Año V
La Habana

19 al 25 de AGOSTO
de 2006

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Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo (Sevilla, 26 de abril de 1898 - Madrid, 14 de diciembre de 1984)


EL SEXO

 

I

¡Pendiente de ese tronco

el fruto consta en vida.

Su materia consiente

una verdad durable.

En la sombra él madura,

si por siglos, finito,

y no cae sino cuando

el árbol rueda en tierra.

Fruto de carne o masa

de vida congruente,

pálido en su corteza,

nudosa nuez compacta.

La sangre rueda y pasa,

y ardiente sigue y vase,

mientras el viento pone

la vida en llamas y arde

doble tiniebla absorta.

Eje del sol que un rayo

descargará sin duelo

y estallará en la liza

dentro en la sombra exacta.

Oh, conjunción del fuego

con su materia idónea.

Fuego del sol, o fruto

que al estallar se siembra.

 

II

Entre las piernas suaves pasa un río,

lecho insinuado para el agua viva;

entre la fresca sombra o un humo quedo

que en el terso crepúsculo está inmóvil.

Entre los muslos, sólo el tiempo quieto,

el tiempo que no pasa, eternamente,

inmortal, sin nacer, entre las sombras.

Entre las piernas bellas sólo un río

en el fondo se siente cruzar único.

Agua oscura sin tiempo que no nace

y que sobre la tierra desemboca.

 

Oh, hermosa conjunción de sangre y flor,

botón secreto que en la luz perfuma

el nacimiento de la luz creciendo

de entre los muslos de la bella echada.

Ruda moneda o sol que exhala el día

naciendo de ese cuerpo dolorido,

presto al amor cuando el cenit empuje

al adversario que agresivo avanza.

Misterio entonces del ocaso ardiente

cuando como en caricia el rayo ingrese

en la sima voraz y se haga noche :

noche perfecta de los dos amantes.

 


UNIDAD EN ELLA

 

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,

rostro amado donde contemplo el mundo,

donde graciosos pájaros se copian fugitivos,

volando a la región donde nada se olvida.

 

Tu forma externa, diamante o rubí duro,

brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,

cráter que me convoca con su música íntima,

con esa indescifrable llamada de tus dientes.

 

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,

porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera

no es mío, sino el caliente aliento

que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

 

Deja, deja que mire, teñido del amor,

enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,

deja que mire el hondo clamor de tus entrañas

donde muero y renuncio a vivir para siempre.

 

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,

quiero ser tú, tu sangre, esa larva rugiente

que regando encerrada bellos miembros extremos

siente así los hermosos límites de la vida.

 

Este beso en tus labios como una lenta espina,

como un mar que voló hecho un espejo,

como el brillo de un ala, es todavía unas manos,

un repasar de tu crujiente pelo, un crepitar

                                                                de la luz vengadora,

luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,

pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

 


CANCIÓN A UNA MUCHACHA MUERTA

 

Dime, dime el secreto de tu corazón virgen,

dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,

quiero saber por qué ahora eres un agua,

esas orillas frescas donde unos pies desnudos

se bañan con espuma.

 

Dime por qué sobre tu pelo suelto,

sobre tu dulce hierba acariciada,

cae, resbala, acaricia, se va

un sol ardiente o reposado que te toca

como un viento que lleva sólo un pájaro o mano.

 

Dime por qué tu corazón como una selva diminuta

espera bajo tierra los imposibles pájaros,

esa canción total que por encima de los ojos

hacen los sueños cuando pasan sin ruido.

 

Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo,

que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,

cantas color de piedra, color de beso o labio,

cantas como si el nácar durmiera o respirara.

 

Esa cintura, ese débil volumen de un pecho triste,

ese rizo voluble que ignora el viento,

esos ojos por donde sólo boga el silencio,

esos dientes que son de marfil resguardado,

ese aire que no mueve unas hojas no verdes.

 

¡Oh tú, cielo riente que pasas como nube;

oh pájaro feliz que sobre un hombro ríes;

fuente que, chorro fresco, te enredas con la luna;

césped blando que pisan unos pies adorados!

 


EL POETA SE ACUERDA DE SU VIDA

 

Perdonadme: he dormido.

Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.

Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.

¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.

Bellas son al sonar, mas nunca duran.

Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora

o cuando el día cumplido estira el rayo

final, ya en tu rostro acaso.

Con tu pincel de luz cierra tus ojos.

Duerme.

La noche es larga, pero ya ha pasado.

 


LA MUERTE

 

¡Ah! Eres tú, eres tú, eterno nombre sin fecha,

bravía lucha del mar con la sed,

cantil todo de agua que amenazas hundirte

sobre mi forma lisa, lámina sin recuerdo.

 

Eres tú, sombra del mar poderoso,

genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire,

abatimiento o pesadumbre que amenazas mi vida

como un amor que con la muerte acaba.

 

Mátame si tú quieres, mar de plomo impiadoso,

gota inmensa que contiene la tierra,

fuego destructor de mi vida sin numen

aquí en la playa donde la luz se arrastra.

 

Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido,

una mirada buida de un inviolable ojo,

un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío,

un relámpago que buscase mi pecho o su destino...

 

¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar,

frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos,

a ti cuyos celestes peces entre nubes

son como pájaros olvidados del hondo!

 

Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas,

vengan los brazos verdes desplomándose,

venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa

sumido bajo los labios negros que se derrumban.

 

Luzca el morado sol sobre la muerte uniforme.

Venga la muerte total en la playa que sostengo,

en esta terrena playa que en mi pecho gravita,

por la que unos pies ligeros parece que se escapan.

 

Quiero el color rosa o la vida,

quiero el rojo o su amarillo frenético,

quiero ese túnel donde el color se disuelve

en el negro falaz con que la muerte ríe en la boca.

 

Quiero besar el marfil de la mudez penúltima,

cuando el mar se retira apresurándose,

cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas,

unas frías escamas de unos peces amándose.

 

Muerte como el puñado de arena,

como el agua que en el hoyo queda solitaria,

como la gaviota que en medio de la noche

tiene un color de sangre sobre el mar que no existe.

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