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Contra la inmaterialidad de la violencia
Evil Hour in Colombia (Verso 2006),
de Forrest Hylton

Luis Duno-Gottberg Colombia


La mala hora  (1962) de Gabriel García Márquez, condensa en una breve narración, la historia de un pueblo sin nombre, donde la violencia se nutre, ad absurdum et ad infinitum, del rumor. No es de extrañar que haya también pensado en titularla Este pueblo de mierda. Optó, sin embargo, por un título más sutil, que comunica la amargura de una historia nacional caracterizada por la intervención norteamericana y el colonialismo interno; por la movilización popular radical y la desmesurada reacción de las elites frente a todo intento por transformar las estructuras de poder.

Evil Hour in Colombia, del historiador Forrest Hylton, es también un libro de síntesis y agudeza sobre el tema ficcionalizado por García Márquez. El título en inglés alude de hecho a la novela, pero alejándose de las aproximaciones tautológicas y culturalistas que muchas veces se esconden bajo los discursos del “realismo mágico”. Por el contrario, Hylton establece con absoluta claridad que el origen de la violencia en Colombia se encuentra directamente relacionado con la constante represión de los diversos movimientos sociales que han tratado de escapar a la explotación desde mediados del siglo diecinueve. No hay en estas páginas nada que recuerde la vaga y gratuita intriga que surge cuando unos pasquines chismosos invaden las calles del pueblito colombiano imaginado por García Márquez. El historiador hace lo suyo y con abundante soporte documental, muestra la confrontación, nada mágica y sí muy real, que surge cuando un pequeño grupo social se aferra a prácticas latifundistas; cuando indígenas y afro-colombianos son desplazados de sus territorios; cuando el café y luego la cocaína impulsan un proceso de colonización interna; cuando la subversión se hipertrofia y deviene próxima a la delincuencia; cuando el estado delega el ejercicio de violencia en manos de los paramilitares y estos se transforman en una nueva clase empresarial, corrompida y criminal.

Evil Hour desplaza las explicaciones fáciles y por ello peligrosamente banales que tienden a proliferar cuando se habla de Colombia. Se trata de un libro doloroso y a la vez, oportuno: establece un descarnado análisis de la historia moderna colombiana, otorgando sustancia material a los procesos de la violencia y problematizando el triunfalismo que se respira en los actuales gobiernos de Bogotá y Washington. Forrest Hylton ha dado con una explicación concisa y profunda de una historia sangrienta, alejándose de los razonamientos que ubican el problema en una vaga condición del pueblo colombiano, o en una caprichosa práctica cultural de un pueblo del Tercer Mundo.

Otra de las virtudes de este libro es mostrar las dinámicas opresivas del poder, sin borrar las posibilidades de acción que se gestan en los sectores populares. Dicho logro se explica por la familiaridad del autor con la realidad colombiana  y su conocimiento de la historia social inglesa (Eric Hobsbawm y E.P. Thompson) y los aportes del Grupo de Estudios Subalternos Sub-Asiático (Ranajit Guha, Partha Chatterjee). Esta doble filiación intelectual sumada a su propia experiencia con el país contribuyen a su capacidad para abordar las migraciones forzosas, las masacres y crímenes ejecutados por las oligarquías, el estado, los paramilitares y la guerrilla; manteniendo simultáneamente la visibilidad de las prácticas de resistencia de “los de abajo” —campesinos, indígenas, afro-colombianos y desplazados. En estas páginas, la violencia adquiere consistencia y lógica material; mientras que los que resisten desde abajo, adquieren voz y revelan una tradición coherente de luchas, con avances y reveses.

Varias ideas presentes en este libro son de importancia fundamental para América Latina hoy en día. En primer lugar, la noción de que el fracaso de las transformaciones sociales hace de la violencia un hecho constante y omnipresente en la vida pública. Este hallazgo no puede pasar desapercibido para los actores políticos de naciones que hoy en día se encuentran en procesos de reforma, más o menos radical. En segundo lugar, que el modelo impuesto hoy en día en Colombia podría convertirse en un peligroso antecedente para la región, ya que bajo la administración Bush y los sectores más reaccionarios de América Latina, constituye un modelo “exitoso” de contra-insurgencia y democracia de “baja intensidad”. Es posible entonces que con la bendición de Washington se impongan otros focos “nacionales” de extraordinaria acumulación de riqueza en pocas manos, junto con mecanismos de exclusión, y dentro de sistemas democráticos que sostengan elecciones regulares mientras aseguran la continuidad de políticas neoliberales.

Otro aspecto notable de este libro es su minuciosa explicación de los mecanismos económicos y militares desplegados por las distintas facciones del conflicto, sobre todo a partir de 1950. A ello se suma su reflexión sobre las transformaciones en los movimientos guerrilleros; las dinámicas del café y luego la cocaína; la imposición de estructuras neo-feudales y, particularmente, el tema de la amnesia nacional.  Esto último se vincula a la aprobación de la reciente “Ley de Justicia y Paz” (2005) por un congreso fuertemente infiltrado por intereses paramilitares. Las consecuencias de tal legislación se hacen explícitas en las declaración de Ramiro Bejarano, ex jefe del DAS, quien afirma: “El presidente Uribe ha hecho de la sociedad colombiana, una que profesa la cultura del paramilitarismo, vamos hacia un estado mafioso” (108).

Es sin duda, una historia desoladora. Sin embargo, Evil Hour in Colombia no es un libro completamente desesperanzador. Hylton culmina señalando que: “El actual momento es uno de los más oscuros en la historia de Colombia, pero si el pasado ha de servirnos de guía, este tiempo también ha de pasar” (136). En efecto, la persistencia de los movimientos sociales ha sido notable a lo largo de este sangriento discurrir del tiempo y que su apuesta por un país pacífico y justo son los caminos que podrían romper con los ciclos de la violencia. Después de un recorrido por 150 años de crimen y expoliación, Hylton parece advertir cautelosamente la posibilidad de un futuro promisorio, que no pasa por los delirios bélico-criminales del Plan Colombia, ni por la corrompida y sanguinaria práctica paramilitar, ni por la hipertrofia militar de la lucha guerrillera.

Muchos colombianos y latinoamericanos se beneficiarían de una lectura como esta. Ella permite entender las dinámicas de la violencia desde una perspectiva sólidamente anclada en la historia. Asimismo, estas páginas sirven para disipar la “amnesia legislada” recientemente por el congreso colombiano, correlato tangible y mucho más peligroso que aquella desmemoria de Cien años de soledad, cuando todos los habitantes de Macondo olvidan el nombre de las cosas.

Por último, solo queda esperar “la buena hora” en que estas páginas se viertan al español, la lengua en que esta lucha es conducida y en que ese dolor es articulado.

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