Año V
La Habana

2 al 8 de DICIEMBRE
de 2006

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Charangas de Bejucal
Odal Palma La Habana


De Bejucal se asegura que es un puerto donde un día encalló un tambor. Verídica en todo su sentido, la definición se hace realidad, entre otras razones, por la existencia en esa ciudad de la provincia de La Habana de la legendaria agrupación Los tambores de Bejucal y muy vinculada a ellos, la celebración cada año de las Charangas. Jubileo que junto a las Parrandas de Remedio y los carnavales de Santiago de Cuba, son las fiestas populares más antiguas que aún se mantienen.

El origen de las Charangas de Bejucal se remonta a 1830 y tuvieron desde su aparición un carácter netamente religioso. Según la tradición y documentos conservados en el Museo de la Ciudad, su celebración tenía lugar el 24 de diciembre. Ese día por ser Nochebuena, víspera del nacimiento del hijo de Dios, los amos liberaban a los esclavos de sus encierros. Estos entonces se sumaban a los negros y mulatos libres, quienes agrupados en cabildos y no obstante su condición, estaban obligados a asistir a la Iglesia para, desde el ángulo más alejado del altar, escuchar la misa del Gallo.

Una vez concluido su compromiso con los amos y los dioses católicos, los negros africanos se daban a la adoración de sus orishas tocando sus tambores, cantándoles plegarias y danzándoles por las principales calles de Bejucal.

Sus rituales poseían características muy peculiares en correspondencia con la etnia de procedencia. Así podían encontrarse los congos y los carabalíes, de mayor número y fuerza física y cultural que los arará, los mandingas y los lucumíes. Los africanos de cada etnia formaron sus propios cabildos, los cuales, quizá sin una intención premeditada en sus inicios comenzaron a mostrar en sus recorridos algunos elementos que les daba cierta superioridad y los distinguía del resto de las asociaciones. Ello motivó el surgimiento de rivalidades entre los cabildos de diferentes etnias, y entonces sí con propósitos muy bien definidos mostraron sus avances culturales el día de Nochebuena en una festividad que desde aquella época dieron en llamar charanga, por ser un baile, una fiesta familiar de una etnia determinada.

Españoles y criollos residentes en Bejucal los veían y dejaban hacer, y a modo de burla bautizaron a aquel grupo de negros y mulatos libres con el nombre de la musicanga, es decir, música ratonera y de mala muerte.  Mientras ellos mismos, criollos y españoles, se unieron en un grupo al que dieron el nombre de los malayos, que significa gallo rojo, gallo fino.

Junto con su nombre la musicanga, los negros adoptaron el color azul y como animal representativo el alacrán. Por su lado, los malayos se abrazaron al color rojo y tomaron al gallo como ave preferida.

En 1895 debido al estallido de la segunda gesta independentista de los cubanos, musicangos y malayos cesaron sus rivalidades, o al menos, por encontrarse inmersos en la contienda, no exhibieron en sus desfiles por Bejucal la superioridad de uno u otro bando. Una vez concluida la guerra en la que no ganaron cubanos ni españoles, volvieron a reiniciarse las charangas. Pero los eternos grupos rivales se hacían llamar por otros nombres. Los musicangos se denominaban Ceiba de Plata, mientras los malayos resurgían como la Espina de Oro.

Con más razones antagónicas todavía porque el negro se hizo mucho más oscuro —no obstante la abolición de la esclavitud— y los criollos liberados de las restricciones de la metrópoli habían aumentado su opulencia y riquezas, los dos bandos determinantes ya en la vida de los bejucaleños  incorporaron a su recorrido por la ciudad las carrozas, donde cada grupo portaba, además de las imágenes de sus deidades preferidas o sus símbolos representativos, un elemento sorpresa muy bien oculto con el cual atolondraba al más ecuánime de los integrantes del bando contrario.

En sus inicios, las carrozas eran llevadas en hombros, después tiradas por bueyes y alumbradas con velas o lámparas de carburo o acetileno. Actualmente son movidas por carros automotores, alumbradas por electricidad y animadas por figuras humanas, que no obstante con sus trajes, adornos y bailes reviven una tradición que no morirá mientras quede un bejucaleño en pie.

Las charangas evolucionaron a la par de las transformaciones sociales ocurridas en Cuba a partir del Primero de enero de 1959. Dejaron de ser una fiesta marginal para convertirse en la fiesta principal identitaria de la Ciudad de Bejucal. Constituyen la cita anual que espera ansiosamente cada bejucaleño y para la cual se prepara con el mayor esmero. Puede estar afiliado al gallo o al alacrán, pero de cualquier manera dedica todo su empeño, voluntad y esfuerzo para unirse a su pueblo en esa fiesta popular que ya no distingue raza, sexo, edad ni profesión.

Así puede encontrársele en la Peña campesina, en el Rincón del humor, en una descarga entre amigos, en una tertulia, en un encuentro entre escritores, en la presentación de un libro, en el Rincón del bolero o del danzón, o, también, en alguno de los bailables programados desde el 2 y hasta el 31 de diciembre durante las celebraciones de las charangas. O quizá se le encuentre, mejor aún, arrollando tras una conga en un desfile de cabildos. Danzando al compás de esos personajes jamás olvidados típicos de las charangas: la Macorina, la Culona, la Mugiganga, el Yerbero, la Bollera. En una parada necesaria de descanso secará el sudor con un pañuelo rojo o azul, al tiempo que aspirará el aire impregnado del olor a fiesta, a pan con lechón, a rosita de maíz, a churros y a algodón de azúcar. La marcha se reinicia y en el corazón del pueblo, en su Liceo, se juntan ceibistas y espinistas. Los tambores retumban fuerte, muy fuerte siguiendo el eco de aquel que un lejano día encalló en Bejucal.    
  

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