Año V
La Habana

23 - 29 de SEPTIEMBRE
de 2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

75 años de Sóngoro cosongo
Guillermo Rodríguez Rivera La Habana


Los que participamos en el trabajo que día a día hace la Fundación Nicolás Guillén para ayudar a estudiar como se debe la rica obra del poeta, estamos conmemorando este los 75 años de Sóngoro cosongo, que Guillén edita en 1931. Y claro que no hay mejor modo de conmemorar la edición de un libro importante que, como todos los libros importantes es actual, sino contribuyendo a la reflexión sobre el mismo: ayudando a establecer cuáles son los valores que han hecho que ese libro viva hoy, esos que lo han convertido en una entidad perdurable.

Nuestro plan es reunirnos los días 24 y 25 de octubre para dialogar sobre las que consideramos dos significaciones cruciales en ese libro: sus valores literarios y lo que significa en torno a los problemas raciales en Cuba, en una situación verdaderamente crítica en los momentos de la aparición del poemario, pero que no han cesado de hacer pensar a los cubanos. Y queremos aproximarnos, poner en claro el enfoque Nicolás Guillén sobre el importantísimo asunto.

Alguna vez he escrito que Sóngoro cosongo es el libro de los manifiestos del poeta.

Nicolás Guillén fue un intelectual reflexivo, aunque algunos lectores no muy profundos, fuera e incluso dentro de Cuba, lo entiendan únicamente como un poeta que llevaba en sí la rica música de su país. Guillén ejerció explícitamente el pensamiento en sus numerosas crónicas, en sus artículos periodísticos, pero lo hizo igualmente en sus poemas.

La función metatextual del poema, esa en la que este decide reflexionar sobre la poesía misma no fue extraña al poeta, como no lo es en los poetas que están proponiendo una forma distinta de hacer la poesía y que quieren explicarlo a sus lectores.

Son frecuentísimas las poéticas, por ejemplo, en poetas como José Martí y Rubén Darío, que están protagonizando a fines del siglo XIX, una renovación como hasta entonces no había tenido lugar en nuestras tierras de América.

Los Motivos de son, esos ocho poemas que Guillén da a conocer en 1930 a través de las páginas de un diario habanero, tuvieron la fuerza de una peculiar irrupción vanguardista entre nosotros.

Habría que reparar en que Sóngoro cosongo es el único de sus libros que Guillén decide prologar. Después de una socarrona burla para los autores que piden un prólogo impersonal al amigo que acaso vuelva a usarlo en otro compromiso, el poeta escribe con orgullo: “Mi prólogo es mío”. Y es suyo porque en él va a proclamar puntos de vista que sólo a él corresponde decir.

La crítica ha insistido en el término “poesía negra” o “negrista”, acaso identificándose, así sea inconcientemente, con el criterio de la cultura anglosajona de que todo lo que no es puramente blanco es negro.

Tempranamente, Nicolás Guillén establece que los suyos son “versos mulatos”. Diez años antes de que el genio de don Fernando Ortiz usara la afortunada metáfora del “ajiaco” para representar la cultura de Cuba, Guillén está describiendo el “cocido” con absoluta exactitud: 

        La inyección africana en esta tierra es tan profunda

        y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada

        hidrografía social tantas corrientes capilares, que

        sería trabajo de miniaturistas desenredar el jeroglífico. 

Guillén define la suya como poesía mulata, “criolla” que, como tal, no lo será “con olvido del negro”.

Es en este prólogo donde el poeta lanza la expresión “color cubano”, que tantas resonancias habría de tener y tiene en la percepción de nuestra identidad aunque, hay que decirlo, a veces separándose de la perspectiva guilleniana.

Para Guillén el “color” no es esencial ni prioritariamente una cuestión racial, acaso porque en lo cubano se funden tan honda y solidariamente diversas etnias, diversas culturas que, colocar una de ellas por encima de las otras sería desconocer esa diversidad de ajiaco que sabrosamente define Ortiz, esa  complejidad de “jeroglífico” que bien pronto está advirtiendo Nicolás.  

           Y las dos razas que en la isla salen a flor de agua,

           distantes en lo que se ve, se tienden un garfio

           submarino como esos puentes hondos que unen

           en secreto dos continentes. Por lo pronto, el

           espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu a la piel

           nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá “color

           cubano”. Estos poemas quieren adelantar ese día.

