haber editado obras que debió publicar. Resulta preferible el error por imprimir algo de más, que no dejar que un libro valioso quede sin ver la luz. Cuántas obras de relevancia habrán sido ágape de polillas, sin que por cuenta de un criterio erróneo jamás hayan sido publicadas. Un editor elige, selecciona, conforme a su opinión si una obra vale o no la pena de que se gasten los recursos en ella. Por tanto, su juicio es apreciativo y puede equivocarse. Quién no recuerda el famoso caso de El Gatopardo, de Lampedusa, rechazado por varias editoriales italianas hasta que al fin Feltrinelli la asumió y tuvo un éxito clamoroso. Con la opción de editores distintos, la posibilidad de error no se elimina pero se reduce. Por otra parte, también hay el peligro de juzgar solo por lo que dice el mercado. Sin embargo, hay libros que por mucho que se vendan, nunca serán buenos. La política editorial debe estar al tanto de todo esto.

Una de las cuestiones que enfrentó el Instituto del Libro fue el problema de los derechos de autor. Como quedó explicado, la política al respecto se trazó con motivo de la aparición del plan de Ediciones Revolucionarias. Como Fidel enunció, si nosotros le tomábamos los derechos al mundo, no podíamos exigir los nuestros. No hubiera sido ético. La postura adoptada públicamente en los días de Ediciones Revolucionarias, llegó hasta tal punto que se llevó a la Conferencia Tricontinental y allí se proclamó que no eran válidos los derechos intelectuales cuando iban contra el que posibilitaba a los pueblos el acceso a la educación y la cultura. Incluso, debe decirse que René Maheu, por entonces director general de la UNESCO, cooperó con tamaña herejía cubana, y envió el mensaje de que llegáramos a inteligencia con la India, pues esta tenía los mismos problemas que nosotros.

En el precongreso del Congreso Cultural de La Habana, en 1967, se declaró la renuncia de los autores a sus derechos. Por tanto, a lo largo de muchos años, no los reconocimos. En 1977 ya pudimos retomar el tema y reconsiderar nuestra postura. Entonces se acordó en la Asamblea Nacional una ley con muchas especificaciones que, en el caso de las necesidades de libros de texto, autoriza editarlos. A partir de ese momento, Cuba se replanteó el pago a sus autores. La ley al respecto se hizo de manera que las tarifas de retribución tuvieran no solo en cuenta el mercado, sino ante todo la calidad. Hasta ahora, en Cuba se paga por la cantidad de páginas, según una tarifa fluctuante y un rango de edición. De manera que la equidad se logra mediante la elevación del rango de pago. En caso de ir a un cambio habría que tratar de que el mercado no fuese exclusivamente el que dictara el monto de los derechos. En un debate que, años atrás, tuve al respecto con nuestro amigo Gabriel García Márquez, le argumenté: "El sistema que se emplea en el capitalismo y el nuestro tienen como diferencia que en el cubano no necesariamente a mayor tirada corresponde una mayor retribución. A una obra relevante se le paga la tarifa máxima y a otra, que puede ser buena pero no alcanza la misma calidad literaria, la media. Resultado: por la obra relevante, diga lo que diga el mercado, con una tirada menor se paga más que por la otra".

De todos modos, debo advertir algo: desde el punto de vista económico, el valor no existe en la obra de arte. Siempre enfatizaré que el Quijote o Cecilia Valdés son invalorables, como lo es también una obra de El Greco o de Lam o cualquier obra maestra. Pero ya que las relaciones mercantiles establecen sus leyes y el mercado se impone, hay que buscar la variante más justa.

Entre paréntesis, si alguien me preguntara si aquella política de no pagar los derechos de autor y "fusilar" las obras que necesitábamos no nos trajo represalias en el mundo editorial, tengo que decir que lo temí. Pero la verdad es que no las hubo. Lo cierto es que nuestra política resultaba totalmente coherente y, además, el mundo del libro es noble o, al menos, lo era. Todavía no estaba en manos de transnacionales de la edición, sino de hombres que, en general, apreciaban la cultura y por decirlo de alguna forma "vivían" de ella, pero con un respeto hacia ella. Hubo autores que autorizaron a reproducir en Cuba sus obras de manera gratis y los editores, casi en su totalidad, se hicieron de la vista gorda con nuestra política. Desde luego, también se hizo evidente una lección: una política de Estado es difícilmente batible.

