Año V
La Habana

19 al 25 de AGOSTO
de 2006

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Pedro Salinas Serrano
(Madrid, 27 de noviembre 1891 - Boston, 4 de diciembre 1951)



PRESAGIOS

 

Cuánto rato te he mirado

sin mirarte a ti, en la imagen

exacta e inaccesible

que te traiciona el espejo!

«Bésame», dices. Te beso,

y mientras te beso pienso

en lo fríos que serán

tus labios en el espejo.

«Toda el alma para ti»,

murmuras, pero en el pecho

siento un vacío que sólo

me lo llenará ese alma

que no me das.

El alma que se recata

con disfraz de claridades

en tu forma del espejo.


NO TE DETENGAS NUNCA

 

No te detengas nunca

cuando quieras buscarme.

Si ves muros de agua,

anchos fosos de aire,

setos de piedra o tiempo,

guardia de voces, pasa.

Te espero con un ser

que no espera a los otros:

en donde yo te espero

sólo tú cabes. Nadie

puede encontrarse

allí conmigo sino

el cuerpo que te lleva,

como un milagro, en vilo.

Intacto, inajenable,

un gran espacio blanco,

azul, en mí, no acepta

más que los vuelos tuyos,

los pasos de tus pies;

no se verán en él

otras huellas jamás.

Si alguna vez me miras

como preso encerrado,

detrás de puertas,

entre cosas ajenas,

piensa en las torres altas,

en las trémulas cimas

del árbol, arraigado.

las almas de las piedras

que abajo están sirviendo

aguardan en la punta

última de la torre.

Y ellos, pájaros, nubes,

no se engañan: dejando

que por abajo pisen

los hombres y los días,

se van arriba,

a la cima del árbol

al tope de la torre,

seguros de que allí,

en las fronteras últimas

de su ser terrenal

es donde se consuman

los amores alegres,

las solitarias citas

de la carne y las alas.


CUANDO TÚ ME ELEGISTE

 

Cuando tú me elegiste

-el amor eligió-

salí del gran anónimo

de todos, de la nada.

Hasta entonces

nunca era yo más alto

que las sierras del mundo.

Nunca bajé más hondo

de las profundidades

máximas señaladas

en las cartas marinas.

Y mi alegría estaba

triste, como lo están

esos relojes chicos,

sin brazo en que ceñirse

y sin cuerda, parados.

Pero al decirme: “tú”

a mí, sí, a mí, entre todos-,

más alto ya que estrellas

o corales estuve.

Y mi gozo

se echó a rodar, prendido

a tu ser, en tu pulso.

Posesión tú me dabas

de mí, al dárteme tú.

Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?

Sé que te volverás

atrás. Cuando te vayas

retornaré a ese sordo

mundo, sin diferencias,

del gramo, de la gota,

en el agua, en el peso.

Uno más seré yo

al tenerte de menos.

Y perderé mi nombre,

mi edad, mis señas, todo

perdido en mí, de mí.

Vuelto al osario inmenso

de los que no se han muerto

y ya no tienen nada

que morirse en la vida.


SIN VOZ, DESNUDA

 

Sin armas. Ni las dulces

sonrisas, ni las llamas

rápidas de la ira.

Sin armas. Ni las dulces

sonrisas, ni las llamas

rápidas de la ira.

Sin armas. Ni las aguas

de la bondad sin fondo,

ni la perfidia, corvo pico.

Nada. Sin armas. Sola.

Ceñida en tu silencio.

«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»

quiebran agudas puntas

de inútiles saetas

en tu silencio liso

sin derrota ni gloria.

¡Cuidado! que te mata

-fría, invencible, eterna-

eso, lo que te guarda,

eso, lo que te salva,

el filo del silencio que tú aguzas.

 


QUE SE APAGUEN LAS LUMBRES

 

¡Que se apaguen las lumbres,

que se paren los labios,

que las voces no digan

ya más: «Te quiero» ¡Que

un gran silencio reine,

una quietud redonda,

y se evite el desastre

que unos labios buscándose

traerían a esta suma

de aciertos que es la tierra!

Que apenas la mirada,

lo que hay más inocente

en el cuerpo del hombre,

se quede conservándole

al amor su futuro,

en esa leve estrella

que los ojos albergan

y que por ser tan pura

no puede romper nada.

 

Tan débil está el mundo

-cendales o cristales-que

hay que moverse en él

como en las ilusiones,

donde un amor se puede

morir si hacemos ruido.

Sólo

una trémula espera,

un respirar secreto,

una fe sin señales,

van a poder salvar

hoy,

la gran fragilidad

de este mundo.

 

Y la nuestra.

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