No es extraño que Guillén abandone en este poemario, para no retomarla nunca más, la escritura fonética, reproductora del habla del habanero popular que había empleado en los Motivos de son. Guillén entiende que la lengua española – que él supo prestigiar y jerarquizar como el grandioso instrumento que es – nos entregaba un medio que nos comunicaba con cientos de millones de seres humanos y colocaba al escritor de Cuba en posesión de un legítimo modo de expresión universal.

Además del “Prólogo”, “La canción del bongó” es otro manifiesto de Sóngoro cosongo. Obsérvese que, en los primeros textos de la poesía negrista, sus autores escogen la rumba como el género musical emblemático. Ramón Guirao titula “Bailadora de rumba” el primero de esos textos que se escribe en Cuba, que publica en 1928 en la Revista de Avance. Es curioso el título, porque los versos que glosa el poema – arriba María Antonia, alabao sea Dios – no provienen de una rumba, sino de un son que se titula “Eres mi lira harmoniosa”,  de Guillermo Castillo, uno de los integrantes del Sexteto Habanero y que ese propio grupo, tutelar del auge del son en la década del veinte, había grabado unos años antes. Un año después, José Zacarías Tallet da a conocer su poema  “La rumba”.

Obviamente, tanto Guirao como Tallet eligen la rumba como un género “más negro”. Aunque también es mestiza – ahí está su versificación en versos octosílabos, de raigambre popular española – la rumba tiene un casi exclusiva apoyatura en la percusión. Es una mestiza casi negra.

Guillén, quien es un mestizo a diferencia de los blancos Guirao y Tallet, va a elegir el son y va a apoyarse en esos dos pequeños tambores esenciales en la conformación del ritmo del son, el más puramente mulato de nuestros géneros musicales populares, para lanzar su declaración de cubanía: 

                         Aquí el que mas fino sea,

                         responde, si llamo yo.

                         Unos dicen: Ahora mismo,

                         Otros dicen: Alla voy.

                         Pero mi repique bronco,

                         pero mi profunda voz,

                         convoca al negro y al blanco

                         que bailan al mismo son,

                         cueripardos o almiprietos,

                         más de sangre que de sol

                         pues quien por fuera no es noche,

                         por dentro ya oscureció.

                       

                         Aquí el que más fino sea,

                         responde, si llamo yo.  

“Llegada”, el espléndido poema en verso libre que abre el poemario, es una pura declaración de identidad. En el texto habla un “nosotros” que da la voz a unos hombres nuevos, no porque acabaran de llegar, porque recién hubieran nacido, sino porque han descubierto quiénes son: 

                               traemos los caimanes en el fango,

                               y el arco que dispara nuestras ansias,

                               y el cinturón del trópico

                               y el espíritu limpio.

 

                               Traemos nuestros rasgos

                               al perfil definitivo de América. 

El poeta le está dando voz a los que jamás pudieron hablar que, casualmente, somos nosotros mismos.

La mujer va a ser objeto de un peculiar homenaje entre los originales manifiestos de Sóngoro cosongo.

Los textos poéticos que ejemplificaban ese delicado poema de tema amoroso que es el madrigal, elogiaba un patrón de belleza señaladamente europeo. No se trata de rechazar ese hermoso biotipo que el arte occidental ha exaltado desde los cuadros de Sandro Boticcelli, pero obviamente esa mujer de ojos claros y piel nívea, no es la frecuente en estas tierras de la que Martí llamó la América mestiza.

La “mano de nieve”, con “apariencia de lirio desmayado”, que el poeta romántico mexicano Luis Gonzaga Urbina había cantado en un famoso “madrigal”, es intencionadamente desplazada en los versos de Guillén por la de una mujer negra o mulata: 

                        De tus manos gotean las uñas

                        en manojo de diez uvas moradas.

 

                       Piel,

                       carne de tronco quemado,

                       que cuando naufraga en el espejo, ahuma

                       las algas tímidas del fondo. 

Claro que Nicolás, que como gran poeta fue un declarado amante de la belleza en todas sus formas de existencia, no está negando la belleza “blanca”, sino reclamando también un sitio para la belleza de la mujer caribeña la que, como nadie, el supo exaltar en su poesía.

De estas y otras cosas, hondamente abordadas en Sóngoro cosongo nos proponemos debatir en la sala “Rubén Martínez Villana” de la UNEAC, ahora que ese libro esencial de la poesía de Cuba está conmemorando sus tres cuartos de siglo.

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600