Al respecto resulta muy simpática una anécdota de Roberto Fernández Retamar. Narra que un día, en cierto aeropuerto, se encontró con un conocido autor y le dijo: "Caramba, en Cuba hemos fusilado su libro". El profesor palideció. "Cómo que se fusiló mi libro?", preguntó, mientras Roberto, consternado, se daba cuenta del desliz y le aclaraba el uso de local del término. Evidentemente, con la fama que nos endilgaba el enemigo el profesor parece haber creído que habíamos llevado su libro a algún extraño patíbulo para libros.

En cuanto a los derechos, debo también apuntar que en 1967, junto con nuestro representante en España, José Manuel Castro, llegué a reunirme con decenas de editores españoles, de los más importantes, convocados por el Instituto del Libro Español, y les expliqué la política que estábamos siguiendo. Les expuse que necesitábamos continuar reproduciendo las obras de más alta tirada, pero a la par no podíamos imprimir los cientos de títulos de tirada media o pequeña que se demandaban y, esos, queríamos comprárselos. Estimaba, afirmé, que si por cuenta de las reproducciones creábamos malas relaciones todos saldríamos perdiendo. Ponernos de acuerdo, era lo sensato. La respuesta vino en los hechos. Se pidió un crédito para adquirir libros. El Instituto Nacional del Libro Español lo buscó, y nunca hubo el menor problema con los editores del país ibérico. Por el contrario, las relaciones siempre fueron excelentes. Estas llegaron a tal punto que en 1968 se preparó una exposición que permitiera ponernos al día en los fondos de las editoriales de la península. Se montó en Bellas Artes y se llamó "Los 107 del Libro Español", por la cantidad de editoras participantes. Una noche que el Comandante en Jefe jugaba un partido amistoso de basquet ball, en el tabloncillo de la Ciudad Deportiva, al terminar recibió y conversó muy cordialmente con las decenas de editores que habían venido a Cuba con la muestra. De más está decir la conmoción que estos visitantes experimentaron aquella noche, y que para unos significó limpiar de telarañas no pocos juicios infundados y para otros el refuerzo de unos lazos de amistad con Cuba y su Revolución, que habían comenzado a cimentarse, y para otros más lo uno y lo otro. No descubriré que no pocos de esos lazos todavía perduran.

Durante todo un buen período se trabajó con mucha limitación en cuanto a producir libros de ilustración gráfica en color, porque antes del triunfo de la Revolución varias de las más importantes imprentas cubanas se empleaban para otros fines que no eran la edición de libros. Por ejemplo, la "Osvaldo Sánchez", Omega, en el Cerro, disponía de equipos de impresión para la realización de publicaciones en color, porque en ella se imprimía Selecciones del Reader's Digest, para América Latina, y también otras revistas de procedencia estadounidense. Pero ese desarrollo de los medios de artes gráficas, resultaba parcial. Si bien la máquina que imprimía Selecciones, de la que por cierto había solo dos o tres en el mundo, tiraba simultáneamente 72 páginas en colores, no había correspondencia entre esta y el proceso de fotomecánica (para llegar a la impresión offset había que pasar el original por una cámara de grandes dimensiones y mediante otros equipos llevar las imágenes del negativo a una plancha metálica). Los viejos operarios explicaban el misterio del desnivel entre las capacidades de uno y otro tipo: las planchas de impresión venían listas desde Estados Unidos. Aquí, de lo que se trataba, era solamente de imponerlas en la máquina e imprimir.

No obstante, fuera de los libros de texto para la enseñanza general que absorbían casi la totalidad de las pocas posibilidades para hacer los libros en color, la editorial Gente Nueva hizo maravillosas obras para niños; entre otros autores, de Dora Alonso y Onelio Jorge Cardoso. En ese sentido ayudó la amplia y fructífera colaboración que sosteníamos con los países socialistas, esencialmente la Unión Soviética, la RDA y Bulgaria.

