Año V
La Habana

18 al 24 de NOVIEMBRE
de 2006

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Chávez y los libros
Pedro de la Hoz  Caracas


Hugo Chávez sostiene una relación muy particular con los libros. Por sus discursos pareciera que sus dos más obvias pasiones fueran Simón Bolívar y la poesía popular de su país. Cita de memoria, y con asombrosa prolijidad, los documentos del Libertador, y la vena poética le brota cuando, entusiasmado por la multitud, da rienda suelta a estrofas llaneras y a estampas de hondo folclor.
 



Pero hay muchas otras apetencias y asimilaciones que vienen de las letras, cultivadas y aprehendidas aún en medio del arduo ajetreo de un Jefe de Estado empeñado en una transformación social sin precedentes en Venezuela y de las tensiones a que se expone debido a la hostilidad del imperialismo y la reacción interna.

Una anécdota contada por el arquitecto y poeta Francisco Sesto, Farruco, ministro de Cultura de la República Bolivariana, lo retrata. Un sábado en la noche, al término de una sesión del gabinete, Farruco le entregó diez breviarios —80 páginas cada uno— de una colección destinada a la promoción del perfil cultural de la nación. Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, el Ministro recibió una llamada del Presidente. Este le dijo a Farruco: “He leído tres de tus libritos y me parecen interesantes. No obstante, te voy a sugerir unas cuantas cosas…”

En FILVEN 2006 uno de los grandes acontecimientos fue la repartición de los primeros juegos de tres tomos de Los miserables, de Víctor Hugo, que en tirada de un millón y medio llegarán gratuitamente a todos los ámbitos y sectores del país.

Chávez es devoto de esa monumental novela del escritor francés. Ha vivido más de una vez los avatares de Jean Valjean y puede recorrer los campos de Francia y los más oscuros circuitos del París del siglo XIX con solo cerrar los ojos y evocar las palabras que arman tan prodigiosa narración.

En la inauguración de FILVEN, el Presidente pidió el primer tomo de la novela hasta que encontró un pasaje que quería comentar. Un protagonista de las convenciones revolucionarias de 1791, en articulo mortis, es visitado por un obispo que por razones de clase responde a la ideología del ancient regime, en buena medida restaurado tras la derrota de Napoleón. Chávez leyó el diálogo fulgurante entre estos dos hombres y subrayó especialmente algo que el revolucionario dice y le parece muy importante. Es sobre la cualidad nueva del viento que sopla pero mueve viejos molinos. Chávez llamó a reflexionar sobre esa imagen.

Al recorrer el Pabellón de Cuba, no solo apreció y solicitó literatura política y de ciencias sociales. En medio de la montaña de libros, divisó una antología de poesía de amor realizada por la poetisa santiaguera Teresa Melo, Soy el amor, soy el verso. “¿Puedo llevarlo conmigo?”, preguntó.

Minutos después, en el acto propiamente dicho de inauguración, el poeta cubano Miguel Barnet leyó su poema dedicado a Ernesto Guevara: “Che / tú lo sabes todo / los recovecos de la sierra / el asma sobre la yerba fría/ la tribuna, / el oleaje en la noche / y hasta de qué se hacen los frutos y las yuntas. / No es que yo quiera darte / pluma por pistola / pero el poeta eres tú”. Fue escrito en el papel interior de una cajetilla de cigarros Dorados que le facilitó Margarita Dalton, hermana del entrañable poeta salvadoreño Roque Dalton, bajo el impacto de la carta de despedida del Che a Fidel, leída por el líder cubano en octubre de 1965, cuando el Comandante Guerrillero se hallaba en el oriente del Congo.

Chávez se fundió en un abrazo con Miguel y por lo bajo le dijo: “Cuánto te agradezco. Ese es un poema de mi época, un poema que nunca he olvidado”.

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