Año V
La Habana

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de 2007

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Julio García Espinosa:
El desencanto del cine perfecto
Víctor Fowler Calzada • La Habana
Fotos: La Jiribilla

A inicios de la década de los años 50 del siglo pasado, cuatro jóvenes latinoamericanos (Gabriel García Márquez, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Birri y Julio García Espinosa) coincidieron en las aulas del Centro Experimental de Cinematografía de Roma, por entonces uno de los más importantes ejes del cine mundial. La posición líder que por entonces ocupaba el cine italiano se justificaba por el aporte radical que el movimiento neorrealista había hecho al lenguaje cinematográfico, la puesta en escena, el trabajo con actores, el ambiente donde tenían lugar las historias, entre otros aspectos de la película.

Para ese grupo de jóvenes latinoamericanos, procedentes de países en los que cualquier estructura de producción estaba al servicio de un cine de mero entretenimiento, el descubrimiento de la poética-estética del neorrealismo italiano no solo fue una revelación, sino que resultó una influencia que los marcó en sus futuras carreras como hombres del cine, tanto en las películas que hasta el presente dirigieron como en sus trabajos de pensamiento alrededor del audiovisual.

En el caso de Julio García Espinosa, quien, junto con Gutiérrez Alea permaneció en el Centro Experimental entre 1951 y 1954, su regreso a Cuba armado con un título de director cinematográfico significó el comienzo de una larga batalla por la fundación de un cine nacional seguidor de las ideas del neorrealismo italiano. El primer intento fue la realización del cortometraje documental El mégano, filmado en un pequeño pueblo de pescadores al sur de La Habana, con un equipo formado por varios de los que más tarde serían figuras mayores del cine cubano realizado después de 1959. El cortometraje intentaba mostrar la vida miserable de los habitantes de dicha comunidad y tuvo como actores a los propios vecinos. El intento de organizar una exhibición pública del material fue abortado por el secuestro de los carretes con los originales de la película por parte de la policía y, poco más tarde, por el fichaje de su realizador en las oficinas del entonces siniestro Buró de Represión de Actividades Comunistas. Así terminó el primer intento de hacer un cine nacional que reflejase realidades del país y que no deseaba quedar confinado en los moldes del entretenimiento.

No fue sino hasta después del triunfo de la Revolución Cubana de 1959 que el talento de García Espinosa encontró espacio en el cine cubano, no solo como realizador, sino como uno de sus principales animadores y directivos durante sus próximas tres décadas. Sus dos primeros trabajos en el campo de la ficción, Cuba baila (1960) y El joven rebelde, esta última con argumento de Cesare Zavattini (1961), todavía acusan una presencia quizá demasiado evidente del neorrealismo italiano y pagan su deuda a dicha estética. Sin embargo, es a partir de Aventuras de Juan Quinquín (1967) que la originalidad del pensamiento sobre el cine de García Espinosa comienza a revelarse. Estructurada a partir de los postulados brechtianos sobre la puesta en escena teatral, en especial sus ideas sobre el uso del “distanciamiento” (asistir diez años antes, junto con el dramaturgo cubano Vicente Revuelta, a una puesta del Berliner Emsemble había cambiado las ideas de García Espinosa sobre el teatro), Aventuras de Juan Quinquín propone una representación sumamente revolucionaria —preñada de elementos de comedia y técnicas de distanciamiento— de las mitologías del héroe, justo en el momento exacto en que mayor dimensión en la vida social del continente tenían sus protagonistas: los movimientos guerrilleros que estremecieron la región durante la década de los años 60 del siglo pasado. La respuesta del público fue arrolladora y la película resultó el mayor éxito de taquilla en el cine cubano hasta su fecha de salida y uno de los más importantes todavía hoy.

A partir de aquí, cada nueva película de García Espinosa ha sido dirigida hacia algún tipo de exploración de los elementos de la puesta en escena. Su Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial (1971), filmado durante la guerra de resistencia del pueblo vietnamita en contra de la ocupación norteamericana, es un clásico dentro de su género en el cine cubano. Su obra más experimental es el largometraje Son o no son (1977), que mezcla elementos de ficción y documental, uno de los más arriesgados experimentos formales jamás emprendido por cineasta cubano. En el mismo, un director de espectáculos musicales (interpretado por el bailarín y coreógrafo Alberto Alonso), a la vez que monta uno de estos, reflexiona acerca de las estructuras mismas de lo que un espectáculo es y sobre las relaciones entre el director y el público. La película apenas fue exhibida durante años y marca el momento a partir del cual, en un acto cuidadosamente razonado y concordante con su estética, las relaciones entre García Espinosa y el público se resienten. Su siguiente largometraje, La inútil muerte de mi socio Manolo (1989), intentó contar una historia en la cual del “extrañamiento” brechtiano el realizador da un enorme salto en dirección a la prescindencia de cualquier elemento de “encantamiento” que pueda haber en el cine: fotografía hermosa, banda sonora que busca empatía con el espectador, actuaciones basadas en la emoción, relato basado en la intriga, etcétera. El plano (1993) prolonga preocupaciones que ya estaban presentes en Son o no son y resultó un enorme fracaso de público, en especial por una inadecuada selección de su principal protagonista; pese a ello, destaca por ser el primer largometraje cubano filmado en video. La siguiente película de García Espinosa, Reina y Rey (1994), un éxito de crítica y público, es una verdadera revisión y reactualización de la estética del neorrealismo italiano desde una posición de madurez conceptual del realizador. Junto con ello, García Espinosa es autor de una significativa obra como pensador de los medios audiovisuales, dentro de la cual destaca su seminal manifiesto Por un cine imperfecto (1969), texto básico en la historia del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano.

García Espinosa es fundador del Comité de Cineastas de América Latina y el Caribe. En 1985 asume la responsabilidad de crear la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano que preside Gabriel García Márquez, en la cual es nombrado miembro de su Consejo Superior. En 1986, un año después, también asume la responsabilidad de crear y echar a andar la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, cuyo primer director sería Fernando Birri. En septiembre de 2002 es nombrado director de la misma institución, puesto en el cual permanece. Confiesa haber querido realizar una película de piratas, un musical y tiene entre sus proyectos sin realizar los largometrajes Dolly no está sola (con guión terminado) y Mi padre. Para esta última, película cuyo desarrollo cubre las décadas del 40-60 en Cuba, la vocación experimental aflora esta vez ante la imposibilidad de obtener el presupuesto necesario para reproducir tales ambientes. García Espinosa afirma que la única forma de hacerlo sería introducir en el presente algún elemento que señale al espectador la época en la cual tendría lugar la acción; de otro modo, nuevamente el “extrañamiento”.

Películas dirigidas por Julio García Espinosa:

El Mégano (1955)

La vivienda (1959, documental)

Cuba baila (1960)

El joven rebelde  (1961)

Aventuras de Juan Quinquín (1967)

Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial  (1970)

Son o no son (1978)

La inútil muerte de mi socio Manolo (1987)

El plano (1993)

Reina y Rey (1994)

Enredando sombras (1998, coordinador del proyecto)          

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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