En corto tiempo la necesidad y el deseo de seguir adelante quedaron limitados por las capacidades generales de impresión; por tanto, no mucho después empezó la modernización y ampliación de las imprentas. De  esa forma, con la aprobación de un proyecto que el Comandante en Jefe había instruido preparar, hacia 1975 se introdujeron equipos nuevos en los talleres de Osvaldo Sánchez, René Meneses y José Maceo. También, se levantó en Guantánamo la imprenta Juan Marinello, inaugurada en junio de 1976 con la participación del Comandante en Jefe Fidel Castro. Con estas potencialidades se elevaron notablemente la cantidad de ediciones. El resultado fue que en el período entre 1967 y 1980, se editaron unos 480 millones de ejemplares y poco más de 15 mil títulos.

La proyección del trabajo del Instituto, para facilitar las posibilidades de edición a todos los escritores del país, reflejada en la creación de la editorial Oriente, tendría otra repercusión más cuando en los planes perspectivos se incluyó la constitución de otra en Santa Clara. Por igual, la erección de una nueva imprenta.

Una de las tareas más importantes que desarrolló el Instituto, fue la formación de personal. Esta abarcó, tanto los especialistas del trabajo editorial como los técnicos de las imprentas. En la rama editorial el trabajo se llevó adelante prácticamente persona a persona, a partir de los pocos que inicialmente conocían el mágico arte del libro; porque hacer libros es un arte, no únicamente sancta simplicitas coser unas cuantas cuartillas por el lomo. En ocasiones, el editor tiene que rescribirle prácticamente el libro al autor y servir un poco de lo que llaman los sajones el escritor-fantasma; es decir, la mano oculta que ayuda al autor a exponer sus ideas. Tampoco puede dejarse de lado el concepto de la belleza del libro, y esta no solo resulta de una cubierta que haga que el lector se acerque a la obra seducido por su fantasía. Un diseño interior equilibrado, armónico, ayuda a la lectura.

Sin ser un experto, todo el mundo puede percatarse de cuándo se está frente a un libro de buena hechura. En esto tiene que ver el empleo de la tipografía adecuada, el espacio del interlineado, la disposición de la plana, la doble plana, el uso de la gráfica. Luego viene la calidad de la impresión, su limpieza, el papel empleado, etc. Un gran libro puede serlo no solo por el texto, sino también por la imagen primorosa que presenta. Por eso, puede hablarse del arte de hacer libros.

La existencia de aquel movimiento editorial presupuso la formación de una gran fuerza de trabajadores muy jóvenes, apenas salidos de las universidades o, incluso, todavía estudiantes, que debieron afinarse en la labor específica del editor y a los cuales se les exigía continuamente domar la profesión. No obstante, aquel torrente de obras que demandaba el proceso y el trabajo acuciante de las imprentas, que a veces no dejaba poros para terceras pruebas de galera o segundas planas, provocaron en ocasiones libros con erratas indeseables e imperfecciones en la edición. La lucha contra unas y otras llevaron a una continua exigencia y, a la larga, a la elevación de la calidad del libro cubano.

La que se iba logrando quedó demostrada en 1977. En la prestigiosa Feria Internacional del Arte del Libro, de Leipzig, (IBA), evento que se desarrollaba cada seis años, el libro cubano quedó en primer lugar en América Latina, con una medalla de plata, tres de bronce y ocho menciones de honor.   

Nunca olvidaré unas palabras del profesor Albert Kapr, maestro alemán del arte del libro, afamado por haber creado una familia de letras. Invitado a Cuba por el Instituto, se le pidió que examinara nuestro trabajo y lo criticara. Señaló numerosos defectos de diseño a nuestros libros. Sin embargo, al final expresó que por igual teníamos una virtud: a diferencia de ellos, que tenían sobre sus hombros la pesada carga de la tradición, y no podía echarse a un lado que eran el país de Gutemberg, resultábamos más libres y frescos y no debíamos renunciar a la experimentación, por supuesto con base en el dominio de la técnica.

En cuanto a la formación de personal para las imprentas, se acordó con el MINED que el Instituto asumiera la dirección de la Escuela de Artes Gráficas, de Guanabacoa, que formaba técnicos medios y obreros calificados. De esa manera, el subdirector de imprentas del Instituto, Carlos García Méndez, pasó a ser a la vez, director de la escuela. De allí salieron muchos de sus graduados rumbo a la RDA y la Unión Soviética, de donde volvieron titulados de ingenieros especialistas de las artes gráficas. En virtud de las nacionalizaciones de los primeros años de la Revolución, aquellas imprentas a donde irían eran dirigidas por antiguos trabajadores gráficos, quienes con los conocimientos recibidos en la Escuela de Administradores de Industria creada por el Che o de forma improvisada, daban todo de sí al empeño, y debe reconocerse que en general lo hacían muy bien. Tampoco puede olvidarse la labor que desarrollaron técnicos empíricos, al enfrentar con éxito las inversiones que se llevaron adelante. Ahora los recién llegados venían a fortalecer el trabajo de las imprentas, que habían dejado atrás su característica casi artesanal gracias a la moderna tecnología que se les introdujo, y establecieron una especie de simbiosis con la experiencia de los antiguos obreros. No pocos de aquellos jóvenes ingenieros, pasaron con el tiempo a ser jefes de nuestras imprentas. Fue otro logro indudable del Instituto del Libro. 

En cuanto a las librerías se trazó la política de que en cada localidad debía haber al menos una, de manera que se cubriera el mapa de la isla desde Imías a Mantua. Las montañas no podían detener ese propósito y había puntos en la Sierra Maestra adonde no se podían llevar los libros con yipis y camiones. De manera que se autorizó a la delegación de Oriente, del Instituto, a comprar un arria de mulos. Aquella política llevó a que creciera el número de librerías a unas 300. Mientras, en muchos centros de trabajo, se crearon las que llamamos librerías sociales o se hacían extensiones de venta de librerías cercanas.

Quizá sorprenda saber que durante la década del 70 nuestros especialistas prestaron asesoramiento técnico, a petición del Presidente Allende, para el desarrollo de un organismo editorial y de impresión en el Chile de la Unidad Popular. Por igual, participaron en la organización de los medios disponibles para crear una buena imprenta en la Nicaragua sandinista y trabajaron en la puesta en marcha de una gran imprenta en Argelia Democrática y Popular. También, nuestros especialistas editoriales colaboraron, durante la guerra de Viet Nam, con Ediciones en Lenguas Extranjeras, de Hanoi, y con vistas a mejorar la calidad de las traducciones al español de la Editorial Progreso, de Moscú, se envió como colaborador a otro especialista del más alto nivel. 

El Instituto del Libro, dentro de las condiciones de entonces, fue rentable. Lejos de lo que algunos pueden pensar, se financiaba totalmente y tenía ganancias. A pesar de los bajos precios de los libros, los igualmente bajos precios de las materias primas, debido al subsidio, y la escala de las ediciones propiciaba su abaratamiento. La rentabilidad final de la institución (venta de sus productos menos gastos totales) puede fijarse hacía 1975 en un 14 %. Recuérdese que llegaron a editarse alrededor de 50 millones de libros por año. Eso quería decir poco más de 5 libros per cápita, en un continente donde los países con un volumen importante de ediciones no llegaban a dos.

En 1976 el Instituto del Libro se integró en el Ministerio de Cultura. Pasó sin las librerías, porque poco antes la Comisión del Sistema de Dirección de la Economía había tomado la decisión de trasladarlas al Poder Popular. En la década del 80 se traspasaría al MINED la Editorial Pueblo y Educación y se desprenderían las imprentas, que se incorporaron a la Integración Poligráfica. Años después, con los elementos que restaban en el Ministerio de Cultura, se reinstituyó el Instituto, subordinado a ese organismo. Dos compañeros tomaron sucesivamente su dirección, Pablo Pacheco, antiguo director de la editorial de Arte y Literatura y, después, de Letras Cubanas, y Omar González, en la actualidad presidente del ICAIC, ambos con una relevante actuación a su frente. Hoy, con igual acierto, lo conduce Iroel Sánchez.  

No cabe la menor duda, de que la idea de Fidel tuvo como fruto convertir al cubano en un pueblo de lectores. Recuérdese aquella temprana frase suya: "La Revolución no te dice cree. Te dice lee." Ahora, después de los momentos difíciles del período especial, el problema estriba en renovar y hacer plurales los impulsos de esa condición. Mas ya puede afirmarse sin que haya la menor vacilación que se está de nuevo en el camino. Las ferias del libro así lo anuncian, y nuevos y nuevos libros nos deslumbran y acucian. Con cada uno se cumplen las palabras de Martí, de que un libro es una piedra en el altar de la patria.

 
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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